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Precariedades y perversidades

Hace unas semanas, en un viaje en carretera con mi hermana, platicábamos de entre muchas otras cosas sobre la pobreza en El Salvador y la falta de oportunidades. Como me lo esperaba, ni una ni la otra estaría de acuerdo con su oponente. El debate fue largo y duró casi todo el camino, con argumentos que volaban uno tras otro. Al final, ella me dijo algo que me hizo dudar y que en ese momento ya no pude refutar: “Si las cosas fueran como vos afirmás ―yo le decía que el pobre no es pobre porque quiere―, mi papá no hubiera estudiado en la universidad ni sería el profesional que ahora es”.

Me callé, no supe qué más decir. Ya me había quedado sin argumentos porque en parte ella tenía razón: mi papá viene de un hogar con grandes limitaciones económicas, pero terminó su carrera universitaria. Él siempre me contaba que no tenía dinero para comprar libros ―ni otras cosas―, por lo que corría a la biblioteca a conseguir el único ejemplar disponible de alguno que necesitara.

Hace unos días llegó a mis manos un libro que me hizo recordar ese debate y por qué me rehúso a creer en una afirmación tan simplista como esa que tanto he escuchado: “Es que los pobres son pobres porque quieren”. En uno de los capítulos [Precariedad (es): Necropolítica y máquinas de guerra] Rossana Reguillo deja a la luz algunas reflexiones sobre las precariedades en que vive la sociedad y sobre todo la juventud, no solo desde el punto de vista laboral y del binomio pobreza-exclusión; sino desde su parte estructural y subjetiva que se materializa a partir de la erosión de los imaginarios de futuro que ellos tienen de sí mismos.

La noción de precariedad se ha abordado tradicionalmente desde la inseguridad y desestabilidad laboral; sin embargo, es importante comenzar a entenderla desde la subjetividad, es decir, esa incapacidad del joven de pronunciarse con certeza de sí mismo, de verse de una manera estable en el futuro inmediato y de sentirse culpable por ello: culpable, porque quizá no tenga aspiraciones; culpable, porque a su edad sus padres ya habían logrado X o Y cosa; culpable por su falta de visión a futuro. Y es que vivimos en un sistema que nos enseña a sentirnos culpables. Culpables por lo que hacemos y por lo que no hacemos.

¿Por qué si mi papá estudió en la universidad pública tenía que correr a la biblioteca por un único ejemplar de un libro tan importante para su carrera? Y, peor aún, ¿por qué sentirse culpable por ello diciendo: “hay algunos que están peor que yo, que ni siquiera pueden estudiar”? Bauman (2001) llama a eso “insuficiencia biográfica del yo”, que se traduce en la culpa que sentimos sobre las dificultades que enfrentamos. Donde nosotros somos los causantes de nuestra pobreza, de nuestro desempleo, de nuestra falta de acceso a la educación, desplazando la responsabilidad del Estado y de las instituciones para depositarla en el individuo.

Y esa culpabilidad es aplacada en la escena pública, bastante compleja ya, con esas figuras emergentes que manejan discursos de superación personal, que monopolizan el espacio público con orientaciones sociales y siendo profetas consagrados que proveen de recetas para aplacar la incertidumbre y encontrar la sanación de este mundo social convulso. Y me pregunto si existe una relación entre este desplazamiento de la responsabilidad institucional y el crecimiento de las ofertas de sanción y de chamanes de autoayuda.

Podemos tener esa férrea voluntad por transformar nuestro entorno, por cambiar nuestra situación, pero sigue siendo nadar contra la corriente, contra un sistema neoliberal que se ha creado para eso, para no lograrlo. Creo que la voluntad individual no es una garantía para salir adelante, ni mucho menos para eliminar esa precariedad. Es ahí cuando me parecen perversas esas afirmaciones y lugares comunes de “el que no trabaja no come”; “hay que verlo del lado positivo, por lo menos tenés trabajo”; “el poder está en cada uno de nosotros”; “el cambio está en vos”; “con la ayuda de Dios vamos a conseguir lo que necesitamos”. Es obvio que si no trabajo no tendría un salario para sobrevivir. ¡Claro que trabajo y mucho! Y asumo que la mayoría de los que hoy me leen, también. Y seguramente les debe pasar que después de pagar la casa, los recibos, la comida, el colegio de los niños, solo quedan unos pocos dólares para pagar una mediana borrachera el sábado en la noche. Y hasta eso nos coloca en el grupo de los “clasemedieros” privilegiados que nos podemos dar el lujo de salir a algún bar o restaurante. ¿Cuántos tienen el privilegio de un ingreso que les dé la posibilidad de vivir y no solo de sobrevivir?

No debe impresionarnos que entre las ventas más exitosas de libros se encuentren todos esos decálogos del buen vivir; o en las redes sociales nunca falta esa imagen con un atardecer ―o amanecer según sea el gusto― que motiva a tener un mejor día y a “salir adelante”, aun cuando te has pasado más de dos horas en el tráfico para recorrer unos escasos 20 kilómetros entre Santa Tecla y Soyapango. Pero, claro, “Dios proveerá”; y mientras más leemos esos decálogos de los “los señores de la luz” y “el poder de los ángeles”, más nos damos cuenta de que se trata de transformarnos a nosotros mismos, porque ahora resulta que somos nosotros los inadecuados para el orden social.

¡Lamento contradecirte una vez más, hermana, pero el individuo no es totalmente responsable de sus desgracias o dificultades!

El padrón electoral de este año tuvo inscritos 1,589,574 menores de 29 años, una suma que los partidos políticos y candidatos decidieron aprovechar. De ese total hay ciudadanos que se encuentran en el subempleo o que se preparan en las universidades para salir hacia una vida laboral que algunas veces puede ser poco gratificante y bastante explotadora. Un país en donde la gente joven gana al mes 0.78 veces lo que una persona adulta y tiene menores probabilidades de tener un empleo con acceso a seguridad social. Un El Salvador en donde en la última década se estima que solo el 20 por ciento de los trabajadores cuenta con un empleo digno, y solo dos de cada diez jóvenes van a tener acceso a un empleo que satisfaga sus necesidades más básicas (Informe sobre Desarrollo Humano El Salvador 2018 ¡SOY JOVEN! ¿Y ahora qué?).

Sería irresponsable decir que no existen las oportunidades, sin duda que las hay. Pero tampoco se puede negar que para unos es mucho más difícil conseguir o ser parte de esas oportunidades y privilegios. Por lo que el punto de reflexión no es si se sabe o no aprovechar una oportunidad, sino qué están haciendo ―o qué van a hacer― el Estado y las instituciones para que esas oportunidades sean menos disparejas y más justas.

Recupero las reflexiones de Alfredo Nateras Domínguez, quien expone que las juventudes están, por un lado, ligadas a sus contextos (económicos, políticos, sociales) al tiempo histórico, al espacio social que habitan ―están situadas―; pero, por otro, dentro de una construcción social donde poco a poco el “Estado benefactor” ha desaparecido, dando como resultado que el presente y, más todavía, el futuro sean detener arena con los dedos abiertos, dejándolos en un callejón sin salida ―sitiados―. Por eso, el proceso de subjetivación que muchos jóvenes viven se ve en esa lucha diaria ante la precariedad y la necesidad de poder reinscribirse, al costo que sea, en la dinámica social de la vida productiva.

Por eso no es tiempo de defender el optimismo de “podemos salir de la pobreza si aprovechamos las oportunidades”, sino de discutir el rumbo de la sociedad, de exigir a las instituciones y al Estado respuestas y acciones claras y concretas para combatir uno de los tantos problemas: la precariedad de la juventud salvadoreña. Entonces, hermana, creo que la discusión no ha terminado y la podemos seguir en otro viaje de carretera, un día de estos que llegue a El Salvador.

Referencias:
Bauman, Z. (2001) La sociedad individualizada. Madrid: Cátedra.
Nateras, A. (2016). Juventudes Situadas y Sitiadas. En Juventudes sitiadas y resistencias afectivas. Tomo 1. Violencia y Aniquilamiento. Ciudad de México: Gedisa.
Reguillo, R. (2017). Precariedad (es): Necropolítica y máquinas de guerra. En Precariedades, exclusiones y emergencias. Necropolítica y sociedad civil en América Latina. Ciudad de México: Gedisa.


*Alexia Ávalos: Salvadoreña. Residente en México. Comunicadora. Maestra en Estudios de la Cultura y la Comunicación por la Universidad Veracruzana. Actualmente trabaja como encargada de comunicaciones del Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación y coordinadora de la Revista Balajú, editada por el mismo centro.

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