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Lo malo y lo feo

Hagamos nuevamente de Estados Unidos una gran nación” es el lema de Donald Trump, candidato a la presidencia de los Estados Unidos.

Bajo esa consigna, el multimillonario apela y convoca los instintos más bajos y las fuerzas más destructivas.

Abrió su candidatura arremetiendo con insultos y falsedades contra México y los ciudadanos de origen mexicano, a los que con mala fe y oportunismo les achaca los problemas de la nación.

Igualmente ofende el candidato republicano a las minorías en general, a las mujeres, a los homosexuales, a los débiles y a la prensa misma, que no por eso se deja fascinar por él. Sus discursos simplones, racistas, nacionalistas pendencieros, vulgares y francamente chalados son de una especie nunca vista en una elección moderna en los Estados Unidos. En sus arengas es común la glorificación de la violencia y la fuerza, y los episodios de matonería contra manifestantes anti Trump que se han dado en algunas de sus presentaciones, él los celebra. La prensa estadounidense pone de relieve la similitud de los discursos y las tácticas de Trump con las empleadas en su tiempo por Adolfo Hitler y el déspota ugandés Idi Amín Dada. A falta de referentes inmediatos en su propia parcela, lo llaman “American Caudillo”.

Lejos de retractarse o refrenar su insaciable apetito por el escándalo, el magnate neoyorkino se divierte de lo lindo con sus provocaciones, como si estuviera al mando de un reality-show de 24 horas cuyo estudio es la nación entera. Humillar y explotar es la norma, y a mayores excesos, superiores ratings en la televisión. Las fronteras entre la realidad política y el espectáculo televisivo se diluyen. Funcionarios de su propio partido han expresado reservas –si es que no se han pronunciado abiertamente contra él, y contra sus desplantes–. Trump los desarma pues les resulta incontrolable, un bocón que escapa a los mecanismos de control y supeditación a la jerarquía, y a las prioridades de los patrocinadores del partido.

Los seguidores de Trump son mayoritariamente estadounidenses blancos, machos rednecks y working-class. Los votantes con menor escolaridad, los menos informados. Son asimismo aquellos que se sienten abandonados y traicionados por las élites políticas y empresariales, y que se hallan dolidos por las dinámicas capitalistas del momento: el offshoring o exportación de empleos e industrias enteras a países donde la mano de obra se cotiza en peniques, la creciente desigualdad social, las secuelas de la crisis inmobiliaria y financiera de 2008, la desaparición del asalariado tradicional y el empleo pleno han creado gruesas capas de resentimiento en enormes sectores de la población estadounidense. Irónicamente, un multimillonario de los bienes raíces y los casinos que posee cuarenta mansiones y penthouses para su uso personal, se erige en líder de los desheredados de la nación.

El ascenso de Trump no es un fenómeno típica o exclusivamente estadounidense en los días que corren. En él ultimo año, fuerzas de ultraderecha han ganado rápida influencia en Europa occidental en reacción al desempleo de millones, la crisis de la Unión Europea, las secuelas de las intervenciones militares en el Medio Oriente, pero sobre todo porque están asustados por las migraciones y el terrorismo yihadista, que ya se exporta a Europa. En Austria, un candidato fascistoide, Norbert Hofer, estuvo a punto de ganar la presidencia de Austria en mayo. Perdió por un pelito. En Francia cobra fuerza el derechista Frente Nacional. Alternativa para Alemania, una nueva formación política, gana terreno en ese país echando mano de viejas patrañas de supremacía cultural y pureza étnica.

Lejos de elevar a su país, Donald Trump lo lleva por el camino de los bajos fondos. Su candidatura alarma a los estadounidenses con conciencia y a quienes, en otras partes del planeta, saben que este hombre no trae nada bueno.

Pero probablemente no ganará Trump las elecciones. Casi seguramente los votantes de su país, aunque les cueste, votarán por la exprimera dama, Hilary Clinton, y lo sacarán fuera del aíre. Ella, por su parte, no deja de levantar ansiedades menos alarmantes, principalmente por sus conexiones profundas con Wall Street (que con su gran imaginación financiera provocó la gran crisis de 2008, que dejó en la quiebra, y sin techo, a millones de estadounidenses que se creyeron la patraña de que era posible adquirir una casa con un valor muy por encima de su capacidad de pago, bocado envenenado del “sueño americano”), por su deshonestidad y por sus inclinaciones militaristas. Clinton es una halcón que se muere por ser comandante y por ejercer poderes imperiales en los mares del mundo, un sustrato que ha sido bien explorado por la prensa. Esto debiera alarmar a los estadounidenses con conciencia, y a quienes, en otras partes del planeta, saben que esta mujer no trae nada bueno.

En cuanto a su deshonestidad, se puso de manifiesto a la vista de todos con la historia de los 60 mil mensajes de correo electrónico sobre asuntos oficiales que buscó sustraer a todo escrutinio cuando estuvo a cargo del Departamento de Estado. Será por esta razón, porque no es de fiar, que las votantes del Partido Demócrata (a excepción de las minorías) prefieren a Bernie Sanders.

Como suele ocurrir, en la lid para remplazar a Barack Obama se trata de elegir entre un candidato malo y uno peor. Lo grave es que estamos hablando de la gran elección del planeta Tierra. Es la tragedia de la elección estadounidense. Por mucho que se miré, no hay buenas opciones.


* Róger Lindo es escritor y periodista.

 

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