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Cinco cosas a tomar en cuenta por el primer debate Clinton-Trump

Esta noche, la del 26 de septiembre de 2016, los candidatos a sustituir a Barack Obama en la Casa Blanca se enfrentarán en su primer debate televisado, el cual será transmitido desde la Universidad Hoftra en Long Island, Nueva York. Revista Factum les ofrece una lista básica de hechos, estadísticas y tendencias a tomar en cuenta para entender mejor el debate y la fotografía actual de la carrera presidencial, que entre otras cosas puede definir de manera radical la forma en que el Estados Unidos oficial aborda la migración de centroamericanos indocumentados y de quienes ya viven en le Unión sin autorización migratoria.


 

Tomado de Hofstra.edu

Tomado de Hofstra.edu

Los números: las encuestas actuales van desde un empate técnico hasta una diferencia de 8 puntos a favor de Clinton cuando se analiza quién tiene más posibilidades de ganar

 Ha habido muchas, pero todas apuntan a una tendencia que parece incontrovertible: Donald Trump ha acortado distancias desde mediados de agosto, cuando tras las nominaciones de ambos como candidatos de sus partidos Hillary Clinton se despegó hasta tener una distancia que llegó a los 40 puntos porcentuales. Eso ha cambiado. Hoy, según la mayoría de encuestas, la distancia se redujo. Encuestas, como bien sabemos en Centro América, hay para todos los gustos. En Estados Unidos, Nate Silver es, quizá, el encuestador al que debe ponerse atención. Silver ganó notoriedad la década pasada por sus predicciones en estadísticas de béisbol y por el éxito con el que predijo los resultados de 49 de 50 estados en las elecciones presidenciales de 2008. Su blog FiveThirtyEight, propiedad de la cadena deportiva ESPN, hace un seguimiento diario de todas las encuestas nacionales y locales –estados y condados– que se publican en el país. Según las tabulaciones de Silver, al cierre de esta nota, unas cuatro horas y media antes del debate, Clinton aventajaba a Trump por 8.2 puntos porcentuales en posibilidades de ganar la presidencia. Ojo: en el voto popular la candidata demócrata está virtualmente empatada –entre 1 y 3 puntos arriba– con el republicano, pero es su mejor performance en estados con más población y colegios electorales la que le da más posibilidades de ganar.

Foto de Brett Weinstein, tomada de Flickr, con licencia Creative Commons.

Foto de Brett Weinstein, tomada de Flickr, con licencia Creative Commons.

Más números. Clinton tiene ventaja en número de colegios electorales

 En el sistema electoral estadounidense, tan importante como el voto popular, es decir el número total de votos emitidos a favor de cada candidato, es el número de colegios electorales logrados en cada estado. Es probable que un lector interesado en las elecciones estadounidenses haya visto como, la noche de la elección, las cadenas televisivas pintan de rojo o azul un mapa de los Estados Unidos. Desde Bush padre hasta la segunda elección de Obama ha sido común que los tres estados de la costa oeste y la docena y media del cuadrante nororiental del país estén pintados de azul, que es el color de los demócratas; el resto, que es todo el centro, el cuadrante noroccidental y buena parte del sur, suele pintarse de rojo, tono republicano. En el mapa, el rojo se ve más, pero el truco es que en las costas vive más gente y por lo tanto hay más colegios electorales. Por ejemplo: En California viven 38.8 millones de personas y hay 55 colegios electorales; ahí Clinton tiene 99.3% de posibilidades de ganar según 35 encuestas tabuladas por FiveThrityEight entre abril y la semana pasada. En Texas, donde viven 26.6 millones de personas y hay 38 colegios electorales, Trump tiene 94% de posibilidades de ganar. Al sumar todos los estados, de acuerdo a lo proyectado por los sondeos tabulados, Clinton llega al debate con buenas posibilidades de ganar entre 276 y 277 colegios y Trump entre 261 y 262. 270 colegios son necesarios para jurar como comandante en jefe en enero próximo.

mapaLa importancia del voto latino

 En una elección así de cerrada son clave los llamados estados swinger o cambiantes, que son esos que no tienen una historia clara de apoyo a uno u otro partido por razones diversas, que van desde la composición demográfica y racial de sus poblaciones, el tipo de actividad económica o la relación de esos estados con una política presidencial del pasado que les haya afectado para bien o para mal. En la lista están, por ejemplo, Florida, un estado de tendencias conservadoras en lo social y económico y con importantes poblaciones latinas que votó dos veces por George Bush y luego dos veces por Barack Obama, y hoy parece favorecer a Trump. O Virginia, un estado con divisiones raciales y tendencias políticas conservadoras que venía votando por los republicanos desde los 60 y votó dos veces por Barack Obama. Cuando se analiza condado por condado el voto de los habitantes de Virginia en 2008 y 2012 (Obama), se aprecia que en Richmond, la capital, donde hay una importante población afro-americana, ganaron los demócratas, y en buena parte del resto de condados, muy rurales, cristianos y de población blanca de clase media a media baja (población que favorece hoy a Trump) ganaron los republicanos. La diferencia en este estado la hicieron, en los dos últimos ciclos presidenciales, los condados del norte, aledaños a Washington, donde votan miles de latinos, otra población que favorece abrumadoramente a los demócratas. Centros de análisis como el Pew Research Center de Washington esperan que el 63% de los latinos voten por Clinton en noviembre y solo el 27% por Trump; según análisis hechos por los republicanos tras la derrota de Mitt Romney ante Obama en 2012, es necesario ganar al menos el 44% del voto latino para agenciarse la Casa Blanca; desde entonces, sin embargo, hay analistas que han relativizado esa afirmación diciendo que eso depende en realidad del universo total de votantes y que si Trump logra galvanizar más al voto blanco necesitaría menos votos no-blancos. Hay otros estados swingers que tienen poblaciones latinas importantes, como Colorado (con tendencia de favorecer Clinton), Nuevo México (Clinton) y Nevada (Trump).

Foto de Evan Guest, tomada de Flickr, con licencia de Creative Commons.

Foto de Evan Guest, tomada de Flickr, con licencia de Creative Commons.

La importancia del debate en sí mismo

No hay demasiados analistas que se atrevan a adelantar qué tan importantes han sido los debates de cara a las decisiones de los votantes. En general se entiende que a estas alturas, cuando faltan menos de dos meses para la elección, buena parte de los electores ya tomó su decisión, y que en este ciclo, que ha estado muy marcado por una polarización racial y socio-demográfica, tanto Clinton como Trump están bastante seguros en sus nichos. Así, el republicano se mueve con bastante comodidad entre el voto blanco, sobre todo los hombres de clases media y media alta; y Clinton aparece bastante segura entre las minorías, latinos y afro-americanos, mujeres y los sectores blancos más educados. Pero hay matices, que tienen que ver con atributos personales de los candidatos o con su falta de efectividad para afianzar a los sectores que se les muestran reacios. De Trump se dice, por ejemplo, que su retórica racista le alienó el voto de las minorías y que ya nada puede hacer al respecto, pero también que esa misma retórica ha movilizado a su favor a votantes blancos reacios a participar en las presidenciales; o que su calidad de candidato extramuros –no ser un político de profesión– le está valiendo simpatías de sectores urbanos acomodados inconformes con el gobierno federal en Washington. Y de Clinton se dice que ha sido incapaz de llevar a su redil a los jóvenes millenials, nacidos en las cercanías del cambio de siglo, que apoyaron masivamente al pre-candidato demócrata Bernie Sanders pero no han terminado de cuajar con la ex primera dama. La cadena NBC, que transmitirá el debate en Estados Unidos, ha sugerido en sus análisis que el principal reto de Clinton es mostrarse como una persona digna de confianza, accesible; y el de Trump, mostrarse presidenciable, es decir, como un político profesional capaz de salirse del guion antisistema que mejor le ha funcionado hasta ahora.

El show

 Desde que hay televisión en los Estados Unidos, los ciclos presidenciales han tenido una buena dosis de show mediático, relacionado más bien con el entretenimiento superfluo que con el análisis político. Así, desde los tiempos en que Bill Clinton le peleaba la presidencia a George Bush padre, los asuntos de faldas y pantalones empezaban a ser tan importantes como los debates sobre los grandes asuntos nacionales. (De políticas públicas siempre se habló menos, y con menos estridencia). El asunto, además, ha ido in crescendo. Ya con Bush hijo entraron coberturas menos precisas sobre el pasado etílico o militar del candidato: no es que los temas no fuesen importantes para conocer el talente del futuro mandatario, es que las cadenas televisivas, aun las más serias, se preocuparon casi siempre por poner en primicia la nota de escándalo que por verificar bien sus informaciones o ponerlas en contexto. Hoy el asunto lleva otros ribetes, no solo porque Trump saltó a la fama en buena parte por su rol como protagonista de reality show, sino porque el millonario ha dado más vuelo a su retórica estridente –el muro, los mexicanos, China, la misoginia– y a su ego que ha propuestas concretas sobre temas como la migración, el comercio internacional, la política exterior o el déficit fiscal. Así, el show, en su versión más bajera, también ha entrado a esta campaña, de mano casi siempre del republicano; la última puntada: Trump sugirió que invitaría al debate a Gennifer Flowers, una mujer que dijo en los 90 haber sido amante de Bill Clinton; eso quedó descartado. Pero también ha estado en la picota la salud de Hillary, quien tuvo el pasado 11 de septiembre, durante la conmemoración del 15º aniversario de los atentados terroristas en Nueva York, un quebranto de salud; el episodio, que levantó dudas sobre el estado físico de la candidata y su capacidad para dirigir el país más poderoso del mundo, también llegó a los ciclos noticiosos de la TV con buenas dosis de chambre y superficialidad. Es muy posible que algo de eso haya en el primer debate presidencial de la elección 2016 en Estados Unidos.

"Los de abajo". Ilustración de Luis Deleón.

«Los de abajo». Ilustración de Luis Deleón.

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