“Freud” (la serie): un gran engaño metodológico

«Es un error metodológico creer que lo que no se ve no existe.
Y, al revés, que sólo lo que se ve existe».
Enunciado por Hugo López-Gatell, 9 abril 2020

Hay mucha gente que piensa que «Freud», la serie que transmite Netflix, es malísima. Sin embargo, quizás lo que está ocurriendo es que el público americano no está acostumbrado a la narrativa de la televisión europea. O también puede ser que el espectador reacciona de esta manera porque no ha comprendido el engaño metodológico que esta serie propone.


El mundo sigue colapsado por un microorganismo imperceptible a la vista; y, sin embargo, resultan visibles los efectos derivados del mismo: la enfermedad, la muerte, la crisis económica, la crisis personal y mental.

A pesar de vivir en un paradigma que en su mayoría es positivista –es decir, que no admite como válidos otros conocimientos que no sean los que proceden de las ciencias empíricas–, el ser humano, desde hace mucho, suele estar pendiente de las cosas invisibles y no por ello imperceptibles. La mente misma, por ejemplo, no se puede ver, tal cual. No hemos aprendido a visualizar nuestros pensamientos y, no obstante, estamos convencidos de su existencia, por ejemplo.

El conocimiento sobre el funcionamiento de la mente se ha construido a partir de investigaciones convertidas en teorías igualmente invisibles, pero definitivamente perceptibles ante la humanidad. Uno de los máximos referentes de las corrientes modernas sobre estudios de la mente («padre del psicoanálisis»)  es el médico neurólogo austríaco Sigmund Freud, quien vivió entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.

El pasado 23 de marzo, Netflix estrenó una serie de televisión europea que, en teoría, está basada en la vida de Freud. Sin embargo, en la práctica más parece una excusa para contar otras cosas.

“Freud” es una producción alemana y austríaca protagonizada que nos muestra a un joven Sigmund Freud en el momento coyuntural de sus teorías más grandes sobre la existencia del id, el ego y el súper ego (el ello, el yo y el súper yo), tres dimensiones de la psique humana que supuestamente condicionan la mayoría de nuestros comportamientos.

En una época que también era positivista (finales del siglo XIX), se creía que los padecimientos mentales se debían a desequilibrios de sustancias en el cuerpo y que había síndromes de comportamiento motivados por otras carencias fisiológicas, como la histeria. Dentro de la histeria caía un sin número de conductas y se estigmatizaba particularmente a las mujeres fuera del actuar “normal”.

La posibilidad de la existencia de algo llamado “conciencia” era impensable y la interacción entre las tres partes propuestas por Freud se consideraban paparruchas sin sentido, especialmente, cuando se enuncia la hipnosis como tratamiento recomendado.

Evidentemente, Sigmund Freud es víctima de burlas y descalificaciones por parte de sus colegas y sus propuestas tienen muy poco eco en ese contexto. Comenzando la serie, se acepta esta supuesta premisa en la que veremos al joven Freud abrirse paso en la academia mientras comprueba sus descubrimientos. Sin embargo, pronto se comprende que no es así.

Una de las maravillas de las plataformas de contenido audiovisual –como Netflix o Amazon Prime Video– es la posibilidad de ver proyectos de otras partes del mundo, enfrentarnos a otras narrativas, sacarnos del consumo habitual de producciones ‘hollywoodenses’ y, en muchos casos, francamente cautivantes y sorprendentes.

Las series europeas nos ofrecen otra forma de contar historias y esta no es la excepción: desde el primer episodio de «Freud» vemos valores de producción impresionantes, como el diseño de arte, facilitado por escenarios antiguos conservados hasta nuestros días. Es por ello que ubicar el espacio-tiempo en 1800 no supone una gran dificultad arquitectónica. De la misma manera, Europa cuenta con suficientes referencias a la mano para generar vestuario y maquillaje coherente y bien construido. Logran de forma natural desarrollar personajes de época muy sólidos.

Por otro lado está el ritmo de la narrativa europea, que es claramente distinto al americano. Es un ritmo que nos van contando la historia a través de situaciones que no conectan de forma obvia. Lo logran a través de secuencias audiovisuales mucho más contemplativas. El estilo europeo de filmar se vuelve una afición adquirida, pues requiere de cierta disposición del parte de espectador, que debe esperar más tiempo para que “suceda algo”.

«En “Freud” nos damos cuenta demasiado tarde de que la serie no sólo no habla de su trabajo, sino que pretende inscribirse en el género de suspenso o de lo “sobrenatural”»

 

El actor austríaco Robert Finster protagoniza la serie «Freud» (2020), que se transmite en Netflix. El nombre original de la serie es «Regression».

Aquí va algo breve sobre el argumento:

Al mismo tiempo en que estudia sus teorías, Sigmund tiene un encuentro con una familia húngara de la cual forma parte Madame Fleur Salomé, quien tiene habilidades superiores para el estado de hipnosis. La matriarca de los húngaros, Sophia von Szápáry, se aprovecha de esta condición para manipular a la joven y conseguir sus propósitos político-económicos frente al Imperio Austro-Húngaro. Cuando Freud se encuentra con esta familia, comienzan a suceder “invocaciones a la bestia”, apariciones, posesiones demoniacas, premoniciones, rituales sanguinarios y encuentros sobrenaturales. Así que todo se va al carajo.

Es por ahí del cuarto episodio que se entiende el nuevo camino de la historia y queda clara la surrealidad (o de plano, irrealidad) planteada. Es cuando resulta que nada de lo anterior debe ser tomado con seriedad. El problema de esto es que el espectador ya está demasiado comprometido con la historia y ha invertido mucho de su tiempo creyendo estar viendo una historia cuando, en realidad, se trata de otra. Es un engaño metodológico.

En este momento, el espectador tiene dos opciones: rendirse a la verdadera premisa y aceptar la nueva convención en donde nada de lo que sucede es real, o, abandonar la serie. El público ha tenido ambas reacciones y quien la abandona considera que es malísima. Sin embargo, «Freud» no es precisamente malísima. Sucede que el ritmo propio de la narrativa europea no advierte en un principio el verdadero propósito de la serie y decepciona a la audiencia que espera otra cosa.

La cosa se complica todavía más cuando ahí del episodio seis ya nada tiene sentido y se vuelca en una escalada de locura que desacredita todo lo planteado con anterioridad. Es decir, cuando el público ve una serie como «Penny Dreadful» sabe comprender desde el comienzo su carácter fantasioso y se compromete con esa narrativa. En el caso de Freud –de la que hasta cierto punto se comparte la posibilidad de eventos extraordinarios, no evidentes a los ojos humanos–, el cambio tan drástico y vertiginoso es sencillamente frustrante.

Es posible que por disciplina cinematográfica la audiencia decida terminar de verla. No obstante, será únicamente por no quedarse sin saber el final de la historia; más que por una verdadera lealtad y fidelidad con la misma.  Y ni hablar de una segunda temporada donde se esperan nada más que rituales satánicos sin ton ni son. 

Otro elemento posiblemente atractivo para el espectador lo constituye la alta cantidad de gore y desnudos realizados, de los cuales no se ve tanto al comienzo de la serie sino hasta después de la mitad. 

En conclusión, si acude a esta serie con la idea de aprender algún dato nuevo sobre Sigmund Freud o sobre su trabajo teórico sobre la psique humana, simplemente, es mejor que no la veas. Le va a caer muy mal.

Y esto no está invitando a descartar la premisa inicial hecha en este texto, pues definitivamente hay mucho más en la existencia en la vida de lo que normalmente alcanzamos a ver, pero, aun así, hay límites dentro de lo visible e invisible, límites en lo que hay y en lo que no hay. Sería justo que nos avisaran al respecto. Decida cada quien cuál porción de la realidad prefiere asimilar.

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