La guerra del ‘fool-ball’

Se planteaba como un duelo dramático y, al menos desde la gradas del Estadio Olímpico Metropolitano de San Pedro Sula, la promesa no decepcionó. El martes 29 de marzo, Honduras venció 2-0 a El Salvador —no sin antes sufrir más de lo anticipado— y relanzó así su candidatura para la hexagonal final rumbo al mundial de fútbol Rusia 2018. Revista Factum estuvo ahí para capturar algunas de las mejores imágenes que dejó la jornada, así como para compartirles el choque de dos aficiones que a ratos pareciera que de verdad piensan que están destinados a entrar en conflicto por bolsones fronterizos, propiedad intelectual de las pupusas o los caprichos de un balón y sus protagonistas en la guerra del ‘fool… ball’.


Nunca mejor ejecutada. La popular expresión “Naambe chele” encontraba en  la afición salvadoreña a un personaje que debería patentarla. “El Chele” llevaba ratos de venir tentando al diablo. Enfático y decidido, este aficionado (cuya identidad conviene omitir, por motivos de seguridad) había viajado hasta San Pedro Sula, Honduras, con un grupo de compatriotas cuscatlecos y estaba empecinado en hacer de aquella, una noche especial.

Quizás eran los nervios del juego, el sentirse acompañado por un centenar de viajeros, el haber cantado el himno nacional en suelo hostil o las continuas cervezas ingeridas. Nadie lo supo, lo cierto es que algo lo aconsejaba con ponzoña. Curioso caso el de “El Chele”, quien evidenciaba desconocer el nombre de los futbolistas salvadoreños de aquel batallón azul al que había encomendado los sueños de una noche de verano. Su pareja lo invitaba a calmarse repetidamente. «Nooombre, Chele, calmate. ¿Que no ves que son muchos?», le decía. Pero “El Chele” es de esos tipos chapados a la antigua… la prehistórica. Él es de los que están dispuestos a rifársela a trompadas con 40 mil hondureños, si eso es lo que se requiere.

Cuando Honduras anotó el primero de sus goles, “El Chele” no encontró, en un principio, dónde esconderse. Su reflejo automático fue elevar las dos manos y mostrarle el dedo medio a quien se atreviera a concederle una mirada burlona. Instantes previos, apenas minutos antes, bravucón le había espetado a la multitud un reto: había preguntando si alguien era tan valiente como para apostarle 10 mil lempiras. Sumergido en la inconsciencia, él estaba seguro de que ganaría El Salvador. Poseso de una vuvuzela irritante —si acaso existieran algunas que no lo sean—, este salvadoreño no sería el único dispuesto a asumir el disparate de pelear mano a mano contra una multitud catracha que ganaba en todo: en el marcador, en la cancha, en las gradas, pero sobre todo, en la intolerancia. Por un buen rato, muchos hondureños se la pasaron arrojando cerveza, basura y botellas de agua al reducido grupo de salvadoreños (unos cien, exagerando) instalados en zona preferencial. Para entonces, ya los bicolores estallaba en júbilo y liberaban la presión que por un buen rato asimilaron con extrañeza. No era posible que su equipo —evidentemente más rápido, más fuerte, con jugadores de mayor estatura y experiencia, aclimatado al calor costeño— pasara penurias con un rival que hasta hace muy poco tiempo estaba en huelga… de entrenos, de hambre, de dignidad.  Con el transcurrir del partido (que finalizaría con desenlace positivo para ‘La H’ de 2-0) quedaría claro que el local hizo más por llevarse el triunfo, aunque El Salvador merece el crédito de haberlo llevado hasta el límite. A diferencia de lo que la televisión a veces nos muestra, desde el campo y con la presión que la fanaticada catracha inflige, las cosas se analizan de manera distinta. El Salvador luchó y sus viejos vicios le cobraron la factura. Mientras este equipo continúe perdiendo de una manera tan abismal la lucha física, seguirá viva la racha de ya 13 años sin poder vencer a Honduras en juego eliminatorio rumbo a un mundial. Hay partidos que se comienzan a perder desde la raza.

Ambiente previo

Desde que se llega a San Pedro Sula se vive una experiencia de temor particular. Es arribar a esta ciudad y comenzar a escuchar historias de violencia extrema como tierna plática ligera. Don René, el taxista que nos condujo al hotel apenas unas horas antes del juego, nos habló de masacres, de pandilleros que someten a la población, de cómo no había transporte público disponible hacia Puerto Cortés debido a que el día anterior habían asesinado a un motorista y de cómo los taxistas no se animaban a transitar de noche por la zona en la que, casualmente, habíamos decidido hospedarnos. Más tarde nos daríamos cuenta de que mucho de lo que nos contó había sido un tanto exagerado. Pero no todo. Camino al estadio, en ese día, nos encontramos con un cartel del periódico La Prensa que hablaba justo sobre el relato del transportista asesinado.

Imagen captada en una de las calles de San Pedro Sula, el día del juego entre Honduras y El Salvador. Foto Orus Villacorta.

Imagen captada en una de las calles de San Pedro Sula, el día del juego entre Honduras y El Salvador. Foto Orus Villacorta.

Y en la calle también se percibía la misma vibra. Un convoy policial boqueaba todo acceso al estadio y tocaba caminar un largo trayecto para llegar al recinto. Ahí nos esperaban ya las primeras ventas callejeras con artículos dedicados a apoyar a la bicolor. También asomaban los primeros revendedores. Un boleto a sol general, la entrada más barata, costaba con ellos 100 lempiras ($4.44 dólares). Más tarde, en la caótica salida del estadio, unos colegas del periódico Diez nos contaron sobre la vez (hace tan solo dos semanas) en la que, en esa misma esquina, se agarraron a balazos los pandilleros infiltrados en las barras de los equipos Olimpia y Real España. Dos muertos y seis heridos dejó esa «fiesta futbolística»en San Pedro Sula, una de las ciudades más peligrosas en todo el globo terráqueo. ¿Cómo es posible que, después de actos como ese, el fútbol siga convocando a más de 40 mil personas? Solamente la racionalización cotidiana de la violencia lo podría explicar. Y en ello, salvadoreños y hondureños juegan cotidianamente la final del mundial.

Sin embargo, al llegar lo que encontramos fue mucha música y color blanquiazul. Edecanes repartían dulces gratis, revendedores ofrecían boletos y algunos cuantos salvadoreños se dejaban ver entre los asistentes. Ya adentro del estadio, quien robaba cámara (como suele suceder en los partidos de La Selecta) era “El Indio Cuscatleco”. Muchos aficionados de ambos países le solicitaban posar y tomarse una foto. Él complacía, siempre paciente y amablemente. Su pronóstico era el de 2-1 a favor de El Salvador.

Mientras tanto, en las gradas, a falta de pocos minutos para el juego, el estadio no parecía que fuera a llenarse. A Honduras le urgía ganar este partido, así que en la transmisión televisiva anunciaron que, una vez comenzado, abrirían las puertas gratis a quienes acudieran. Fue así como el Olímpico terminó llenándose hasta el filo del rebalse en cosa de 15 minutos. La “H” ya tenía el escenario que necesitaba. Lo que le hacía falta ahora era el resultado…

El juego

Ambos equipos iniciaron con nervios evidentes, principalmente El Salvador. Apenas en el primer minuto del partido, un disparo lejano puso a prueba a Derby Carrillo, arquero (y artífice del desastre) salvadoreño en el juego de ida y quien volvía a gozar de la confianza del «Primitivo» Maradiaga.

Honduras fue paulatinamente imponiendo sus condiciones. Se jugaría al ritmo que ellos dictarían, mientras El Salvador buscaba adormecer la cadencia en cada falta sancionada, en cada saque de puerta, en cada balón arrojado al graderío. El tiempo pasaba y Honduras no anotaba, la gente comenzaba a impacientarse. Desde la grada se vivía «la guerra del fool-ball«, esa donde el que gritaba la leperada más ofensiva, ganaba en confianza. Algunos salvadoreños, los más osados, llamaban «come-bananas» a sus anfitriones, mientras ellos respondían con insultos de similar «afecto».

Quizás tanta violencia terminó por contagiar a los jugadores y a los técnicos de los equipos. Al minuto 14, en una tangana que se armó en el medio del campo, el técnico de Honduras, el colombiano Jorge Luis Pinto, quiso presionar de más al árbitro e invadió la zona técnica de su contraparte, Maradiaga. Aquello terminó mal para su causa. Maradiaga lo tomó del cuello, lo alejó de la cancha y el árbitro terminó expulsando a Pinto. Es lo que tienen los árbitros. Lo suyo es prenderle mecha al cañal.

Para ese momento, como suele ocurrir con los equipos locales que viven urgencias apremiantes, Honduras se sentía robada. Alegaban que merecían mejor trato arbitral. Pinto terminaría en un túnel, dando instrucciones a través de un radio transmisor. La cosa no pintaba tan bien (como esperaba) para su causa.

El director técnico de Honduras, José Luis Pinto, fue expulsado del campo de juego al minuto 14, sin embargo nunca abandonó la cancha y dirigio el partido desde un laterla del Estadio. Foto Revista FACTUM/Salvador Melendez.

El director técnico de Honduras, Josge Luis Pinto, fue expulsado del campo de juego al minuto 14, sin embargo nunca abandonó la cancha y dirigió el partido desde un lateral del Estadio.
Foto Revista FACTUM/Salvador Melendez.

Dos roscas. El primer tiempo sería una batalla ganada por los salvadoreños, que claramente se sentían felices con sacar un punto de la visita. Hubo muy poco fútbol. Destacaron jugadores de destrucción de juego, como Richard Menjívar por los visitantes y la aspiradora humana de rebotes llamada Jorge Claros, por los locales. El aporte de este último permitía que jugadores como Roger Espinoza y Andy Najar se movieran a su antojo para habilitar a las dos puntas, los morenos Elis y Lozano.

Un primer tiempo que parecía eterno finalizaría por fin con sonrisa salvadoreña. Honduras causó daño en un par de tiros de esquina, pero ambos equipos se marcharon al descanso sabiendo que cada quién había dado un gran esfuerzo. Desde la grada la situación era apremiante debido a que el estadio no posee ninguna pantalla ni nada que pudiera informar el tiempo de juego.

Para la segunda mitad, el destino —y la inferioridad física— comenzó a castigar a la visita. La clave ocurrió con la lesión de el lateral izquierdo, Juan Barahona. El zurdo que había generado las asistencias de los dos goles en la ida, sufrió un golpe que lo obligó a pedir el cambio. Maradiaga tardó mucho tiempo en realizarlo y, en esas condiciones, Honduras aprovechó para abrir el marcador. Un remate seco y raso de Boniek García venció la resistencia de Carrillo. El estadio explotó. Arreció la lluvia de objetos contundentes y cerveza sobre el sector de los salvadoreños. La cosa empezó a ponerse tensa.

El Salvador supo entonces que debía responder de inmediato. Fue así como llegó la única oportunidad clara de anotar. Un centro perfecto llegó a la cabeza de Nelson Bonilla, quien remató justo como se esperaba de él. Sin embargo, en la única jugada en la que se requirió eficiencia del portero catracho, Donis Escober respondió a la cita. Ahí se evaporaron muchas de las chances salvadoreñas. Honduras ganó en confianza. Y Maradiaga ya se había equivocado al incluir a Ibsen Castro al juego en sustitución de un intrascendente Gerson Mayén. El jugador de Águila fue un completo desastre. Quizás le traicionaron los nervios y su presencia ejemplificó en cada intervención el desbalance en la pugna física. La banda derecha salvadoreña fue una pista de aterrizaje para los ataques del rival, quien tuvo que esperar hasta el final del juego, cuando el recientemente ingresado, Romell Quioto, sentenció con un contragolpe. 

Atrás quedaron las aspiraciones salvadoreñas en este juego y quizás para toda la eliminatoria; atrás quedó el buen juego de Pablo Punyed (de nuevo uno de los mejores en la cancha); atrás quedaron los nervios constantes y la inseguridad que transmitió Carrillo. El partido terminó con fiesta hondureña y fuegos artificiales. Para entonces, ya había pasado un buen rato desde que “El Chele” y quienes le acompañaban habían abandonado el estadio. Pero dejaron dignos sucesores: dos aficionados, evidentemente irritados por el bullying que muchos hondureños comenzaban a aplicar. Fue impresionante ver cómo estos dos salvadoreños (sin camisa ambos) escalaban las gradas sin temor a nada, para enfrentar a quienes identificaban como adversarios en «la guerra del fool-ball«. Hasta la policía (timorata en toda la jornada) parecía temerles, pero finalmente tuvieron que intervenir.

Aficionados salvadoreños son custodiados por agentes de la policia por un desorden que se daba en las gradas del Estadio con algunos hinchas Hondureños. Foto Revista FACTUM/Salvador Melendez

Aficionados salvadoreños son custodiados por agentes de la policia por un desorden que se daba en las gradas del Estadio con algunos hinchas Hondureños.
Foto Revista FACTUM/Salvador Melendez

A la salida del partido, cuando ya la fiesta hondureña comenzaba a trasladarse a los barrios de la noche sampedrana, un colega periodista nos dijo:

«Menos mal ganó Honduras. Sino quién sabe cómo hubiera terminado esto».

Para El Salvador terminó bastante mal. Y pueda que ya haya terminado toda aspiración, aunque Maradiaga crea aún en alcanzar lo que casi nadie ve posible: vencer a México para mantenerse vivo. Con 12 puntos, los Aztecas lideran a su antojo el grupo. Honduras y Canadá empatan con 4, mientras El Salvador cierra la clasificación con apenas 2.

VEA LA GALERÍA FOTOGRÁFICA DE LA VICTORIA DE HONDURAS 2-0 SOBRE EL SALVADOR.

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