¿Para qué protestar si podemos ver al «Barza»?

En Guatemala y en Honduras decenas de miles de personas han salido a las calles a protestar en forma pacífica contra la corrupción de sus gobernantes. Dicen colegas que han cubierto las marchas en ambos países que a esas personas no las convoca un partido político, una gremial privada o una organización civil de esas que, sirviendo los intereses de los dos anteriores, terminan sirviéndose a sí mismas, no a los ciudadanos. En El Salvador, el otro país del llamado Triángulo Norte, también conocemos casos escandalosos de corrupción: Un expresidente, Francisco Flores, está procesado por eso, a pesar del mediocre -¿encubridor?- rol de la Fiscalía General. Sobre otros dos, Antonio Saca y Mauricio Funes, pesan acusaciones públicas de corrupción, aunque no hay procesos ni investigaciones abiertas en el sistema de justicia. Antes de ellos, durante los gobiernos de Alfredo Cristiani y Armando Calderón Sol, del partido ARENA, conocimos de desfalcos en el ISTA, en el ISSS, en el BFA, en la reconstrucción de hospitales, en el MAG. ¿Por qué nunca salió El Salvador a la calle?

FotoHS

Héctor Silva Ávalos

Es viernes 5 de junio de 2015. En Tegucigalpa y San Pedro Sula, las dos ciudades más importantes de Honduras, miles de gente salen a la calle a reclamarle al gobierno del presidente Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, por actos de corrupción relacionados con la seguridad social hondureña. Ya antes el presidente ha admitido que su campaña y su partido recibieron fondos obtenidos a través de esos actos ilícitos.

Por primera vez desde 2009, cuando multitudes de hondureños también llenaron la calle tras el golpe de Estado que depuso al entonces presidente Manuel Zelaya, los ciudadanos salieron a protestar.

Algo es diferente esta vez. Según los recuentos periodísticos independientes no hay organizaciones políticas detrás de las manifestaciones recientes, solo ciudadanos empujados por la rabia de saberse , de nuevo, engañados, robados, por una clase política que no tiene reparos en empacharse con los escasos recursos de uno de los países más pobres y violentos del continente.

Los hondureños ya lo sabían; saben desde hace un buen rato que los gobiernan políticos corruptos.  ¿Por qué salieron a marchar esta vez? ¿Es porque, a pesar de todo, los traumas recientes, sobre todo la violencia política, encendieron una chispa democrática que había estado apagada? ¿Es un sentido de empoderamiento obtenido, en parte, por el golpe? ¿Es simple hartazgo? ¿Llana valentía? Puede ser un poco de todo eso o más cosas. Lo cierto es que Honduras salió, no a apoyar a un partido o a un político; salió a repudiar a los políticos, a su presidente.

Las marchas del sábado se repitieron en el interior de Honduras y en otras ciudades del mundo donde viven hondureños.

Es sábado 6 de junio de 2015. La portada del periódico electrónico Plaza Pública de Guatemala es una colección de notas que explican, comentan, analizan y exponen lo que está pasando en el país desde finales de abril, cuando la Comisión Internacional contra la Impunidad (CICIG) destapó una red de corrupción en las aduanas del país y, con ello, desencadenó una serie de eventos que movieron a miles de guatemaltecos -universitarios, indígenas, trabajadores, aun la patronal- a expresarse en las calles para pedir el fin de la corrupción y las renuncias de funcionarios del gobierno de Otto Pérez Molina, incluida la del mismo presidente. Hasta 60,000 guatemaltecos abarrotaron la plaza central de la capital en una de esas manifestaciones.

En la edición de Plaza Pública hay una nota titulada «El regreso de los muchachos», un reportaje que relata como el movimiento estudiantil universitario guatemalteco, diezmado por la represión militar de los 80 y por luchas internas, ha renacido en gran parte para apoyar la actual movilización ciudadana.

«Es hasta ahora, con las protestas de abril y mayo de 2015… que estudiantes universitarios de la USAC y la Universidad Rafael Landívar (URL), sobre todo, vuelven a aparecer en el panorama político nacional, participando en las protestas, ofreciendo un interesante ejemplo de convergencia y solidaridad, al margen de la organización institucional…», dice el reportaje de Plaza.

También hay una columna de opinión firmada por el sociólogo guatemalteco Virgilio Álvarez en la que escribe: «El primer gran consenso social ha sido el rechazo claro y abierto a la corrupción. Hoy los guatemaltecos somos capaces de ver, en cada corruptor y en cada corrupto, un enemigo del progreso y el desarrollo del país.»

Desde Washington, derechas e izquierdas, republicanos y demócratas, vuelven a hablar de lo que pasa en Centroamérica, no solo de su violencia, sino de este incipiente renacimiento de la sociedad y del rechazo ciudadano a la corrupción.

«Mientras el congreso analiza la petición del paquete de asistencia por un millardo de dólares que ha hecho el presidente Obama, los gobiernos (del Triángulo Norte) experimentan crisis significativas de seguridad y corrupción que amenazan su habilidad de gobernar con eficiencia…», dice, por ejemplo, el informe de inteligencia de VisiónAméricas, un taque de pensamiento ligado a la derecha republicana, publicado el 8 de junio de 2015, tres días después de las marcha masivas en Honduras.

Es lunes 1 de junio.  El congresista Sam Farr, demócrata de California organizó en el Capitolio un panel para hablar sobre la violencia y corrupción en Centroamérica. «La violencia es grave… pero el principal problema, a lo que hay que ponerle atención es a la corrupción… En El Salvador la justicia es meramente transaccional, funciona de acuerdo a quien pague más», dijo ahí Douglas Farah, experiodista investigador del Washington Post y hoy analista de temas latinoamericanos.

En El Salvador hablamos de fútbol

Es sábado 6 de junio de 2015. En San Salvador nadie está en la calle. Las multitudes, aquí, se reúnen en bares y restaurantes, no en las plazas. La gente, aquí, no se junta para hablar de la corrupción o la violencia. Los salvadoreños gritan los goles del Barcelona, que está por ganar la liga de campeones de Europa.

Aficionados salvadoreños reunidos en un bar disfrutan de un clásico del fútbol español. Foto de Francisco Campos.

Aficionados salvadoreños reunidos en un bar disfrutan de un clásico del fútbol español. Foto de Francisco Campos.

En El Salvador se habla de corrupción, sí, pero no en la calle. De esto se habla, con profusión, en el Facebook, en el Twitter y similares. En esos foros electrónicos -a los que la mayoría de salvadoreños no tiene acceso-  suelen dominar dos tipos de debates: los promovidos por analistas-independientes-entre-comillas que suelen ser ex funcionarios sin plaza o asesores, periodistas o comunicadores a sueldo o los alimentados desde cuentas «trol», financiadas y administradas por equipos pagados por los mismos políticos.

En Honduras, 16 jóvenes sin aparente afiliación política fueron los primeros en convocar las marchas ciudadanas a través de las redes sociales. En El Salvador hay troles con nombres de payaso o con fotos de mujeres en bikini que, a falta de algo más, dominan el ciberepacio.

Brozo es uno de los "tuitstars" de las redes sociales salvadoreñas.

Además en El Salvador no suele hablarse de la corrupción en general, sino solo de la que atañe al espectro político del que el salvadoreño es adversario. Poco vale, en esta narrativa, que el asunto de apropiación indebida de fondos públicos haya trascendido líneas ideológicas y partidarias para convertirse en el fin último de gran parte de la actividad pública en el país desde que en 1992 se terminó la guerra.

Una razón de esta apatía, se ha dicho, es la ausencia casi absoluta de eso que los académicos han llamado sociedad civil, y que suele estar conformada por organizaciones no gubernamentales, universidades, gremiales privadas -entiéndase aquí no solo a las que representan a la gran empresa privada, sino también a los medianos y pequeños-, sindicatos o asociaciones.

Desde el final de la guerra, y como consecuencia directa de la bipolaridad política que de ella heredó El Salvador, la mayoría de esas expresiones sociales se alineó, por convicción o por conveniencia, del lado de uno de los polos: la derecha, representante de las viejas elites, o la izquierda, creadora de las nuevas elites. Con el paso del tiempo, y subyugadas por el manual de intereses particulares de unos y otros, esa sociedad civil fue perdiendo credibilidad y capacidad de convocatoria más allá de sus membresías tradicionales.

Así, por ejemplo, gran parte del movimiento sindical salvadoreño, catalizador antes y durante la guerra de importantes movimientos de protesta callejera, terminó convertido en satélite del FMLN o calcinado por incendios internos que provocaron viejos directivos aferrados a la etiqueta de líder sindical. Y, por el otro lado, la gran gremial privada, la ANEP, permaneció fiel a su rol de defensora de las viejas élites y, ya con la izquierda en el poder, en partido de oposición cada vez que ARENA se debilitó.

Esas expresiones tradicionales no han sido reemplazadas aún por nuevas generaciones de líderes intelectuales, entre otras cosas debido a la falta de una academia robusta y, de nuevo, de tribunas públicas de discusión política ajenas a los partidos.

Dicen en Guatemala que el surgimiento del movimiento actual debe mucho al cansancio de la clase media, que, harta de vivir en los límites de la pobreza, terminó por entender como un insulto personal que los gobernantes se roben la plata que ella paga en impuestos.

En El Salvador hay, sí, una clase de media cansada, que también hace malabares para que le alcance el sueldo, pero, por ahora,  esa clase media se conforma con ver al «Barza» y trolear en las redes.

Lea ademas:

Guatemala en las calles, nosotros en Twitter (de Ivonne Veciana)

Guatemala: ¿una oportunidad para la democracia? (de Luis Eduardo Barreto)

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