“The Order”: más de lo mismo

Uno de los estrenos más recientes de Netflix es “The Order”, una serie que tiene el increíble poder de hacer que nada importe. Encontramos aquí una apuesta a medio cocer que replica esfuerzos mejores. La serie es una lección magistral sobre cómo no trabajar la magia y el horror para públicos jóvenes.


La fe ciega es rara. Muy pocas cosas en la vida sostienen su reputación sin pruebas. Ninguna serie sostiene las promesas que hace para generar expectativa. Y menos lo hace una que se mueve en género de fantasía. Nexflix le apuesta a la fe de su mercado más joven con «The Order», su nueva serie acerca de magia e intrigas –casi- adolescentes–, en la que decepciona desde la primera impresión.

La sinopsis es la siguiente: «Jack Morton (Jake Manley) se matricula en la universidad de Bellevue y hace todo en su poder para entrar a la Orden Hermética de la Rosa Azul. ¿Su objetivo? Vengar la muerte de su madre y encotrar a su asesino, Edward Coventry (Max Martini). En el camino descubre más secretos de los que esperaba y termina en medio de una batalla entre magos y hombres lobo».

Lo primero que salta a la vista es lo irrelvante que resultan todos los conflictos. No porque algo tenga música tétrica de fondo o alguien diga algo con un tono de voz afectado vuelve los eventos de la serie interesantes o intrigantes.

Dennis Heaton y Shelley Eriksen, los creadores de la serie, parecen no tener una intención clara de qué comunicar, aparte de regurgitar otras fórmulas más atinadas que la suya.

Las protagonistas tienen absoluta y rotundamente cero química o carisma. El guión, al forzar algo que no poseen, no les hace ningún favor. Jack no es el héroe que queremos ni el que necesitamos. Es el que el algoritmo de Netflix  ha determinado que vamos a consumir sin mayor reparo. En su mayoría, los actores brindan personificaciones estereotipadas y no es que eso sea malo en sí. Si se desarrollan bien, pueden ser la fortaleza de una producción.

Si hablamos de estereotipos, esta serie es como el compañero de clase que intenta a toda costa ser amigo de los maestros para ser cool. Y en realidad no es ninguna de las dos cosas. Uno puede determinar cuánto está dispuesto a arriesgar un show para ver cómo elige en quién enfocarse, pero las historias secundarias –con los personajes más prometedores– son desplazadas una y otra vez por dilemas aburridos.

Max Martini y Jake Manley actúan en «The Order (2019)». Foto Netflix.

Y hablando de aburrimiento: ¿es la muerte un tema casual en la Universidad Bellevue? Porque todos parecen afectarse por 0.5 segundos y luego seguir en lo suyo.

La audiencia no tiene momentos de introspección para involucrarse emocionalmente. Cada episodio es más predecible que el siguiente. Todos revelan antes de tiempo el suspenso y cuando lo hacen, es en la manera más torpe posible.

En cuanto al universo mágico que se intenta recrear, su lógica está llena de nombres tontos en latín, cabos sueltos y acciones ilógicas. Las pocas cosas certeras son tan cliché que abren espacio a la pregunta de por qué ser haraganes con un tema tan abierto a la fantasía. ¿Magos? ¿Hombres lobo? ¿Qué agrega «The Order» a estas mitologías gastadas, recicladas y predecibles? Absolutamente nada.

Uno de los afiches promocionales de «The Order».

Los efectos especiales que sirven a esta fantasía de segunda mano son estúpidos, un adjetivo raro de utilizar para calificar un trabajo técnico, pero completamente justificado cuando revela en su uso –poco inteligente– no solo las limitaciones de su presupuesto, sino también la poca imaginación de sus guionistas. Y para terminar de rematar la faena, la banda sonora también resulta carente de inspiración.

Lo que sí termina siendo sorprendente es lo sorda a su tiempo que es la historia. El abuelo de Jack, su principal cómplice en la misión, es un conspiranoico de extrema derecha. ¿Están tratando de legitimizar e incluso volver simpático a ese un tipo de persona en este clima político y social? Peor aún, a la luz del mayor escándalo de corrupción en la admisión en las universidades estadounidenses, una serie centrada en la exclusividad de sociedades secretas privilegiadas se siente insultante. 

En Internet rondan acusaciones sobre cómo «The Order» es la respuesta –o más bien la copia– de «Riverdale«, la serie juvenil de The CW. No es difícil ver la similitud, pero la gran diferencia es que «Riverdale» –una versión oscura de los cómics de Archie– sí ofrece algo nuevo, por más superficial que resulte en sus temas. En cambio, su hermana de Neflix es más de lo mismo y de la peor manera. 

«The Order» es más que una decepción. Es una promesa que no quiere molestarse en ser cumplida. Es todos los temas de moda licuados en una mezcla que no provoca una reacción demasiado entusiasta.

Si en algo resulta ejemplar o novedosa es en lo mal que ejecuta cada aspecto que necesita para triunfar. ¿La consumirá su público meta con emoción? Es muy poco probable. Pero si ese es el estándar de entretenimiento que empezaremos a considerar apenas aceptable de las producciones originales de Netflix, sin duda estamos en tiempos oscuros.

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