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Así se amordaza al delirio

«… Entonces por favor, sean tolerantes con los que describimos un momento deportivo como el mejor de nuestras vidas. No nos falta imaginación, ni hemos tenido vidas tristes y estériles; es sólo que la vida real es más pálida, más apagada y contiene menos potencial para el delirio inesperado «.
Nick Hornby, Fever Pitch

Cinco minutos atrás Jorge parecía estar grogui. Yacía ahí, pero a diferencia de sus aliados, parecía ausente. Ya no saltaba, ya no cantaba, ya no maldecía. Con el cuerpo aferrado al filo de la butaca, las manos sosteniendo la quijada descompuesta, con la mirada fija, como un retriever cazando a un pato, atado al verde lejano y volcando las esperanzas del perpetuo milagro, Jorge parecía conectado a una fuerza superior, a la fuerza que decide quién gana y quién pierde, a la fuerza que liquida o concede. A tres pasos de él, yo llevaba un buen rato viéndolo. Cuando empezó el juego era de los que más cantaba, pero poco a poco se fue desalentando. Su equipo estaba a 15 efímeros minutos de quedar eliminado. Así sufrió, hasta que aquella daga justiciera le contestó la plegaria. Le premió sus años de entrega. Corría el minuto 75 y el argentino Gonzalo Orlando Díaz acababa de patear un córner…

Lo que ocurrió después es lo que el célebre escritor inglés Nick Hornby llama «un delirio inesperado» en su libro «Fever Pitch«. Ahora Jorge Sánchez Castillo ya no es Jorge Sánchez. Ahora, al minuto 76, Jorge quiere abrazar hasta a los policías que, con cascos, barricadas de caucho y macanas, le desafían sin importarles un bledo su delirio. Esos mismos «puercos» le han controlado por largo rato. De espaldas al verde han pasado todo el tiempo observándole, advirtiéndole –sin soltar palabra alguna– que «no se pase de lanza».

Tras el córner, el Club América, el de Jorge –integrante desde hace cinco años del Ritual del Kaos, una de las porras más bravas del club azulcrema– acaba de anotar el gol de la clasificación a semifinales del Torneo Apertura 2014 del fútbol mexicano. Aquel fue el gol verdugo, el que fulminó por una noche imborrable al enemigo obstinado… A ese batallón de otros miles –tan distintos, tan iguales– que, desde el lado opuesto al campo de batalla del colosal Estadio Azteca, ya lloraban por su destino.

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Entender al hincha de fútbol, al violento, al «porro» –como le llaman en México–  es complicado. Entender al fútbol –con sus pasiones, sus personajes, sos oficios– lo es más todavía. ¿Por qué un chiquillo de 17 años es capaz de jugarse el pellejo por lo que ocurra o deje de ocurrir con un esférico caprichoso?

«No es así de simple. A nosotros nos da igual si el ‘Ame’ gana o si pierde. Siempre vamos a estar alentando. Pero (cuando estás) ahí afuera, en la calle, lo que defiendes es lo que representas, lo que eres. Nosotros somos águilas y siempre lo seremos», me respondió Nicolás Herrera, ‘El Nico‘, otro aficionado tenaz del equipo que acaba de eliminar a los Pumas de la UNAM. «Tú no eres de aquí. Por eso no entiendes cómo se vive esto. Se nace con esto. Al América o lo amas o lo odias. No hay de otra», me explicó ‘Nico‘. Y de sus palabras se infiere que en el fútbol, en su fútbol, no hay lugar para la tibieza.

Jorge Castillo, observando el América-Pumas. Foto de Orus Villacorta.

Jorge Castillo, observando el América-Pumas cuando aún su equipo estaba siendo eliminado. Foto de Orus Villacorta ©.

Todos los países donde el fútbol es algo parecido a una religión cuentan la misma historia: la de un clásico, la de un protagonista versus un antagonista, el guión que despliega un mantel para la épica. Por eso, siempre hay algún juego de fútbol que los encargados de velar por la seguridad consideran como «de alto riesgo». En El Salvador ese episodio se vive en especial cada vez que Alianza Fútbol Club se enfrenta a FAS. En México, por ser un país más grande en territorio y población, los partidos de «alto riesgo» pueden ubicarse por zonas geográficas. En el norte es de mucho cuidado un Tigres versus Monterrey. En el Bajío es muy encendido un clásico León versus Irapuato. Y en la capital es fácil detectar al Pumas versus América como el culmen de la animadversión futbolera.

Meses atras tuve la oportunidad de entrevistar a Menfis Rodríguez, líder de la Ultrablanca, una de las barras organizadas más importantes del Alianza –y de todo el fútbol salvadoreño–. Menfis fue parte del equipo que diseñó la seguridad que se guardaría para un Alianza-Fas jugado el 7 de Abril de 2013. En aquella ocasión todo estaba funcionando bien. El objetivo de Menfis –quien compartió sus ideas con la policía salvadoreña, previo al juego– era que las aficiones de ambos equipos no chocaran en ningún momento. Así ocurrió, pero un detalle se les escapó. En los graderíos del estadio donde se ubicaban las barras aliancistas estalló accidentalmente un acopio de pólvora. El hecho derivó en cinco personas lesionadas. Afortunadamente, nadie falleció, a diferencia de lo ocurrido el 7 de Marzo de 2004, cuando un incidente similar le ocasionó la muerte a Jesús «El Chino» Montano, un aficionado aliancista.

En esa plática, Menfis me comentó algunas cosas sobre el aprendizaje en temas de seguridad que deberían realizarse al observar cómo se maneja el tema en ligas más profesionales que la salvadoreña:

 «Yo una vez fui a Argentina y fui a aprender. No fui a pasear. En Argentina te cierran el perímetro y te someten. Carriles, varandales… ‘¿Para el estadio va? ¿Sí? Vaya… Entre allá’. Cuatro o cinco cuadras y vos vas sometido. Ya todo mundo llega con su boleto en mano. ¡Es organización! Pero eso es de lo que más carecen nuestros dirigentes de fútbol».

– Menfis Rodríguez, director general de la Ultra Blanca.

En México sucede igual. Por eso en Factum fuimos y observamos cómo la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (SSPDF) atiende el cuidado de un partido de fútbol de alto riesgo, un América-Pumas en cuartos de final, ocurrido el pasado sábado 29 de Noviembre, y en el que el balance final fue de saldo blanco, sin ningún enfrentamiento entre barras organizadas, sin detenciones, sin heridos o golpeados. Y todo esto con una convocatoria de más de 80 mil personas, en una coyuntura donde los ánimos de buena parte de la población –debido al tema de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa– no se encuentran en buena armonía con la autoridad.

Previo al juego

El público que suele asistir a los estadios de fútbol en México es variopinto, pero puede segmentarse en dos grupos: familia o porras. El primer grupo es el llamado sector civil. En él se ubica al aficionado regular que puede identificarse como grupo familiar –desde niños, niñas, adolescentes, madres, padres y hasta abuelos y abuelas–. Mientras que el segundo grupo es el de barras organizadas o «porras», que son agrupaciones (de jóvenes en su mayoría) adaptadas (igual que en nuestro país) de la cultura del hincha del fútbol argentino, con cantos, mantas, banderas, bombos, instrumentos de viento, etc. «Las porras» se ubican siempre en un sector determinado del estadio, donde es rodeado por un perímetro de agentes policiales que vigilan cada acción que ocurra con sus integrantes. En el caso del Club América, las porras se instalan siempre en la cabecera norte del Estadio Azteca y, por ende, la porra visitante se ubica lo más lejos posible, en la cabecera sur. Horas antes del inicio del juego, las porras del América se organizaron y agruparon en distintos puntos de Calzada de Tlalpan (una de las avenidas principales que llevan al Estadio Azteca) y desde ahí marcharon al recinto, siempre escoltados por un grupo numeroso de agentes policiales.  Para dimensionar el tamaño de la cobertura policial que un partido como este amerita, basta con decir que cinco mil elementos se encargaron de la vigilancia y del operativo vial. Eso significa que en un solo partido de fútbol en México hay más policías que aficionados totales que hayan acudido a ver como local a un club como la Universidad de El Salvador en todo el torneo regular.

Para garantizar la seguridad del América-Pumas, la SSPDF coordinó a elementos adscritos a las policías de Proximidad, Metropolitana, Auxiliar, Subsecretaría de Control de Tránsito, Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas (ERUM), entre otras. Bastaba con caminar por los alrededores del Estadio Azteca para distinguir a la policía montada, a los grupos de reacción inmediata, a las barricadas con agentes policiales dedicados al registro de aficionados previo al ingreso al estadio y hasta a un «halcón», como le llaman al helicóptero que vigila desde el aire cualquier acontecimiento.

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En esta imagen puede apreciarse lo exhaustivo que puede ser un cateo de revisión previo al ingreso al estadio para un juego América-Pumas. Foto de Orus Villacorta ©.

Para llevar a cabo este tipo de operativos se necesita un presupuesto y un apoyo tecnológico importante. La policía no solo se enfoca en vigilar el posible choque entre barras organizadas, también pone especial cuidado en otros ilícitos. Alrededor del Estadio Azteca y en calles aledañas se realizó un monitoreo con las cámaras de video vigilancia del Centro de Control y Comando (C2). Estas no solo buscan mantener el orden, sino también evitar la reventa de boletos, un problema que ya en el pasado ha ocasionado graves problemas. Es el caso del domingo 26 de mayo de 1985, en el Estadio Olímpico Universitario, cuando (también) Pumas y América se enfrentaron en la gran final del fútbol mexicano. En aquella ocasión, la reventa y la proliferación de boletos falsos ocasionó que 95 mil personas quisieran ingresar a un estadio que solo tiene capacidad para 68 mil. Una avalancha humana ocasionó una tragedia en el Túnel 29 de dicho estadio. Ahí fallecieron 11 personas y 59 más resultaron heridas. Desde entonces, el protocolo de seguridad de los estadios en el fútbol mexicano prohibe que se ponga a disposición de boletaje el 100% de la capacidad del aforo de cada estadio. La sospecha de que puedan falsificarse los boletos se mantiene latente.

Separar a las barras es siempre una prioridad. Por la cabecera General Norte del Azteca –sobre Calzada de Tlalpan– llegaron los integrantes de «La Monumental», «Disturbio» y «Ritual del Kaos» (todas ellas apoyando al América). Mientras que por el lado opuesto aparecieron las porras de Pumas, quienes ingresaron al estadio por torniquetes de Insurgentes, en la puerta ocho, rumbo a la rampa cinco, para ser ubicados en la Cabecera General Sur del estadio. Las barras de la UNAM también poseen una gran reputación de ser conflictivas, y en especial cuando chocan contra las del América.

A la 1:00 de la tarde, cuatro horas previo al inicio del juego, ellos se concentraron en la calle Delfín Madrigal e inmediaciones del Metro Universidad, de donde partieron 30 minutos después rumbo al estadio. El trayecto no duró demasiado, unos 20 minutos (debido al tráfico usual de la Ciudad de México), ya que ambos equipos pertenecen al sur de la capital mexicana.

El panorama era muy distinto a las 4:30pm. Ahí manifestaba sus ansias el grueso de aficionados ligados a «La Rebel», la barra de mayor pedigrí, mayor respeto y hasta intimidación que apoya a los Pumas. Ahí me encontré a Arturo Hernández, un aficionado que me aseguró que llevaba 18 años siendo parte de «La Rebel». No es difícil creerle, sobre todo cuando muestra el tatuaje que lleva en su brazo derecho:

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Arturo Hernández, miembro de «La Rebel», previo al Pumas-América. Foto de Orus Villacorta ©.

 

«Antes era (cosa de) golpes y todo, pero ahora ya nomás es pura pasión. Hay mucha seguridad. Ya no hay broncas. De repente una que otra, pero ya está más tranquilo. Cambió desde hace unos cinco años. Ya no dejan entrar los trapos, las banderas, las bengalas. Como que ya se siente más vacío, pero seguimos apoyando». 

– Arturo Hernández, integrante de La Rebel.

  Arturo afirma que la rivalidad con América también se debe a que Televisa (la influyente televisora de su país), según él, le paga a los porros del Instituto Politécnico Nacional (IPN) para que les apoyen.

«Son pagados. Son porros del ‘Poli’. Televisa paga a su porra del América, que son del ‘Poli’ y hasta echan su ‘huelum’ como si fuera Poli-UNAM, pero nada que ver», afirma. Y esta situación encuentra explicación e otra gran rivalidad que ya sobrepasa incluso a lo deportivo. El IPN y la UNAM han sostenido por casi un siglo una diferencia de estilos. Mientras la primera destaca principalmente en carreras técnicas, la otra lo hace en carreras humanísticas. Deportivamente, aquella división encuentra en el fútbol americano a su mayor ejemplo. Un clásico de fútbol americano entre los Pumas y las Águilas Blancas (del IPN) es considerado en el DF como el segundo choque deportivo de mayor riesgo, solo después de un Pumas-América. Cada vez que el Poli y la UNAM se cruzan en un estadio ocurre un ametrallamiento de «huelums» y «goyas», los gritos de batalla de cada ejército de aficionados.

Pese a que el ambiente de un Pumas-América es mucho más tenso que el de otro partido de la Liga MX, para la Policía de México el énfasis en la seguridad debe guardarse de la misma manera, independientemente de cuál sea el juego en disputa. Así me lo explicó en entrevista el Primer Oficial Osornio:

«Todos los partidos son iguales. Todos tienen un mismo nivel de riesgo, todos se cubren con la misma seguridad, con el estado de fuerza igual. Da igual si fuera América-Jaguares o América-Chivas. 

– Primer Oficial Osornio, de la unidad de Motopatrullas de la Ciudad de México.

Osornio también explica que la Policía se somete a un Protocolo de Seguridad en los Estadios aprobado por la Liga MX y por la SSPDF. En el tema existen distintos protocolos. No es lo mismo cómo se atiende la seguridad en un juego de fútbol de alto riesgo a cómo se procede en una posible amenaza terrorista.  

Durante y después del juego

Para mantener un mejor control sobre las barra organizadas, la Policía decide diferenciar el momento en el que las porras ingresan y abandonan el estadio. Por eso es usual ver que los bombos, las cornetas y los trombones hacen su aparición en los estadios cuando el juego ya ha comenzado. Así ocurrió el sábado pasado. Superado el filtro de revisión de la barra de Pumas, decidí trasladarme a la Cabecera Norte, donde corridos cinco minutos de partido, hacía ingreso al recinto la porra del «Ritual del Kaos», que apoya incondicionalmente al América.  Ahí los encontré, pasando un nuevo registro policial que, al ser superado, se convertía en una especie de embudo que conducía al Acceso 48, Nivel 3, en lo más alto del Estadio Azteca. Ahí cantaban y saltaban aquellos que ya sentían palpitar los nervios de una posible eliminación a manos del odiado rival. «Vaaaaaamos…. Vamoooos Améééééérica… Que esta tarde… ¡Tenemos que ganar!».

Y luego una de las sensaciones más emocionantes que tiene el fútbol en vivo: esos breves segundos en los que se deja atrás al gris del cemento y se contempla la estampa del verde del pasto, con sus 25 protagonistas. El suelo que tiembla, los bombos se agitan y las gargantas que entonan los himnos de guerra. Rodeándolos –para que no se mezclen con los aficionados que acuden en familia, donde sí están revueltos colores, gustos y aficiones–, una barricada de policías de choque mantenía un perímetro del que ningún «porro» podía salir. Ellos tenían prohibido mirar el juego, por más que las emociones que a sus espaldas se activan les causaran la tentación de echar un reojo si acaso Oribe Peralta enfilaba solo hacia la portería. Lo suyo es vigilar el movimiento de cada uno de los integrantes de la barra. Ellos juegan otro partido, el del espionaje y la contención.

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Un policía vigila los movimientos del «Ritual del Kaos» en el juego América-Pumas. Foto de Orus Villacorta ©.

El delirio mostró su cara inesperada en el minuto 75, cuando un córner lanzado por Gonzalo Orlando Díaz fue cabeceado por su compatriota, el defensor Paolo Goltz, y América se puso adelante 1-0 sobre Pumas, un resultado que terminaría certificando el pase a semifinales del equipo crema y la eliminación del acérrimo rival. En ese momento, los últimos quince minutos del juego, fueron un completo acto de burla y desafío.  Basta con escuchar algunos de los cánticos que los aficionados americanistas le dedicaban a La Rebel en aquel lapso para comprender el rencor que entre estos dos grupos se mantiene y se mantendrá por mucho tiempo:

«Cuando Pumas fue campeón, la puta que los parió… Ha pasado tanto tiempo, no recuerdo qué pasó… Me contaron que hubo fiesta en toda la Universidad… sin saber que al poco rato los íbamos a matar… ¡Tú eres así! ¿Cómo? ¡Pumas culero! Eres la mierda del país, del mundo entero».

 

Terminado el choque, las 80 mil personas que vivieron el juego abandonaron el recinto ordenadamente. Algo de disposición civil también influye en que estas cosas ocurran. La Policía, mientras tanto, mantuvo encerradas a las dos cabeceras. Luego, pasados 20 minutos, se dio la autorización para que la porra visitante, de Pumas, abandonara el lugar bajo escolta policial. Fue hasta pasada una hora y media, cuando el operativo policial tenía completa certeza de que ningún aficionado puma estaría ubicado en la zona acordada para que los que estábamos encerrados entre las barras americanistas abandonaríamos el estadio, que se autorizó a la retirada. Es el precio que paga el local… el de tener una reputación de violencia.

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