7092 Vistas |  5

Doctor Guillermo Ortiz: «Nos exponen como un país en el que somos, literalmente, una vergüenza»

Ginecólogo y exjefe del Departamento Obstétrico del Hospital Nacional de la Mujer, el doctor Guillermo Ortiz ha sido una de las voces más críticas respecto a la severidad penal que El Salvador mantiene para abordar las causales de la interrupción del embarazo voluntario. En octubre de este año, Ortiz tuvo la oportunidad de participar en el Congreso Mundial de Ginecología y Obsetricia. Ahí, durante una de las ponencias, El Salvador apareció de nuevo como uno de los marcos legales más estrictos en todo el mundo. Atendiendo una entrevista desde el extranjero, Ortiz asegura que esta situación es motivo de vergüenza.

Foto de Youtube, con autorización del entrevistado


En octubre 2016, la exdiputada Lorena Peña (FMLN) sometió a consideración de los diputados un anteproyecto de ley para despenalizar la interrupción del embarazo por cuatro causales: riesgo grave para la madre, violación, abuso sexual en contra de una menor de edad y malformaciones severas para el feto. Mientras que Johnny Wright Sol –quien entonces formaba parte de la bancada legislativa del partido Arena– presentó su propio anteproyecto, que contemplaba la posibilidad solo por dos causales: un riesgo grave para la madre y violación en menor de edad. En medio de una carrera electoral por cambio de legislatura y de concejos municipales, la mesa estaba servida para un debate más emotivo que técnico ante las propuestas de Peña y de Wright. Esta coyuntura fue muy similar a lo que había sucedido en 1997 con las reformas al Código Penal y a la Constitución Política. Pero esta vez, había voces diferentes: médicos con una comprobada experiencia decidieron apelar por las pacientes, luego de que habían visto a otras mujeres agonizar y hasta morir. Explicaron, una y otra vez, que El Salvador estaba quedándose atrás en materia de derechos humanos, acceso a la salud y, en general, protección a las mujeres.

Uno de estos médicos fue Guillermo Ortiz, ginecólogo y exjefe del Departamento Obstétrico del Hospital Nacional de la Mujer (que cuando él comenzó su carrera seguía siendo el Hospital de Maternidad). Él conoció de manera directa casos que mostraron al mundo lo que viven muchas mujeres gestantes en El Salvador. Por ejemplo, el caso de Beatriz y un feto sin cerebro; una niña de nueve años que a esa edad debió pasar por una cesárea; madres que mueren con el feto dentro de su cuerpo; mujeres que escapan del hospital porque ahí no pueden ayudarlas a reducir el riesgo de muerte. A Ortiz nadie se lo contó. Él afirma que las vio sufrir, habló con ellas y no las olvida. Su discurso a favor de flexibilizar el marco jurídico, con el propósito de actualizarlo y ayudar a las madres, le imprimió un estigma. En cuestión de meses, optó por dejar de ejercer su profesión en el país. 

En este contexto, Ortiz tuvo la oportunidad de participar en el Congreso Mundial de Ginecología y Obsetricia, realizado en octubre de  este año. Ahí, durante una de las ponencias, El Salvador apareció de nuevo como uno de los marcos legales más estrictos. En esta entrevista cuenta cómo afecta la penalización total del aborto a la salud pública y cómo el marco legal ata de manos a los médicos.


Los plantares de un recién nacido quedan marcados en una superficie de aluminio. Imagen posterior a un parto en el Hospital Nacional de la Mujer en El Salvador.
Foto Factum/Salvador Meléndez.

Después de muchos años, en El Salvador hubo un nuevo intento de discutir la despenalización del aborto. Pero aquello no llegó a más. ¿Qué hace falta para llegar al nivel al que se discutió en Argentina o en Chile?

Existió una falta de voluntad política por parte de los partidos conservadores. Sin embargo, creo que el país ganó mucho en términos de una discusión de carácter social e incluso en términos de derechos y de salud pública. Se llegó a tener una mejor apreciación de la problemática. Al ver las opiniones públicas, [vimos que] la población general estaba de acuerdo en que hubiera algunas excepciones a la penalización de la interrupción del embarazo. Pero, desafortunadamente, ya en la Asamblea Legislativa no existió esa disposición de que —al menos— se discutiera. Eso, definitivamente, no habla bien de nuestro sistema político. Lo que se quería es que hubiera una discusión, como ha sucedido en otros países; aunque los avances son muy diferentes. En Argentina ya estamos hablando de una situación diferente porque, de alguna manera, ya estaba la sociedad preparándose para una despenalización del aborto muy diferente a lo que nosotros estamos pidiendo. [En El Salvador, la petición] es muy básica y además es mínimo lo que se estaba solicitando: tener excepciones en casos muy especiales, que son los mismos que están despenalizados en el 98 % de los países del mundo. Entonces, creo que existe un poco de falta de compromiso para, al menos, llevar el tema a la discusión en el ámbito legislativo. De alguna manera, esta ni siquiera es una solicitud muy amplia, sino algo muy básico que respondería a lo que ya se ha pedido que se legislara cuando existe un conflicto de derechos, como es el del no nacido y la mujer, en el caso de que ella está en algún riesgo por complicaciones de la gestación. 

Esta colisión de derechos que menciona es una de las interrogantes. De hecho, dentro del gremio médico hay quienes esgrimen la idea de «salvemos las dos vidas». ¿Qué hay detrás de esta afirmación?

Creo que en ningún momento, nadie que esté en su sano juicio estará en desacuerdo en salvar ambas vidas. Pero hay circunstancias específicas en las que, aún con la ciencia actual, no se puede hacer algo por salvar la gestación y la única alternativa para salvar a uno de los dos es interrumpir la gestación. Es el caso muy específico de los embarazos en los cuales una mujer se encuentra con una enfermedad de base y que la gestación se la complica. El único camino para salvarle la vida es, desafortunadamente, terminar la gestación. Hay que aclarar también que muchos de estos casos son embarazos deseados por las mujeres. O también los embarazos ectópicos, o los que se complican durante su gestación y esto nos lleva a una situación dramática para ellas. Tienen que tomar una decisión de interrumpir su gestación para lograr salvar su vida, o para evitar severos daños en su salud.

«Creo que, desde el punto de vista médico, no existe ninguna discusión. Hay amplios capítulos de los libros más prestigiosos a nivel mundial que tienen su apartado en donde hablan de la interrupción del embarazo por diferentes causas; enfermedades de la mujer, enfermedades del feto que son incompatibles con la vida fuera del útero. Incluso en caso de violación, estamos hablando de evidencia científica».

La Federación Internacional de Obstetricia, recientemente, ha llevado a cabo su congreso mundial en Brasil. Uno de los temas principales fue, precisamente, el aborto inseguro. Es un problema de salud pública que está afectando a países que tienen leyes muy restrictivas y que no permiten a la mujer poder tomar una decisión cuando existe un riesgo para la vida o para la salud de ella. Todos los países afiliados a la Federación Internacional de Ginecobstetricia tienen un consenso muy sólido e indiscutible: en caso de que la vida de la mujer –o su salud– esté en riesgo, deben tener como una opción ofrecerle a la mujer la alternativa de poder interrumpir su gestación. Definitivamente que, bajo esa perspectiva, no existe ninguna discusión. Ya hay estudios que prueban que, por ejemplo, si no se interrumpe un embarazo ectópico habrá un grave daño a la salud de la mujer o incluso puede llevarla a la muerte. Hay casos documentados en libros, protocolos establecidos, que indican cómo se debe proceder. Creo que en el país existe todavía cierto desconocimiento del ámbito político, desde el ámbito, digamos, incluso mediático. [Cierto desconocimiento] a que lo que se estaba solicitando en ese momento era justamente que nos adhiriéramos a los protocolos de la Organización Mundial de la Salud, de las instituciones científicas mundiales, que establecen que hay pautas que deben promoverse o aceptarse por los países para evitar que las mujeres sufran daños a su salud o incluso que mueran. Esas son las excepciones que se estaban pidiendo. Casos muy específicos. Pero en algún momento de las discusiones, algunos medios –e incluso desde el Colegio Médico– se tergiversó la información. Su mensaje era que se quería aprobar una legislación que permitiera tener una interrupción del embarazo de formar voluntaria, pero no es lo que se estaba solicitando. Sin embargo, existió esa confusión y eso generó mucho morbo. No existía esa intención y al final no se discutió en la Asamblea Legislativa.

Los embarazos en niñas son un tema del que no se ha hablado lo suficiente en toda su dimensión. Desde su experiencia, ¿qué efectos fisiológicos tiene sobre una niña de nueve, de once años, el desarrollo de una gestación?

Ahí nos ha faltado a nosotros visualizar y visibilizar esos casos. Obviamente, sabemos que hay una ley que no permite se hagan públicos los casos, en especial cuando son menores de edad; y es quizás un poco de sentido común pensar que si una niña que no ha alcanzado un pleno desarrollo de su anatomía, ni de su estado emocional, no está preparada para una gestación. Esto las lleva a tener complicaciones. Van desde físicas, como una cesárea. Someter a una niña de nueve, diez años, a este proceso quirúrgico y dejarle una cicatriz en su cuerpo, tendrá un efecto físico y psicológico. Muchos de los médicos que no están a favor del cambio en la ley deberían pensar cuántos casos han visto de niñas embarazadas y cómo se comportan.

«Hablo con propiedad porque yo tuve más de veinte años de estar en el Hospital Nacional de la Mujer, antes de Maternidad. Tardé mucho tiempo en sensibilizarme después de ver tantas niñas embarazadas».

El 33 % de los casos es de adolescentes; aunque ahora está [la proporción de embarazos en adolescentes] más o menos por el 30 % de todos los embarazos que llegan a la maternidad. Pero incluso hay casos que son de niñas de menos de diez años. Uno de los casos fue de una niña que se embarazó a los nueve años y estaban preparando su parto cuando ella ya tenía 10 años. Su cuerpecito ya no lo toleraba. En su físico ya no cabía para más y era un embarazo de siete meses. Era una niña: bajita, pequeña… Ocupaba la mitad del espacio de la cama, que es para una mujer adulta. Tuvimos que interrumpir esa gestación.

Pero lo que quería contarle es que, allá en los hospitales [de El Salvador] tenemos la costumbre de llamarlas señoras: “la señora de la cama tal”, por ejemplo. Es muy impersonal, pero, hay que admitir que hay médicos que no se han sensibilizado sobre eso. Cuando le preguntábamos a la niña qué pensaba de lo que tenía, ella nos respondía que tenía un muñequito adentro y que iba a jugar con su muñequito después. Luego, cuando le preguntamos si quería tener algo (para entretenerse) mientras esperaba y recibía el tratamiento, nos pidió crayolas. Era una niña. Nosotros la estábamos tratando como adulta. Entonces creo que hace falta sensibilización con las niñas, desde el punto de vista físico por las complicaciones: mayor porcentaje de prematurez, de preeclampsia, de cesárea. Pero también por la afección mental: esa cicatriz emocional la afectará durante todo su vida. Primero, por el abuso al que fue sometida; y luego por obligarla a vivir una maternidad que ella no pidió y que tampoco entiende. Ya no digamos en cuanto a cómo le cortará sus aspiraciones, sus proyectos de vida.

¿Cómo evalúa la determinación de llevar a término un embarazo en el que el niño tiene malformaciones severas?

Hay quienes dicen: «Yo tuve mi parto. Como producto de la concepción, tenía malformaciones incompatibles con la vida y nació y pude verlo». Eso es completamente respetable, comprensible y si la mujer así lo decide, como médicos estamos obligados a apoyarla. Estas mujeres cuentan su testimonio, pero no contamos los de aquellas mujeres que fueron obligadas a continuar. Le puedo dar no uno, sino varios testimonios. Está el caso de la anencefalia: los fetos que no traen cerebro.

«Recuerdo casos de mujeres con embarazos de fetos sin cerebro que cuando llegaban a consulta me preguntaban: «Doctor, ¿y usted no me puede ayudar? En mi familia me quieren hacer un baby shower y a mí me da pena decirles que mi hijo no va a vivir»».

Y yo les decía que, por la ley, lastimosamente no se puede. Yo no me daba cuenta de que la mujer, lo que me pedía, era ayuda. Se sentía torturada emocionalmente. Imagínese lo que ella vivió: fingir alegría, cuando sabía que su hijo iba a fallecer. Estas mujeres no han sido escuchadas.

¿Cómo es la condición de sufrimiento de los niños que nacen en circunstancias tan extremas?

Esa es otra cosa. En hospitales de Estados Unidos se ha estudiado eso; también en México, en hospitales altamente respetados como el Instituto Nacional de Perinatología de México. Hablan que precisamente puede existir cierto grado de sufrimiento si sobrepasan las 28 semanas, que es cuando comienzan a percibir sensaciones como el dolor. Antes de eso, no hay un desarrollo neurológico que permita percibir el dolor. Si estos productos son llevados a término, estas condiciones los hace, trágicamente, sufrir. Por ejemplo, hay condiciones en las que el feto nace sin pulmones y es triste verlos intentar respirar y no pueden, porque no tienen pulmones. Es una agonía, un sufrimiento que… habría que pensarlo. En las tres causales que estamos hablando –lo que en algún momento estábamos abogando– es que se diera la opción a la mujer, mas no una obligación, que es cuando se tiene una enfermedad y le dice: «puede tomar esto, esto». Es real que muchas mujeres, cuando se enteran de que tienen un feto que es incompatible con la vida extrauterina debido a severas malformaciones, comienzan un duelo. Comienzan a saber que prácticamente es un embarazo en el que inevitablemente fallecerá su feto. Pero no pueden amortiguar ese duelo porque es un sufrimiento que se prolonga. Y no pueden darle vuelta a la página, porque tienen que seguir. Y yo me pongo en el lugar de ellas, de sus familias, de su pareja. Irse a la cama sabiendo que día tras día, haga lo que se haga, inevitablemente, [su hijo] va a fallecer al nacer. Si a la mujer le está afectando, por cualquier situación, deberíamos ayudrle a que resuelva su duelo lo antes posible para que no tenga secuelas emocionales a futuro. Ahora, también se da el caso que por su convicción religiosa –o por lo que sea– deciden continuar. Pero su deseo de continuar hace que no estén en sufrimiento, que estén convencidas de llegar a una etapa porque así lo desean, aún sabiendo que el feto no va a subsistir. Pero no podemos saber quién tomará esa decisión. La única que puede decidirlo es la mujer que está sufriendo. No podemos juzgarla por la decisión que está tomando. Solo ella sabe por qué lo está haciendo.

¿Qué impacto tiene sobre la salud pública la penalización total del aborto?

En términos de mortalidad materna, en el país se ha avanzado; pero lo que se ha reducido son las muertes que ocurrían en etapas avanzadas del embarazo: preeclampsia, hemorragia posparto, que son las que se dan de los siete meses en adelante. Pero la mortalidad en las etapas tempranas sigue igual. Yo tuve la oportunidad de asistir a este congreso mundial. [Ahí apareció que] El Salvador es uno de los países que tiene una de las tasas más altas de mortalidad por embarazo ectópico en el mundo. Somos el único país, a nivel mundial, que no tomamos acciones cuando hay un embarazo ectópico porque el embrión está vivo. Así, algunos argumentan que si lo hacen, si lo interrumpen, es un aborto; que se le está privando el derecho a la vida a ese embrión. Esta conclusión respecto de la ley está propiciando que mujeres en El Salvador mueran por embarazo ectópico. Esto es inconcebible en otros países. Ninguna mujer debería morir por embarazo ectópico. La tecnología, ahora, permite detectarlo más temprano. Por ejemplo, si una mujer tiene un embarazo ectópico ahora en la mañana, al mediodía ya se ha interrumpido. Cosa que, si usted pregunta en cualquier hospital nacional —en los privados es otra cosa—, lo que le van a decir es que “el embrión está vivo”; entonces se ingresa y se espera hasta que la mujer esté en choque, que haya sangrado, o que el embrión no tenga latido. Me recuerda el caso de una mujer en Santa Ana que murió porque llegó con un embarazo ectópico y ahí la tuvieron hasta que se rompiera. Ella se desespera, porque ve que no le hacen nada, y se fuga del hospital. Cuando regresó, ya era demasiado tarde, porque el bebé ya había fallecido. Esos casos, a mí, se lo digo: nos debería dar pena a todos los médicos salvadoreños. Nos exponen como país en el que somos, literalmente, una vergüenza; porque en otros países, las mujeres ya no mueren por embarazos ectópicos. 

Un recién nacido es cargado por una enfermera en un Hospital Nacional de El Salvador.
Foto FACTUM/Salvador Meléndez.

¿Podría explicar más sobre lo que dice de que en los hospitales privados es otra cosa?

Es un secreto a voces que nadie puede negar. Este problema de la ley afecta a las mujeres más pobres. A las mujeres que van a los hospitales públicos. Porque en los hospitales privados —y yo no puedo decirle a ciencia cierta cómo, dónde ni cuándo— es evidente que se mantiene la privacidad y la confidencialidad de cualquier tratamiento que se haga. Nadie se da cuenta de qué pasó, qué hubo. Nada. O la mujer, si tiene los recursos, se va para otro país. Yo le preguntaría a cualquier compañero… No he visto que en ningún hospital privado tengan a un embarazo ectópico, que la mujer esté en observación todos los días, hasta que se rompa. No va a suceder, porque si se complica, es negligencia. Pero como le digo, en los hospitales privados se mantiene la confidencialidad de los casos. En los hospitales públicos es diferente, porque no solo es cuestión del médico y el paciente, sino que se enteran varios médicos, varias enfermeras, varios estudiantes. Por eso es público, ¿no? Por eso le insisto: está afectando a las mujeres más pobres, a las que no tienen otra opción más que ir al hospital público.

¿Alguna vez atendió a una mujer que estuviera sufriendo las consecuencias de un aborto clandestino?

No le puedo decir que sí o que no. Lo que le puedo decir es que sí hay casos en los cuales, posiblemente, haya ocurrido. Pero no es mi competencia investigar. Si lo tuve, no me di cuenta, porque como médico nuestra obligación es atender a la mujer en su emergencia. Si nos ponemos a investigar que si fue clandestino, que si no, pues entonces nos equivocamos de profesión; o mejor estudiemos leyes. Como médicos, nuestra responsabilidad es atender la emergencia. No le vamos a empezar a preguntar por qué hizo esto, por qué no lo hizo, por qué se puso esto o lo otro. Eso es irrelevante desde el punto de vista del tratamiento que se va a dar. Dentro del tratamiento que los textos de medicina y ginecología explican, se habla de las diferentes clasificaciones del aborto. No es un término médico; es no jurídico. Nosotros tenemos aborto incompleto, aborto fallido, aborto inevitable, aborto inducido. ¿Sí?

Pues sí, pero podían identificar las consecuencias de habérselo practicado, ¿o no?

Recuerdo que, cuando estaba en la residencia, [estudié] los casos de mujeres que se han introducido objetos extraños tratando de terminar con la gestación. En esos casos, lo que compete es hacer la descripción, darle la atención. Y nosotros también estamos amparados en el secreto profesional. Si lo rompemos o violamos, podemos tener una sanción de tipo judicial. Si denunciamos a una mujer porque creemos o sospechamos, estamos rompiendo nuestro secreto profesional. Además, no tiene ningún sentido si, como médicos, no vamos a tener ningún beneficio en hacer la denuncia. ¿Qué diferencia hace para una mujer que viene complicada por un aborto séptico (por ejemplo) el que la denunciemos o no? Ninguna. El tratamiento será el mismo. Lo único que vamos a conseguir es que esa mujer siga después un proceso legal, un proceso en el que nosotros no tenemos ninguna competencia, porque nuestra obligación es prestar un tratamiento médico y apegarnos al secreto profesional. 

En términos concretos y técnicos, ¿cuál es la consecuencia de llevar a un embarazo a término por obligación?

Hay casos en los que tenemos un diagnóstico 100 % seguro de lo que va a suceder. Es el caso de los embarazos ectópicos, los que están en la trompa de falopio. Esos se van a romper, inevitablemente, y van a fallecer el embrión y, potencialmente, la mujer puede fallecer. En casos compatibles con la vida extrauterina, como la anencefalia, también sabemos que va a fallecer el feto. Cuando sabemos que hay un 100 % de seguridad que habrá daño o muerte, lo que nos toca es prevenir. Si en nuestras manos está prevenir la muerte de una mujer, mal hacemos como médicos al no intervenir. También, si sabemos que este feto, desde que se formó, ya venía codificado para no sobrevivir fuera del útero: hagamos lo que hagamos, cualquiera que sea la tecnología que tengamos, en El Salvador o Estados Unidos o Noruega, no va a sobrevivir.

¿Qué nos queda? Velar por la salud de la mujer. Si ya no podemos velar por la salud del feto, porque no podemos hacer nada, lo que nos queda es prevenir daño en la salud de la mujer. Su salud mental, física. O prevenir la muerte. Porque hay algunos que dicen: «los fetos con malformaciones no dan problemas, o complicaciones a la madre». ¡Claro que sí! Le pongo un ejemplo: un producto que no tiene cerebro, un anencéfalo, genera mucho más líquido amniótico y eso puede generar una hemorragia posparto, una embolia por líquido amniótico. Sí da complicaciones en la mujer. O un feto que tiene una hidrocefalia severa, donde no hay corteza cerebral —que nosotros conocemos como hidroanencefalia— el diámetro de la cabeza del feto es tan grande… U otras malformaciones que hacen que el volumen del feto sea extremadamente grande; van a causar lo que conocemos como una distocia del parto. Dañará a la mujer en su canal del parto; o si se hace una cesárea, tiene que ser una especial que, para sus siguientes gestaciones, la ponen en situación de riesgo aumentado.

Nosotros explicamos y cumplimos con nuestro deber de informar a la mujer sobre su estado de salud: «mire, hagamos lo que hagamos, inevitablemente, [el bebé] se va a morir y pueden surgir complicaciones que son esta, esta y esta». En ese caso, nuestra obligación como médicos es ofrecer alternativas de tratamiento, porque las preguntas obligada de la paciente o mujer son: «¿Y qué puedo hacer doctor? ¿Cómo me puede ayudar?». Hasta este momento, por la ley, lo único que nos toca es explicar y no queda más que esperar. Si la mujer dice: «pero usted me está pintando un cuadro en el que me voy a complicar, ¿por qué no me interrumpe ya la gestación?». La respuesta será: «porque la ley no lo permite». Desde ese momento situamos a la mujer en un conflicto, porque cumplimos como médicos dándole la información, pero no podemos hacer nada. Es bien complicado. Es como decirle a alguien que necesita un cateterismo cardíaco: «está tapada una vena y le puede dar un infarto». El paciente pregunta: «¿y qué puedo hacer?». La respuesta sería: «No podemos hacer nada hasta que le dé un infarto». Pero no es cierto, porque sabemos que podemos hacer intervenciones para prevenir el infarto. En el caso nuestro –sobre el aborto por causales específicas–, no se puede hacer prevención del daño porque la ley no lo permite. 

¿En el Congreso Mundial de Ginecología y Obsetricia hubo más datos comparativos de El Salvador que nos pueda compartir?

Sí. Cuando se ponen los mapas a nivel país, cuando se aborda el tema del aborto inseguro o el tema de los derechos de las mujeres en el mundo, como país salimos siempre en rojo. Incluso es, para algunos compañeros que llegan de todas partes del mundo, completamente inconcebible. Se les tiene que explicar, prácticamente de persona a persona. No pueden entender cómo no se puede interrumpir un embarazo que está poniendo en riesgo la vida de una mujer. ¿Cómo una ley está impidiendo un tratamiento que es médico? Apenas somos seis países en el mundo. Es un problema que, a pesar que no es una preocupación en los países más desarrollados, sí lo es en nuestros países. No solo en términos de los derechos a la vida y la salud —que se le están negando—, sino también se le niega el acceso a los avances científicos.  Otro ejemplo: el embarazo ectópico, si se detecta a tiempo, se puede interrumpir sin necesidad de hacer una operación. Se le da un medicamento y eso “funde” el embarazo ectópico. Si no, se le hace una laparoscopía, una intervención en la mañana y al mediodía está en casa, con sus hijos, con su familia. Pero ahora, a las mujeres —y le puedo hablar con propiedad sobre el ahora Hospital de la Mujer— no hay nadie que se atreva a hacerle una laparoscopía para hacerle una intervención, o que le facilite un tratamiento médico para no hacerle una cirugía; sino, todos esperan hasta que esté roto. Que haya hemorragia. Entonces, toca hacer una cirugía mayor: meterla a la sala de operaciones, hacer una incisión en el abdomen, ponerle sangre. Llevarla al extremo del riesgo. Recuerdo a las mujeres pidiéndome: «Doctor, ¿no hay otra opción? ¿No me pueden ayudar?». Me imagino a esa mujer, día a día, intentando dormir por las noches sabiendo que, en cualquier momento, va a tener una hemorragia severa y va a tener que salir corriendo a sala de operaciones; cuando puede hacerse algo preventivo. Entonces no solo les estamos negando el derecho a la salud, sino también el acceso a la tecnología moderna y segura que minimice su daño. 

¿La posición que usted tiene sobre la penalización total del aborto afectó su carrera en el país?

Fue una decisión muy personal, por situaciones que comencé a vivir desde el 2012. Casos que comencé a ver y por los que dije: «algo no estamos haciendo bien». Me tocó ver morir a jóvenes, adolescentes, porque no se les había dado la oportunidad de hacer una interrupción de la gestación, cuando uno se sensibiliza y recuerda que incluso ellas lo pedían. Jóvenes que lo solicitaban y nadie les hacía caso. Se les negaba ese servicio. Algo no está bien. Hay casos que lo marcan a uno. Creo que lo que más tengo, no temor, sino precaución de expresarlo, es el estigma.

«Obviamente, a mí me resulta, mediáticamente, más fácil decir: «estoy en contra del aborto y a favor de la vida». Me van a ver bien. Yo sé y conozco a muchos médicos que lo dicen; pero cuando les preguntamos por casos específicos, entonces dicen: «es que ahí es diferente; ahí sí habría que considerarlo». Pero abiertamente, no pueden decirlo».

No solo ginecólogos, sino que también médicos generales, neonatólogos, pediatras. Los pediatras lo ven desde la perspectiva de la niña abusada, que está en su campo. Definitivamente, el estigma es lo que más puede llegar a afectar a uno y que digan palabras ofensivas que no voy a repetir. Quizás al principio se siente uno afectado, pero cuando asisto a estos congresos internacionales y veo que toda la comunidad médica en el mundo me está dando la razón, me pregunto: «¿qué estoy haciendo mal, entonces. No. Estoy del lado correcto y, posiblemente, a los demás les tome un poco más de tiempo llegar a entender la situación». Uno de los temas centrales del Congreso Mundial de Ginecología y Obstetricia fue el aborto inseguro como un problema de salud. No se ve con morbo, sino que desde el punto de vista científico. Y si yo lo veo así, no voy a tener temor de expresarlo. La medicina basada en la ciencia y la comunidad internacional científica me dan la razón. Desde ahí, puedo hablar con cualquier médico que esté en contra de que la ley se apruebe. Y seguramente terminará siendo, como siempre suele suceder, que cuando los argumentos técnicos y científicos se agotan —cuando ya hemos dicho que la Organización Mundial de la Salud ha dicho esto o lo otro—, entonces es cuando entramos al terreno de la moral, la religión. Está bien, pero desde el punto de vista médico no nos compete meternos al campo de la religión, en el campo de los valores que puede tener una persona que pertenezca a una comunidad equis. Nuestra función no es juzgar a nuestros pacientes, independientemente de lo que hagan, sino darles la atención que necesitan.

¿TE HA GUSTADO EL ARTÍCULO?

Suscríbete al boletín y recibe cada semana los contenidos en tu email.


Tags

#Aborto