Mateo, el activista más pequeño

El pasado 7 de enero de 2017 acudí a la convocatoria hecha en redes sociales bajo el lema de «Sin clientes no hay trata». Convocatoria liderada por Julia Valencia y Marcela Zamora.  Esta manifestación tuvo lugar en el Centro Judicial Isidro Menéndez.  Aunque en redes sociales el movimiento tuvo un notorio impacto, frente a los juzgados la gran mayoría de las personas que  participaban eran activistas de organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres, y también apoyaban organizaciones de la población LGBTI. De no haber sido por estas organizaciones la afluencia hubiera sido menos notoria en comparación a la expectativa creada en redes sociales.  El objetivo de esta manifestación era exigir justicia por todos los delitos cometidos contra las niñas explotadas en la red de trata.

Actualmente al presentador Maximiliano González, el empresario Ernesto Regalado, Luis Alonso Marroquin Pineda y Salvador Enrique García se les acusa únicamente de remuneración de actos sexuales con menores de edad y no de estupro, delito que conlleva una mayor condena.

Entre decenas de carteles, mujeres elevando mensajes por medio de megáfonos y banderas de colores de la población LGBTI, estaban también Mateo y Lucía.

Mateo junto a Lucía, su madre, fueron de los activistas que más llamaron mi atención. Estos eran ajenos a cualquier organización y sin embargo estaban ahí manifestado su repudio a estos delitos.  Mateo junto a su madre se unieron aquella mañana calurosa a muchas mujeres y algunos contados hombres para pedir justicia para las niñas abusadas y tratadas. Mateo es apenas un niño de 9 años y a su corta edad, dice su madre, es ya capaz de entender que estos delitos no deben suceder y que si cosas así pasan no se pueden quedar callados; hay que salir en defensa de esas niñas. Por eso ambos estaban presentes.

Mateo y su madre plantados al sol, siendo parte de este movimiento, me recordaron también a un grupo de niños y adolescentes que conocí hace algunos años en un programa de una organización no-gubernamental, en el que se les enseñaba otros patrones de conducta, de respeto y de amor a las niñas y mujeres, con el fin de descodificar los típicos patrones de masculinidad. Estos niños contaban que muchos de sus amigos, padres y hermanos les ofendían por usar aquella camisa rosada y decir abiertamente que defendían los derechos de las niñas. Sin embargo, habían entendido que comportamientos machistas heredados históricamente les hacían daño a sus hermanas, madres, amigas e incluso a ellos mismos y que estaba en ellos la posibilidad de romper esa cadena. En pleno año 2017 aún es común que los niños, pasados los 13 años, vayan a ¨hacerse hombrecito¨, que tenga muchas novias, que ellos pongan las reglas, que use la violencia para defenderse porque esto es lo que lo hace «hombre».

Admiro la  labor y la  perseverancia de estas organizaciones de mujeres y de otros grupos como la población LGBTI de salir siempre que sea necesario a alzar la voz y exigir justicia; sin embargo, necesitamos a más, necesitamos que la población civil, hombres y mujeres, niñas y niños, entiendan que estas luchas son de todos y que además son luchas que se empiezan en casa. Necesitamos unirnos, participar y exigir la formulación de estrategias que den respuesta a todos: las causas que dejan a nuestra niñez expuesta a estas redes, a la migración forzada, a la explotación laboral, al riesgo de pertenecer a pandillas, entre otros.

Al observar a estas con el sol ardiendo en sus cabezas, con sus citas de justicia escritas en cartulinas, con sus mensajes a una voz pidiendo justicia por estas niñas -y por todas las otras niñas que no salen en las noticias y que son muchas más-,  inevitablemente me hizo pensar en dónde están los hombres en estos casos. ¿Qué piensan ellos? ¿Qué sienten? ¿Se consideran parte de este problema o no? ¿Creen que esto les involucra a ellos o creen que es una causa que les corresponde luchar sólo a las mujeres? ¿Tenemos en parte nosotras la culpa al excluirlos, a ponerlos a todos en el mismo cajón, al no invitarlos?

De los pocos hombres que estaban en la manifestación, sobresalía la cabeza alta y encanecida de André Guttfreund. Comentamos la necesidad de tener a otros líderes hombres y mujeres acompañando estos procesos. Necesitamos hombres y mujeres abogados, comunicadores, artistas, activistas, escritores, empresarios, políticos, sociólogos, psicólogos sumados  a la solución de este conflicto y de muchos otros.

Que tener a hombres en nuestra sociedad, siendo líderes comprometidos con estas luchas, es imprescindible para poder cambiar actitudes y comportamientos arraigados históricamente en un machismo que se vive a diario en medios de comunicación, publicidad, trabajos, iglesias, centros educativos y comunidades, en el que el irrespeto a los derechos de las mujeres, la violencia física y psicológica de niñas y mujeres se ha normalizado.

«Usted aún no sabe lo que es sufrir maltrato, hermana», le dijo una vez un líder religioso a una joven mujer víctima de un duro y largo maltrato psicológico.  ¿Por qué? Porque siempre se puede sufrir más, porque no son golpes, porque la mujer está porque quiere, porque siempre se minimizan estos comportamientos. Históricamente ha sido así. Sigue siendo así.

Durante la manifestación, Lucía le explicaba a Mateo lo que estaba pasando. La madre de Mateo me comentó que durante la semana habían visto juntos noticias y que se había encargado de explicarle a su hijo por qué era importante apoyar a las niñas y a las mujeres en esta manifestación. Le explicó sobre el delito del que se les acusaba a los detenidos,  habló con él sobre el respeto y el amor que se debe tener a las niñas desde temprana edad, sobre el respeto al cuerpo. Mateo tenía muy claro que su participación era importante y necesaria en aquella manifestación.

Mateo, con sus pocos años, y junto a su madre, me ofreció luz y una reafirmación del camino certero por el que se puede y debe seguir trabajando. Ver aquel comportamiento humano, civil y aquella convicción de educar a un niño hacia el amor y el respeto a las niñas y mujeres me devolvió la fe que suele perderse a cada momento.

La gran mayoría de abusos a niñas y a mujeres tristemente suceden en un silencio y en una oscuridad que mata, hunde y anula; suceden en un silencio que duele, sin notoriedad ni agenda pública. Lamentablemente la gran mayoría de acosos, violaciones, maltratos suceden al interior de los hogares, de las relaciones de pareja, lo cometen  novios abusadores, líderes religiosos, jefes sin escrúpulos, profesores de escuelas. Lo sufren nuestras amigas, vecinas, madres y hermanas. Esto está mas cerca de lo que podemos pensar y creer.

Hoy reitero mi invitación de nuevo a mis amigos, familiares, colegas hombres a no quedarse al margen, a ser parte de una u otra forma en estos procesos y en las soluciones de estos terribles conflictos que nos empañan.

Gracias, Mateo, por defender, respetar y amar desde ahora a las niñas. Gracias, Lucía, por enseñarle estas lecciones tan importantes.

Ojalá un día baste con enseñar a nuestros hijos e hijas a amarse, valorarse y respetarse y deje de ser necesario enseñarles a defenderse y pelear ante la miseria y crueldad de la misma humanidad.

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