La desesperación también se grita desde un hotel de lujo

Más de 50 personas guardan cuarentena en un hotel de Santa Elena. Todos llevan más de 30 días aislados. El viernes 17, varios de ellos se envalentonaron y gritaron desde sus ventanas que querían respuestas. Temían haber quedado en el olvido.

Foto FACTUM/Bryan Avelar


Desde lo alto del quinto piso de un lujoso hotel, una mujer me hace señas a través su ventana, como queriendo hablarme con las manos. Junta sus palmas arqueadas y dibuja una “O”. Levanta los dedos índice y medio y forma una “Y”. Hace una breve pausa y me dicta números. Estoy medio ciego, así que, desde la calle, uso la cámara de mi teléfono y le doy todo el zoom. Tres dedos. Otra pausa. Cinco dedos más uno, seis. La mujer se lleva las manos a la cabeza en un gesto de decepción. Parece decepcionada de mi torpeza porque no entiendo lo que me quiere decir. La mujer se aleja de la ventana y la pierdo de vista.

Un minuto después de haberse ido, la mujer regresa a la ventana. Esta vez viene con una hoja de papel en las manos y la pega al vidrio para que yo la vea. En el papel hay un mensaje escrito a mano:

“36 Días / Ayuda”.

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Bienvenidos a Beverly Hills Santa Elena.

El hotel Beverly Hills es un hotel de lujo. Cuenta con cinco niveles y una fachada adornada con ventanales de finos acabados color blanco. Flanqueada por dos terrazas con muros altos de piedra laja y un amplio acceso vehicular bajo las ondeantes banderas de Estados Unidos y El Salvador, la entrada del hotel luce modesta.

En su interior, el Beverly Hills recibe a sus huéspedes en un amplio ‘living’ amueblado con sillones de cuero y ambientado con música instrumental de cuerdas; un acceso rápido al área de piscina, al jardín y al gimnasio. Sus habitaciones son amplias y tienen baños con acabados de mármol. Todas cuentan con aire acondicionado, wifi, cable tv y ‘room service’, nada que no esté a la altura de un hotel de tres estrellas ubicado en la exclusiva zona residencial Santa Elena, en el desarrollado municipio de Antiguo Cuscaltán, La Libertad, El Salvador.

El hotel Beverly Hills en la noche del viernes 17 de abril. Este es uno de los hospedajes que el gobierno salvadoreño ha utilizado para albergar a personas forzadas a llevar una cuarentena de precaución para evitar contagios de COVID-19. Foto Factum/Bryan Avelar.

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He llegado hasta esta calle frente al hotel Beverly Hills por lo que vi en Twitter. Durante la tarde de este viernes 17 de abril, varios medios de comunicación informaron que un grupo de personas hospedadas en este hotel estaban gritando, pidiendo ayuda desde su ventana. Es un grupo de personas que guardan aquí su cuarentena obligatoria, una medida impuesta por el gobierno para evitar la expansión del coronavirus en El Salvador.

Desde el pasado 12 de marzo, un día después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara pandemia al COVID-19, el gobierno de El Salvador ordenó que todo salvadoreño que retornara en un vuelo procedente de países con alto índice de infección debería guardar cuarentena obligatoria por un mes en centros de contención. Doce días después, la cuarentena obligatoria fue ampliada a todo el país. Escuelas, comercios, industrias, aeropuertos, hoteles, terminales. Todo debe permanecer cerrado. Nada más sigue abierto lo necesario para la supervivencia.

De los 190 casos confirmados hasta este viernes por la noche, la mayoría han sido detectados en centros de contención. Es decir, son personas que vinieron al país en vuelos procedentes del extranjero y fueron aisladas de inmediato. Sin embargo, no hay forma de garantizar si los infectados ya traían el virus o lo adquirieron en un albergue donde se vieron forzados a mezclarse con otros.

Ante esa tendencia que se dio desde el principio, el gobierno empezó a rentar hoteles para reubicar a cientos de salvadoreños que habían sido albergados en gimnasios o bases militares, y poco a poco los empezó a aislar. Desde el 15 de marzo, los albergados fueron separados de dos en dos y asignados en habitaciones de hoteles, hostales o casas de retiro. 

Estar aislado en un hotel, de entrada, suena bien, pero hay un importante matiz: nadie puede salir de su habitación ni siquiera para comer. Encierro total. Día y noche. Cada uno debe permanecer acompañado por una persona más. Sin ver a su familia, hijos, padres, madres, mascotas. Nada. Viendo la vida pasar desde una ventana, si tienen la suerte de tener ventana. Así han estado estas personas desde hace más de 30 días.

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Beverly Hills Santa Elena cuenta con una amplia piscina para uso recreativo y de relajación de sus huéspedes. Tiene capacidad para veinte personas y es alimentada por una cascada artificial cuya caída aumenta la relajación y oxigena naturalmente el agua. El personal de hotel le da constante mantenimiento para que sus aguas permanezcan siempre frescas y cristalinas.

La piscina está rodeada de un modesto jardín, y a unos pasos de ella se encuentra una pérgola con una mesa y sillas en su interior para que los huéspedes puedan continuar con su descanso y relajación fuera de la piscina. 

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A esta hora, cuando el sol se empieza a ocultar, la fachada del Beverly Hills parece una mesa de ajedrez. En la cuadrícula que forman las 32 ventanas divididas en columnas de cuatro por ocho, algunas luces se encienden y otras se apagan de forma intermitente.

Acabo de llegar y, al principio, las ventanas están solas. No hay nadie viendo hacia la calle a través de ellas. No hay nadie gritándole a los periodistas, mandando mensajes al presidente, como vi en Twitter hace un rato. En el lugar, más bien, hay un profundo silencio que solo lo irrumpe el canto de las chicharras. Hasta que de pronto, en la esquina superior derecha del edificio, una mujer se asoma a la ventana. Parece que me ve. Creo que me ve. Le hago un saludo tímido levantando mi libreta y ella se aleja, celosa, de la ventana. 

Horas antes, cuando los medios de comunicación llegaron a este lugar, los albergados en el Beverly Hills gritaron, pidieron que por favor los sacaran de ese lugar donde están desde el 27 de marzo, luego de que los trasladaran de otros albergues. Los que gritaban desde su ventana decían que tenían más de treinta días de estar encerrados y algunos aventaron papeles con mensajes para que los leyeran los periodistas.

En Twitter, la cadena televisiva TCS publicó un video en el que se veía a una persona aventando un avioncito de papel con un mensaje. “Hablen por nosotros. Comuniquen lo que nosotros no podemos. Ayúdennos. Estamos desesperados y afligidos por nuestra salud, por esta incertidumbre que nos hacen vivir. Ayúdennos, ya cumplimos la cuarentena”, se leía en la nota. 

A través de Twitter salieron los mensajes de los albergados en el Beverly Hills, y también a través de Twitter les respondió el presidente Nayib Bukele:

“Video editado, con música de fondo. Claramente para atacar al Gobierno. ¿Alguien cree que queremos tenerlos retenidos en un hotel 4 estrellas por deporte? No, algunos de ellos son potenciales casos positivos. Otros son nexos de positivos. Dejarlos salir sería esparcir el virus”, escribió Bukele. 

El presidente además tiró un guiño a los medios de comunicación. “Además me preocupa las personas que editaron ese video. Los papeles y el ‘avioncito’ muy probablemente estaban infectados con #COVID19. Si se tocó la cara antes de lavarse las manos, tenemos un potencial contagiado, que podría contagiar a más gente, y estos a sus familias”, tuiteó el mandatario. Minutos más tarde, TCS borró el video de su cuenta.

Ahora un hombre, del lado medio derecho del edificio, se asoma. Parece lavarse los dientes mientras observa hacia la calle. Luego, otra mujer, ubicada al centro del edificio; luego otro joven, al lado derecho; después una mujer, al lado inferior izquierdo. Las siluetas aparecen y desparecen, como antes lo hacían las luces. Algo me dice que me ven con sospecha y luego se alejan, luego regresan, y así. 

En una habitación se cierran las cortinas. Luego en otra, y en otra, y en otra más. Pienso que desconfían de mí. Pienso que creen que no soy periodista porque no tengo una cámara colgando del pecho. Pienso que quizá tienen miedo al verme tomando apuntes en mi libreta. Pienso que de alguna forma quizá están comunicados entre ellos.

Bajo mi teléfono y escribo un mensaje por Whatsapp. Le escribo a un contacto que a su vez tiene contactos en varios hoteles y albergues. Le pregunto si tiene conocidos en el Beverly Hills y me dice que sí. Le pregunto si sabe si tienen un chat común. Me dice que sí y me manda una captura. “CC Beverly Hills”, dice el nombre del chat y en la captura hay una foto de un fotoperiodista parado al pie del hotel. De pronto, me encuentro viendo desde el ángulo con el que los huéspedes nos miran a los que les observamos desde la calle. “Ahí los tienen vigilados a todos ustedes que llegan a verlos”, bromea mi contacto.

Hay un momento de calma en la cuadrícula que ahora se ha quedado casi oscura. De pronto, en una esquina superior del edificio, una mujer se asoma por su ventana. Me hace señas. Me habla con las manos. Junta sus manos arqueadas y me dibuja letras y números. Se va decepcionada. Regresa con un papel:

“36 días / Ayuda”. 

Entonces entiendo y reflexiono acerca de qué tan angustiada tiene que estar una persona para suplicar a gritos que la saquen de un hotel tres estrellas.

La mujer se anima y veo que abre la ventana. Y empieza a gritar.  

—¡Señor Francisco Alabí! ¡Ya no nos tenga encerrados! ¡No estamos enfermos!¡Una persona enferma no podría gritar así como nosotros! ¡Nos están matando! ¡Ya llevamos treinta y seis días de estar encerrados!

Al pie del hotel, dos policías y dos vigilantes platican entre ellos. La conversación parece amena. Se ríen y se dan palmadas entre sí. Su conversación se rompe con los gritos de la mujer. Entonces, uno de ellos responde.

—¡Cállese, vieja pendeja, que todavía le faltan otros veinte! – dice un policía, y los que le acompañan revientan en carcajadas y siguen platicando en voz baja.  

La mujer hace una pausa y se esconde en la orilla de su ventana, como si temiera ser vista por alguien más que no sea yo. 

—¡Escriba esto! ¡Nos están haciendo daño psicológico! ¡Queremos salir!

Los gritos de la mujer son acompañados por un coro de luces que se encienden por las ventanas. Tras ellas aparecen siluetas con letreros en las manos. Algunos rostros se asoman temerosos. Casi no veo. Me ayudo con la cámara del teléfono. “Déjennos salir / 35 días”, dice uno. “Ya cumplí la cuarentena”, dice otro de los pocos que alcanzo a leer.

Más temprano, algunas personas aventaron papeles para que los periodistas los leyeran, pero ahora solo los sotienen con sus manos pegadas al vidrio de la ventana. Por inercia busco si no ha quedado alguno en el suelo. Veo una hoja de papel bond arrugada en blanco. Le doy vuelta con los pies y en ella hay un mensaje escrito a mano con lapicero:

«YA BASTA
NOS VAMOS A TIRAR POR
LA VENTANA
MÁS DE 30 DÍAS
SOMOS NEGATIVOS»

Este es uno de los papeles encontrados en los alrededores de la fachada del hotel Beverly Hills, la noche del viernes 17 de abril. Se trata de uno de los mensajes que quiso comunicar a los periodistas una de las personas sujetas a la cuarentena impuesta por el gobierno. Foto FACTUM/Bryan Avelar.

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Todas las habitaciones del Beverly Hills son de primer nivel. Entre su gama de opciones está las Suite, Suite jr, habitaciones dobles y habitación sencilla. Cada una cuenta con televisión, cable, internet wifi, aire acondicionado y servicio de room service las 24 horas del día. 

Las habitaciones dobles y sencillas están amuebladas con camas queen size, un pequeño escritorio y un sillón reclinable para mayor comodidad de los huéspedes. Todas cuentan con un ventanal con vista panorámica hacia la ciudad. Los baños de las habitaciones dobles y sencillas tienen secadora para cabello, agua caliente y finos acabados de mármol. 

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Ha pasado poco más de una hora desde que llegué. Son las 7:45 de la noche y un autobús blanco de la ruta 205 se estaciona frente al hotel Beverly Hills. Por las ventanas, las siluetas empiezan a asomarse. Algunas hablan por teléfono y caminan en círculos en su habitación. Otras se asoman y luego cierran bien sus cortinas, otras incluso apagan la luz.

Pocos minutos después, el presidente Nayib Bukele volvió a tuitear. 

Ordenó imponer un “cordón sanitario” en el municipio del Puerto de La Libertad, en la costa salvadoreña. Es una medida punitiva –y probablemente ilegal– que el mandatario tomó en represalia de la población que ahí habita. Horas antes, en redes sociales circularon fotos con personas caminando por esa localidad, haciendo compras.

“El cerco sanitario ha sido impuesto en el Puerto de La Libertad. Nadie podrá salir ni entrar al municipio y nadie podrá salir de sus casas, ni siquiera con causa justificada. Solo se atenderán emergencias de salud, las que serán escoltadas. Se mantendrá así, hasta nuevo aviso”, tuiteó Bukele desde su cuenta. 

Después de tanto esperar, el autobús apaga su motor. De él se baja un hombre delgado con el pelo despeinado. Viste una camisa amarilla ajustada y camina hacia donde estoy. Es el motorista del autobús que se dirige a comprar comida a una gasolinera. Me dice que la espera apenas empieza, que él calcula una hora más. 

Al lugar llegan dos patrullas cargadas de policías. Están relajados y platican entre ellos. Un carrito viejo llega a dejar unos platos de comida y los policías se los reparten. Siguen conversando. 

La incertidumbre de qué hace el autobús en ese lugar la deshace un policía. Dice que están a punto de trasladar a nueve personas de ahí hacia el hotel El Pacífico, en el Puerto de La Libertad, la ciudad castigada por el enojo de Bukele. 

Uno a uno, los nueve trasladados desde el Beverly Hills empiezan a bajar de sus habitaciones. Llegan a la entrada donde una persona con un traje blanco les espera. Desde ahí, cada trasladado debe tomar sus maletas y correr hasta el autobús, donde lo espera un policía con mascarilla que les ayuda a acomodarse. 

El bus ha sido dividido con una pared de madera. Por la puerta de adelante solamente puede ingresar el conductor. La división evita el contacto con su pasajero. Cuando ya han subido los nueve trasladados, el motorista enciende el motor y arranca. 

Me acerco a una ventana del autobús desde donde, de nuevo, un hombre me ve. Le pregunto que si sabe para dónde lo llevan.

—¡A La Libertad! – me dice.

—¿Y saben por qué se los llevan? – pregunto.

—No. Treinta y cinco días acá y no sabemos – me dice el hombre y el bus acelera su paso. 

Ahora van a otro hotel, esta vez de dos estrellas, a la orilla del mar, en una playa que no podrán tocar desde su encierro. 

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Lo que mejora la perfección del hotel Beverly Hills es su estratégica ubicación. Se encuentra en la zona más desarrollada de la residencial Santa Elena, con vecinos como la exclusiva tienda de vehículos Mercedes Benz, el complejo comercial AVANTE, las instalaciones centrales de la Fiscalía General de la República y, a unos metros más, la embajada de los Estados Unidos de Norteamérica. 

A su alrededor, Beverly Hills Santa Elena cuenta con un pequeño y selecto grupo de restaurantes para que sus huéspedes puedan degustar desde comida mexicana hasta las finos cortes de carne del restaurante La Pampa. A menos de diez minutos (en vehículo) se encuentran los centros comerciales más exclusivos del país, como La Gran Vía y Multiplaza. Y a una distancia igual se ubica la plaza central de Antiguo Cuscatlán, un lugar turístico lleno de folclor y un ambiente pueblerino. 

***

Antes de ser trasladada hacia la ciudad/castigo, una mujer que estaba albergada en el Beverly Hills tuiteó:

“Ahora sé que probablemente soy positivo y aún sigo sin saberlo. En un hotel 4 estrellas donde no todos pueden abrir ventanas. Aquí no siempre cae el agua y no siempre hay ventilación. No es lo mismo ser huésped que ser prisionera sin información”.

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