Cataluña sigue partida a la mitad tras sus elecciones

Los comicios convocados anticipadamente por el gobierno del presidente español Mariano Rajoy para desbloquear la crisis catalana perpetúan una sociedad partida por la mitad entre independentistas, que mantienen el gobierno, y los que no lo son, que crecen en votos.

Fotos FACTUM/Majo Siscar


Barcelona. El comentario surge entre el griterío de la noche electoral: «Sí, hemos ganado, pero esto será duro, porque nos quedamos igual”. Los que hablan son dos militantes de Ciudadanos, el partido más votado en las elecciones del jueves 21 de diciembre en Cataluña.

Ciudadanos, que encabezó la oposición más combativa al independentismo catalán, dio la sorpresa al situar a su candidata, Inés Arrimadas, como la más votada con 1.1 millones de votos. Sin embargo, no había euforia, ni en el discurso de la líder ni entre sus partidarios, que apenas acudieron a festejar. En el sistema parlamentario catalán, del que hacen parte siete partidos en la actualidad, la presidencia no la alcanza la lista más votada sino aquella que consiga reunir más escaños a favor de una investidura. Y Ciudadanos no lo logra.

La mayoría en el Parlamento catalán la mantienen los tres partidos independentistas, que suman el 47,5% de los votos –prácticamente el mismo resultado que en las elecciones de 2015–, lo que corresponde a 2.063.361 boletas, 20 mil más que en el referéndum celebrado el 1 de octubre bajo la prohibición del gobierno español. Por la ley electoral, consiguen la mayoría absoluta en el Parlamento y repetirían la misma coalición en la Generalitat -el gobierno autónomo catalán- que el pasado octubre declaró una independencia bloqueada por Madrid.

El gran perdedor es el Partido Popular del presidente Mariano Rajoy, que no solo no consigue desarmar a los independentistas con estas elecciones que él mismo forzó, sino que electoralmente queda en la ruina con solo cuatro de los 135 diputados. ¿Puede seguir conduciendo esta crisis un partido que tiene menos del 5% de los apoyos en Cataluña?

El presidente catalán destituido, Carles Puigdemont, se adelantó a pedir a Rajoy una “rectificación urgente” y le pidió una reunión “de buena voluntad y sin condiciones. «La única condición es el reconocimiento del otro, nos hemos ganado el derecho a ser escuchados”, dijo Puigdemont desde Bruselas, donde se refugia de la justicia española.

El segundo, el gran ganador

Carles Puigdemont fue el ganador de los comicios. Desafió la querella que enfrenta por el delito de rebelión y concurrió a las elecciones con nuevas siglas, Junts per Catalunya (JxCat), encabezando vía televisión de plasma una candidatura llena de independientes con trayectoria entre la sociedad civil separatista, que, cocinada en menos de un mes, ha logrado 34 diputados y se erige así como la segunda fuerza más votada.

Pisándole la cola a Ciudadanos, JxCat ha superado en dos escaños a su socio de gobierno, Esquerra Republicana (ERC), cuyo líder, el ex vicepresidente Oriol Junqueras, está preso y no quiso repetir coalición electoral; Junqueras, siguiendo las encuestas, quería hacer una demostración de fuerza ante su socio, más conservador. Aunque nunca cuestionaron que gobernarían en coalición con Puigdemont, los de ERC esperaban arrasar y arrebatarle la silla presidencial a Puigdemont.

Con 32 diputados a sumarle a los 34 de JxCat los independentistas ya han asegurado que reeditarán el gobierno destituido por Rajoy en octubre.

De hecho, con 66 diputados, Junts per Cataluña y ERC pueden formar gobierno si el tercer partido independentista, la izquierda radical de la CUP, solo se abstiene en la segunda votación de investidura. La condición de los radicales para darles un sí es seguir adelante con la independencia. Los dos partidos principales del independentismo no descartan el curso de acción propuesto por CUP, pero sí se han mostrado abiertos a posponer nuevas consultas por la independencia hasta tener una mayoría más amplia o a condicionar a un referéndum pactado con España.

Hacia un gobierno independentista maniatado

Con este panorama, el independentismo repetirá en la Generalitat pese los intentos de estrangulamiento desde Madrid, pero no consolida una mayoría rotunda que legitime la vía unilateral hacia la independencia. En unas votaciones con una participación sin precedentes –roza el 82%–, mantienen el pulso y solo les han arañado tres décimas y dos escaños, pero no logran la contundencia. El 47,5% del electorado es un porcentaje similar al que desde hace 40 años logran esas mismas fuerzas catalanistas, aun y cuando no se definían como independentistas. Cataluña está atrapada en su propia composición social, económica y de identidad.

Aunque en el otoño catalán hemos visto a sindicatos anarquistas marchando con la derecha independentista, y a las principales empresas de solera catalana abrazando a los mismos sectores que el españolismo obrero, el análisis de votos por demarcaciones muestra una fisura clara entre el campo y la ciudad. Los municipios pequeños, con más población nacida en Catalunya se han decantado más por el independentismo. En las urbes, con su lógica migratoria y precarizada, han ganado los partidos no independentistas.

Ciudadanos, un partido neoliberal fundado hace nueve años en Cataluña con la bandera del anticatalanismo como principal baza electoral, se presentó a estas elecciones sin ostentar ninguna alcaldía y con un discurso que sentenciaba la fin del independentismo. Y ha tenido una ascensión meteórica al lograr uno de cada cuatro votos y ganar la ciudad de Barcelona y su cinturón metropolitano, gobernados tradicionalmente por la izquierda socialista.

«Se ratifica que ante la polarización gana la lógica frontista, los dos bloques salen beneficiados y se caen las posibles mediaciones», resume el profesor de Derecho Constitucional Marco Aparicio.

En esta lógica, ambos bloques se enrocan. «La opción por la república es un mandato legítimo y legal», aseveró desde ERC Marta Rovira. Pero el presidente español Mariano Rajoy no quiere ni escuchar la palabra «república» ni tampoco la de «referéndum». «No aceptaré que nadie se salte la Constitución, ni la ley, ni el estatuto de Cataluña», declaraba el día siguiente de las elecciones.

El Rey Felipe VI, en su habitual mensaje navideño, también instó a los independentistas a que abandonen su opción: «El camino no puede llevar de nuevo al enfrentamiento o a la exclusión que solo genera discordia, incertidumbre, desánimo y empobrecimiento moral, cívico y económico», dijo, poniendo toda la responsabilidad en los separatistas.

Mientras tanto la agencia de calificación de solvencia Moody’s ha publicado un informe entre los inversores donde califica el resultado electoral como «negativo tanto para la Generalitat de Cataluña como para el Gobierno de España, puesto que no resuelve las tensiones entre la región y la administración central sobre las aspiraciones a la independencia». Y avisa que es un factor «negativo» para la economía. La bolsa española ya amaneció a la baja por la resaca electoral.

El posible gobierno independentista deberá acatar la Constitución si quiere conformarse y que España levante la suspensión de sus poderes que rige desde octubre. «Esta lógica de dos bloques abre un proceso complicado, donde a la fidelidad del voto hay que corresponderle con un mantenimiento del frontismo, y ese discurso trasladada al contexto constitucional supondría el mantenimiento del bloqueo a Cataluña», explica el profesor Aparicio. Aunque este experto cree que la Constitución permitiría un referéndum de independencia, reconoce que no hay voluntad política y menos después de las nuevas imputaciones.

Horas después de tener los resultados electorales, la justicia española acusó a seis políticos más por rebelión, con lo cual ya hay 28 personas procesadas por este delito, 17 de ellas elegidas el jueves como cargos públicos. De estos 17, 3 están en prisión y 5 en el extranjero, con lo cuál 8 de ellos deberán encontrar una salida o delegar su escaño al sustituto si no se les restauran sus derechos. Entre ellos están el presidente destituido, Carles Puigdemont, y el vicepresidente Oriol Junqueras. “Vivimos un estado de persecución a las ideas legítimas, democráticas y no violentas”, aseguró el día después de Navidad el destituido Puigdemont.

Después del otoño catalán, se viene un invierno complejo en España.

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