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«Game of Thrones»: la magnificencia de la pincelada final de los personajes (apuntes y teorías)

“Un caballero de los siete reinos”, el segundo episodio de la temporada final de “Game of Thrones”, hizo varios guiños con el pasado para maravillarnos mientras reconocimos cómo han cambiado los personajes y la forma en la que los fuimos comprendiendo. Y para ello, el protagonismo recayó en Jaime Lannister. 

[Alerta Spoiler:  la siguiente reseña revela detalles del segundo episodio de la última temporada de «Game of Thrones», que forma parte del catálogo de HBO]


Tengo la fortuna de reseñar el segundo episodio de la temporada final de “Game of Thrones”. Y digo «fortuna» porque ningún otro se había centrado tanto en mi personaje favorito de toda la historia: Jaime Lannister. Tanto en la saga literaria como en la versión de HBO, “The Kingslayer” es un personaje dual, un incomprendido, símbolo de la capacidad que tenemos las personas para despertar las más grandes aversiones, como también la más profunda admiración. Esto incluso es así cuando Jaime ha cometido sus actos más aberrantes –como cuando arrojó a Brandon Stark desde lo alto de una torre, al pleno inicio de los hechos que se narran de la fantasía de Westeros–, él lo ha hecho por la justificación más noble:

«Things we do for love…»

Crimen y amor en un solo acto. La frase gozaba de enorme resonancia, pero yacía casi perdida en el olvido, allá en lo remoto de los orígenes de la construcción de unos personajes que ahora son muy distintos. Tal y como bien lo explica el célebre escritor Stephen King, no es nada sencillo hacer fluir de forma natural a la tensión y al drama del encuentro de los personajes más relevantes de la serie. O al menos a los que sí han logrado sobrevivir a una planicie donde la muerte cabalga incluso más rampante que en Hell Salvador. “De forma perfecta, las mentes detrás del show han traído a Winterfell a los personajes principales”, dice Stephen King, un maestro de la narrativa del suspenso. Y si él lo dice, es porque no estamos tan equivocados los que resaltamos la sensación de tristeza que nos iba dejado un episodio que olía a despedida, un episodio en el que, de nuevo, el filo de las emociones estuvo en los diálogos y no en las espadas. «Parece fácil… pero es difícil», cantaría al respecto –y secundando a Stephen King– otro maestro: Alejandro Lora.

Cuando por fin haya concluido, la adaptación televisiva de “Canción de Hielo y Fuego” no solo será aclamada como la mejor serie de nuestra época. Quizás lo sea en la vara de todos los tiempos. Y esto lo digo con el respeto inmenso que merecen algunas series que hemos visto en el pasado, como “The Wire”, “The Sopranos”, “Carnivale” o “Breaking bad”, entre muchas más. “Game of Thrones” ha construido un fenómeno mediático porque ha sabido exprimir hasta el último centavo de su colosal presupuesto, marcado en 90 millones de dólares solo para los seis capítulos de la temporada final. ¡Una bestialidad! Y aunque en los dos primeros episodios aún no hemos visto acción de batallas, sí hemos presenciado una nueva demostración del incuestionable talento de los guionistas y escritores que han ido moldeando el universo creado originalmente por George R.R. Martin. Los créditos principales son, entonces, para David Benioff, D.B. Weiss y Bryan Cogman, los narradores que ya han comenzado a coronar distintos reencuentros necesarios, conflictos emergentes y la necesidad de redondear el desarrollo de personajes que han ido evolucionando hasta experimentar una transformación casi total.

Vemos el caso de Sansa, por ejemplo, que de ser una infante a la que le cepillaban el cabello mientras soñaba con casarse con el príncipe heredero ha evolucionado hasta convertirse en una estratega que incluso ve con irreverencia a la mentes más ágiles. Sansa ya no es Sonsa Stark. Como a la vez, sin dejar de ser agrio, Sandor Clegane tampoco es más el ejecutor que asesinó al hijo del carnicero en la primera temporada. Brandon Stark ni siquiera es ya una persona. Al igual que tampoco Tyrion Lannister es más “un ebrio promiscuo”, caso que también le aplicaría a Theon Greyjoy. El episodio maravilla porque reunió en un solo momento y en un solo lugar a las transformaciones radicales que los personajes han debido asumir. Y enfoco, de nuevo, el impacto de estas transformaciones en Jamie Lannister, quien ya no es más “un león dorado” arrogante, petulante e invencible. El episodio arranca con la interpelación de Jamie, cuyo interrogatorio es conducido –más a modo condenatorio que indagador– por una cada vez más tiránica Daenerys Targaryen, cuya transformación merece un análisis más detallado. 

Sophie Turner (izquierda) y Emilia Clarke en los papeles de Sansa Stark y Daenerys Targaryen. Foto de HBO.

Ser Jaime Lannister es mi personaje favorito porque considero que su dualidad lo convierte en el de más profundidad y difícil comprensión. Él jamás habría tenido mejor momento para revelar la historia de los motivos (nobles) que le llevaron a asesinar al pirotécnico ‘Mad King’, Aerys II Targaryen. En cambio, decidió callar de nuevo y no liberarse de la cruz que ha cargado por el estigma de ser “El Matarreyes”. Cuando ‘La Madre de Dragones’ optó por enumerar las cosas que su hermano le habría hecho al asesino de su padre –incluso burlándose de su mutilación–, Jaime decide no revelar que sin él habrían muerto miles de habitantes de King’s Landing. Él, al final de cuentas y sin que nadie lo crea, es un hombre de honor. Su decisión de mantener la promesa de luchar por los vivos lo demuestra, aunque a la vez representa que el nuevo Ser Jaime ahora privilegia al honor incluso sobre el amor que le profesa a Cersei Lannister. En el mundo de Jamie, previo a la transformación, el honor era algo que se subyugaba a los antojos de su hermana. Pero ya no más. 

Al haber perdido la mano –y por ende, buena parte de su habilidad con la espada–, Jaime ha tenido que verse obligado a comprender el mundo en el que ha vivido Tyrion. Al igual que él, entonces, debe ampararse en la agilidad mental, de la que también goza en abundancia. Jaime siempre ha tenido habilidad para los duelos dialécticos y no se corta para justificar muchos de sus actos con un argumento incuestionable: las cosas que hizo, las hizo porque estaban en guerra y, por ende, merece una amnistía. Sin embargo, vimos cómo esta vez ocurrieron dos momentos claves en los que Jaime fue desarticulado hasta el punto de quedarse sin palabras. El primero fue cuando, en plena interpelación, Bran le recuerda la frase de «Things we do for love», una manera velada de decirle que, si él lo quisiera, sería condenado a muerte. Pero Bran ya no es Brandon Stark y, por ende, sus deseos ya no existen. Jaime asume aquella culpa desde el silencio, como también lo hace cuando Tyrion le hace ver que él siempre ha sabido quién es Cersei y se dejó engañar, pero igual decidió amarla tal cual. Más tarde lo vemos envuelto en la incomprensión cuando una humildad impropia para un Lannister lo lleva a disculparse con Bran.

En el episodio emocional de transformación de los personajes, Daenerys Targaryen merece una mención especial. La vemos ahora convertida en una bitch obnubilada por el trono que lanza amenazas de despido a Tyrion; que se muestra incapaz de aceptar que su manejo de la justicia con los Tarly fue erróneo; que se ve superada por Sansa cuando ella le exige una respuesta en torno a qué va a pasar con El Norte si acaso sobreviven al invierno; y que cuestiona las fuentes de información –y por lo tanto la honorabilidad de Jon Snow– cuando éste le revela que en realidad su nombre es Aegon Taragyen y que él es el legítimo heredero al trono. Con el personaje de Dany hemos visto que ha pasado de ser una niña que permitía que su hermano la utilizara como mercancía hasta convertirse en una revolucionaria que apuesta por un mundo mejor –con la abolición de la esclavitud, por ejemplo–, siempre y cuando ese mundo se incline y doble la rodilla ante ella. En este panorama, la gran pregunta al respecto la hizo Sam en el primer episodio: ¿será ella capaz de renunciar al objetivo primario que ha perseguido con tanto ahínco? Puestos a profetizar, me inclino a decir que no, pero este aún no es el momento para responder esa pregunta. Hay un ejército de soldados que no mueren tocando a la puerta.

Hasta el momento hay información relevante que, de manera sorpresiva y hasta inquietante, aún no ha sido mencionada. ¿Por qué los remanentes de la Guardia de la Noche que vieron caer al muro y sobrevivieron de milagro aún no han informado a Danny que Viserion, el dragón convertido, ahora juega para el equipo contrario y escupe fuego azul? Esa es una información demasiado importante como para saltársela en estos dos episodios. Es algo que debía discutirse, por ejemplo, en la planificación de la estrategia de combate. Y, sin embargo, no se mostró.

Eso sí, hubo dos cosas –también relevantes– en este episodio y que plantean el panorama de cuáles son los objetivos de ambos bandos en combate: los vivos buscarán acabar con el Rey de la Noche; mientras los muertos buscarán asesinar a Bran, borrando así no solo a la humanidad, sino también a su memoria.

Siempre, en el apartado de las cosas aún no reveladas, vemos a Bran manejar con misterio la posibilidad de que no exista un «después» de la batalla con los muertos. Una de las cosas más apasionantes del estado actual de «Game of Thrones» radica en que los fans intentamos adivinar el desenlace de la historia, nos entregamos al juego de las profecías, a responder cómo terminará todo. Esa frase de Bran reafirma mi apuesta al respecto. Pienso que el final se conjugará con el principio, como en un ciclo. En la historia de “Canción de hielo y fuego” vemos que al principio de las cosas estaban Los Hijos del Bosque, quienes amenazados por la humanidad cometieron el error de dar vida a los Caminantes Blancos. Así nació la guerra entre el Hielo y el Fuego, que es de lo que se trata todo este asunto; no de una guerra de tronos. Si como nos hace inferir Bran, no hay un «después», entonces es posible que ni unos ni otros sobrevivan. Pero siempre existirá un Cuervo de Tres Ojos que guarde la memoria… Por lo que Bran y los Hijos del Bosque sean los únicos que prevalezcan. 

A pesar de que esta información, la de los objetivos de muerte de ambos bandos, es la más relevante del episodio –en torno al camino que seguirá en lo que falta por desarrollarse–, el nombre de “Un caballero de los siete reinos” muestra lo mucho que se privilegió a los distintos momentos de emotividad, que son, al fin cuentas, el alimento de los memes y de la discusión que se desata cada lunes.

Vimos a Lady Brienne de Tarth convertida en un caballero y envuelta en un torbellino de emociones por su historia particular con Ser Jaime Lannister y por el acoso cómico y persistente de Tormund “Matagigantes”, de quien, por cierto, los guionistas se permitieron variar el origen de su apodo, narrado con ciertas diferencias a lo que Martin escribió para el tercer libro de la saga, “Tormenta de espadas”. ¿Tendrán éxito los intentos de conquista que Tormund lanza en torno a la “Big Woman”? No, si antes alguno de ellos cae en batalla, que parece, por el tono de ansiedad generado al respecto, como una alta posibilidad. El viejo truco de “esta podría ser nuestra última noche vivos” no funcionó para el pelirrojo de ojos azules, pero sí para Arya Star, “una niña” (que ya no es una niña). La escena de su encuentro sexual con Gendry fue justificada por HBO debido a que su presunta mayoría de edad. ¿Curioso no? La historia no encuentra problemas con presentar relaciones incestuosas, mutilaciones extremas, perros que devoran rostros y niños que son quemados en una hoguera, pero el estupro –en tiempos de #MeToo– sí parece ser demasiado para quienes critican que se muestre que Arya desee tener sexo. En este punto encuentro lógica y empatía respecto a la declaración del guionista responsable de la escena, Bryan Cogman, quien dijo:

«Espero que ninguna de las personas que no pueden lidiar con la primera vez de Arya, tenga hijos que crezcan. Odio decírselo, pero eso es lo que pasa: ¡los adolescentes tienen sexo!»

Rory McCann (izquierda) y Maisie Williams en los papeles de Ser Gregor Clagene y Arya Stark. Foto de HBO.

Finalmente, quisiera resaltar un apunte al respecto de una frase que pasa casi inadvertida y que juega con las teorías en torno a quién ejecutará la profecía de la muerte de Cersei Lannister, algo que parece que, con seguridad, ocurrirá. Es la frase que Tyrion le dice a Jaime en el primero de sus diálogos, cuando menciona la posibilidad de que cayese en batalla y luego, afiliado con el ejército de los muertos, marchase hacia el sur: «Quizás después de morir marche a Desembarco del Rey y la despedace (a Cersei)». Esta frase me ha hecho pensar demasiado en que quizás estaba equivocado. Yo pensaba que la muerte de Cersei llegaría a través de Arya, quien utilizaría el rostro de Tyrion, pues, a finde cuentas, tiene una lista de muertes que debe cumplir. Pero la opción de un Tyrion zombi tampoco pinta nada mal.

Y justo ese es el punto actual de las cosas: los fans de la serie hacemos cálculos y apuestas respecto a quiénes serán los primeros en morir en la batalla que viene; ¿quién se quedará con el trono si acaso hubiera trono que reclamar?;  y hasta quién montará al vouyerista Drogon entre Daenerys y Jon, ahora que ambos saben que el derecho legítimo le pertenece a este último.

Lo cierto es que el tiempo de preparación del clima de tensión ha terminado. Ahora viene el tiempo de la acción que justificará esos 90 millones de dólares de presupuesto. Y digo, sin temor a equivocarnos, que nunca antes había ocurrido una expectativa tan alta en la historia de la televisión de entretenimiento. Para esto le invertimos ocho años de nuestro tiempo. Y HBO el dinero.

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