11 de marzo de 2015, fecha histórica

El 11 de marzo de 2015 pasará a ocupar una página muy importante en el libro de la historia salvadoreña reciente, una página de esperanza, acaso premonitoria, por una etapa nueva en que el país empiece, de verdad, a reconciliarse con las inmensas heridas dejadas por siglos de injusticia, décadas de autoritarismo, 12 años de una guerra civil que lo desangró, y dos décadas de posguerra que marcaron, para bien y para mal, las pautas del sistema político que lo rige.

El 11 de marzo ocurrieron dos anuncios trascendentales para el país. Primero, el de la fecha en que el Vaticano y las autoridades salvadoreñas investirán como beato a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo a quien un francotirador bajo órdenes del mayor Roberto d’Aubuisson y financiado por empresarios salvadoreños de derecha asesinó por «odio a la fe». Y segundo,  la decisión de un juez migratorio estadounidense que dio como válida la deportación del general Eugenio Vides Casanova, ex director de la Guardia Nacional y ex ministro de Defensa responsable de torturas, asesinatos y violaciones a los derechos humanos.

Hay, en estos dos hechos, mucho de simbolismo histórico, pero más allá de eso ¿hay también en ellos señales de cambios trascendentales para el país basados en la reconciliación con la memoria reciente y la justicia? Esto aún está por verse, pero sin duda lo que ocurrió el 11 de marzo es un buen augurio.

Decidimos preguntar a tres intelectuales que han seguido de cerca estos procesos de justicia restaurativa qué piensan sobre lo ocurrido  el 11 de marzo. Ellos son Carlos Dada, periodista, exdirector del periódico digital El Faro y actual becario de la Biblioteca de Nueva York; el sacerdote jesuita José María Tojeira, exrector de la Universidad Centroamericana de San Salvador; y la profesora Terry Lynn Karl, catedrática de la Universidad de Stanford y testigo experta en los casos contra los generales salvadoreños Vides Casanova y José Guillermo García.

Así la pregunta:

¿Fin de un ciclo? El miércoles 11 de marzo el Vaticano oficializó la fecha para la beatificación de Monseñor Romero y una corte superior en Estados Unidos rechazó una apelación del general Vides Casanova de aplazar su deportación por crímenes de guerra. En El Salvador los cierres de los crímenes del pasado han venido, en estos dos casos, de la mano de la iglesia y de una corte extranjera. ¿Es este el inicio de una época en que ya no da miedo impartir justicia sobre estos crímenes?

Dice Tojeira:

Efectivamente son ambos signos de un fin de ciclo. Está terminándose en El Salvador esa época en la que ser persona dependía de la familia, el dinero y los nexos con el poder que se tuvieran. Si eras de ese grupo la fortuna, la impunidad y la sonrisa del imperio te favorecían siempre. Si no lo eras, y no te humillabas ante ellos, estabas condenado al olvido, a la muerte o a la migración. La Iglesia, de cara a El Salvador, comienza a reconocer un nuevo estilo de santidad, que equivale a una nueva manera de ser persona, libre, crítica, solidaria, cercana a los pobres y partidaria de su dignidad y desarrollo. Y Estados Unidos, al igual que otros imperios del pasado, está empezando a decir a esta especie de dictadorzuelos y gente autoritaria de nuestros países, fieles al imperio y traicioneros con sus propios pueblos, que «Roma no paga traidores». Estados Unidos afirma, no sé con qué plenitud de convicción, que ese modo de ser persona no contará con su apoyo en el futuro.

Dice Carlos Dada:

Mi opinión es que es un acierto relacionar ambos eventos. Efectivamente hablan de un momento de cambio en el proceso de impunidad. Pero no creo que este sea un fin de ciclo. Creo que es parte de un ciclo. Creo que es un momento que ilustra muy bien cómo han venido cambiando las cosas. Pero no es el fin del ciclo. En El Salvador no se ha abierto ningún proceso. De hecho es el único lugar donde siguen impunes muchos de ellos. No hay juicio en España tampoco. No, no lo creo. Es posible que la beatificación abra un nuevo ciclo, no lo sabemos. Pero eso en todo caso es el 23 de mayo.

La profesora Terry Karl escribió un texto más largo al respecto, el cual pueden leer aquí.

Es preciso señalar que en la escritura de esa nueva página de esperanza de la que hablamos han participado decenas de salvadoreños valientes, víctimas de la violencia y la intolerancia, quienes al ver cerradas las avenidas para la justicia en El Salvador acudieron a otras instancias con el fin de evitar que la verdad pereciera en manos de un sistema de justicia, el salvadoreño, protegido por un sistema político, el salvadoreño, que se desentendió de las víctimas para proteger a los victimarios.

En Factum ya hablamos de una de esas salvadoreñas, una mujer que se comprometió con la verdad a pesar de la persecución y las torturas a que fue sometida por los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos  al ofrecer su testimonio sobre los asesinatos de seis sacerdotes jesuitas y sus dos empleadas a manos del ejército salvadoreño. Ella se llama Lucía Barrera de Cerna, vive en California y huyó de El Salvador por decir su verdad: ella, una víctima, terminó desafiando a los sistemas de los poderosos y hoy su testimonio es esencial en el proceso contra los asesinos abierto en una corte de Madrid, en España.

En El Salvador, ni los gobiernos de ARENA ni el primero del FMLN ni alguno de los fiscales generales de la posguerra hizo algo valiente -decente es una palabra más adecuada- por esas víctimas.

Los casos contra los generales José Guillermo García y Eugenio Vides Casanova empezaron en 1999, cuando tres de sus víctimas -Carlos Mauricio, Juan Romagoza Arce y Neris González- los demandaron por torturas en una corte de West Palm Beach, en Florida, amparados en la Ley Internacional contra la Tortura. Después de varios y largos procesos legales, y debido a una disposición legal que somete a procesos de deportación a extranjeros residentes en Estados Unidos que hayan estado involucrados en crímenes de este tipo,  los destinos de Vides Casanova y García terminaron en manos de jueces migratorios que iniciaron los respectivos procesos de repatriación. El 11 de marzo pasado, un juez de segunda instancia determinó que Vides debía ser expulsado y retornar a El Salvador, donde no le espera ningún proceso penal por sus crímenes, pero a cuyo aeropuerto llegará dueño de una determinación judicial que le responsabiliza de haber tolerado, ordenado y alentado torturas y asesinatos.

El 22 de febrero pasado estuve en Roma, enviado por La Prensa Gráfica para entrevistar a Monseñor Vincenzo Paglia, el arzobispo italiano que ha sido durante dos décadas postulador ante la Santa Sede de la causa por la beatificación de Romero. Paglia llegó una semana después a El Salvador para hacer oficial la ascensión del arzobispo a los altares del catolicismo. Fue, el suyo, un mensaje de unidad, eco de palabras que me había dicho en su apartamento romano: «Romero es hoy el santo de todo El Salvador». No de todos, porque el odio a la fe que culminó con el asesinato del arzobispo no termina de morir, y la impunidad que lo ha protegido  por años sigue con muy buena salud en el país, pero me atrevo a pensar que sí de la mayoría.

El 11 de marzo, coincido con el padre Tojeira, es una señal de que las cosas empiezan a cambiar, y con Carlos Dada cuando dice que esto es parte de un ciclo que está aún lejos de terminar. Y lo del 11 de marzo es también, pienso, parte de ese esfuerzo doloroso, tortuoso, difícil por encontrar la verdad, como lo fue para los postuladores de la causa de Romero ante el Vaticano y para las víctimas de los generales; doloroso pero necesario, ineludible.

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