Olor a tierra quemada

El cuarto episodio de la séptima temporada de Juego de Tronos nos recordó que si Daenerys Targaryen no puede detener la rueda, va a romperla… o quemarla.


Para suerte o desgracia me tocó reseñar “The Spoils of War”, el cuarto episodio de la séptima temporada de Game Of Thrones. Para suerte, digo, porque es lo mejor que nos han entregado hasta el momento. Y para desgracia porque tuve que ponerle «piquete» al café para calmar mis nervios y procesar esos intensos 50 minutos. Si tuvo la fuerza de voluntad para resistirse al leak del episodio, tres días antes de su transmisión oficial por HBO, pero aún no lo ha visto, este es el momento de partir.

[SPOILER ALERT: a partir de aquí se detalla información específica del cuarto episodio de la séptima temporada de Juego de Tronos]


Vamos al grano. Tras perder a sus aliados en Dorne —y a la flota de los Greyjoy, a manos del tío Euron—, Daenerys se entera del fracaso de su ejército en Roca Casterly y del saqueo que los Lannister han hecho en Altojardín. Toca replantear su estrategia de guerra:

“Basta de planes ingeniosos”.

Para nuestra grata sorpresa, la reina Targaryen sigue el consejo de Jon, quien atinadamente le dice que si usa a los dragones para “derretir castillos e incendiar ciudades, no será diferente” a antiguos gobernantes de los Siete Reinos. Por lo que Dany decide atacar al ejército y acabar con los suministros de sus enemigos.

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En este escenario de caos, la alianza Lannister-Tarly estaba destinada a perder. “Solo un tonto se enfrentaría a los dothraki en campo abierto”, señaló en la ya lejana primera temporada Robert Baratheon, quien si de algo podía jactarse era de ser un gran guerrero (no tan buen cazador, lastimosamente). Esto es justo lo que ocurre a las afueras de Desembarco del Rey. Y si a la ecuación le sumamos un dragón muy —pero muy— enojado, la desventaja se vuelve abismal.

Es necesario subrayar la majestuosidad de Drogon y su esplendoroso vuelo. La puesta en escena nos ha permitido apreciar la evolución de su conexión con Daenerys en algo tan sencillo como que el “dracarys” ya no es un grito. Sigue siendo una orden de ataque, pero recibida en un tono que resulta hasta romántico.

Es-ca-lo-frí-os.

La cinematografía es impecable. Ya es marca de la serie lucirse en las escenas de batalla. Vemos fuego, peleas, más fuego, gente muriendo calcinada o a manos de los dothraki, mucho más fuego… En minutos el ejército queda reducido a nada. Entre el humo, la tierra y los cuerpos quemados no queda más que intentar detener el ataque aéreo. El arma diseñada por Qyburn para matar a los dragones está en una de las carretas. Bronn se lanza al ataque y al segundo intento hiere a Drogon, al que no le queda más remedio que hacer un doloroso aterrizaje, destruyendo a su paso la enorme ballesta. Adiós a la tecnología de Cercei y su maestre. Daenerys baja la guardia tratando de remover la flecha inserta en el dragón y no se da cuenta de que Jaime está cabalgado hacia ella con una lanza en su mano buena. “Idiota”, dice Tyrion, quien desde lejos mira la escena. “Maldito idiota”.

Cuando la bestia ve al caballero acercarse a toda velocidad, se prepara para defender a su madre y suelta la llamarada de fuego. De la nada sale Bronn alzado en vuelo y rescata a Jaime, quien cierra el episodio hundiéndose en el agua. Definitivamente no será ese el final del Matarreyes. Si las teorías son ciertas, y todo apunta a que sí, nos falta verlo convertirse en el Matarreinas. Lo que sería interesante es verlo de nuevo en el rol de prisionero, pero esta vez a merced de la reina a quien sirve su hermano.

El resto del episodio tiene una narración más parsimoniosa, aunque no necesariamente relajada. Cabe destacar dos momentos: uno en Invernalia y otro en Rocadragón.

En Invernalia apreciamos el ansiado retorno de Arya. Su reencuentro con Sansa y Bran no deja de ser doloroso de presenciar. Los niños Stark, los sobrevivientes de la trágica dinastía, hablan poco de lo que han tenido que atravesar para volver al hogar. Un vidente, una asesina sin rostro y una joven política. De cierta forma, todos han experimentado la muerte y han vuelto a la vida como nuevos seres dotados de talentos que, sin duda, tendrán utilidad en las guerras por venir.

Su historia “no ha terminado”, como bien señala Arya.

Meñique sigue siendo Meñique y trata de ganarse la confianza de Bran entregándole la daga de acero valyrio con la que intentaron asesinar al menor de los Stark, tras su caída de la torre. Pero Bran no es ingenuo: “El caos es una escalera”, le recuerda en una escena muy íntima en la que Petyr Baelish se ve casi acorralado y bastante atemorizado al sentirse perseguido por aquellas palabras que dijera a Varys hace ya mucho tiempo. El puñal de origen misterioso —que en su momento provocó la Guerra de los Cinco Reyes y que ya vimos en uno de los libros que Sam ha sacado de la biblioteca de la Ciudadela— termina en las diestras manos de Arya.

El segundo momento importante ocurre en Rocadragón. Antes de partir a la guerra a lomos de Drogon (quién sabe cuánto tiempo antes, ahora parece que todos van y vienen a su antojo), Daenerys acompaña a Jon Nieve a las cuevas de donde extraerán el vidriagón que servirá para armar al ejército del Norte en su guerra contra los caminantes blancos.

Lo interesante de este encuentro —además de atisbar la fuerte tensión sexual que ya existe entre los personajes— es que nos muestra una serie de jeroglíficos que retratan cómo los Niños del Bosque forjaron alianzas con los Primeros Hombres para luchar contra un enemigo común: el Rey de la Noche y su ejército de hielo. “Debemos hacer lo mismo si queremos sobrevivir. El enemigo es real”, dice Jon, pero Dany insiste en que el Rey del Norte debe doblar la rodilla y jurarle lealtad si quiere que ella pelee con él:

“¿No es más importante su supervivencia que tu orgullo?”

Jon se encuentra ahora ante el mismo predicamento en el que puso a Mance Rayder en su intento por unir al ejército de los salvajes y la Guardia de la Noche en la lucha contra los caminantes blancos. Está por verse qué decisión tomará.

El episodio no tiene desperdicio: la sútil mención que hace Cersei de la Compañía Dorada, conformada por miles de mercenarios de las ciudades libres; el sarcasmo de Bronn hacia un deprimido Jaime que aún medita en la confesión de Lady Olenna; la fría despedida de Bran y Meera; el inesperado pero refrescante sparring entre Brienne y Arya, a quien “Nadie” le enseñó a pelear; la tierna preocupación de Missandei y su picarezca charla con Daenerys sobre Gusano Gris y las “muchas cosas” que pasaron…

¿Ya mencioné la majestuosidad de Drogon?

El invierno sigue avanzando y a ese ritmo se siguen moviendo las piezas del Juego de Tronos. Los personajes siguen cumpliendo y desde sus nuevos roles nos van dejando ver su evolución. Pero tan acelerado es todo que a ratos es difícil ignorar algunos huecos en la narrativa. En el mundo de Juego de Tronos hay dragones, hay magia, hay zombies, hay muchos dioses y hasta hay milagros… pero no hay teletransportación.

Sí, ya sé que la prisa responde a temas de presupuesto y a que quedan muy pocos episodios para cerrar una saga tan extensa. Y sí, quizás soy de esas fans clavadas que viven pensando en los libros. Pero se les extraña por una razón bien sencilla: George RR Martin es un escritor que cuida los detalles y siempre ha garantizado que la historia tenga sentido. Esa consistencia y lógica interna que conecta los eventos en tiempo, espacio y sentido de acción-reacción permite que toda la historia se sostenga. Y a ratos, pocos pero evidentes, eso es lo que sigue haciendo falta en esta temporada.


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