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«Roma»: iguales en el dolor

Inescapable ha sido «Roma», la película más reciente del director mexicano Alfonso Cuarón, estrenada el 14 de diciembre en la plataforma de streaming Netflix. La historia de una empleada doméstica en el seno de una familia mexicana de los años setenta ha capturado la atención mundial hacia una realidad aún presente en los hogares latinoamericanos. Al capturar su propio recuerdo afectado por el tiempo, Cuarón es capaz de reunificar los conflictos –tanto sociales como emocionales– de la época, mientras propone un camino hacia la reparación: entendernos hermanos en las tragedias.


RRoma no es la historia de un hogar sostenido por Cleo en resignación. Es la historia de la alegría, ilusión y dolor de su personaje, todo atravesado por un trabajo que por ratos es tanto una condena como un compromiso emocional. Todo ocurre frente a los ojos de un espectador gracias al buen tino de un director que ofrece, desde la memoria, tragedias invisibles acerca de personas que resulta más cómodo ver como ciudadanos de segundo rango o como «familia pagada», según se les necesite.

Alfonso Cuarón («Y tu mamá también», 2001; «Children of men», 2006; «Gravity», 2013) tomó el nombre y las calles de la colonia donde creció para  trasladar al presente un pasado no tan lejano en tiempo o problemas. «Roma» está basada en la vida de Liboria, quien trabajó en el hogar de los Cuarón como empleada doméstica durante la infancia  del director y a quien él guarda un cariño entrañable. A través de la película se cuenta la historia de Cleo, quien debe navegar un camino de dolor a la vez que su vida se entreteje con la familia para la que trabaja, cuyos integrantes enfrentan sus propias crisis.

Dos escenas sirven para ilustrar la tesis central de la película:

  • En una, Cleo observa de pie a la patrona rodeada por sus hijos, quien a su vez fija la mirada en una boda a pocos pasos.
  • En la otra –usada como imagen promocional–, todos lloran arrodillados sobre la arena.

Entendemos que Cleo jamás compartirá la alegría de sus patrones, sus esperanzas o ilusiones. Son poco más que gajes del oficio, por más cariño que sienta hacia los pequeños de la familia. Solo puede establecer equivalencia a través de la pérdida, ese rito de pasaje que nos es universal a todos, sin importar la casa en que vivamos. Las lágrimas borran cualquier división. Solo podemos entendernos iguales al comprender que sangramos igual. 

«Aquí es donde el guion salta la línea de ejercicio megalómano de nostalgia al iniciar una conversación difícil: propone el dolor como el gran ecualizador. La deuda que como sociedad tenemos hacia las mujeres que trabajan en el quehacer doméstico y las realidades que deben enfrentar es inmensa, pero impagable desde un lugar de falsa superioridad». 

Centenario fraccionamiento de vaivenes clasistas y bipolares, la Colonia Roma es un histórico barrio acomodado de la Ciudad de México, una contradicción que respira. Desde sus orígenes sufrió la transformación de una colonia de alcurnia hacia un centro urbano donde cafés y bares de última, construcciones antiguas y vendedores ambulantes se abrazan de manera orgánica para formar un corredor cultural junto a su vecina: La Condesa. El tiempo cambia los usos, pero no tanto las costumbres. Aún hoy, la Roma choca entre lo popular y lo ostentoso. Es, por tanto, un símbolo de resistencia como un espectáculo de pretensión. Rentar un apartamento en la en la zona es prohibitivo, a pesar de que edificios abandonados no faltan. Pero es en las esquinas de esos encuentros tan contrarios donde la colonia narra su historia y donde brilla su valor.

El hecho de que Cuarón haya escrito y dirigido –además de haber metido mano hasta en la fotografía– permite que las dos mejores cualidades de su estilo invadan pupilas y corazones: la sensibilidad con que aborda cualquier tema y la forma de guiar al espectador hacia una pregunta o reflexión sin ser obvio o ‘infantilizar’. El sonido y la fotografía conjuran a una ciudad dispar y nostálgica; una ciudad reflejada también en la riqueza de simbolismos –como el agua que limpia y bautiza, la vida y su vuelo inevitable, el silencio como evidencia–, rasgos habituales de las películas de Cuarón.

Cuando una producción está más enfocada en reconstruir un momento en el tiempo que en mostrar una opinión sobre él, puede juzgársele prematuramente de glorificar o romantizar. Que Cuarón lo hace en ciertos puntos es cierto. Lo que Roma no presenta, sin embargo, es una injusticia vestida de cariño: deja a la conciencia de cada uno ver una realidad desigual como entrañable o problemática.

Aún así, el ritmo pausado, la ausencia de una banda sonora y la renuencia de enfocarse exclusivamente en Cleo como personaje pueden dificultarle al espectador llegar a estas conclusiones, por tema de gusto o conocimiento cinematográfico. Esta ambigüedad es la que juega definitivamente a favor o en contra, pero lejos de ser condenable abre espacio para el debate. Esa es una victoria para cualquier obra de arte: más que encantar, intrigar.

En cuanto a las actuaciones, Yalitza Aparicio brilla en el papel protagónico gracias a su carisma. Destaca la dulzura que escapa de los ojos oscuros de su personaje, el aplomo con el este enfrenta a sus miedos y su integridad aún cuando es maltratada y despreciada. En ninguno de sus gestos hay servilismo o fidelidad ciega. Su personaje sabe quién es, pese a que su entorno insiste en reducirla a un oficio. En algo ayudará también la experiencia de la actriz en la vida real y cotidiana: ella es maestra de preescolar . También aporta la experiencia de su propia madre, quien ha trabajado como empleada doméstica toda su vida y la motivó a tomar el papel sin ser actriz profesional.

«Y es que Roma es así, fuerte y gentil. Gentil en sus contrastes, en sus contradicciones, en las esquinas donde la memoria traiciona y magnifica. Pero esta gentileza no es blandengue o felizmente ignorante. La historia transcurre a finales de los setenta, en medio de un ambiente político turbulento del que no se salvan los personajes. Cuando la realidad golpea es aguda, ineludible». 

Algún argumento se puede hacer al respecto de si esta película es un vehículo de empoderamiento para las comunidades indígenas. No lo es. No es un retrato exacto, justo o reivindicativo, principalmente porque no pretende serlo o mucho menos contar una historia que no le corresponde. Es un homenaje limitado por el recuerdo y la distancia de clases, un homenaje que se compensa en el silencio, una estampa en el tiempo. Cuarón pareciera tener fe en que sabremos ver las heridas a través del vapor de la cocina, como es ya costumbre en su estilo de dirección.

Con todas estas consideraciones, «Roma» no es solo una excelente representación social del Distrito Federal y el Estado de México en los setenta o una ventana hermosa hacia otras realidades: es el triunfo del arte cinematográfico como experiencia de memoria colectiva, como puente hacia el trauma y de vuelta. Si Alfonso Cuarón fuese recordado por un trabajo, debería ser éste, que lo encuentra en su momento más depurado y sensible. En tiempos de división social y política, este es un regalo, un camino de vuelta y un espejo duro para las sociedades latinoamericanas. 

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