Concierto: Enrique Bunbury & Andrés Calamaro

¿Cómo es un concierto de la mancuerna formada por Enrique Bunbury y Andrés Calamaro?

Digamos que es una avalancha de homenajes.

Homenajes y sincero respeto entre ambos artistas y, en especial, gestos, detalles, guiños y concesiones para el público que les idolatra… y también para otros artistas que han construido parte del acervo cultural de estos dos músicos que comparten muchas encrucijadas en común.

Ambos contraen como arrugas el peso del legado musical que han acumulado. Uno es el ex cantante y líder de Héroes del Silencio; el otro es el ex cantante y líder de Los Abuelos de la Nada y Los Rodríguez. Si acaso usted fue refrigerado en carbonita –como Han Solo en Bespin– por las últimas tres décadas, déjeme decirle que esas agrupaciones son idolatradas por miles de iberoamericanos. Esos sustantivos no definen a una cosa cualquiera. Son catedrales del rock cantado en español.

Ambos han realizado otras mancuernas musicales en el pasado. Enrique lo hizo con Nacho Vegas en ocasión del disco «El Tiempo de las Cerezas (2006)»; mientras que Andrés Calamaro giró por España y publicó un disco y DVD en concierto al lado de Fito y los Fitipaldis («2 son Multitud«, 2007).

Y ambos han alimentado un inagotable caudal de colaboraciones musicales con colegas aliados de su escena, caminos comunes por los que han transitado en el tiempo. Esas colaboraciones les llevaron a seguir la misma dirección en más de una ocasión en el pasado («Confesión«, «Maldito Duende«, «¿Dónde estás?«, etc).

Por eso no fue extraño cuando a mediados del presente año se anunció que Enrique Bunbury y Andrés Calamaro realizarían una pequeña gira en compañía y que los llevaría por distintas ciudades de México, país donde ambos poseen una notable legión de fans.

Factum estuvo presente en una de las nueve fechas confirmadas para este ejercicio de asocio, la de Mérida (Yucatán), el pasado sábado 25 de Octubre. Ahí donde los meteoritos extinguen dinosaurios, ahí colisionó también el rock de Calamaro & Bunbury.

Ese día bastaba con rastrear las publicaciones en redes sociales de ambos, para dar constancia del ansia que ya generaba la previa del concierto.

 

El Coliseo Yucatán es un lugar perfecto para conciertos. Ni muy grande, ni muy pequeño. Posee butacas y hasta un bar/restaurante para calentar motores previo al espectáculo. El recinto está ubicado más cerca de Progreso que del centro de Mérida. Progreso es un pueblo portuario que sirve como entronque para cruceros desde los que descienden «gringuitos» adinerados a disfrutar del paraíso vacacional mexicano.

Como en toda la gira de Calamaro & Bunbury, el merchandising oficial atrajo a la concurrencia. Una camiseta oficial del espectáculo costaba 200 pesos (unos $15 dólares), una taza costaba cien pesos y un caballito tequilero costaba 50 pesos.

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Parte del merchandising de la gira Calamaro & Bunbury.

El primero en saltar al ruedo –con insospechada puntualidad– fue Andrés. Tal y como estaba impreso en los boletos, a las 8:30 en punto arrancó el show. Escoltado por cinco músicos y el riff de «Alta suciedad», Calamaro saludó y encaró al Toro Bravo de cinco mil cabezas como ya es una costumbre en él: extendiendo un capote imaginario, describiendo con los vuelos de una muleta –también imaginaria– un cuarto de círculo, ofrendando así un pase natural.

Desde que volvió de Deep Camboya, a Calamaro le acompañan en sus conciertos los zarpazos de unas guitarras feroces, pero para la ocasión de Mérida debió lidiar con el infortunio de perder (por una inoportuna enfermedad) a uno de sus guitarristas. Al quite saltó Álvaro Suite (parte de la banda de Bunbury), quien fungió como remplazo ocasional con soltura y eficiencia, al grado que ni pareció haber estado solventando una emergencia.

A continuación hubo espacio para recordar un par de éxitos de Los Rodríguez: «A los ojos» y «Mi enfermedad». Y luego, al igual que en la gira de «El regreso», Calamaro volvió a recordarnos que el piano ha sido el estoque y la puntilla con la que ha forjado su carrera. «Crímenes perfectos» aportó melancolía y rabia al repertorio.

Un momento notable ocurrió con el recuerdo de «Mil horas», el clásico tema que Andrés escribió con Los Abuelos de la Nada en 1983. En pantalla, un video proyectaba imágenes de los video clips de artistas como La Sonora Dinamita o Los Enanitos Verdes, artistas que han realizado covers de «Mil horas», a quienes Calamaro les agradeció por «por convertirla en un éxito y parte esencial de la algarabía mexicana».

Andrés tampoco se olvidó de presentar algunos temas de «Bohemio», su último disco publicado. Además de la canción que da nombre a dicha producción, también sonarían «Cuando no estás» y «Rehenes». Y en pantalla, algunas imágenes de la película «Bohemio», mientras Andrés aprovechaba también para rendir tributo a Atahualpa Yupanqui.

A ratos piano, a ratos Hammond, Calamaro jugaba con las teclas, la voz y, más tarde, con la guitarra en canciones como «Paloma» o «Los Chicos». En esta última ocurriría un nuevo festín de tributos y homenajes, en especial, para personajes que ya han fallecido y con los que Andrés mantuvo amistad: gente como Julián Infante y Guille Martín (Los Rodríguez), Pappo (Norberto Aníbal Napolitano, virtuoso guitarrista argentino), Miguel Abuelo (Los Abuelos de la Nada), Luca Prodan (Sumo), Luis Alberto Spinetta y Gustavo Cerati (Soda Stereo). La canción terminaría con la melodía del clásico de Soda Stereo: «De Música Ligera».

Horas antes del concierto, en la ciudad de Suffolk, Inglaterra, fallecería a los 71 años el bajista y cantante de Cream, Jack Bruce. Andrés Calamaro no lo dejaría pasar como una nimiedad y le dedicaría a él su concierto. «That’s for you, Jack«, se le escuchó.

Como ya es costumbre en su espectáculo, Andrés interpretaría un par de estrofas de «Volver» (Carlos Gardel) para luego dar paso a la canción más exitosa de su carrera: «Flaca», que hizo que el público se pusiera de pie, apoderada por el sentimiento y el impulso de cantar.

Con una hora de espectáculo, Calamaro abandonaría el escenario para dar paso a quien, por evidencias en decibeles y alaridos femeninos, era el más esperado por el público yucateco.

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Y llegó el turno de Enrique Bunbury…

 

Abducción alienígena

Llegaría entonces el turno del «Aragonés Errante», quien juega de local allá donde vaya por todo México. Su espectáculo fue el mismo que meses atrás presentaría en San Salvador, el show de la gira «Palosanto», que consiste en un concepto alienígena de abducciones y profecías apocalípticas.

«Despierta» y «El club de los imposibles» abrieron su presentación. A diferencia de Calamaro, Enrique Bunbury no es un hombre de muchas palabras. Su show parece más trabajado que el de Andrés y la alianza que sostiene con el público mexicano da respuesta a cualquier duda de porqué es él quien secunda el guión del concierto. A la hora de saludar a «los yucatecos y yucatecas», Bunbury explicó su declaración de intenciones respecto a lo que debíamos esperar de él para esa noche. Así presentó entonces a «Los inmortales»:

Sonarían luego «Ódiame» y «Más alto que nosotros solo el cielo», para la cuál Bunbury le pidió al público que utilizaran «esos teléfonos móviles que no sirven para nada», y que sirvieran para iluminar el Coliseo.

La promesa de repasar buena parte de su discografía sería cumplida. Bunbury hizo desfilar por su «planeta sur» parte del material de distintas etapas en su carrera artística: «Porque las cosas cambian», «Destrucción masiva», «El extranjero», «Deshacer el mundo» (con una versión más en cadencia y con imágenes de ejércitos e imperios de la historia humana), «El rescate» y «Los habitantes» (en el que quizás es el pasaje donde su espectáculo alcanza el clímax sonoro).

Su show duró un poco más de una hora. Y fue con «El hombre delgado que no flaqueará jamás», «Hay muy poca gente», «Que tengas suertecita», «De todo el mundo», «Sí» y «Lady blue» que terminaría por finalizada su presentación en soledad sobre las tablas.

Ya llegaría el momento de compartir los aplausos del tendido con Andrés…

El cierre del espectáculo

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Ver a cada uno de estos artistas –por separado– ya es garantía de que se ha hecho una buena inversión de tiempo y dinero. Pero lo realmente especial de esta gira es el apartado final, cuando Andrés Calamaro y Enrique Bunbury comparten el escenario al mismo tiempo.

Y comparten estrofas, comparten la admiración por canciones ajenas, comparten aplausos… y se meriendan el gusto que sienten por canciones del comparsa de ocasión. Así es como se ve a Bunbury cantando con emoción «Sin documentos» o a Calamaro forzando que se vuelva probable lo improbable: que «Maldito Duende» vuelva a sonar a garganta compartida.

Y es como llega también el que quizás es el momento más emotivo de este espectáculo: escuchar a estos dos artistas interpretando una de las canciones más sentimentales del recientemente fallecido Gustavo Cerati, y respetando los arreglos originales, como si con guantes quirúrgicos se homenajeara a quien así lo merece.

Para el final, otro racimo más de canciones compartidas: «Te solté la rienda» (original de José Alfredo Jiménez), «Estadio Azteca» «Apuesta por el rock & roll», «Infinito», «Aunque no sea conmigo» (versión Bunbury, no Celso Piña) y «El hijo del pueblo» (de nuevo, original de José Alfredo Jiménez).

Quedó entonces esa intención de complacer a México, a su música, a su público. Y queda entonces la idea clara de que este espectáculo es quizás irrepetible –de esta manera, con esta selección de canciones– en otros países.

*Click al siguiente enlace si quieres ver la galería fotográfica de este concierto.

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