La exfiscal general de Guatemala, Claudia Paz y Paz, analiza el acelerado retroceso democrático en Centroamérica y advierte que el autoritarismo se propaga en la región impulsado por la decepción ciudadana ante las promesas incumplidas de seguridad y prosperidad. En esta conversación con Revista Factum, la jurista desmonta la narrativa del régimen de excepción en El Salvador, calificándolo como un «parche» insostenible que encarcela masivamente sin desmantelar las cúpulas de corrupción que permitieron la violencia de las pandillas. Además, recuerda que es posible reducir la criminalidad con apego al Estado de derecho, como demostró en su gestión al reducir los homicidios a la mitad, y hace un llamado a mantener la resistencia cívica sin ceder ante el cinismo.
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Video FACTUM/César Fagoaga
De todo lo que has visto retroceder en la región, en la región centroamericana, en Guatemala, en El Salvador, en Honduras, en Nicaragua. ¿Qué es lo que menos esperabas que pasara?
No es una sola sorpresa. Creo que ninguno de nosotros esperábamos hace quince años que esto pasara. Aunque vimos la acumulación de poder paulatinamente en Nicaragua, que es el que fue consolidando, el Ejecutivo que fue consolidando, su poder año con año —no fue un vértigo como en El Salvador, que fue casi que en dos o tres años logró tener la el Ejecutivo, la Asamblea y someter al poder judicial. No, no esperábamos tener dictaduras en la región.
Otra vez.
Otra vez. No, no esperábamos. Quienes crecimos, (como) en mi caso, aún bajo las dictaduras militares de los 80, pensábamos que la ruta hacia un futuro democrático pues podía tener retrocesos, pero no un desvío tan grave como los que estamos viendo ahora, donde están consolidados autoritarismos que se expresan en dictaduras. Y recientemente tampoco me hubiera imaginado que en Costa Rica hay retrocesos también, retrocesos frente a la democracia, que era la democracia más sólida en el istmo. No, no me lo esperaba. Al punto de, por ejemplo, ver cómo incluso la persecución religiosa, la persecución académica, cierre de la libertad de expresión en algunos países, la persecución de funcionarios de justicia, de funcionarios del Ejecutivo en Guatemala. Algo para lo que, quienes venimos de este pasado autoritario, creo que era algo que pensábamos que había quedado en el pasado.
¿Y recordás el momento exacto donde vos dijiste: “se está perdiendo, se está perdiendo la democracia”? Esa sensación. ¿Recordás qué fue lo que te llevó a pensar?
Ay, Dios mío. En Guatemala, cuando reeligieron a la fiscal general Consuelo Porras, yo dije: “Esto no”. No se está perdiendo, se consolidó.
Se perdió.
Se perdió, sí. En El Salvador, obviamente, cuando destituyeron a la Sala Constitucional, al fiscal general, jubilaron forzosamente a una tercera parte de los jueces. Pero quizás es un momento bastante posterior. Creo que una lección sobre esto es que lo vamos viendo, lo vamos viendo, pero tienen que ser eventos de esa magnitud los que nos ponen en alarma, ¿no?
Pero nuestros olfatos de alguna manera nos estaban avisando: “Híjole, aquí viene un remezón, aquí va a pasar algo”, ¿no?
Claro, no vamos en la ruta correcta y eso es lo que dicen los costarricenses ahora. No esperemos llegar hacia eso. Pongámonos las pilas desde ya.
Si tuvieras que señalar algún error hecho desde el campo democrático o de la defensa de los derechos humanos, ¿tendrías uno?
Yo siempre lo digo, que el autoritarismo es contagioso, ¿no? Y si Nicaragua puede llegar hasta donde llegó, sin que realmente hubiera una acción contundente ni interna ni internacional. Por eso es que en El Salvador ahí la democracia sí cayó como que si hubieras quitado un naipe, y cae todo el castillo de naipes. No se esperaba que fuera tan absoluta y tan rápido lo que ocurrió y tan tolerado, lo que ocurrió en El Salvador. A pesar de eso, que estas corrientes autoritarias se contagian, no creo que las historias sean lineales. Sí hay un elemento común que quizás después de los procesos democráticos en la región y que se apostó mucho con que no solo iban a significar una transformación en relación a los derechos individuales, a los derechos civiles, sino que también iban a traer bienestar para la mayoría de la población. Creo que en esas promesas de los procesos de paz, o de restauración de la democracia, muchas de esas promesas quedaron incumplidas y eso provocó una decepción en la ciudadanía respecto del valor de la democracia.
Por eso es que no se vieron esos movimientos de rescate, salvo en Guatemala ahora en el 2023 con tanto ímpetu, porque quizás eran promesas vacías, promesas incumplidas. La prosperidad para todos no llegó, la seguridad para todos no llegó y ese es un un un elemento crucial. Otros han sido movimientos en Honduras y Guatemala en donde la justicia sí logró avanzar, más en Guatemala que en Honduras, pero logró avanzar un poco para casos de gran corrupción y eso, como conversábamos hace un momento, significó la consolidación de las élites. Las élites, incluso desde el poder del crimen organizado hasta el poder económico pasando por por las élites políticas, dijeran «No, no vamos a perder lo que es nuestro, lo vamos a recuperar operar al costo que sea”. Entonces no hay un solo elemento, hay varios elementos.
No solo quiero quedarme con lo que no se hizo bien, ¿qué crees que sí se ha hecho bien y no se reconoce?
Que se haya hecho bien y también fue una sorpresa, por lo menos para mí, los movimientos pro democracia en Guatemala fueron como un bálsamo. Frente a todo está perdido, la gente salió a la calle a decir no vamos a dejar que nos roben el voto. Las carreteras tomaron el país, pero creo que sí se reconoce. ¿Que no se haya reconocido? Eso sí se reconoce, creo que quizás…
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