«Glow» deambula sin brújula por el desierto de Nevada

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Advertencia: este video está lleno de spoilers de toda la serie.

Comencé con mucho entusiasmo a ver la tercera temporada de «Glow», la serie que narra los sucesos del elenco de luchadoras que tuvieron un show televisivo que fue todo un fenómeno en la década de los ochenta. Me gustó, sobre todo, que el primer episodio iniciara haciéndome reír con la desafortunada narración de la catástrofe del Challenger que hacen los personajes de Ruth y Debbie. Pero ese entusiasmo se me fue disipando poco a poco, al punto en que terminé decepcionándome. Para el final, debo decir que terminé de ver la serie más por hacer justicia al tiempo invertido y no tanto porque tuviera ya un gran interés en lo que estaba ocurriendo. Y pienso que, si no encuentran una buena trama que contar, lo mejor sería que  ya no hubiera más temporadas.

Con las primeras dos entregas de “Glow”, sí que podía darme por satisfecho. Podía recomendar la serie como un producto de Netflix que lograba divertirte sin exigirle demasiado a tu cerebro. Y eso es porque este tipo de series se agradece. «Glow» era, al fin y al cabo, una comedia ligera con elementos de drama que, como tantos que existen en la actualidad, nos sitúa en el nostálgico afán por volver a década de los ochenta.

Resulta evidente que, para esta oportunidad, el guion ha buscado deliberadamente alejar el foco del cuadrilátero y las luchas. En cambio, se ha centrado en los dramas de cada uno de los personajes.

En cada episodio entramos y salimos a dar un vistazo fugaz a lo que atormenta a las luchadoras y a los tres productores de las divertidas «Gorgeus Ladies of Wrestling». 

En esta temporada, vimos muy poca lucha física y tuvimos un exceso, más bien, de luchas internas. Pero es no es el problema. El problema es que al focalizar los dramas entre tantos personajes, terminaron por disiparse en relatos que no tenían mucha trascendencia. Van pasando los episodios y nunca encontramos una historia clara, una historia que diera unidad a toda la temporada. O, para no ser tan drástico, lo que encontramos, en realidad, genera muy poco interés: como por ejemplo las insistencia en ver lo mucho que le cuesta a los personajes acomodarse a trabajar unos cuantos meses en un hotel de lujo, con todo pagado y con buenos salarios, en Las Vegas. Esto es algo que resulta bastante inverosímil si uno recuerda la situación precaria en la que se encontraban todas las luchadoras antes de formar parte del elenco de «Glow».

Buena parte de la televisión y del cine contemporáneo está buscando cumplir con ciertas tendencias evidentes y que parecieran garantizar empatía –y por ende, éxito– con los mercados actuales, principalmente los mercados de jóvenes a los que van dirigidos.

Resulta obvio que muchas de las series que vemos ahora fuerzan las cosas para incluir en sus guiones escenas de sexo o causas que defienden a poblaciones excluidas y que luchan por sus derechos. Esto puede venir en forma de feminismo, por ejemplo, o abordando personajes que representen diversidad de orientación sexual y de género.

Pues en la temporada número tres de «Glow», esto ocurre en abundancia. Por ejemplo, vemos cómo cuando ya ha avanzado casi toda la temporada y no han encontrado mucha cosa sustanciosa que contarnos acerca del personaje de Bash –quien acababa de heredar 40 millones de dólares–, a los guionistas les dio por inventarse una salida tan trillada como la del desgaste de un matrimonio que cae en aburrimiento sexual, que genera un threesome sacado de la manga y que deriva en el despertar de la bisexualidad del millonario.

Me pareció demasiado forzado, por ejemplo, el intento por colocar en agenda el tema de la discriminación que desde la época de los ochenta se daba a la comunidad LGBTI, al incluir personajes nuevos que perseguían ese objetivo o al darle el protagonismo que le dan a la pareja de Arthie y Yolanda, por ejemplo. 

Entonces, el problema no es que se aborden estos temas –aunque un poco, sí, porque ya son muchas las series que lo están haciendo y comienza a haber una saturación al respecto en la oferta de entretenimiento–; el problema es que sea tan evidente o se vea tan forzado que hayan buscado hacer encajar estas causas sociales en una historia que, por su innata diversión –la que vimos en las primeras temporadas– quizás ya no lo necesitaba tanto. O al menos, no con tanto énfasis.

En resumen, «Glow» dejó de ser tan divertida y pareciera vagar por los desiertos de Nevada sin brújula y sin señales de que sean capaces de regresar a lo que tan bien funcionó en sus inicios. Es curioso que una serie que de la manga se sacó que la hija del personaje de Sam es una gran guionista, no pudiera encontrar un guion que nos contara una buena historia en su tercera temporada.

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