“The Queen’s Gambit”: La fuerza intelectual se pone de moda, es bonita y está bien

«You’ve been the best at what you do for so long,
you don’t even know what it’s like for the rest of us»
—Jolene, “The Queen’s Gambit”

Si juntamos una plataforma como Netflix con un arquetipo narrativo dueño de un amplio potencial, encontramos entonces fenómenos como el de «The Queen’s Gambit», una miniserie que no sólo enaltece la fuerza intelectual como valor universal, sino que comprende otros elementos altamente penetrantes en el contexto actual, como la propuesta de un modelo aspiracional que supere al de la idea de un simple planteamiento de empoderamiento femenino.

[Alerta Spoiler: la siguiente reseña presenta información detallada del argumento de la miniserie «The Queen’s Gambit»]


Es difícil decir cuándo pasó, pero los nerds, lejos del viejo estereotipo que representaba debilidad en la cultura popular, se han puesto de moda. Algunos aseguran que Harry Potter hizo el favor; mientras otros se lo atribuyen a películas de los ochenta, como «Weird Science (1985)», de la cual también se hizo una serie; o a fenómenos contemporáneos como «The Big Bang Theory (2007–2019)»; y otros más, a la innegable dominación mundial en manos de personajes como Mark Zuckerberg o Bill Gates, altos nerdos multimillonarios.

Lo cierto es que el estereotipo ha dejado de tener una connotación negativa y, por el contrario, se ha convertido en un leitmotiv de contenidos de muy amplio alcance. Ya es de todos sabido el poder de las plataformas de contenido como Prime Video, el perenne Disney + y el papá de todos, Netflix, para impulsar una marca, una tendencia, un concepto y depositarlo en boca de todos, éxito tras éxito. Cada mes sale el anuncio de “la serie más vista” o “la película de mayor éxito”, porque los números exponenciales no paran de crecer. Si juntamos una de estas plataformas y un arquetipo narrativo con un amplio potencial, tenemos fenómenos como el de «The Queen’s Gambit».

La miniserie “más vista de Netflix” no sólo enaltece la fuerza intelectual como valor universal, sino que comprende otros elementos altamente penetrantes en el contexto actual: está protagonizada por una mujer que destaca en un contexto “por defecto” masculino, como el ajedrez.

El argumento narra la vida y ascenso de Elizabeth Harmon (Anya Taylor-Joy) como la primera mujer en convertirse en “Gran Maestra”, dentro de un trágico contexto personal, durante la década de los años sesenta y setenta. Enclaustrada en un orfanato, después del suicido de su madre –en donde casi pierde la vida también–, Elizabeth encontrará una vía de escape en ansiolíticos prescritos diariamente y en el juego mental aprendido del conserje de la escuela. Muy temprano saldrá a relucir su capacidad intelectual superior, lo que la hace jugadora natural del tablero. A la edad de nueve años comienza a destacarse localmente como un gran potencial. Al crecer, Harmon será adoptada eventualmente por un matrimonio bastante desigual, en donde pronto se queda sólo con la madre, quien, al ver el gran negocio de las competencias de ajedrez, decide dedicarse devotamente a la carrera de su hija adoptiva.

Eventualmente, la vida adulta de Elizabeth deberá lidiar con una serie de conflictos y demonios internos que casi acaban con una brillante carrera. En el camino, se encuentra con diferentes personajes masculinos: desde el primer fallido amor, pasando por grandes amigos, falsos y emocionantes amores, de los cuales, al final, siempre termina sola. Ella frente al mundo parece ser su premisa, hasta la culminación de su empresa, enfrentándose a los mejores ajedrecistas de la Unión Soviética y buscando hacer historia en el campo para siempre.

Se ha aclarado vastamente que Elizabeth Harmon es un personaje ficticio y que no tiene relación directa con nadie en particular. Sin embargo, la novela original de Walter Tevis sugiere guiños a diferentes mujeres, primeras participantes activas en el ajedrez. El contraste en la personalidad de Elizabeth hace que la serie sea emocionante: por un lado, es una virtuosa indiscutible, que supera uno a uno a sus adversarios masculinos; y, por otro, es un desastre personal, adicta a las pastillas y al alcohol, con poca o nula capacidad para socializar y entablar relaciones sanas. La narrativa nos hace empatizar rápidamente con ella y desde el primer episodio deseamos su éxito con todas nuestras fuerzas.

Impecable es el diseño de producción de toda la miniserie, siempre acorde a la época; dueño, además, de una fotografía detallista y sugerente sobre el contexto, la ciudad, la ropa, la tendencia. En muchos momentos combina elementos surrealistas, mágicos y pop para aderezar la aventura de nuestra antiheroína.

El premio de actuación se lo lleva definitivamente Anya Taylor-Joy, quien ya representa una revelación mainstream; y quien, armada de un par de enormes ojos expresivos, conserva un aire de ‘muerta en vida’ muy de acorde al personaje.

Por otra parte, la melancolía de Bill Camp –quien encarna al personaje del señor Shaibel, conserje del orfanato y quien revela el juego de ajedrez de Beth– nos recuerda a estos personajes de Europa del Este que son grises, muy propios de la posguerra; pero que a la vez son amorosos, a su manera. A este personaje se le suma el candor de Thomas Brodie-Sangster («Game of Thrones»), quien refresca el tema como el irreverente campeón Benny Watts, al que Beth también derrota en todos los planos de la vida.

«The Queen’s Gambit» ha generado dos polémicas después de su estreno:

  1. ¿Es una serie de empoderamiento femenino?
  2. Y en ese mismo sentido, ¿es Anya Taylor-Joy “demasiado bonita” para el personaje de Beth Harmon?

A mi juicio, las respuestas a esas preguntas van a ser: “definitivamente no”.

Ante el primer cuestionamiento, no hay nada que el personaje protagónico nos lo diga dentro de la misma serie . Por ejemplo, en el momento de tener su primera portada en la revista People, Beth se queja amargamente de la pieza periodística al asegurar que sólo hablan de ella “por ser niña”. Si una empatiza con esa misma situación, es fácil imaginarse la frustración de una campeona de ajedrez al ser celebrada solamente por sus genitales cuando en su propia conciencia esta delimitación no existe. En la historia, más bien, esta apreciación viene heredada de la madre que, si bien muy inestable emocionalmente, también era una matemática destacada al momento de presentarnos la tierna infancia de Beth.

Por otro lado, ¿es tan difícil normalizar que la inteligencia puede vestirse de belleza física? Las acusaciones vienen directamente de lectores (y lectoras) de la novela original en donde –según se indica– en ningún lado dice que Beth Harmon es una belleza interesada en la ropa y en su aspecto personal, sin embargo, a la vez, en ningún lado dice lo contrario. Pareciera que el objetivo es perpetuar el estereotipo en el que una cosa no se lleva con la otra en aras de “ganarle una” al patrón de belleza “impuesto por el mainstream”. Aquí la pregunta sería: ¿por qué es tan inverosímil que una mujer pueda ser ambas cosas en su vida si así puede y quiere?

La verdad es que en las reflexiones de la protagonista nunca se incluyeron estas dudas ni estos planteamientos limitantes porque, de haberlos tenido, probablemente nunca hubiera logrado su objetivo. Al final, cuando, obviamente, consigue su objetivo en Moscú, en el corazón de los mejores ajedrecistas del mundo de esa época, no solamente se ve apoyada y ampliamente respaldada por todas esas figuras masculinas de su pasado –ya fueran amigos o examantes– sino que recibe elogios de veteranos contrincantes del tipo «eres la mente más brillante que he conocido» o «lo lograste, el juego es tuyo». Pero ninguno de ellos hace referencia a su calidad de mujer. En ese sentido, «The Queen’s Gambit» propone un modelo aspiracional en donde esos cuestionamientos dejan de ser importantes.

Anya Taylor-Joy y Harry Melling en una escena de la miniserie «The Queen’s Gambit». Foto de Netflix.

Al mismo tiempo, hay una parte de la miniserie que nos cuenta una historia sobre los inadaptados, sobre los parias sociales, sobre esa gente desprotegida que supera la adversidad de su propia vida con uñas y dientes. Esta metáfora estará encarnada por el personaje de Jolene (Moses Ingram), una afroamericana que también es huérfana, ya muy mayor para ser adoptada. Ella se convierte en una de las pocas figuras de confort que tiene Beth en la vida. Al paso de los años –y en el mayor momento de crisis–, Jolene reaparece convertida en otro ejemplo de superación personal para recordarle a Beth lo verdaderamente importante en la vida: quién es en realidad y dónde está “la casa” al final del camino. Le hace saber, además, que aunque en apariencia se sienta sola, siempre hay alguien ahí afuera con quién contar.

Por otro lado, el claro fenómeno de mercadotecnia provocado por Netflix ha demostrado que hasta lo aparentemente más aburrido para algunos –como el ajedrez– se puede convertir en una moda bastante constructiva, si tomamos en cuenta el exagerado crecimiento de las ventas de tableros del juego, así como el incremento veloz de las inscripciones a las escuelas de ajedrez, precisamente, de niñas inspiradas por la historia. ¿Cuánto tiempo durará esta tendencia? Es difícil asegurarlo, sin embargo, ¿qué mejor si los contenidos diseñados para vender y entretener tengan impactos positivos en la vida real?

En un momento en el que la gente se prende las manos en fuego por no preguntarse qué contiene el gel antibacterial y se beben galones de cloro para combatir una –según ellos– falsa pandemia, qué bueno que los nerds sigan buscando formas de dominar el mundo. Y más, si no es importante saber de dónde vienen ni cómo nacieron.

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