El día en que Nayib Bukele saboteó su cuarentena

Miles acudieron a los CENADE para saber si recibirán los $300 de la compensación por la cuarentena. No fue idea de la gente: atendieron la sugerencia del presidente Bukele, de ir a consultar a esas oficinas, pese a la prohibición de salir que él mismo ha puesto.

Foto FACTUM/Salvador Meléndez


La primera en la fila tiene 98 años. Se llama María Luisa Quijano. A su lado tiene un rótulo amarillo que advierte: ¡Peligro! Caídas a distinto nivel. Desde las dos de la madrugada, esta anciana de cabello blanco está sentada frente al Centro de Atención por Demanda (CENADE). Ha venido, como cientos de salvadoreños, porque quiere saber si el Gobierno le dará el subsidio de $300 por la pandemia del Covid-19. María Luisa es la primera de la fila porque también vino ayer domingo 29 de marzo. Faltan cinco horas para que la oficina abra sus puertas y en ese momento no hay forma de que lo sepa: la anciana regresará a su casa con pura incertidumbre.

María Luisa está sentada en un banco de plástico, con su suéter celeste y su mascarilla desechable, encabeza la fila de ancianos aglomerados afuera del CENADE.  A su lado está la fila general, la que concentra mujeres embarazadas, madres con recién nacidos, hombres, mujeres, niñas y niños.

María Luisa Quijano, de 98 años, junto a otros adultos mayores, esperan en la oficina del CENADE en la colonia Flor Blanca desde la tarde del domingo. Foto FACTUM/ Jessica Ávalos

El vigilante que los ubica ya está cansado. Su turno de 24 horas empezó el domingo a las 6:30 de la mañana y terminará a las 6:30 de la mañana de este lunes 30 de marzo. Pero ya no aguanta. “Tengo más de 2 mil gentes encima, si quiera me diera un dólar más por estarlos cuidando. Aquí se necesita refuerzo, pero ni un café me han mandado”, dice el empleado de una empresa de seguridad privada, mientras sigue ordenando a la gente en una fila que ya parece un enorme laberinto.

Son las 4:25 de la mañana y, pese al cansancio, el vigilante parece una máquina contestadora. Dio números a los primeros que vinieron, pero a esta hora ya solo entrega respuestas. Se le acerca una señora que le pregunta si se puede quedar en la fila de la tercera edad. “Solo si tiene más de 70”, le responde él. “A pues sí, yo soy del 49”, responde la mujer, y se ubica en la misma fila de María Luisa.

Y llegan más preguntas.  «Fíjese que a mi papá le salió esa onda del billete, pero él ya está fallecido. Yo tengo el acta de defunción. ¿Usted cree que me dejan cobrarlo a mí?», lo interroga un hombre joven.  “Ahí tiene que hacer la cola y preguntar allí adentro”, le responde el vigilante. El joven no se conforma y le muestra su celular con la página que habilitó el Gobierno para verificar si se es beneficiario del subsidio. “Haga la cola”, remata el vigilante.

Poco a poco decenas, cientos se sumarán a la cola. No han llegado ahí por casualidad. De hecho, han llegado hasta el CENADE por una orden presidencial.

El Gobierno anunció la entrega del subsidio el viernes 27 de marzo. Ese día, después de prohibir la producción de churros, el presidente de El Salvador explicó cómo sería el cobro de los $300 para 1.5 millones de hogares, dinero que saldrá de los $2 mil millones de deuda que El Salvador adquirirá para la crisis. El Ejecutivo lanzó una plataforma donde supuestamente la gente podría consultar si era beneficiaria, pero esta no funcionó.  El presidente Nayib Bukele, que semanas atrás había insistido en el distanciamiento social para evitar nuevos contagios de coronavirus, se adelantó a las fallas del sistema de selección y, en cadena nacional, dio las instrucciones para reclamar el pago a partir del sábado 28 de marzo.

“Si yo creo que soy elegible, y ya probé los cinco DUIS y ninguno salió, entonces tiene dos formas de reclamar: una es ir a uno de los CENADE que están en todo el país y allí están las ubicaciones de los CENADE. Va al CENADE, si lo paran en la calle dice ¨voy al CENADE porque no aparecí en la lista de los 1.5 millones de DUIS que tiene la plataforma’”, dijo Bukele en cadena nacional.

Y la gente atendió. Esa explicación es la que hoy tiene aquí a María Luisa, a Nelson, a José, a Carmen a Gloria Ester, y a cientos, a miles más que repiten frases como “si no me mata el virus, me va a matar el hambre”.

Junto a María Luisa está Nelson Arana, de 70 años, quien llegó al CENADE a la 1 de la madrugada de este lunes. Él viene del barrio San Miguelito, en San Salvador. Se dedica a hacer oficios varios. Desde el 21 de marzo, cuando el Gobierno decretó la cuarentena domiciliaria, solo está haciendo un tiempo de comida, porque no ha podido salir a trabajar.  “Yo soy mozo, ando haciendo trabajitos, pues. Como usted sabe que los en este tiempo no hay hijos que le ayuden a uno”, dice Nelson, quien se soba uno de sus brazos porque se cayó del banco de plástico mientras esperaba junto a la aglomeración.

Lograr que la gente se quede en casa en un país como El Salvador, donde 1.9 millones de personas dependen de un empleo informal, es casi tan complicado como querer que la selección nacional llegue a la final de un mundial de fútbol. Carmen, quien hasta hace algunos días vendía frutas en el parque Morazán, en el centro de San Salvador, lo sabe de sobra. Ella es la numero 3 de la fila general. “Los que estamos en la primera cuadra estamos desde ayer (domingo), aguantamos el agua, pero ya se nos secó la ropa”, cuenta la mujer, quien llegó al CENADE con sus dos amigas, también vendedoras del centro de San Salvador: las dos embarazadas, y las dos con niños en brazos.

“Me quedan $5 para toda esta semana. Vengo de Apopa, tengo 3 niños y les dejé $1 para que vieran qué podían comer hoy. Venimos a ver qué pasa porque en Apopa hay una familia donde les dieron a cinco de un solo”, cuenta Carmen. Un dólar para tres niños, para tres tiempos de comida.

Un hombre que la escucha agrega un comentario: “Yo ni he dormido nada de la aflicción, mejor me hubiera venido a pasar el desvelo aquí”. Mientras ellos relatan porqué están aquí, se ha armado el primer alboroto. “Allá va la fila, allá va la fila, ve”, grita la gente a los que se agrupan cerca del inicio de la fila. Están gritando y apenas son las 4:45 de la mañana. «Agárrenla al suave que hay para todos”, les responde una mujer y se mueve. Ella y el grupo que se asomó a la entrada reculan.

José Alberto Amaya, el número 1 de la fila general, llegó al CENADE el domingo a las dos de la tarde. Lleva más de doce horas aquí y pasó la noche velando su posición. Él, quien dice ser veterano de guerra, reside en Panchimalco y lleva puesto un tapabocas de tela con el dibujo de unas encías y una nariz de payaso. “Para que crean que ando contento”, bromea, y luego relata que desde hace dos semanas está paralizado porque se dedica a la venta de zapatos y no ha vendido nada.

Miles de salvadoreños salieron a las calles rompiendo la cuarentena domiciliar en busca de los $300 prometidos por el gobierno ante la emergencia del Coronavirus o COVID-19. La imagen fue tomada sobre la 39 Avenida Norte, en una de las cuatro cuadras que rodean la oficina del CENADE en San Salvador. Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

La fila es para compartir las penas, o un pan. Se escucha de todo: bromas, quejas, insultos, oraciones, remedios caseros para los dolores de rodillas y hasta elogios para el presidente Nayib Bukele.

“Mire todo lo que está haciendo el presidente, y aquí debe haber areneros y del Frente. ¡Y cómo lo han tratado al pobre hombre!”, dice Gloria Ester, una mujer de 85 años que ha tenido que trasladarse desde Apopa para preguntar si le van a dar el subsidio. Está indignada porque le vendieron una mascarilla y cuando llegó al CENADE descubrió que se la vendieron usada.

A las 5:15 de la mañana, María Luisa, la mujer de 98 años, se separa de la fila. La gente le dice que no se mueva, pero ella quiere conseguir un par de guantes. Le han dicho que si no tiene guantes no podrá entrar a la oficina del CENADE que abre a las 7:30 a.m. Y ya escuchó a los vendedores que andan vendiendo a $0.50 el par. No necesitará moverse porque una periodista le entrega un par.

“Mantengan una distancia de cinco metros”, grita una mujer. “Usted quiere que lleguemos al Salvador del Mundo”, le responde otra. Y todos se ríen frente al local ubicado entre la 37 avenida norte y la Avenida Roosevelt, en las cercanías del restaurante Café de don Pedro. Pero la risa dura poco: una señora con un bastón se quiere infiltrar en el inicio de la fila. Y se arma otro alboroto.

—¡Haga filaaaaaaaa!, le gritan en el grupo.

—Si yo solo me quiero sentar, responde la anciana.

—Pero si ya nadie aguanta, agúantese, aquí todos los viejitos están parados, replica una embarazada.

—Si mi mamá se quiebra el pie, usted me va a responder, dice la hija de la anciana.

—Déjela, que para eso están las ambulancias, contesta la embarazada.

—No se peleen, no se peleen, mejor oremos, interviene otra señora.

—Por eso estamos como estamos, por el egoísmo, por eso nos está castigando Dios, dice la anciana y se sienta cerca de donde aguarda María Luisa.

Si esto fuera el Titanic, los que están aquí hacen lo posible por conseguir un flotador poniendo el pie en la cara de los demás. Es todos contra todos. Las embarazadas abuchean a los ancianos, los ancianos critican a los que traen recién nacidos, y los que traen recién nacidos no quieren que el vigilante coloque adelante a los enfermos que vienen en silla de ruedas. Todos contra todos.

“Los niños deberían de dejarlos en casa. Dejen de usarlos, ¿Para qué los exponen? Para ese chiste me hubiera traído yo a mis tres bichos”, grita una señora. Y otra mujer con una bebé en los brazos le responde entre dientes: “Déjenla que hable, quizás de hambre hablan”.

La Policía aparece a las 5:42 de la mañana. La multitud guarda silencio. “Respeten la distancia. Más que todo ustedes que no deberían andar aquí, pero ni modo”, dice un inspector, refiriéndose a la fila de ancianos. Pero no hay manera de guardar la distancia. Todos están casi abrazados.

Poco después de las 7 de la mañana aparece un empleado del CENADE con un megáfono en la mano. Les explica que esa oficina dispone de diez ventanillas de atención, y que van a intercalar las dos filas: las de los ancianos y la que concentra a la gente aglutinada desde el domingo. María Luisa, Nelson y José entran en el primer bloque. La consulta no durará ni cinco minutos.

“Me pidieron el número de teléfono y la colonia donde vivo. Me dijeron que me van a hablar”, dice a su salida Nelson Arana, el mozo de 70 años del barrio San Miguelito.

Más gente ha empezado a aglomerarse en las cercanías del CENADE. La fila ya llega hasta el Café de don Pedro. Los policías piden refuerzos porque hay más desorden. También piden refuerzos para las sucursales bancarias del centro de San Salvador, que también tienen un enjambre de personas.

“Los CENADE están demasiado llenos, las aglomeraciones son un riesgo de contagio usted, su vida y la de su familia. Llegar temprano, tarde, hoy, mañana o pasado mañana no hace ninguna diferencia, ya que la lista se actualizará hasta el sábado.… Así que, por la salud de la población, he decidido CERRARLOS”, tuitea el presidente de la República a las 8:45 de la mañana, luego de la propagación de imágenes de oficinas gubernamentales abarrotadas.

Pero es demasiado tarde. No hay tuit que calme. La gente se exalta y los antimotines de la Policía llegan a reforzar la seguridad. “¿Por qué a la gente que tiene pisto le ha salido y a la gente pobre nada?”, grita, al punto de las lágrimas, Marta Concepción Méndez, de 65 años, quien asegura que llegó al CENADE a las 3 de la mañana. El día terminará con un bloqueo de calles, con el intento de saqueo de un supermercado, y con una especie de descargo del presidente de la República, que culpará a la gente del desorden.

María Luisa, la anciana de 98 años, terminará en su casa sin muchas esperanzas. No valieron las cinco horas de espera, ni haber llegado el domingo al CENADE. Le faltó un recibo de energía eléctrica y un número telefónico para poder completar su gestión.

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1 Responses to “ El día en que Nayib Bukele saboteó su cuarentena”

  • Lo mas preocupante es que al parecer esta prohibido traer examenes del virus o respiradores al pais. Esto es criminal. El gobierno quiere controlar todo. Por que no dejan que los laboratorios de la UES y Privados ayuden a hacer pruebas?

    Quieren controlar la informacion, como en una dictatura…que no vayan a descubrir todos los casos regados por el pais. Es criminal.