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Notre Dame, símbolo de Europa

El impresionante efecto de ver caer la aguja de la catedral de París, devorada por el incendio, podría interpretarse como un aviso del destino del camino que lleva la Unión Europea (UE) y, por extensión, Europa entera. En este continente, la xenofobia, el populismo, el nacionalismo extremo, los atentados del islamismo radical, el auge de la ultraderecha, la rebelión en la propia Francia de los chalecos amarillos, la salida del Reino Unido con su Brexit y la consiguiente rotura de la alianza británica con la petición de un nuevo referéndum de Escocia para quedarse en la UE; la declaración unilateral de Cataluña de independizarse de la unidad de España y constituirse en república a través de un golpe de Estado, y el renacer de un nuevo grupo terrorista del IRA en Irlanda son elementos más que suficientes para creer la profecía que algunos ya han divulgado de Nostradamus: “Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador. Nuestra Señora llorará por todos nosotros y brillará en la lejanía. Con la entrada de la primavera, una iglesia de todos los tiempos arderá por los pecadores”.

Ello señala el fin de Europa como el continente de la paz, la tranquilidad, la democracia, aquel primer paso hacia la Unión Europea, nacida de las mentes que se dieron cuenta de que no se podía estar siglo sí y años también en guerra continua entre las naciones europeas y que dio lugar a la Declaración de Robert Schuman de Mayo de 1950, en la que se señalaba que “los gobiernos europeos, decididos a evitar otra terrible contienda, llegaron a la conclusión de que, poniendo en común la producción de carbón y acero, la guerra entre Francia y Alemania, rivales históricos, resultaría —en los términos de la declaración— no solo impensable, sino materialmente imposible”.

Aquel primer paso de sus seis fundadores: Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos fructificó con el tiempo con la firma del Tratado de Roma, por el que se constituye la Comunidad Económica Europea (CEE) o “mercado común” en 1957. El 1 de enero de 1973, Dinamarca, Irlanda y el Reino Unido entraron en la Unión Europea, con lo que el número de Estados miembros aumentó a nueve.

Con el derrocamiento del régimen de Salazar en Portugal, en 1974, y la muerte del general Franco en España, en 1975, desaparecieron las últimas dictaduras “de derechas” de Europa.

En 1981, Grecia pasó a ser el décimo miembro de la UE, y cinco años más tarde se sumaron España y Portugal.  En 1986 se firmó el Acta Única Europea, tratado que constituyó la base de un amplio programa de seis años, destinado a eliminar las trabas a la libre circulación de mercancías a través de las fronteras de la UE y que dio así origen al “mercado único”.

El 9 de noviembre de 1989 se produjo un vuelco político importante, cuando se derribó el muro de Berlín, y, por primera vez en 28 años, se abrió la frontera entre las dos Alemanias, la del este y la del oeste, lo que llevó a su unificación en octubre de 1990.

La década de los noventa es también la de dos tratados: el de Maastricht (Tratado de la Unión Europea) en 1993 y el de Ámsterdam en 1999. Los ciudadanos se preocuparon por la protección del medio ambiente y por la actuación conjunta en asuntos de seguridad y defensa.

En 1995 ingresaron a la UE tres países más: Austria, Finlandia y Suecia. Los acuerdos firmados en Schengen, pequeña localidad de Luxemburgo, permitieron gradualmente al ciudadano viajar sin tener que presentar el pasaporte en las fronteras. Millones de jóvenes estudiaron en otros países con ayuda de la UE. La comunicación se hizo más fácil a medida que se extendió el uso del teléfono móvil y de Internet.

Todo este andamiaje hoy se ve horadado, transgredido y enrarecido con una UE que tiene serias divisiones y tensiones en su interior y en donde hay países como Malta, Italia, Grecia, Macedonia, Eslovenia, Croacia, Serbia, Polonia y Austria que, claramente, no están por la labor de cumplir los acuerdos del Parlamento Europeo.

No podemos dejar de reconocer que Notre Dame es más que una catedral, como las decenas que hay en Europa; es un “símbolo”, y esta palabra, etimológicamente, se deriva de una antigua costumbre griega de partir en dos un objeto: una moneda, un trozo de barro… que representaba una relación entre dos partes que cada una activaría cuando fuera necesario, en una situación de necesidad de hospitalidad. Es un reconocimiento mutuo de derechos y deberes y no pertenece a ninguna de las partes por separado. En síntesis: dividiéndose, une, al expresar la voluntad de reunir.

El gran escritor europeo Claudio Magris, autor de la obra emblemática “El Danubio”, ha escrito: “Por Europa se entiende no solo una expresión geográfica o un proyecto político, sino una civilización, un modo de ser, una pertenencia cultural, una afinidad entre sus habitantes más allá de sus fronteras. Creo que este es un momento de gran debilidad de la Unión Europea y me disgusta porque creo mucho en Europa, pero no por fe política, sino porque es una realidad. Los problemas son europeos. Igual que no hay problemas como la inmigración o la economía, por poner un ejemplo, que afecten a Milán y que no afecten a Bolonia. Y sería ridículo tener una ley en cada ciudad. Pues igualmente los problemas hoy día son europeos. Si un país se hunde económicamente, afecta a todos. Creo que Europa es una realidad y que debería ser también una realidad formal”.

Ojalá a con la reconstrucción de Notre Dame también se reconstruya esa unidad de Europa que hoy se ve tan amenazada.


*Luis Fernando Valero es doctor en Ciencias de la Educación. Fue profesor y primer director del Centro de Proyección Social de la UCA, de 1976 a 1980. Fue profesor titular en la Universidad Rovira y Virgili de Tarragona, España, y profesor invitado en varias universidades de Iberoamérica: Venezuela, Colombia, Argentina y Brasil.

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