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The New York Times pone en riesgo de muerte a una comunidad en Honduras

El día 4 de mayo de 2019, el periódico The New York Times publicó un reportaje sobre una comunidad de San Pedro Sula, en Honduras, que ha decidido pelear contra la pandilla más poderosa de Mesoamérica y de buena parte de los Estados Unidos: la Mara Salvatrucha 13 (MS13). Esas mismas personas creen que esa publicación ha puesto en riesgo, más de lo que ya están, sus vidas. Dicen que las fotos fueron tomadas sin consentimiento y que nunca autorizaron al periodista a publicar sus nombres. Creen que el periodista Azam Ahmed y el fotógrafo Tyler Hicks, de The New York Times, han contribuido a acelerar una muerte que esperan desde hace años.

La comunidad del reportaje está en lo profundo del sector Rivera Hernández. Probablemente el sector más violento de todo Honduras. Es un lugar que oscila entre lo urbano y lo rural. Las calles son de tierra al igual que muchas de sus casas. Las familias son muy pobres y la violencia más brutal es la cotidianidad. El sector es disputado por varias pandillas. A veces son siete, a veces seis, a veces ocho. Se extinguen y nacen con la rapidez de los tiros. En este sector la autoridad es compartida entre el Estado y los bandidos.

El reportaje va sobre la historia de un grupo de chicos que decidieron pelear contra la MS13 para impedir su entrada al barrio y las vejaciones y destrucción que esto conlleva. Se armaron como pudieron y pelearon. Como era de esperar, perdieron. Varios fueron raptados y otros huyeron. La gente del barrio, incluidos hombres y mujeres mayores, ha retomado la lucha contra la gran pandilla con iguales resultados. En esta historia, David es raptado por Goliat y su cuerpo abandonado en alguna barranca del Rivera Hernández.

En el reportaje se cuenta la historia de los perdedores con gran detalle. Se dicen sus nombres reales, se muestran fotografías de sus rostros, se dice la ubicación de sus casas, se muestra el vehículo en el que uno de ellos se mueve todos los días hacia su trabajo. Incluso se publicaron fotografías de sus dos hijas frente a su casa. Si ya eran una molestia local para la pandilla MS13, ahora son un target especial. Se publicó en uno de los medios más grandes del mundo que un grupo de muchachos inexpertos y mujeres mayores han logrado mantener a raya a la pandilla más poderosa del país y de la región. Una mujer del barrio, a quien el periodista dejó expuesta al publicar su rol dentro del grupo de autodefensa y fotos de su rostro y de sus hijos, lo expresa de la siguiente forma: “Se vino a cagar en la olla de leche. Nunca le di permiso para publicar mi nombre ni mis fotos. No me di cuenta de cuando me las tomó. Ese hombre le puso precio a mi cabeza”. Tiempo atrás, otra mujer, esta vez una reconocida periodista, dijo en una ponencia: “Hay que tratar a todas las fuentes como si tuviesen millones de dólares para demandarnos”. Tal parece que The New York Times trató a estas gentes como lo que son: hondureños muy pobres sin un centavo para demandar a nadie.

Conozco a algunas de estas personas desde 2015, cuando llegué por primera vez para escribir un libro sobre la ciudad. En esta comunidad, las reglas siempre han sido claras. No se publican los nombres y no se toman fotos de rostros. Siempre hemos tenido claro que estas cosas les incrementan mucho el riesgo de morir a manos de sus enemigos. Una de las fuentes del reportaje asegura con mucha convicción no haber dado su consentimiento en ningún momento para que publicaran su rostro o su nombre, o el de sus hijos. El periodista asegura que pidió permiso. La gente afectada dice que no. Es obvio que hubo una seria confusión. En todo caso, es responsabilidad de los periodistas dejar las cosas claras, no de las fuentes.

Desde mi punto de vista, estos errores parten del absoluto desconocimiento de las dinámicas sociales de las comunidades. Estos espacios, sobre todo el Rivera Hernández, son tremendamente complejos y la paz o el caos dependen de hilos muy endebles. En este lugar, una muchacha puede morir por las palabras mal empleadas de su vecina. Un vendedor de pan puede terminar en una zanja por pasarse dos calles de su recorrido habitual o por usar una camisa con una letra, color o un número incorrecto. La esencia de las pandillas tiene que ver con el prestigio, y la violencia con las afrentas a este. Es asombrosa la larga lista de acciones que pueden ser interpretadas como una afrenta al prestigio por parte de los jóvenes pandilleros. Azam y Tyler no entendieron esto. Es difícil si solo le dedicas unos días a este tema.

Escribí a al periodista Azam Ahmed para consignar su versión de los hechos. Le comenté que estaba escribiendo esta columna y le pregunté si las personas habían dado su consentimiento sobre publicar sus rostros y sus nombres. Su respuesta a mi correo fue: “HAHAHAHA”. Días después se excusó. Dijo no tener idea de cómo el correo se había enviado solo y accedió a bajar las fotografías de los rostros de la publicación. Sin embargo, el material llevaba varios días en línea y había circulado como pan caliente por los celulares de todo el Rivera Hernández.

Luego recibí un correo del director de comunicaciones de The New York Times diciendo que todas las personas dieron su consentimiento para participar en la historia, que como ocurre siempre con este periódico cumplieron todas las normas de ética.

The New York Times no son los únicos en hacer este tipo de reportajes. Rivera Hernández ha sido tiro seguro para las grandes cadenas de medios internacionales que quieren retratar la violencia salvaje de América Central. El mecanismo es sencillo: contratan a periodistas locales, fixers, y les hacen una lista de cosas que necesitan grabar durante los pocos días que permanecerán en la ciudad. Los guías no se arriesgan mucho, van al Rivera Hernández. Esas listas siempre incluyen cadáveres, pandilleros, tatuados del rostro de ser posible, víctimas de la violencia, lo más desgarrador que se pueda encontrar, y, por supuesto, un tour en un pick up de la Policía persiguiendo pandilleros. Todo esto lo encuentran en un solo lugar. Solo hace falta poner en YouTube el nombre del barrio y podrán ver una larga lista de estos videorreportajes. Vistazos rápidos al salvajismo del tercer mundo.

En Honduras, el silencio y la desconfianza son la norma. En el barrio Rivera Hernández el mantenerte callado puede ser lo que te separe de la muerte. La guerra entre las pandillas genera un ambiente hostil en donde cualquier vecino puede ser tu enemigo y cualquier extraño un asesino. Con todo esto, la gente de la comunidad abrió sus puertas a los periodistas extranjeros y les dejaron conocer su intimidad. Les abrieron las puertas de sus casas y les presentaron a sus familias. Estas concesiones tan grandes en un entorno tan hostil debieron ser tomadas en cuenta. Una buena historia no vale una vida.

El reportaje está en línea. Incluso fue traducido al español. The New York Times, Azam y Tyler tienen un cheque más en su lista de lugares salvajes explorados. Mientras tanto, en ese barrio miserable y caluroso hay un grupo de vecinos que viven aterrados porque creen que ahora, después del reportaje, la MS13, y la muerte, está un paso más cerca de ellos.


*Juan Martínez d’Aubuisson es antropólogo salvadoreño. Autor del libro de crónica etnográfica  «Ver, oír y callar. Un año con la Mara Salvatrucha 13», coautor del libro «Crónicas Negras. Desde una región que no cuenta» y coautor del libro «El Niño de Hollywood. cómo Estados Unidos y El Salvador moldearon a un sicario de la Mara Salvatrucha», entre otros.

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