Razones por las que «Toy Story 4» nos pone a filosofar

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Entrevistas y video: Gerson Nájera
Crítica: Orus Villacorta

“Toy Story 4” se postula desde ya –con toda justicia– como candidata a ser elegida como mejor película animada en el año 2019. Pixar y Disney han entregado una historia que no solo crece en el apartado técnico. Sorprende, además, cómo los guionistas abordan temas de profundidad y los infiltran de manera casi imperceptible en un producto infantil que también satisface con humor y sentimiento al público adulto.

[Alerta spoiler: la siguiente reseña revela detalles de la película «Toy Story 4», que se exhibe actualmente en las salas de cine en toda Centroamérica]


Lo entendimos en las tres películas anteriores y fuimos abrazándolo como algo natural, pero lo cierto es que no es tan fácil de conseguir como parece. Sí, “Toy Story” ha sido siempre una gran película infantil hecha por guionistas excepcionales, escritores virtuosos y capaces de construir personajes desde la basura o plantear situaciones emocionales que surgen incluso en un entorno tan vetusto como una tienda de antigüedades. El secreto nace, en realidad, del fruto de esas mentes que hacen cautivante a una película infantil que esconde significados más propios de reflexiones de adultos.

Su cuarta entrega nos pone a filosofar más de lo que pensábamos.

Disney y Pixar han vuelto a atraparnos con la abundancia de mensajes cifrados que buscan –y consiguen– estrujarnos el corazón. No quiero convertir este artículo en la lectura más aburrida jamás hecha sobre algo edificado para arrancar risas y lágrimas, pero es que pienso que si resistís la seducción de dejarte arrastrar por el llamado de la vuelta a la infancia, si ponés atención al subtexto, entonces se evidencia que en «Toy Story» hay mucho material para el psicoanálisis. Incluso desde la primera escena de la película se nos plantean dos abordajes válidos para afrontar esa cosa tan indescifrable a la que llamamos «la vida»:

  • Si sos de un carácter hogareño y doméstico, podés ser como Woody y aferrarte a tus raíces, familia y amigos; a los que te aprecian y necesitan. Si sos como Woody, migrar no es necesario, porque en casa (¿o tu país?) tenés todo lo que te llena. En cierta medida, en casa te sentís responsable de tu clan. Y eso, sentirte útil, preponderante, es lo que le da sentido a tus placeres y se convierte en la respuesta a muchas de tus frustraciones.
  • Aunque también podés optar por un camino acorde a una personalidad más inquieta. Podés darle rienda suela a tu espíritu trotamundos, cortar un alambrado simbólico y liberar a las ovejas que están bajo tu cuidado. Entonces vas a ser como Bo Peep y ver al mundo sin ataduras, como una parcela inmensa que te llama al viaje, a no aferrarte a nada, a conducir tus aventuras, sin olvidar, por supuesto, de dónde provenís.

No es casual, por tanto, en el período que vivimos, que los guionistas coloquen a un personaje femenino en la posición de la personalidad indomable (la pastorcita Bo Peep) y a un sherif reticente al cambio como principal referente masculino (Woody). Tampoco es casual, por ende, que construyan una relación romántica entre los dos. Han tendido un puente entre ambas visiones de mundo. Y es justo eso –puentes–, lo que conservadores y liberales deberíamos construir en nuestras diferencias de la vida rutinaria, ¿no?

Desde el póster promocional podía verse que «Toy Story» ha renovado a la camada que acompaña a sus dos personajes principales: Woody y Buzz Lightyear.

Sin embargo, la película no da tiempo para pensar todas esas cosas. Ocurren y te afectan. Las reflexiones llegan con delay. La historia te distrae y te va inyectando, de a poco, el sentimiento. Es hasta después, cuando recapacitás en el cúmulo de mensajes cifrados, que lo vas asimilando todo. Entonces comprendemos que cuando Woody se empeña en rescatar a Forky se debe, sobre todo, a que siente que «ya no le queda nada más por hacer». Él está pensando de manera obstinada en lo que le afecta a sí mismo y lo disfraza de lealtad, como el heroico esclavo de una falsa causa justa.

«Hay muchos más niños en la tierra y no puede importarte solo el niño al que te sigues aferrando», le dice Bo a Woody en el encontronazo dialéctico que, avanzada la trama, les separa. Woody lo entiende como lealtad; Bo le explica que son más sus ansias de relevancia. ¿A cuántas personas les calzará el traje de esa escena? ¿Cuántos no desearíamos tener una «voz interior» disponible en el pecho, un botón mágico que activar, como el de Buzz Lightyear, para orientar nuestra brújula para que apunte siempre contrario al narcisismo?

Y es que el guion demuestra que puede colarse mucha profundidad en un producto infantil. No es fácil crear una película en la que no se sabe quién sale más feliz del cine: si los padres o los hijos. Buena parte de ello ocurre porque la trama apela a los sentimientos –marcados por el sorpresivo desenlace y el entendimiento de que Woody debe separarse de la pandilla original– sin dejar a un lado la comedia que aportan los nuevos personajes: Forky, Ducky, Bunny, Giggle McDimples y Duke Caboon, principalmente. Sus irrupciones demuestran dos cosas:

  • La franquicia ha necesitado renovarse y lo ha hecho con alta nota.
  • Ha insistido también en su manera de resarcir el cliché de los villanos. Las motivaciones que impulsan la aparente maldad de Gabby Gabby son justificadas con tino, así como también ocurrió con el personaje de Lotso en la tercera película. Los villanos, en realidad, no son malos solo porque sí. Hay una profundidad en sus motivos. Hay un maltrato humano que se esconde para explicarlo todo. Y ese es otro mensaje oculto, infiltrado, que afectará más a los chiquitines que vean las películas. ¿La lección? Es importante apreciar todo lo que das por sentado que es tuyo. Y ese, quizás, es el leitmotive que atraviesa a todas las películas de «Toy Story».

No han desaprovechado, tampoco, la oportunidad de proponer a estos personajes nuevos  como rostros nuevos de la franquicia a la que atraerán, inevitablemente, más dinero en concepto de merchandising. No olvidemos que detrás de todo está el imperio económico de Disney.

Sin embargo, «Toy Story 4» no es un intento descarado por estirar el chicle. Es un ejemplo exitoso de renovación. No sabemos –ahora que Woody se ha separado de la pandilla original– si en el futuro vienen spin offs que cuenten historias suyas en solitario. Lo cierto es que si mantienen la pulcritud con la que han ido in crescendo, debemos sentirnos muy afortunados al saber que el universo se ha expandido.

 

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