La gran apuesta («The big short»)

Hace dos fines de semana fue el Supertazón. Es el partido más importante que define al campeón anual de la Liga Nacional de Fútbol Americano en los Estados Unidos. Cada año en casa me toca explicar el juego de la siguiente manera: “Olvídense de casi todas las reglas. Para disfrutarlo basta saber que es una cancha  de cien yardas, dividida de diez en diez. El objetivo del juego es llegar y cruzar la línea de meta. Para ello en cada turno un equipo cuenta con un máximo de cuatro oportunidades para lograrlo y anotar. Si no consigue cruzar la línea de gol, al menos debe de poder avanzar diez yardas para volver a tener otras cuatro nuevas oportunidades de anotar.” Lo mismo recomendaría para la cinta de Adam McKay “La Gran Apuesta.” Olvídese de los tecnicismos de cómo se fraguó el colapso. Disfrútela entendiendo lo fundamental.

CINCO NOMINACIONES

*Mejor película

*Mejor actor secundario (Christian Bale)

*Mejor director (Adam McKay)

*Mejor montaje

*Mejor guión adaptado

De toda la miríada de películas que entrarían a la recta final por los diferentes premios de la temporada, y en especial por el codiciado Oscar, esta fue la primera que vi. Ya tenía en mi radar a “El renacido” de Alejandro G. Iñárritu como la favorita. Sin embargo, “La Gran Apuesta” me saltó como una contendiente seria y con grandes posibilidades de ganar. Si no fuera por el “pequeño detalle” de lo complejo de sus explicaciones técnicas del mundo financiero. Pensé que ese sería su gran hándicap. Pero por el contrario, la habilidad de su director logró vencer todo obstáculo de entendimiento.

“La gran apuesta” es el recuento en tono de sátira –con altas dosis de sarcasmo- de la gran crisis inmobiliaria de 2008 en los Estados Unidos. Está contada desde el punto de vista de un grupo de especuladores del mercado bursátil que previeron la explosión de la burbuja y, apostando contra los grandes bancos responsables de la crisis, se hicieron multimillonarios.

Para comprender qué pasó –esto tuvo repercusiones desastrosas en el mundo, El Salvador incluido-  resumo diciendo que los grandes bancos dieron créditos hipotecarios a mansalva a familias que no eran sujetas de tales créditos, y que cuando esas hipotecas fueron ejecutadas ante la falta de pago los bancos terminaron con miles y miles de propiedades que no podían rematar para recuperar el dinero. La burbuja explotó y la explosión se llevó consigo los ahorros de millones de personas, fondos de pensiones y miles de millones de dólares de los contribuyentes que fueron invertidos para salvar a los grandes inversionistas. Eso es lo fundamental.

Christian Bale en "The Big Short", fotos de Paramount Pictures y Regency Pictures.

Christian Bale en «The Big Short», fotos de Paramount Pictures y Regency Pictures.

Trepidante y de ritmo caótico, la narrativa  de esta película ofrece la fluidez casi vulgar del lenguaje cotidiano. Adam McKay, el director, sorprende; su palmarés previo lo hubiera puesto en tela de duda, como si fuera un mal sujeto de crédito. Es cierto, sus películas previas, como “Hermanastros”, “Anchorman”, “Noches en Tallagueda”, han sido éxitos de taquilla, pero de eso a que sean importantes en la cinematografía mundial estamos a un buen trecho de distancia. Sin embargo, esas películas, al parecer, fueron ejercicio suficiente para entender el importante músculo de la comedia, su ritmo y tempo, como para que ya en un tema serio el director haya sido capaz de desarrollar una habilidad impresionante, especialmente a la hora de la dirección, para que sus actores encontraran la voz y el alma de cada uno de sus personajes.

Sin que se la pueda considerar como una cinta coral, es posible identificar en «La gran apuesta» tres grupos de personajes. Primero, los causantes de la debacle; esos almidonados ejecutivos de altos vuelos, caricaturizados y en un momento puestos como ovejas inocentes llevadas a un matadero, que no entienden, pero que al final se descubren como parte de una maraña de personajes colectivos que se perderán, con cientos de millones de dólares, en algún ocaso.

Luego vienen esos personajes  que llevan y traen la acción. Christian Bale, Steve Carrell, Ryan Gosling y la voz de la conciencia, un dios supremo con todo y libre albedrío, interpretado por Brad Pitt. McKay sabe usarles en sus mejores momentos: salpicándoles con notas trágicas y cómicas, lo que hace no solo que logremos empatizar con ellos, sino que, peor aún, que sintamos lástima por ellos a pesar de los millones que se embolsan. Se cuida el director, eso sí, de que les veamos como Robin Hoods que desuellan a los carnívoros de la banca. Por el contrario, les coloca en un banquillo de acusados de menor cuantía. Son víctimas de sí mismos. Excéntricos. Inadaptados. Minusválidos o enajenados emocionales.

Por último tenemos el tercer grupo de personajes, las verdaderas víctimas. Igual de anónimas. Igual de colectivas. La verdadera tragedia humana. Los millones de desempleados que terminaron perdiendo sus hogares. Es ese cóctel o ensalada de vidas las que hacen esta cinta por demás interesante y entretenida.

Cuando Selena Gómez y Margot Robbie no temen explicarnos detalles de la trama en una forma “que hasta una mujer boba y superficial pero famosa y rica puede entender”,  no debemos dudar de que la «Gran Apuesta» fue la del director en rozar lo políticamente incorrecto a fin de demostrar su punto: Discúlpenme pero… ¿No es peor llevarse miles de millones de dólares de la gente y dejarle sin hogares? Y si nos quedaba duda, a media película se rompe completamente la cuarta pared para aclararnos: No todo lo que se cuenta en celuloide sobre un caso de la vida real es real. Todo… entiendan texto y subtexeto… ¡TODO! puede ser mentira. Es ese juego el que permite que las crisis vengan y vayan como tsunamis que se llevan poblaciones enteras sin poder evitar la siguiente crisis. Ni que nunca haya verdaderas consecuencias para los autores. En este caso el castigo, si ustedes recuerdan bien, fueron bonos desde $100 a casi $500 millones ¡por cabeza!

Mordaz McKay. Bien dicen: si quieres gritar verdades y hacer las denuncias más acérrimas… usa la comedia. Los italianos lo entendieron muy bien desde la década de los cincuenta hasta finales de los setenta con su Commedia all’italiana, asesina, implacable, y de la que este director consciente o inconscientemente ha sabido beber.

Resulta especialmente hábil el manejo dialéctico del cine por parte de McKay. Primero nos explica que la crisis fue posible por la acumulación de malos créditos que, en una especie de pozo, adquirieron un valor, y sobre los que nadie pudo notar a tiempo que de manera individual colapsarían el mercado. Pero ello no lleva solo un interés narrativo u obligado en la historia, el director sabe colocarlo en paralelo al subtexto. Así, al final, la tragedia personal de cada familia termina importándonos poco o nada, pues al final son una colectividad de ejecutados. Créanme, el drama a nivel personal fue y sigue teniendo repercusiones grandes. Si usted se rió con el inteligente guión de esta película, que sin duda ganará el Oscar en esa categoría, permítame que le reviente el globito: usted también es cómplice. Como yo.

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