«Montage of Heck»: lo que importa es la música

Lo que importa es la música

Sé que en 1991, el año en que entré a la UCA, un vecino me introdujo a Nevermind, el segundo disco de la banda Nirvana. A mi amigo le habían traído el CD de “los estados”. Durante los años que siguieron no fui nunca aficionado al grunge. Tampoco me detuve nunca en el suicidio de Kurt Cobain o en el fenómeno cultural que su banda estaba por causar en los Estados Unidos. En 1991 lo que me impactó fueron las letras:

[Come as you are, as you were, as I want you to be

As a friend, as a friend, as an old enemy

Take your time, hurry up, the choice is yours, don´t be late

Take a rest as a friend as an old memoria

Memoria, memoria, memoria, memoria…

Come doused in mud, soaked in bleach, as I want you to be

As a friend, as a trend as an old memoria, memoria, memoria…]

Recuerdo las letras. Y recuerdo la música. Acostumbrado a las baladas de rock en inglés de los 80, y entusiasmado por el rock en español que un par de “dj” visionarios empezaban a programar en el dial salvadoreño de aquellos días, esto sonaba a más en mi catálogo musical. A mucho más.

Mi cultura musical, moldeada por tres radios juveniles en el San Salvador de la primera posguerra, limitaba al norte con Guns N’ Roses, al oeste con Timbiriche, al sur con Alux Nahual y al este con Joan Manuel Serrat, algo de la nueva trova cubana y, con la entrada de los 90, con Soda Stereo, Enanitos Verdes y Joaquín Sabina. Rock, balada, balada y rock.

Oí, entonces, la voz desgarrada de ese que se llamó Kurt Cobain, como luego, ya en el segundo ciclo de universidad me encontré con los Doors de Jim Morrison, quien, como el de Nirvana, me llevó a universos musicales más profundos. Ambos, de paso, formatearon el playlist (que entonces se llamaba soundtrack) de mi juventud.

Me quedé con las canciones y me compré en Kismet el unplugged de Nirvana. Los sonidos permanecieron ahí. Dos décadas después los puse en un I-Pod. Y hace poco volví a recorrerlos todos con el documental Montage of Heck, que estrenó en mayo HBO.

Como en 1991, en 2015 la música volvió a llenar mi espacio inmediato; esta vez fue la sala de mi casa. Y fueron todas esas canciones las que me obligaron a no perder detalle de este nuevo audiovisual sobre la vida y muerte de Kurt Cobain, de Aberdeen, Washington, Estados Unidos, voz principal de Nirvana y, dicen los entendidos, el último gran revolucionario del rock.

Nunca, dije, hice del suicidio de Cobain una obsesión intelectual, quizá porque sí lo había hecho con el de Morrison hasta que tanto desperdicio me mareó. Pero sí me interesé en la música, que está muy bien tratada en Montage of Heck.

Nirvana no es importante porque puso melodía –una rompedora, trepidante– y letras a la desilusión de los adolescentes clasemedieros estadounidenses que, sabiéndose miembros de una generación que empezaba a aborrecer aquella etiqueta reaganesca de los 80, según la cual todo lo Made in USA sabía a superioridad, buscaban salidas vitales. Nirvana es importante, insisto, por la música.

Aquella generación X, como la tildaron entonces las revistas especializadas, se transformaría luego en otras etiquetas: yuppies, hípsters, emos… Y aquel Estados Unidos de fin de siglo, embobado por lo que Francis Fukuyama llamó el fin de la historia, nacería al nuevo milenio partido por sus demonios internos, odiado como nunca, en recesión económica, atascado en desigualdades sociales como las que en los 80 se vivían en Aberdeen, la cuna de Cobain, un “hoyo de mierda” según lo describió él mismo. En Montage of Heck hay algo de eso.

También hay en el documental, cómo no, referencias a Courtney Love, la esposa de Kurt, quien facilitó a los productores vídeos nunca antes vistos que muestran con bastante crudeza la adicción de ambos a la heroína, y muestra, además, los pechos desnudos de la musa. Todo eso tiene el morbo que la cultura pop asocia a la figura del frontman de Nirvana.

Kurt Cobain y Courtney Love en una de las escenas de "Montage of Heck", cuando relata la adicción a la heroína que ambos vivían.

Kurt Cobain y Courtney Love en una de las escenas de «Montage of Heck», cuando relata la adicción a la heroína que ambos vivían.

Pero tampoco Courtney es importante. Lo importante, de verdad, es la música, y ahí es donde Montage of Heck se vuelve relevante: el documental no solo acude a apuntes del músico y a sus dibujos para hablar sobre los motivos detrás de cada rola, sino que es capaz incluso de diseccionar las canciones y recrearlas en los estados de ánimo que se sucedieron a lo largo de su corta biografía.

Canta Cobain Lithium, el quinto corte de Nevermind, mientras lo vemos junto a al bajista Krist Novoselic y el baterista Dave Grohl en el estudio:

[I’m so happy ‘cause today I’ve found my friends … They’re in my head I’m so ugly, but that’s okay, ‘cause so are you … We’ve broken our mirrors

Sunday morning is everyday for all I care … And I’m not scared

Light my candles, in a daze ‘Cause I’ve found god…]

Y, cuando la asfixia es demasiada, el documental vuelve al espacio abierto, ahí donde Kurt Cobain, muy a su pesar, era fantástico: en el escenario.

Cuando el documental termina, me queda un buen sabor. Es cierto, Montage of Heck se hunde, como otros productos de la bibliografía sobre Cobain, en la fascinación del mainstream con la leyenda que vende tan bien, la del músico miserable. Pero también es cierto que aquí la música es el hilo conductor de todo, la madre del hombre que la hace, y no al revés.

Hay una escena que lo resume. La madre de Cobain, Wendy O´Connor, cuenta frente a cámara que un día su hijo, recién llegado a su casa de dios-sepa-dónde, le mostró el máster de su nuevo disco, al que llamaría Nevermind. La mujer pidió al hijo que pusiera la música con volumen alto. Y escuchó… “No estás preparado para esto”, le dijo.

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