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El mitin del tío Óscar

La gala de premiación que la Academia de Hollywood realiza a principios de cada año, televisada en buena parte del planeta, ha sido muchas veces un escenario para que la élite del cine estadounidense, compuesta en su mayoría por hombres blancos, expíe sus culpas gremiales con discursillos, cintillos multicolores en las solapas y chistes sobre el conservador idiota de turno.


No deja de haber un tufo a hipocresía en todo ese afán de convertir la ceremonia de entrega del Óscar en un mitin para defender la causa de moda: la negritud, el combate al VIH-SIDA, el racismo contra los latinos, la diversidad sexual o la reivindicación de los derechos de la mujer. Digo, la industria del cine gringo, en su versión más mainstream, ha solido ser un inmenso depósito en el que han existido durante años el racismo, la marginación de la mujer y la tolerancia de las agresiones sexuales y la misoginia.

Está muy bien que Meryl Streep se pare, aplauda y vocifere ante el discurso de una ganadora que, en los escasos minutos que le da la organización de la gala, aproveche para reclamar, por ejemplo, los años de desigualdad salarial entre actores y actrices. O que todos se tomen una selfie mientras tuitean con la etiqueta #MeToo. Pero cómo se les toma en serio, a Streep y compañía, si durante años guardaron un silencio cómplice ante los desmanes de barones de la industria como Woody Allen o Harvey Weinstein.

[En 2015, Patricia Arquette ganó el Óscar como mejor actriz en un rol de apoyo. Durante su discurso exigió igualdad de derechos e igualdad en el pago, independientemente del género. La imagen de Meryl Streep apoyándola se volvió viral.]

No, la coherencia discursiva no es algo que pueda pedírsele a la industria estadounidense del entretenimiento. Por eso, en las galas, mejor vale recostarse en el sillón, ver pasar los vestidos y, sí, disfrutar del homenaje que esa noche la industria hace a su materia prima, el cine mismo.

Quiero decir: los mensajes no hay que buscarlos en los discursos, sino en las películas, en las buenas películas que son las protagonistas cada año. Y en esto también hay que ser cauto.

De nuevo, en ese su afán por usar la premiación para decirle al mundo lo progres que son, los miembros de la Academia han solido confeccionar listas de nominaciones en las que al criterio de calidad artística se le suele sumar el asunto de lo políticamente correcto, y este año también, me parece, el afán por dotar de cualidad artística a la superproducción taquillera. ¿Cómo puede leerse, si no, la brillante idea de incluir a «Black Panther» entre las nominadas a mejor película?

Esa decisión sobre «Black Panther» ilustra mi punto: en su afán de ponerle la etiqueta cine-arte a sus productos más rentables –pues el cine de superhéroes lleva una década aniquilando la taquilla–, la Academia va y nomina a una película de consumo masivo que, además, habla del tema afroamericano.

Forzadón.

A ver, no es que no haya cine masivo con buena factura estética. Ahí está «Titanic», portento de edición y montaje de imagen y sonido. O «Braveheart». O «Gladiador». Y también hay películas de superhéroes que son buenas por la calidad de sus actuaciones o de su puesta en escena, como la reciente «Logan», el epílogo que dignificó la serie X-Man.

También hay cine con tema afroamericano de calidad inmensa. como «New Jack City» de Mario Van Peebles o «Boyz N the Hood» the John Singleton. Estos dos directores, junto a Spike Lee –que hoy vuelve a las nominaciones– son parte de una generación que prácticamente inventó el cine negro urbano en los noventa. En aquellos años, sin embargo, su obra apenas se insinuó en las noches de Óscar.

[Mítica escena de la película «Do the wright thing», de Spike Lee, estrenada en 1989]

Es cierto que en los últimos años la vetusta Academia ha tratado de sacudirse el polvo nombrando a más mujeres o a hombres y mujeres de diferentes orígenes étnicos para intentar olvidar una de sus características fundacionales: su ‘blanquitud’.

Como todas las élites en Estados Unidos –la política o la industrial–, la del cine ha sido blanca siempre, y son esos valores los que han dominado en esta industria en cuyas películas los latinos han solido ser jardineros, bailarines o mucamas, los negros blancos honorarios, los homosexuales marginales y las mujeres, casi siempre, agredidas.

Las cosas, sí, van cambiando, por la inercia de la historia y el peso de la realidad más que por méritos de la industria, los cintillos multicolores o los sentidos discursos.

En las listas de nominados de las últimas dos décadas sí se han colado películas complejas, de excelente factura estética, con narrativas audiovisuales alternativas y con visiones del mundo que nacen y llegan mucho más allá de la soleada California.

Es reconfortante entender, también, que la sequía creativa de la industria gringa ha dado paso a multiplicidad de narrativas, y que la irrupción del streaming en la cultura del consumo masivo de entretenimiento ha empezado a cambiar los parámetros con los que todo esto se mide. Sin Netfilx, por ejemplo, «Roma» de Alfonso Cuarón muy probablemente hubiese sido una gran película que casi nadie vio.

También es cierto que sin las listas ampliadas de los Óscar, «The Shape of water», de Guillermo del Toro, no hubiese tenido la repercusión que tuvo con su estatuilla a mejor película el año pasado. Lo mejor de eso es que, con ese premio, el streaming nos devolvió a «El Laberinto del Fauno», que es en realidad la obra maestra de este mexicano.

Como en todo, aquí las cosas no son solo muy blancas o muy negras. Hay muchas noticias buenas, además de la diversificación del lote de premiadas y nominadas. La mejor es que, en realidad, lo único que a Hollywood le va quedando es irse poniendo al día con un arte cuya diversidad lo ha sobrepasado siempre. En las últimas décadas, todo el cine-arte que empezó a hacer bulla en Sundance y que a nuestros confines del mundo llegaba apenas en forma de festivales minúsculos se ha ido convirtiendo en consumo masivo. Eso es genial.

Al final, para quienes seguimos disfrutando el pecadillo del oropel, la noche de Óscar seguirá siendo cita obligada. A mí, este domingo 24 de febrero, me anclará frente a la pantalla el afán por escuchar a Lady Gaga interpretando «Shallow» y el de ver a Yalitza, la indígena mixteca, en el público [¿o el podio?] abofeteando con su sonrisa a tanto actorzuelo mexicano envidioso.

Tiene lo suyo el show, siempre que uno no se tome demasiado en serio el ímpetu de mitin de plaza que tanta gracia causa entre los progres que llegan todos vestidos con la última y estrambótica creaciónd e los diseñadores más cotizados y aromatizados con Channel number 5.

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