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«The last of the Starks»: el regreso de la política y el sexo

Gendry: Have you seen Arya?
The Hound: You can still smell the burning bodies, and that’s where your mind is at?
— Game of Thrones, 8×04

«The last of the Starks», cuarto episodio de la temporada final de «Game of Thrones», pisa el acelerador para conducirnos al escenario que los guionistas han planteado como el decisivo, el de la batalla que se aproxima en Kings Landing. Para ello, la serie volvió a las raíces de su éxito: política, acción, sexo y traiciones.

[Alerta spoiler: la siguiente reseña revela detalles de «Game of Thrones», que forma parte del catálogo de HBO]


Jóvenes, aventureros, locos y exitosísimos… ¿Quién no querría ser David Benioff o D. B. Weiss? Después de todo, son los creadores y guionistas principales del fenómeno cultural por televisión y streaming más importante del mundo: «Game of thrones». Sin embargo, la verdad es que yo no: la presión sobre sus hombros en pleno desarrollo de la temporada final del macro evento que ha sido esta serie de televisión debe ser aplastante. Tras la publicación de cada nuevo episodio, se activan los arranques de una horda de frikis procedentes de todos los rincones del planeta y que demandan ciertas cosas, cierto nivel, determinada historia, un final específico; gente que incluso sabe más que los escritores mismos de la serie y consideran cada capítulo como una trascendente parte de sus vidas, como si ellos fueran los protagonistas, héroes y villanos.

Después de anunciar con bombo y platillo que el pasado episodio, «La batalla de Winterfell», sería lo más grande sucedido hasta el momento en el género épico, hubo algunos sinsabores y algunas quejas muy concretas del fandom acerca del facilismo con el que se le dio muerte al Rey de la Noche a través de uno de los personajes más populares (Arya Stark), la poca trascendencia de las muertes en batalla (ni la muerte de Ser Jorah o la de Lyanna Mormont les pareció suficiente) y la utilidad nivel pisapapeles de Jon Snow en todo el episodio. Esto, sin hacer énfasis en el exagerado low key que volvió locos a todos los que siguen la serie a través de HBO Go y que trataron de interpretar cuál pixel estaba a punto de morir en la batalla. 

Lo cierto es que el impacto mediático de ese episodio sí fue muy amplio. Hay quienes describen que ha sido “lo mejor que les ha pasado en la puta vida” y así… aunque particularmente, pienso que no fue para tanto, aunque sí despejó varias interrogantes necesarias para conducir el barco hacia el desenlace de la serie, que ocurrirá en un par de semanas.

Antes debimos transitar por «The last of the Starks», cuarto episodio de la temporada final, transmitido el pasado domingo 5 de mayo y que tuvo la misión de reestructurar la narrativa de todo lo restante y acomodarlo para anticipar el final definitivo, un final que –debido a la extinción de la amenaza del «invierno»– ahora se enfoca en la disputa por el trono. Previo al estreno del cuarto episodio, ya teníamos muy claro que esa sí es la verdadera misión de nuestros personajes: ¿quién ganará en el juego por el trono? Así, muchas cosas definitivas sucedieron en este corte, además del cameo de Starbucks por el que todo el mundo está enloqueciendo (¡Vamos! ¿En serio creen que fue un descuido?).

Con un desgarrador opening, el episodio rinde homenaje a todos los caídos, con especial énfasis en Ser Jorah Mormont, Lyanna Mormont, Theon Greyjoy, Beric Dondarrion y Edd (de la Guardia de la Noche). Por iluminación y actuación, nos vimos sumergidos en un ambiente luctuoso, con las lágrimas y las palabras de homenaje y despedida, mientras un conmovedor fondo musical nos arrugó el corazón. Contemplamos la imagen de la extinción de casi todos los dothraki y respiramos con alivio al ver que Ghost, afortunadamente, la libraría por poco. Un tibio discurso de Jon Snow cierra la secuencia que, mientras pone a arder todos los cadáveres, da paso a “la celebración”.

En esta especie de macrocantina norteña recuperamos gran parte de la esencia que hizo tan grande a «Game of Thrones» desde un principio. Esto se resume a «política y sexo». De ello se trató la serie desde un principio, más allá de ser una historia ubicada en un imaginario mundo medieval con personajes peleando por un trono. La intriga, la piel, las relaciones escabrosas: eso fue lo que nos hizo engancharnos e invertir casi diez años de nuestra vida en ello. 

El personaje de Ser Brienne de Tarth pierde su virginidad en este episodio. Mientras que Jaime Lannister relega, a su vez, la fidelidad sexual que presumimos mantendría siempre a Cersei.

Este episodio nos dio relaciones pasionales, como la del nuevo Gendry “Lord Friendzone” Baratheon y Arya; como el desenlace del mejor triángulo amoroso de la historia protagonizado por Ser Brienne, Jaime y Tormund; la pelea carnal y sexual entre Danaerys y Jon, después del hallazgo del verdadero origen del norteño; como también volvimos a asquearnos con el servilismo absurdo y grotesco que Euron Greyjoy parece ofrecerle a Cersei. 

Sin embargo, «The last of the Starks» también nos dio momentos políticos y bélicos importantes, como la revelación que tiene Danaerys cuando parece cuestionarse si, efectivamente, Aegon Targaryen es, además de legítimo, un mejor rey que ella; o la revelación de esta auténtica identidad de boca de Jon a oídos de sus hermanas; y luego de boca de Sansa a Tyrion; y, finalmente, de boca de Tyrion a Varys, demostrando así que nadie más que Ned Stark es capaz de guardar un secreto en todo el reino.

A partir de estas revelaciones se empieza a fraguar una conspiración que se ve interrumpida por la emboscada de la flota liderada por Euron y que termina con el secuestro de Missandei y el asesinato brutal (y sorpresivo) de Rhaegal, el dragón que, convenientemente, Jon había decidido no montar esta vez para que pudiera recuperarse. Como si fuera imperativo borrar el antagonismo del Rey de la Noche en un solo episodio, Cersei se erige –ahora más que nunca– como la villana más maligna y despiadada que ha existido en toda la historia. Sus actos lograrían llevar al límite a «La Reina Dragón», quien se entrega a desatar una ira que se anuncia para el episodio de la semana siguiente.

El asesinato de Rhaegal fue uno de los momentos más emocionales del episodio.

No obstante, no fueron sólo elementos narrativos los que regresaron sino también algunos de los aspectos técnicos que nos atraparon en un principio, como por ejemplo, los planos secuencia realizados como puesta en cámara cuando la flota de Euron castigó con sus ballestas a los barcos enemigos y Tyrion tiene que esquivar diversos obstáculos –en una escena de construcción del suspenso– hasta optar por saltar al mar y casi fallecer por el derribo de un pilote de la embarcación.

Las palmas por actuación se las lleva Gwendoline Christie (Brienne de Tarth) cuando, después de creer que su vida con Jaime había comenzado, se resigna a aceptar que él opta por abandonarla y regresar con su ex, que también es su hermana y, además, es la que lo hace cometer actos aborrecibles. Cada momento de su escena y cada fonema de ese «I beg you not to go» son absolutamente destructivos, pues transmiten un dolor verdadero, un dolor que las batallas son incapaces de infringir. 

Este episodio trató de devolvernos el drama que hizo mucha falta en el anterior. Hace una semana, «La batalla de Invernalia» consistió en un despliegue de recursos técnicos que, al final, no pudieron contemplarse a plenitud. Sin embargo, con el episodio cuatro, los guionistas se han colocado a punto de cruzar una línea muy delgada entre concluir la serie coronada como una de las mejores o terminar siendo un pastiche complaciente y hecho a la carrera. 

Varios elementos narrativos han sido dejados fuera y resueltos como por “pop”. Un ejemplo de ello es la participación de Bronn, quien decide no matar a nadie aún y se retira con la promesa de obtener Highgarden a cambio, en una escena inverosímil y que cumplió más una función de relleno. Esta temporada está dejando el temor al peligro de acercarse demasiado a la sobreactuación, como si estuvieran escribiendo como respuesta complaciente a los mandatos del enardecido fandom. Al hacerlo, parece que están forzando el éxito del show. Sin embargo, a pesar de este temor, creo que este ha sido el mejor de los cuatro episodios emitidos hasta el momento, ya que le dio prioridad a la narrativa, una de las principales virtudes de la serie.

El personaje de Danaerys Targaryen encabezó los actos fúnebres en homenaje a todos los caídos en la «Batalla de Invernalia». Foto HBO.

Mención aparte merece Danaerys Targaryen: ¡pobrecita! ¡Qué horrible personaje han hecho de ella! Han construido una mujer egocéntrica, mandona, manipuladora, caprichosa y enloquecida… Esto abre la ventana para la nueva teoría que está circulando ya en las redes sociales –aunque originalmente narrada por mi hermana– y que habla sobre el tratamiento de «Mad Queen» que se le va a dar a la nacida en la tormenta para justificar su muerte. Y es que la decapitación de Missandei y la brutal caída de Rhaegal deberían consumirla, como también lo haría la paranoia de que Jon Snow le quite el trono. Esto parece nublar sus pensamientos, mientras sus asesores discuten una posible conspiración contra ella que desataría una furia tal, que la orillarán a repetir el mismo destino que vivió su padre.

“El episodio de los corazones rotos” es como han comenzado a llamar a «The last of the Starks». Y tiene todo el sentido, ya que todos los personajes dentro de la historia –y nosotros como espectadores– terminaron profundamente desmoralizados, lo que advierte un golpe mucho más duro en el siguiente episodio, que será el penúltimo. Pero al final… “it all comes to sex”. Los creadores tienen un reto muy grande para darnos un episodio suficientemente sexy, suficientemente rudo, como para dejarnos satisfechos. Porque, después de todo, siempre, entre más sucio… mejor.

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