Este cipote mío toma

Dos madres cuentan sus calvarios sentadas a la orilla de una quebrada, en una comunidad empobrecida dentro de un cementerio de San Salvador. Una de ellas cree que su hijo, quien ya la ha amenazado varias veces, la terminará matando.

Foto FACTUM/Bryan Avelar


Dos mujeres platican sentadas sobre unos troncos en la cima de una cuesta, en la entrada de una comunidad de San Salvador. Una tiene 24 años y la otra 63. Las dos viven aquí y tienen casi dos horas de estar contando sus miserias.

Venus es morena, delgada y tiene 24 años. Desde hace cinco años vive con dos de sus tres hijos y con un hombre de 60. Venus tiene una timidez extraña. Cuando cuenta las tragedias de su vida se ríe con la voz cortada, se tapa los ojos y repite “es que yo soy bien dramática, disculpe”. Le parece que las atrocidades que ha sufrido son nada. Y también repite “es que hay gente que a mí lástima me da porque sí que ha sufrido”.

Doña Magda tiene 63 y desde que nació nunca ha dormido en una casa con paredes de verdad. Desde que se acuerda, sobre su cabeza hay láminas y reglas de madera que las sostienen. En su memoria guarda con añoro los recuerdos de cuando algún día ganó bien como ayudante de cocinera para una empresa de productos farmacéuticos. Doña Magda es de las que más tiempo lleva viviendo en esta comunidad establecida en una pequeña franja de tierra entre un cementerio y una quebrada.

Aunque en edad tienen una vida de diferencia, en realidad son muy parecidas. Las dos tienen tres hijos, las dos han vivido siempre en una champa, las dos han sido maltratadas por sus maridos. Las dos viven en esta inmensa pobreza, a la orilla de un barranco.

Son vecinas desde hace casi veinte años, pero dicen que nunca se habían sentado juntas a hablar tan sinceramente como esta tarde, bajo la puesta del sol. Hoy, por fin, se están conociendo de verdad. Han hablado ya de pobreza, de muerte, de violaciones y abusos sexuales. Han hablado de sus vidas.

–Eso no lo sabía yo, hija –, le dice doña Magda a Venus mientras le alcanza una toallita para que se enjugue las lágrimas.

Entonces doña Magda se animó a contar otro de sus calvarios. Este último, lo resumió en una frase lapidaria.

–A mí lo que de verdad me va a matar es que este cipote mío toma.

Doña Magda tiene tres hijos. De los tres, dos no trabajan y el que sí, vende minutas en un carretón que arrastra por las calles de Santa Tecla, a unos diez kilómetros de su comunidad. Ese mismo también tiene una afición especial por la bebida, por el alcohol, por el guaro.

–Mire, yo le he dado de todo ya. De todo lo que me han dicho le he metido. Primero probé con cáscaras de naranja. Me dijeron que las pusiera a secar y después el polvito se lo echara en la comida. Nada. Después que agua de coco. La ponía a serenar en la noche y en la madrugada se la daba. “Aquí te tengo agüita helada, hijo”, le decía yo. Una semana completa le di. Y nada. También le compré unas pastillas alcohólicas como que le llaman. Doce dólares me costó la caja de treinta. ¡Y nada! ¡Para decirle que hasta tártaro le di! ¡Ay no!

–¿Y qué es el tártaro, doña Magda? – le pregunto.

–Eso es un polvito que le dan a los bolos. Eso les da vómito y diarrea. Y mire, me dijeron que le diera un poquito cuando él estaba tomando, veá. Que le diera poquito porque si le daba bastante lo iba a matar. Cada vez que él tomaba yo le daba. Y como él ya viene bolo a la casa, pero siempre trae su botellita para seguir tomando. Mire, y un día me agarró y dijo a decirme cosas. Me puteó y me dijo “yo a usted le voy a montar verga”. Y yo le dije “pégame, pero te quiebro las manos”. Y como él bien alto, veá, y yo chaparrita. Entonces, esa vez dije yo “o se compone o lo mato” ¡Y le di todo el polvo! Mire, yo después arrepentida porque dicen que se van en diarrea…. ¡Nada le dio, usted! ¡Ni vómito ni diarrea! Yo digo que quizá hasta más ganas de tomar le dio eso.

Un gallo en la casa de doña Magda. Foto FACTUM/Bryan Avelar

A veces, doña Magda intenta hacer entrar en razón a su hijo.

–Hijo, le digo yo, mire cómo me trata usted y a su tata. No sea así. Y él me dice “no, mamá, es que yo bueno no le digo nada. Yo no soy, es el diablo que se me mete cuando tomo”.

Venus interrumpe a doña Magda y cuenta con una experiencia propia, como haciendo gala de un triunfo.

–A mí, gracias a Dios Él no me pega. Porque Él también toma, verdad. Pero, o sea, a lo más que llega es a ultrajarme. Pero, pues sí, a veces solo viene y me dice perra o cerota, pero hasta ahí. Y después se duerme. Yo le digo que a mí me haga lo que quiera, menos tocarme, porque ahí sí me le voy a parar firme. Y también le digo que mis hijos no tienen por qué sufrir esto.

Doña Magda sigue contando.

–Ay, Dios. Yo le digo mirá, hijo, ya suficiente tuve yo. Porque yo le digo, desde chiquita, aguantándole a mi padrastro. Bolencias. Me pegaba, me ultrajaba. Y le pegaba a mi mamá. Porque para que mi papá le haya quebrado las manos a mi mamá… no era buena cosa ese señor.

–¿Cómo le quebró las manos su papá a su mamá, doña Magda? – le pregunto.

–Es que, como yo era la mayor, verdad. Entonces, cuando él le pegaba, yo me aventaba al suelo y le agarraba las canillas a él. Se las agarraba así para que no le pegara a mi mamá. Entonces, él me agarraba del brazo y me aventaba por allá, como yo bien seca, verdad.

Y sigue.

–Entonces fui creciendo yo con ese odio, con ese odio, y yo llegué a la edad de 14 años. Y yo me le paraba y le decía ‘a mi mamá no le va a pegar porque si me le pega, lo mato porque lo mato’. Y mire, después agarró la maña que se la llevaba a saber adónde, a un monte, porque nosotros vivíamos en la colonia Dolores. Ahí vivíamos con mi mamá y mi papá, en una champa también.

Y sigue.

–Entonces, él se la llevaba al monte. Y no se me olvida, un día, llega mi mamá con las manitas por delante y me decía ‘mirá, hija, mirá lo que me hizo Joaquín’. Y que Dios me perdone porque mi padrastro ya está muerto, pero yo lo odio. Mire, a como pude, con un trapo, le amarré las manos a mi mamá y me la llevé al hospital. Tenía yo como unos 13-14 años.

Y termina.

–Y yo le digo a mi hijo: ‘aguantarle a mi padrastro penqueadas, aguantarle a tu papá penqueadas, borracheras, mujeres y hambre…’ Porque cuando él quería me daba y cuando no quería no me daba».

Al final de la tarde, cuando baja el calor, una bocanada de aire sucio emana de la quebrada y cubre la comunidad. Doña Magda ha contado ya bastantes de sus penas y ahora se aleja de los troncos donde estuvo platicando con Venus. Se va a su champa de lámina, al lado de un paredón del cementerio. Va a hacer su cena. Me invita a pasar. Abre la puerta despacio sin hacer mucho ruido. Dentro está su esposo viendo televisión con volumen bajito.

Doña Magda entra y camina de una vez hasta la puerta que linda con la casa de al lado. Asoma la cabeza tras una cortina y vuelve caminando sigilosa.

Al principio parece difícil entender qué pasa, cuál es su miedo. Doña Magda agarra los fósforos y enciende la cocina al mismo tiempo que suelta la explicación del silencio.

–Ahí está Él, tomando otra vez.

Al fondo se escucha una ranchera. Nosotros soplamos las tazas con café en silencio.

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