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“Déjame entrar”: amores tóxicos y bullying

La adaptación teatral de la novela sueca “Låt den rätte komma in” aborda, siempre fiel a la historia, las implicaciones de ser un preadolescente en medio del acoso escolar y la desintegración familiar, todo ello durante una fantasía amorosa entre un muchacho marginado y una vampira. Migue Simán y su productora Black Coyote presentaron esta puesta en escena en El Salvador entre el 10 y el 12 de julio pasado.

Foto FACTUM/Cortesía de René Figueroa


Un joven que sufre acoso escolar conoce a una vampira. Se enamoran. Él es tímido y ella debe ocultarse de la gente por su condición no humana. Ella tiene que matar gente para beber su sangre y subsistir. Pero también usa su fuerza para vengarse de los acosadores de su novio y hace justicia. No, no es este un episodio más de la saga “Crepúsculo”. Lo que podría ser para esta serie de películas hollywoodenses la trama completa, apenas es el cascarón para “Déjame entrar”. Dentro de esta historia ambientada originalmente en Suecia hay un remolino de falsos romanticismos, amores tóxicos, acoso escolar, drogas, pedofilia, asesinato y otros crímenes.

La historia original es del escritor sueco John Ajvide Lindqvist y fue adaptada para el teatro por el inglés Jack Thorne. La trama tiene como punto de partida el terror para culminar en un drama complicado con vertientes que podrían ser, por individual, las sinopsis de historias distintas, como los amores tóxicos, como el acoso escolar.

“Déjame entrar” está centrada en la relación de Oskar (Paolo Salinas), un preadolescente de 12 años, y Eli (interpretada por Emy Mena), una vampira, quien aparenta ser de la misma edad, pero en realidad tiene 200 años. La obra perfila a un preadolescente que no encaja en su grupo etario. Oskar encarna una antítesis del hombre violento, aparentemente eso sí: es dulce, débil, tierno, cándido, indefenso. En la superficie, parece carecer del gen de la violencia, hasta que pasa de ser víctima a victimario.

Jonny (interpretado magistralmente por William Castillo), el principal agresor de Oskar en la escuela, es lo contrario de su víctima: ofensivo, bravucón y muy violento. Pero también todo pasa por aparencias. En uno de los diálogos, el hermano mayor le cuestiona a Jonny su hombría, precisamente porque Jonny quiere dejar de agredir.

Oskar proviene de un hogar desintegrado. Su madre es alcohólica y su padre, aparentemente, ha entablado una relación sentimental con una persona de su mismo sexo. A la incomprensión y desatención de sus padres se suma que es víctima de acoso escolar. Entonces Oskar conoce a Eli y allí encontrará el amor, claro, aparentemente. Eli para Oskar es un lugar seguro donde puede ser él mismo.

Puesta en escena de «Déjame entrar», dirigida por Migue Simán. Foto FACTUM/Cortesía de René Figueroa

La interpretación de Emy Mena como Eli logró transmitir la complejidad del personaje de una vampira que aparenta ser preadolescente pero que en realidad tiene dos siglos de ser una no humana: es una criatura que finge fragilidad y timidez, pero en realidad es ágil, sarcástica, sádica, a veces tierna, sobreprotectora como si fuera una hermana mayor o una mamá. Y, claro, es una asesina en busca de sangre. Un ser en constante conflicto con quién es y su realidad.

Pero hay más aún. La parte todavía más oscura de Eli: su relación con Hakan (interpretado por Miguel Amador), un hombre de más de cincuenta años que parece ser su padre en un principio. Pero no lo es. Hakan es un pedófilo y pederasta que actúa como esclavo de Eli consiguiendo personas para alimentar a Eli, a cambio de una relación amorosa con la vampira. Hakan aparenta ser el protector de Eli, pero ella solo necesita una persona que la provea de sangre viva para beber. Es aquí donde todo lo visto, en realidad, es aparente. Eli parece enamorada de Oskar, pero lo que hace es asegurar a su próximo esclavo proveedor de sangre. Oskar será Hakan en unas decenas de años, mientras que Eli seguirá siendo una preadolescente de 12.

Aunque para esta adaptación para teatro no quedó muy marcado el papel de pedófilo de Hakan, es interesante el planteamiento del amor obsesivo, pasivo-agresivo, tóxico y, en fin, nocivo, que desarrollan muchas personas, y de cómo son capaces de asesinar en nombre del amor.

Gabriela Rivera actúa como la mamá de Oskar. Ella logra transmitir la indiferencia que muestran muchos padres hacia sus hijos y hacia la vida: personas apagadas, inanimadas, muertas en vida, sin propósitos ni intereses. Anestesiadas por los vicios, para este caso el alcoholismo.

Micke, el personaje de victimario que interpreta Carlos Hirleman, pasa sin pena ni gloria; sin embargo, expresa el rol de quienes son partners in crime, cómplices, pero no son los alfa o simplemente son manipulados y utilizados por los agresores principales para sus fines.

La puesta en escena, el maquillaje y las actuaciones de Salinas, Castillo y Hirleman ilustran perfectamente las formas y los ciclos del bullying: física, psicológica y verbal, y hacen que el público se sienta indignado e impotente ante este tipo de violencia.

La historia también retrata bien el papel de las policías con respecto a la resolución de homicidios: el show mediático, algo tan parecido a lo que vemos a diario en nuestro país.

Esta puesta en escena dirigida por Migue Simán tiene potencial y cabida para un público joven. Aunque el montaje y los efectos dificultan que se convierta en itinerante, debería presentarse a estudiantes, maestros e incluso en escuelas de padres para discutir el rol de toda la sociedad en la prevención y la generación de la violencia.

Puesta en escena de «Déjame entrar», dirigida por Migue Simán. Foto FACTUM/Cortesía de René Figueroa

Esta novela de terror no provoca miedo, precisamente. Sí mucha angustia, tristeza, desesperanza y enojo. Enojo e impotencia por el acoso escolar. Indigna la complicidad de Micke y la indiferencia del profesor Ávila (Fernando Arteaga). Esa misma que provoca que, en la vida real, las víctimas de violencia escolar se suiciden porque no encuentran otra forma de ser libres.

El nicho para las ideas atrevidas de Migue Simán ya existe: las historias de miedo e incluso las de vampiros les gustan a adolescentes y jóvenes. Esta puesta en escena es novedosa y refrescante. Los setenta cambios de luces, los noventa y seis metros cuadrados de nieve, las cuarenta y una canciones y el maquillaje, que me parecieron geniales. Pueden reclutar a un público más joven.

Por otra parte, en un país con estrés hídrico como El Salvador podría resultar innecesario utilizar mil litros de agua y veinte árboles, como consigna su brochure, para cada función.

Simán, fundador de la productora Black Coyote, ya suma experiencia en cine de terror: dirigió la película «Matlatl», la serie de televisión «Magna», y el cortometraje «El mal de aquella noche», aún por estrenar.

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