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Mónica María

Para Loly, José Mauricio y Javier

Hace veintiocho años murió mi hija cuando tenía 16 años. Ello me creó un dolor inmenso y un vacío profundo. Ese dolor y vacío todavía están conmigo y sé que estarán allí hasta que muera. Ella era mi princesa, la niña de mis ojos, nunca imagine la vida sin ella. Pero me tocó decidir qué hacer con la vida. Comprendí que podía pasar el resto de mi vida amargado, revolcándome en el dolor, persiguiendo justicia que nunca llegó; o podía seguir adelante con la vida con todo lo bello que ella tiene, sabiendo que durante ese camino llevaría ese dolor y ese vacío. Decidí por la vida.

No es fácil salir adelante. De los primeros meses después de su muerte no tengo recolección, no viví, ambulé sin rumbo, sin percatarme del entorno; fueron meses de grandes acontecimientos históricos, como la caída del Muro de Berlín, los cuales yo solo registré vagamente. Recuerdo el día en que me di cuenta de que debía seguir adelante con la vida, con alegría, con normalidad, o, mejor dicho, con mi nueva normalidad. Ese día sostenía una conversación y dije “pobre mi hija” e inmediatamente caí en la cuenta de que la pobre no era ella, el pobre era yo que debía seguir adelante sin ella. Pero eso era más fácil, más manejable; era mi dolor, mi antigua vida destruida, y para un padre es más fácil soportar su dolor que el dolor de la hija.

Pienso en las madres y padres con hijas con problemas o discapacidades. Merecen todo mi respeto, cómo dedican su vida a ellos, cómo los sacan adelante, pero sé también que las vidas de esos hijos los enriquecen a ellos. Los que perdemos a nuestros hijos no tenemos ese beneficio, pero el seguir adelante en la vida también nos enriquece.

Mi hija murió en un accidente de tránsito. La mató un pastor que también golpeó a otras siete personas y que fue capturado en el acto. Presenté, con las otras familias afectadas, la denuncia contra él. Lo hice por el sistema de justicia del país. Hable con la Fiscalía General para solicitar atención al caso; se me aseguró justicia. Pocos días después él estaba libre, nunca hubo un juicio en su contra. La iglesia del pastor, de la cual el fiscal general era miembro, intercedió, pesaron más los intereses de esa iglesia y de personas que la justicia que esas iglesias predican o la del país.

Esas injusticias continúan. Las iglesias siguen poniendo los intereses de sus oficiales por encima de la justicia, ejemplo de ello los casos de abuso sexual en la iglesia católica. No sé si el sistema judicial criminalista del país ha mejorado, si lo ha hecho el sistema para denunciar y dar seguimiento a casos de injusticia. Hay casos que a pesar de los riesgos que corren periodistas y abogados, se denuncian y se luchan. Hay casos que después de muchos años y muchos sacrificios logran justicia o por lo menos la concesión del perdón. Esa lucha debe continuar.

Yo continúo con mi vida, con muchas retribuciones y alegrías, pero siempre acarreando ese dolor inmenso y ese vacío profundo y con una claridad que sé que comparto con tantos otros padres y en los que pensé al escribir esto: soy mucho más rico por los dieciséis años que viví con Mónica María y mucho más pobre por haberla perdido.


*Mauricio Silva ha trabajado por más de 40 años en administración pública. Ha sido director y gerente de varias instituciones en El Salvador y experto en el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

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