Sobre porqué Game of Thrones casi me gusta tanto como Carnivale

[El siguiente post no tiene spoilers… y si los llegara a tener, en realidad no cuenta nada trascendental sobre Game of Thrones que me hiciera merecedor de sus insultos y maldiciones]

Recuerdo años atrás, cuando descubrí que unos buenos amigos se burlaban (a mis espaldas) de mi gran entusiasmo  por una serie de televisión que por entonces no movilizaba tanto al mass media como hoy en día. Como los que se burlaron son buenos amigos, aquello no me causó demasiada molestia y también entendí porqué lo hacían. Ellos trabajan todos los días atendiendo temas serios, temas de vida y muerte, asuntos de realidad nacional para los que una historieta de corte medieval (en realidad) representa una completa nimiedad.

Y claro,  hablo de Game of Thrones, que nació en mí gracias al tremendo espacio que mi vida le dedica al ocio.

Esa adicción nació en el ocio y seguirá viviendo ahí. Pero, de alguna manera, se convirtió –como muchas otras nimiedades– en algo importante.

No hay más cliché del ocio que aquel primer encuentro. No sabía nada de la serie, ni de los libros, ni George R.R. Martin y la madre que lo parió, ni nada. Estaba en pleno zapping con el control remoto,  explorando la televisión por cable. De pronto me detengo en la escena de un enanito adinerado que en un bosque es capturado por unos salvajes que le cuestionan cómo desea morir. La respuesta que el enanito le dio es lo que hizo que en cosa de un par de semanas me devorara los primeros diez episodios de la serie televisiva y el primero de cinco libros:

«(Quisiera morir) en mi propia cama, a los 80 años, la barriga llena de vino y mi verga en la boca de una doncella».

– Tyrion Lannister, respondiendo a Shagga, de los salvajes del Valle de Arryn. 

Aquella no era una frase de Cervantes como tampoco un poema de Lord Byron. Pero desde entonces me enganché con aquel estilo, mitad Tolkien, mitad un fogoso Fernando Vallejo; y me enganche de aquella fórmula tan simple (y por lo tanto, difícil) de engatusarnos: un personaje con evidentes limitaciones físicas que subsiste en un mundo violento y despiadado con nada más que su cerebro y su bolsillo (que juntos, no son poca cosa).

Y desde entonces soy #TeamLannister

Hear me roar, madafakas..!

Los personajes

Como decía, la construcción (e intempestiva eliminación) de los personajes es quizás lo que más me gusta de «Canción de hielo y fuego» y de «Game of Thrones«, porque sí, es necesario aclarar siempre que son dos cosas distintas… aunque co-dependientes.

La construcción de los personajes es cosa de Jorgito R. R. Martin, 66 años, un freak de la ciencia ficción, el terror y la literatura fantástica, alguien que los entendidos ahora desprecian debido a que aún no ha muerto, pero el día que eso ocurra hablarán maravillas y maravillas sobre el gringo barbudo que, contra todo pronóstico y pese a ser Licenciado en Periodismo, terminó por encontrar el éxito, el aprecio y la admiración de los demás. 

George ha creado un personaje de carácter férreo, frío, agudo, suspicaz, venenoso, letal, rencoroso e incondicional a sus hijos. Lo bautizó como Cersei Lannister.

George ha creado un personaje ético, honorable, impulsivo, hábil, justo y con la posibilidad de flaquear a todo lo anterior. Lo bautizó como Eddard «Ned» Stark .

George ha creado un personaje que es un borracho, blasfemo, realista, sincero, inmisericorde, ruin, inmundo, pero muy ubicado a la hora de separar cómo es el mundo real y el mundo de fantasía que rinde tributo al honor. Lo bautizó como Sandor «El perro» Clegane.

Y así podría despintar las teclas de esta computadora describiendo las múltiples características de cada personaje de «Canción de hielo y fuego». Vaya, R.R. Martin incluso le dio adjetivos a tres dragones.

Pero termino este apartado contando lo siguiente: hace algunos años le regalé el primer libro de la saga («Juego de tronos») a mi suegra. A ella le gusta leer, pero el libro se le atragantaba y parecía no avanzar demasiado. Cuando le preguntaba: «señora, ¿cómo va con el libro?«. Llegaba el momento penoso (para ella, y luego para mí) en el que me explicaba: «No he podido adelantar mucho. Es que cuando lo dejo en pausa y quiero retomarlo, ya se me olvidaron tantos nombres que aparecen y me toca volver a empezar«.

He dejado de preguntarle. En buena parte la entiendo. Los cinco libros publicados hasta el momento contienen una catarata casi infinita de personajes que van apareciendo y desapareciendo y que la serie de TV es (con justa razón) incapaz de reproducir.

Por eso es que los fans de este asunto nos compartamos como junkies impulsivos. Los libros se devoran y la serie hay que verla en maratón. Consumimos esta droga y no terminamos de saciarnos casi nunca. Ponemos imágenes de estas casas inexistentes en nuestro perfil de Twitter, recitamos idioteces sobre lobos, dragones, leones, y krakens en las redes sociales como si todos fueran igual de inmaduros y les importara un carajo.

Damos pena ajena.

Y somos felices.

Y tristes… cuando a Jorgito R.R. Martin (o a los productores de HBO, porque ahora ya no se sabe) les da por asesinar a un personaje. O nos encabrita incluso las maneras de las muertes. ¿Porqué aquel que era tan bueno muere de esa manera tan bestial y este otro que una completa charamusca de pus muere apenas envenenado? 

Hay que agradecer también que este batallón de junkies haya crecido tanto. De lo contrario, Game of Thrones quizás no hubiera pasado nunca de la primera temporada. Es una serie demasiado cara. Recrear escenas para televisión como la de la batalla del Aguasnegras (segunda temporada) es una misión titánica. Game of Thrones es la tercera serie más cara de la historia. Posee la realización de una película en toda regla. Cientos de actores, una escenografía y vestimenta medieval muy bien lograda.

HBO ya ha realizado este tipo de trabajos en el pasado. Lo realizó primero con Carnivale –mi serie favorita de todos los tiempos– y luego lo hizo con Roma. Ambas eran tremendas historias, pero demandaban de presupuestos exhorbitantes. Quizás si estas series hubieran logrado la popularidad y el culto (merecido, por supuesto) de Game of Thrones, hubieran podido durar más allá de dos temporadas.

Por eso es que uno debe apreciar que hoy se estrene la quinta temporada de una historia como la ideada por Martin (y que se haya anunciado que serán siete temporadas en total). Y es necesario también agradecer que ahora se partan un poco los caminos entre los libros y el show televisivo.

A más versiones, más emociones.

 

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