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Tapachula, la procesadora de migrantes

Recibe y escupe migrantes sin pausa. Es el primer cuello de botella para los centroamericanos en su camino hacia Estados Unidos. Aquí se detienen y devuelven a sus países a cuatro de cada 10 personas que entran irregularmente a México.


Delia trapea el suelo del foro techado del parque central de Tapachula, un lugar polvoriento que apesta a orines. El aroma floral del detergente transforma la atmósfera y se aspira con agradecimiento. Seis niños corretean y juegan a su alrededor, entre ellos los cuatro hijos de Delia. El mayor tiene 12 y el más pequeño dos. Anochece y algunos se han bañado, se han puesto el pijama y se ven felices a pesar de todo.

Esta será la primera noche que pasarán en la calle.

Hace apenas un mes, a finales de octubre, que pasó por aquí la caravana de migrantes hondureños, durmieron en este lugar, lo inundaron todo por unos días. Luego siguieron su camino hacia el norte. A más de 4,000 kilómetros de Tapachula, en Tijuana, aún luchan para cruzar la frontera hacia Estados Unidos.

Delia también es hondureña, pero se ha quedado en Tapachula con su familia. Como es solicitante de refugio, está obligada a permanecer dentro de Chiapas mientras resuelve su trámite ante la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar). Si sale del estado, puede ser detenida y devuelta al país del que viene huyendo. Se siente estancada: aquí el trabajo escasea, no ve un futuro para su familia en esta ciudad. La calle es ahora su única opción.

“No me quiero quedar aquí, ahorita voy a estabilizarme por un rato, yo sé que el trámite (de refugio) se tarda tres o cuatro meses, pero ya con eso yo salgo al DF, o al lado fronterizo donde hay más trabajo. Aquí se devalúa el trabajo, el pago, explotan más”.

Delia había pasado los últimos días en una palapa de la costa de Tapachula, una vivienda sin paredes y el techo de palma que funcionaba como cantina al mismo tiempo. Allí dormía con su familia y un grupo de hondureños. Hasta la última semana de noviembre, cuando nueve de ellos se emborracharon por la noche y la tomaron con ella. Avisó a la policía, pero no sirvió de mucho. Se hartó del acoso continuado de sus compatriotas, los insultos, las peleas, que le robaran su cartera y maltrataran a sus niños. Hasta la amenazaron por denunciar los hechos. Decidió que lo mejor era venirse para la ciudad. Su desplazamiento, primero desde Honduras por las amenazas de las pandillas y la agresión sexual contra uno de sus hijos, ahora prosigue dentro del estado donde está pidiendo refugio.

“Yo tengo que poner barreras porque ando niños, mi prioridad son mis niños”, dice Delia con toda convicción.

En un rincón del escenario de esta especie de anfiteatro cubierto están sus pertenencias, algo de ropa, cajas y unas frazadas extendidas en el suelo, el lugar donde esta noche de finales de noviembre dormirá junto a sus hijos. Señala esos bultos: “Si yo aquí traigo para hacer burritas, para hacer ensalada de frutas… Ayer gané unos 100 pesos (menos de cinco dólares), vendí 14 gelatinas y flanes”.

Delia prefiere hacer sus ventecitas para seguir cuidando a sus hijos porque el trabajo está mal pagado. “La gente no está pagando el trabajo, o no es tanto, 100 pesos, ¿y dejo de cuidar a los niños por 100 pesos? Y tal vez ese dinero me lo puedo hacer por mi cuenta”.

Los niños han dejado de correr y se han sentado al borde del escenario. El show de un payaso local que amenizaba esta noche de viernes ha terminado. Alguien apaga la música, los tapachultecos que observaban y reían a carcajadas hace un rato se van retirando poco a poco. Después alguien apaga las luces, los centroamericanos se quedan y van ocupando sus puestos.

Tapachula es una ciudad, una máquina: detiene a migrantes, los devuelve, inicia procesos de refugio, los rechaza y para otros, unos pocos, ofrece alojamiento. Para la mayoría es un lugar de paso, una parada en el camino, una estancia más larga de lo que les gustaría, mientras los próximos años de su vida dependen de una decisión institucional y cuánto aguanten por esa respuesta.

El payaso «Blim-Blim» llega al parque central José Hidalgo en Tapachula a divertir a los niños y adultos migrantes que habitan el lugar. Muchos siguen a la espera de su estatus de refugiados y otros ceden a regresar a su país por medio de un programa de repatriación.
Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

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Los migrantes que recorren las calles de la Tapachula durante el día buscan trabajitos, hacen sus trámites, venden chicles, dulces y cigarros. Pasan el rato y pasan hambre. El sol es intenso, implacable en estos días de noviembre, con temperaturas que rondan los 30 grados y una humedad asfixiante. Por ratos llueve suave y se refresca el ambiente, pero el efecto dura poco. A muchos migrantes es fácil identificarlos porque siempre andan entre sus pertenencias un folder plástico que protege uno de sus bienes más preciados, su salvoconducto, la constancia de su proceso de solicitud de asilo. Sin este documento, y a veces hasta teniéndolo, corren el riesgo de ser entregados a las autoridades migratorias y deportados a su país de origen.

Tapachula los recibe y les da la oportunidad de quedarse en México, pero el proceso no es rápido. La ciudad chiapaneca está saturada, no da abasto.

A las puertas de las oficinas de Comar y Migración suelen hacerse grandes filas de solicitantes, todos esperan por sus trámites, acuden puntualmente a las citas con la esperanza de que su caso avance.

Un salvadoreño que solicitó asilo hace años y ya es residente, vende cigarros y dulces a los que esperan en la fila. No parece que venda mucho. Cuenta que fue soldado durante los primeros años de la postguerra, que se tuvo que ir porque los pandilleros sabían de su pasado militar y lo tenían amenazado. Algunos migrantes están pendientes de la plática mientras se refugian a la sombra del edificio. Están cansados de la espera. Aquí hay muchas mujeres con niños y hombres jóvenes en edad de trabajar.

La oficina local de la Comar recibió 512 solicitudes de refugio en 2013. Ese año se registraron 1,296 peticiones en todo el país. Es decir, cuatro de cada 10 solicitudes de todo México pasaron por esta oficina. Ya era bastante.

Migrantes centroamericanos hacen largas y tediosas filas en la entrada de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) para poder solicitar un documento de identidad que los acredita como solicitantes de refugio. Las solicitudes se dispararon con el paso de las «Caravanas de Migrantes» y hay muchos que decidieron quedarse en Tapachula.
Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

Cinco años después, entre enero y agosto de 2018, la misma oficina registró las solicitudes de 7,365 personas, la mitad de la carga nacional (14,544 en todo México). Es decir, en este municipio las peticiones de refugio se han multiplicado por 14 en cinco años.

Para decirlo con cifras más simples: Tapachula pasó de recibir un promedio de 42 solicitudes de refugio al mes durante 2013, a 920 casos nuevos al mes entre enero y agosto de este año. Cerca de mil por mes, mil personas que huyen desesperadamente, que piden lo mismo en una ciudad pobre, de una región pobre.

“La caravana nos ha mostrado que necesitamos mejores mecanismos para recibir a tanta gente a la vez, porque nosotros tenemos sistemas para un flujo constante de personas, pero no con esa magnitud”, dice Kristin Riis, jefa de la oficina de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) en Chiapas.

La oficina de este organismo institucional apoya a Comar atendiendo a los migrantes que llegan con muchas dudas, que no entienden muchas veces si necesitan un asilo o solamente una protección temporal para continuar con su recorrido hacia los Estados Unidos.

“La gente va a tomar la mejor decisión que ellos crean, el problema es cuando no han entendido plenamente de qué se trata el refugio, lo que no es. (…) No es algo nuevo con la llegada de las caravanas – explica Riis desde una sala de reuniones del edificio de Acnur -. La gente huye de su país sin saber hacia dónde van. Realmente es algo tan inmediato: mataron a mi papá, o tienen tan amenazados a mis hijos…o ya mi hija no puede estudiar porque la quieren reclutar como novia de pandilleros”.

Mientras esta entrevista tiene lugar, hay varios migrantes esperando afuera para ser atendidos por oficiales de Acnur. Uno de ellos es Marcos*, un salvadoreño que trabajaba como taxista en una ciudad del oriente de El Salvador hasta que su oficio se volvió incompatible por el control territorial de las pandillas. Hace dos días llegó con su esposa y su hija. Por el momento se están quedando en un albergue de Tapachula que se llama Casa Belén. Tienen 30 días de plazo, después tendrán que dejar ese centro dirigido por religiosos scalabrinianos y buscar un alojamiento barato, si la ayuda económica de Acnur les alcanza para eso o logran encontrar algún trabajo para mantenerse. Ni Marcos ni su esposa pensaron jamás en salir en las caravanas, su decisión fue así, de la noche a la mañana.

El apoyo económico que brinda Acnur no es una cantidad fija, se valora según las necesidades de cada solicitante. Según Riis, se trata de un pequeño aporte para que se mantengan en el proceso de asilo y mientras tanto puedan comprar algo de comida o rentar un cuarto económico, aunque las familias más vulnerables son trasladadas a un hospedaje humilde. Es poco dinero, por eso a todos los migrantes les urge encontrar un trabajo cuanto antes.

Los migrantes, los que piden asilo, pasan por la procesadora de Tapachula, y se someten, sin mayores opciones, a su funcionamiento interno.

Un hombre usa un viejo teléfono de monedas ubicado sobre la Calle Central Poniente y la 1a Avenida Norte en el centro de Tapachula, en el estado de Chiapas, en México. La presencia de migrantes centroamericanos se ha vuelto rutinario y algunos optan por quedarse a vivir en ese lado de la frontera. Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

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Jorge* es salvadoreño, de unos 45 años. Está parado sobre dos grandes piedras de espaldas al albergue Casa Belén, un pie en cada una. Lleva chanclas y usa pantalón de vestir. Sobre su espalda carga una mochila que solo es una bolsa de tela con unas cuerdas. Alterna el contrapeso de su cuerpo entre ambos pies, parece algo ansioso.

El albergue Casa Belén, en el barrio San Antonio Cahoacán, está cerca del río Cahoacán que pasa bordeando el límite noroeste del casco urbano de Tapachula. Este es un barrio humilde, de calles pavimentadas, tan gastadas en algunos tramos ya casi parecen de tierra. Una ruta de “combi”, una furgoneta adaptada para el transporte urbano, recorre la zona y hace parada justo enfrente del albergue.

Los migrantes están recostados en la calle, a la sombra de un muro que colinda con el albergue y separa el edificio de hombres del edificio de las mujeres. Otros se sientan sobre la acera, o platican apoyados en las piedras que adornan el pequeño jardín de la entrada, como Jorge.

“Fíjese que nosotros estamos acostumbrados a estar trabajando, por lo menos yo, todos los días, y esto de estar esperando la identificación se hace difícil porque no tenemos en qué emplear el día”, lamenta este salvadoreño.

Jorge se refiere al carnet temporal que les entregan mientras son solicitantes de asilo, la CURP, la Clave Única de Registro de Población. Este documento es requisito para acceder a un empleo formal.

Jorge llegó a México el 18 de noviembre. Dejó en casa a su esposa y tres hijos menores de edad. En El Salvador trabajaba como vigilante privado, por ese empleo formal cree que empezaron a cobrarle la extorsión. Una gran parte de su sueldo se iba cada mes directamente a los bolsillos de los pandilleros.

El miedo de Jorge lo acompaña aún en México, no se le despega. Le gustaría salir de Chiapas, pero no sabe a dónde ir. Le han comentado que es mejor probar en Canadá, pedir refugio allá: “Yo es que no conozco aquí. Igual si en algún país pudieron ayudarnos… tampoco me voy a ir a arriesgar. No me quiero regresar ni tampoco ir yo solo para arriba buscando, mejor seguir viviendo”.

Las ofertas laborales para los migrantes que viven en Tapachula son en su mayoría trabajos como jornaleros en puestos de trabajos temporales. Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

En El Salvador, Jorge tiene una vida paralela, solo que no es real. Para la gente y sobre todo para los pandilleros, él sigue allí. A su esposa le pidió que mintiera, que no le contara a nadie que había huido, que si le preguntaban solo dijera que estaba fuera trabajando. Jorge había salido en la primera caravana salvadoreña, la del 31 de octubre, pero los mareros se percataron, vieron una foto suya en las redes sociales, le dieron el toque y se regresó corriendo desde la frontera de San Cristóbal, límite con Guatemala, para evitar cualquier ensañamiento contra su familia.

A los pocos días, salió de nuevo, pero esta vez solo, para pasar más desapercibido. Antes de irse, hizo algo más por su familia: a falta de dinero, les dejó preparado el maíz de la última cosecha. Su esperanza es que los pandilleros le den tiempo antes de llegar nuevamente a su casa a pedir la “renta”. Esa es su esperanza.

Tal vez me dan tiempo en todo lo que ando aquí. Porque a mí de repente me llegaban y me exigían, ya me hicieron varios cobros, a veces cada mes o dos meses. Tal vez me da para sacar algo en ese tiempo”, comenta Jorge con un tono que suena más a expectativa que realidad.

Frente a la Casa Belén surge un nuevo tema de conversación, una plática de grupo. Mencionan que, a pocas cuadras, sobre la misma calle que lleva al albergue, se ven casi a diario operativos de agentes migratorios y policías federales para detener a los migrantes, aunque tengan sus papeles como solicitantes de refugio. Algunos ríen recordando cómo les sacaron carrera huyendo por el monte, mientras Jorge se mantiene serio. Él mismo se define como una persona desconfiada.

“Es incierto todo, yo me imagino que México está dando todo esto de los asilos para detenernos y de aquí deportarnos. Para solo chequearnos y solo decirnos: no, no, y así mandarnos de regreso”, lo suelta a media voz, cuando ya se va agotando el tema de conversación.

Los migrantes centroamericanos esperan en las afueras del albergue Belén a que un buen samaritano les ragalé algo para sobrevivir, ya que muchos no tienen trabajo mientras esperan los documentos de refugiados. Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

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Hace solo 10 años, la Ley General de Población de México aún consideraba a los migrantes indocumentados como criminales. La pena por entrar o residir en el país sin autorización era de hasta 10 años de cárcel. Aunque la medida apenas se cumplía, los funcionarios la usaban para extorsionar a los migrantes y cometer todo tipo de abusos.

En abril de 2018, esa reforma legal fue la acción más relevante para proteger a los migrantes en territorio mexicano. Así se logró eliminar la condena y dejarlo en una multa máxima de 400 dólares (5,000 pesos). Antes habían llegado otras reformas, en 2010 se reconoció el derecho de todo migrante a denunciar abusos contra sus derechos humanos y a recibir atención médica sin temor a ser reportados ante las autoridades.

A pesar la prohibición, el primer albergue en atender a los migrantes en México ya se la jugaba. Cuando doña Olga Sánchez, la fundadora del Albergue Jesús del Buen Pastor, del Pobre y del Migrante, comenzó a inicios de los 90 a ayudar a los migrantes enfermos en Tapachula, esta actividad todavía se consideraba ilegal. Pero la historia de vida de esta mexicana de origen humilde, que siempre viste de blanco en un voto de servidumbre, es demasiado valiente como para esperar que una prohibición terrenal le impidiera cumplir un acuerdo con Dios: ayudar a los enfermos y los más necesitados por haberle curado un cáncer.

Durante sus primera años de labor, muchos de los primeros migrantes a los que atendía doña Olga eran los que se habían caído de La Bestia, del tren, y necesitaban prótesis y un lugar donde curarse. También atendió a miembros de pandillas, a algún que otro Zeta, sin hacer distinción ni juzgar a los enfermos.

El albergue, asentado en una tierra ejidal a las afueras del municipio, es un espacio mutante que ha evolucionado al compás de las necesidades de atención a enfermos y migrantes. La fachada principal parece juzgar a esconder su gran capacidad interna. En realidad, son tres albergues en uno: para atender a enfermos, migrantes en general y familias en situación de vulnerabilidad. Y solo entre enero y octubre de 2017 recibió un total de 2,400 personas.

En noviembre, cuando visito este centro, sus instalaciones están saturadas. Aquí conviven más de 400 personas, la sala de cómputo y el segundo comedor se usan temporalmente como cuartos para atender a los que llegaron con las caravanas.

Dos migrantes cargan colchonetas en el Albergue «Jesús el buen Pastor», el 24 de noviembre de 2018, en Tapachula, México. La capacidad de todos los albergues colapsaron con el fenómeno de las Caravanas Migrantes que arrancaron los hondureños en octubre de 2018.
Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

Los albergados son de todas las edades: hay niños que apenas están aprendiendo a corretear y cortan el paso enfundados en cajas de cartón. Otros mayores descansan y cenan arroz con carne en un plato de durapax, sentados en un arriate que atraviesa el pasillo central; mientras un grupo de jóvenes en el patio prepara tortillas y decenas de bandejas de pan dulce que este fin de semana de noviembre saldrán a vender para recaudar fondos para el hogar.

Acyra Matus camina por aquí con seguridad y ojo permanente sobre cada cosa que sucede. Es la directora operativa de Jesús El Buen Pastor e hija de Doña Olga. De pequeña convivió con los enfermos a los que su madre traía a la casa y cuidaba solidariamente. Cuenta la historia del albergue con admiración por la obra de su madre y una denuncia irrefrenable contra las violaciones a los migrantes. Ha crecido con esto, habla con conocimiento de causa. Por eso ha empezado a estudiar Derecho, su segunda carrera, y acepta con humor que adentro del albergue algunos la llamen: “La general”.

Ella no teme decir lo que piensa –lo expresa con un orgullo – y asume esos comentarios como el precio por ser la que da la cara y corre con la responsabilidad de mantener el albergue funcionando, a pesar de sus muchas carencias. 

A mediados de noviembre, el gobierno decidió cerrar el albergue temporal instalado en la Feria Mesoamericana de Tapachula. A un mes de llegar la caravana, allí mantenían a los centroamericanos por falta de espacio en la Estación Migratoria Siglo XXI.

Ahora el municipio ha dicho que no va a ayudar a migrantes y los están deteniendo, los están deportando y volviendo a sus rutinas de siempre. Entonces, los que se quedan con el problema son los albergues. La última vez que desalojaron a gente fue hace una semana y media, comenzaron a sacarlos entre las 8:00 de la noche y la medianoche…”

La procesadora tapachulteca de migrantes no se interrumpe: recibe caravanas y no caravanas, detiene y deja pasar, retiene y expulsa a los migrantes. A demasiados cada día. Nunca se apaga.

Acyra teme que la historia se repita, porque, “la historia se repite ¿no?”- dice con una convicción contagiosa. Los años 2000 fueron una época de represión contra “los maras” que controlaban el paso de los migrantes centroamericanos, el pánico se extendió por la ciudad, con toques de queda, y los federales a la caza y ejecución de jóvenes tatuados. Hasta que los ríos que rodean la ciudad se inundaron con las lluvias del huracán Stan, en 2005 y arrasaron con muchas colonias de pandillas, recuerda Acyra, por eso teme que, si no se pone atención sobre Tapachula, todo eso vuelva a pasar persiguiendo a los migrantes.

Esta ciudad es como un pueblo grande, y en un pueblo grande es ojo por ojo, diente por diente Y, si aquí empieza a haber robos, secuestros, va a pasar lo mismo, que van a mandar a los federales, a la PGR, van a salir con sus armas y van a empezar a matar gente”.

Acyra Matus, administradora del Albergue de Migrantes «Jesús el buen Pastor», en entrevista con FACTUM, el 24 de noviembre de 2018, en Tapachula, México. Acyra es también una defensora de los derechos humanos de los migrantes que pasan todos los días en el albergue fundado por su madre. Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

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Alejandro salió en la caravana del 18 de noviembre, desde la plaza Salvador del Mundo. Este treinteañero de Ahuachapán solo cargaba un bolsón gris deportivo de asas cortas y su firme disposición a llegar hasta los Estados Unidos, huyendo como muchos, por las amenazas de los pandilleros y la extorsión. Demasiada “renta” para un pequeño agricultor. La primera noche de su largo viaje la pasó en un albergue de Esquipulas, Guatemala, y las dos siguientes en otro de Tecún Umán, en la frontera con México.

A las 4:00 de la mañana del 21 de noviembre, Alejandro cruzó el río Suchiate junto a otros 250 migrantes. Poco después del mediodía me llamó por teléfono desde la Estación Migratoria Siglo XXI. Un operativo armado entre la Policía Federal y el INM los estaba esperando ya a la altura de Metapa, a pocos kilómetros del lugar por donde cruzaron el río – frontera. Me contó que los agentes migratorios los subieron a un bus y se los llevaron con una promesa: permitirles solicitar el derecho de asilo.

Un hombre que forcejea, implora, una mujer embarazada tendida en el suelo y un hombre que la sostiene; las imágenes del operativo se divulgaron por redes sociales mostrando la desesperación de los salvadoreños ante el fin de su travesía. Al día siguiente, el jueves 22 de noviembre, Alejandro llegó en autobús hasta las oficinas de Migración en colonia La Chacra de San Salvador. Tapachula expulsó a esta pequeña caravana de salvadoreños con engaños, sin darles la oportunidad de pedir asilo, ni escuchar sus historias.

La cuenta de Instagram de un fotoperiodista griego que trabaja para la Agencia Thompson Reuters muestra a una migrante salvadoreña en estado de embarazo, desmayada al momento que la policía de México los interceptó en la localidad de Metapa, Chiapas, el 21 de noviembre de 2018. Al día siguiente todo el grupo que salió el domingo 18 de noviembre de la Plaza Salvador del Mundo, fue deportado al Centro del Migrante en La Chacra, San Salvador.
Foto FACTUM/ Tomada de Instagram

En enero, Alejandro lo volverá a intentar. Aunque llegue de nuevo a Tapachula y desde allá pueda pedir asilo, él preferirá intentar llegar siempre a los Estados Unidos.  A pocas semanas de empezar un nuevo año, los migrantes salvadoreños que se preparan para salir en nuevas caravanas esperarán a que pase la navidad. Otros irán por su cuenta, en grupos pequeños. Lo normal, lo que ha demostrado la historia, es que todos repitan, que sigan probando suerte.

Aracy Matus cree que la solución para la crisis de migrantes que huyen de Centroamérica pasa por Tapachula, aunque apenas se le ponga atención. En El Buen Pastor han detectado muchos casos de migrantes engañados, que no conocían o no entendían los peligros del camino ni el tiempo que tomaba ese recorrido hasta la frontera con Estados Unidos. Dice que ahí es cuando abren los ojos y lamentan profundamente haber emprendido el viaje.

“Es muy importante sentarse con la gente que está en Tapachula, cuando se dispersan allá, al norte, ya es muy complicado. El problema no se va a solucionar en Tijuana, es de aquí para allá – dice Aracy tan convencida-. Si dejamos de hacer cuello de botella con las solicitudes de asilo en Tapachula, es para entretenerlos aquí, que se aburran y se regresen a su país ¿no? Tienen que voltearle a ver a Tapachula, en Tapachula van a encontrar la solución”.

Un hombre salvadoreño con una mochila de los RAIDERS, un equipo de fútbol americano del estado de California, Estados Unidos, espera la salida de una nueva «caravana migrante, en la Plaza del Salvador del Mundo, en San Salvador, el 18 de noviembre de 2018. Foto FACTUM/ Salvador MELENDEZ

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