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Cuarón necesita una repisa más grande para los premios de “Roma”

Lo de “Roma” ya no es debatible. Las subjetividades en contra que ha tenido la película semibiográfica de Alfonso Cuarón pierden fuerza frente al atado de premios y reconocimientos que siguen amarrando la cinta y su director. Casi todas las academias cinematográficas y organizaciones de críticos han coincidido en que “Roma” es la mejor película de la temporada 2018-2019. Y lo mismo ha sido para Cuarón como mejor director. ¿Por qué una película “tan lenta” en la que “no pasa nada” ha sido tan premiada?

[Spoiler Alert: la siguiente reseña revela detalles puntuales de la película «Roma»]


Se estrenó en el Festival de Venecia el 30 de agosto de 2018. El 8 de septiembre siguiente se ganó el León de Oro del certamen italiano. Desde entonces, “Roma”, la película semibiográfica del director mexicano Alfonso Cuarón, no ha parado de ganar premios y reconocimientos. 

Los galardones más mediáticos han sido, hasta ahora, los Globos de Oro a mejor película y mejor director. Le han seguido los premios BAFTA de la Academia Británica de Cine. Y también los premios Critics Choice. Pero también ha ganado, de forma indistinta para mejor película y mejor director, los Satellite, los José María Forqué, los Goya, los Capri, los de la Academia de Cine de Australia y los de la Academia Británica de Cine Independiente. Y los reconocimientos de más de cuarenta círculos de críticos de ciudades de Estados Unidos, Canadá e Inglaterra, y de varias asociaciones de mujeres y afroamericanos críticos de cine y de periodistas estadounidenses y latinoamericanos.

Las diez estatuillas del Oscar por las que compite “Roma”, con este palmarés, solo obligarían a Cuarón a hacerse de una repisa más amplia para que le quepan las que posiblemente va a ganar el domingo 24 de febrero de 2019.

No hay polémica. “Roma” es una obra maestra, de esas películas con firma de director que no se apreciaban en la pantalla desde Kubrick, Polanski o Scorsese.

Sin embargo, hacer una reseña formal de “Roma” a estas alturas sería como querer mojar el agua. El aporte, creo, podría estar en reafirmar qué no es esta película. 

Se la ha acusado de “lenta”, de que en la trama “no pasa nada”, de que toda la historia se puede resumir en dos o tres ideas para las que no se necesitaban más de cien minutos, de que romantiza el empleo doméstico, de que legitima el machismo y la división patriarcal de las responsabilidades del hogar y la familia tradicional, de que no presenta ni representa a las mujeres empoderadas.

“Roma” es una reconstrucción de un momento familiar que pasó frente a los ojos de Alfonso Cuarón cuando era niño y vivía en la colonia Roma de la Ciudad de México con sus padres, sus hermanos y su nana: Liborio Rodríguez. Libo, como la llama el director, es la piedra angular de “Roma”. Es un reconocimiento íntimo de Cuarón para quien cuidó de él y sus hermanos en los años de infancia. La película del mexicano, entonces, no es más que un recuerdo como los que nos hacemos de nuestras propias vidas: los ojos de los hijos sobre los padres, sobre los hermanos, los amigos. Y entonces sabrán, pues, que los recuerdos no tienen rayos láser interespaciales ni superheroínas. Más bien, los cúmulos de imágenes y los registros de nuestra memoria colocan las piezas para estructurar un recuerdo, siempre casi mudo, porque la memoria hace un gran trabajo para archivar palabras y frases, pero nunca largas conversaciones con detalle de grabadora. Cuarón ejercitó la memoria y culminó con esta cinta.

Yalitza Aparicio (izquierda) y Marco Graf (derecha) actúan en una de las escenas de «Roma». La oaxaqueña está nominada a un premio Óscar en la categoría de mejor actriz en un rol protagónico.
Foto Netflix.

El ritmo que le da a la prosa de imágenes y encuadres trae a cuenta a un género olvidado como el neorrealismo italiano de las primeros años después de la Segunda Guerra Mundial. “Ladri di biciclette” de Roberto Rossellini y “La strada” de Federico Fellini son dos de las películas más representativas del neorrealismo en Italia. Filmes que muestran “la vida misma”, podría decir cualquiera. Películas fuera del ritmo del cine tradicional, con una intención de ser espejo de la vida cotidiana. “Roma” evoca aquel género. Los blancos, grises y negros refuerzan la idea del recuerdo de Cuarón.

El director mexicano nos abre una ventana íntima: los meses que transcurren en dos años continuos de la vida de su familia a través de la mirada de Cleo (es decir, Libo, en la vida real). Cuarón no cayó en la tentación de tratar bien a su familia ante su audiencia. La integridad de sus memorias, al menos en un noventa por ciento de fidelidad, como lo ha expresado en entrevistas previas, la presenta con sencillez y honestidad, sin pretensiones de endulzar personajes. 

Este es el afiche de «Roma», película mexicana que parte como favorita a ganar el principal premio Óscar en la edición de 2019.
Foto Netflix.

Su padre: una figura lejana de su hogar, un mujeriego desatado cuyo secreto solo lo comparte su madre y que termina siendo descubierto por toda la familia, pero a quien se le guarda respeto por ser el fundamento económico del hogar. Su madre: una mujer víctima de las infidelidades de su esposo, dedicada a sus hijos y a su casa para lo que se hace ayudar de Cleo, una empleada que vive un amor pasajero y se embaraza de un tipo que la considera menos que mierda y que la va a terminar amenazando de no buscarlo más porque no se va a hacer cargo de su hijo.

Todo ocurre a principios de los años setenta. Muy lejos en el tiempo y muy lejos de los pensamientos predominantes más sofisticados sobre los derechos de las mujeres de hoy en día. Lo que no pudo traer “Roma” en alguna viñeta de Netflix fue la advertencia de que era un reflejo de un recuerdo en el tiempo, lo más fidedigno posible, del director, y que para las épocas de infancia de Cuarón la figura de las mujeres en las sociedades latinoamericanas no era para nada ajena de la que rememora el mexicano en su película: víctimas silenciosas de un sistema predominantemente masculino, machista y misógino. Así eran aquellos tiempos y Cuarón fue sensato.

Presentar algo diferente no solo hubiera sido más apegado a la ficción, sino que este ejercicio de llevar un recuerdo personal a la pantalla se hubiera contaminado de los “ismos” actuales. 

Con Cleo podemos ver a la familia de Cuarón y podemos verla a ella, quien nunca parece tener un destino que cumplir. Esos son los momentos en los que la audiencia pueden perderse, la incertidumbre de qué va a pasar cuando ya han pasado decenas de minutos sin que “pase nada”. La vista de Cleo es la de Cuarón sobre su familia, incluso sobre sí mismo, que en la película es Paco, el hermano de en medio.

Paco, es decir Cuarón, es un personaje casi invisible. A diferencia de su hermana y sus otros dos hermanos, mucho mejor dibujados. Claro, si al final es una revista del director sobre su familia, sin buscar protagonismo, el más ausente será él mismo. Difícil cuestionarle a un artista sobre la “lentitud” de sus estampas en la memoria o de la falta de diálogos tensos o de no haber llevado una vida de “planteamiento-nudo-desenlace” o, peor, de haber existido sin moralejas ni reivindicaciones. 

Otra de las áreas en las que «Roma» destaca –y donde está llamada a ganar un premio Óscar– es en el apartado de fotografía.
Foto Netflix.

Esa es la diferencia que hace Cuarón. Ese es su tesoro, no presentarnos una película tradicional, sino algo más íntimo, un secreto que nos termina compartiendo y, quizás, invitando a algo bello:

Todos, sin distinción, tenemos nuestras propias Romas que contar y, más importante, de todos tenemos sus propias Romas que escuchar.

Si esta es una nueva forma de contar historias desde el cine, bienvenida sea. Un gran director no solo echa mano de un buen guion. Sabe, también, que todas las herramientas cuentan, informan, proyectan, provocan, dan sentido. Cuarón usa arte de fotografía y encuadres perfectos. No hay que detenerse mucho acá, solo que sea para contemplar, admirar y aplaudir.

Tenía razón Cuarón cuando dijo que tenía miedo de que la audiencia no interiorizara su película. Hay espectadores muy críticos con “Roma”, claro. Es comprensible. Casi siempre, mostrar alternativas a lo mainstream va a incomodar, va a hacer apagar la tele, buscar otra película o serie en Netflix más acolchonada para los moldes actuales. Quienes quieran quedar bien hasta la verán por partes, 15 minutos cada día, y se quebrarán la cabeza para comprender por qué es una obra maestra. No es necesario. Se trata de empatías, reflejos, sensibilidades que no son obligatorios para todos.

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