“La casa de las flores” regresa sin podar la maleza

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Netflix estrenó en octubre pasado la segunda temporada de «La casa de las flores», serie que presentó al clan De La Mora perfecto en el exterior, pero repleto de secretos en su interior. Ahora que se han revelado las intrigas, la nueva entrega encuentra a sus integrantes lidiando con la ausencia de su matriarca y la tarea de reconstruir su legado. La escandalosa familia debate si aferrarse a las espinas del pasado o preparar el jardín para un nuevo día. Su creador, Manolo Cano, sufre de la misma indecisión.


¿Cuántas veces puede contarse la misma historia? O por lo menos, ¿cuántas veces puede contarse de la misma manera? «La casa de las flores», una de las series mexicanas con mayor impacto en Netflix, regresó con una temporada que prometía cambio, pero no se atrevió a sacrificar lo conocido. 

La trama parece, a grandes rasgos, un calco de la primera entrega: una mujer muerta deja pistas que remueven el pasado de la familia De La Mora; Paulina se aferra al pasado; Diego y Julián vuelven a las andadas; Elena sigue encantada por cada hombre que se le atraviesa; y Eduardo sigue sin encontrar plenitud en su familia.

Sexo en todos lados, de todas maneras, entre todas las personas posibles. 

Para comentar de manera justa, el ritmo narrativo es más pausado y hay una intención bien lograda de agregar peso a la historia de cada personaje. El humor logra conquistar de vez en cuando, en las ocasiones en las que no peca de obvio, buscando una reacción. La selección musical es icónica, pese a su uso en escenas que sin explicación se convierten en un musical.

Como es costumbre, la trama se mueve de manera relevante hasta los últimos episodios, pero el final logra ser genuinamente sombrío, mostrando que, pese a todo, hay una madurez en el desarrollo de personajes.

Esto no disculpa otros errores más graves. La serie, por todo lo que predica diversidad y apertura de mente, aún presenta estos temas desde la mirada del privilegio y los estereotipos. El México de Manolo Caro es blanco, cegadoramente blanco. Los personajes realmente diversos son marginalizados o existen solo en función de un personaje más digerible. Y aunque ha sido el mismo director quien ha declarado que el formato de la serie es óptimo para la crítica social, apenas se llega a una caricatura de la sociedad sin mucha sustancia o protesta. 

Por ahora, esto es suficiente para mantener el interés en una tercera temporada. Pero a este rosal visual le urge una buena poda. Si no, puede que sus temas controversiales solo sean accesorios para una serie que ya peca de superficial. Toda planta necesita agua para florecer. Si los trucos no se refrescan, un pecado culposo con carácter se volverá otra serie que recurre al escándalo en una sociedad a la que poco le impresiona ya.

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