Sí, admito críticas. Cuando a la gente que está muy al tanto de toda la movida musical contemporánea le digo: «Soy un desencantado del rock de los últimos diez o quince años«, recibo de inmediato esa mirada que pareciera no decir nada (pero que escupe mucho) y cuya traducción es… «¡Ya diste el viejazo«.
Como dije, admito críticas. Es mi culpa.
O quizás no…
El rock de moda en la actualidad poco me emociona. ¿La causa? Pienso que, en buena parte, es culpa de la pluralización de la información en los medios (digitales, sobre todo), la muerte de los discos, el alza del streaming y una generación que creció leyendo en el mainstream que no pasaba nada si en la ejecución se despreciaba a la técnica. El rock se volvió de pronto muy simple, muy básico, muy desalmado, muy efímero… Pasó a ser, a mi juicio – y quizás mal influenciado por las canas ganadas–, un animal otrora salvaje, pero atrapado en una bola de cristal con nieve artificial. Se convirtió en eso, en un adorno. Sentí como si a alguien se le olvidó ponerle al brownie el ingrediente secreto que nos hacía delirar. En su lugar le colocaron gomitas rellenas de Splenda.
Una de las bandas que explotó en el mass media y que sí me logró cautivar en este siglo es Kings of Leon. Así que no me resulta nada extraño que la fe perdida en el rock contemporáneo haya vuelto a renacer gracias a una banda que ahora posee un estilo similar al de ellos… Aunque no sea exactamente igual.
Me refiero a Mumford & Sons, una banda londinense nacida en Octubre de 2007 (que ya posee una legión de fans que les adora) y que no había logrado cautivarme con sus dos primeros discos: «Sigh No More» (2009) y «Babel» (2012), propios de un estilo más folk.
No he descubierto el agua. Quizás es la sorpresa de que el grupo que en 2013 ganó el Grammy por el «Mejor disco del año» (gracias a «Babel») podría dar más sustancia de lo que esperaba de ellos.
Ahora quizás ya me mirarán de otra manera en Starbucks y me admitirán con anuencia si llego presumiendo una camiseta de M&S, porque la verdad es que esta banda me tiene completamente idiotizado gracias a «Wilder mind«, el disco que recién publicaron oficialmente hace apenas cuatro días, el 4 de mayo de este 2015, pero que, claro, llevo escuchando desde hace algunas semanas gracias a un duende amigo mío, viajero del tiempo, al que por ahora identificaré como «Torrente».
El disco ya está disponible para ser escuchado gratis en las plataformas de streaming como Spotify y Deezer, así como también para comprarlo y descargarlo en la tienda de iTunes.
Aquí el player de Spotify, para quien prefiera escucharlo mientras lee esta reseña:
«Wilder mind» fue producido por James Ford (conocido por su trabajo con Arctic Monkeys) y por Aaron Dessner (del grupo The National). La decisión tuvo evidentes resultados en el cambio de sonido de Mumford & Sons. Si bien antes tenían un estilo más folk (con guitarras acústicas, banjo y contrabajo), el ingreso al sonido eléctrico más propio de una banda de rock necesitaba de otro almirante que los llevara a buen puerto. La banda entonces optó por la nueva mancuerna de productores, en lugar del trabajo de Markus Dravs (productor de Arcade Fire, Björk, Coldplay, entre otros), con quien grabaron sus primeros dos discos.
En una entrevista con Vulture.com, el guitarrista del grupo, Winston Marshall, declaró lo siguiente:
«(Este álbum) nació como una reacción en contra del hecho de que habíamos hecho una gira de seis o siete años con cuatro instrumentos que, en gran parte, no eran nuestros instrumentos naturales. Yo soy un guitarrista, Ted (Dwane) es un guitarrista, Marcus (Mumford) es un baterista, pero hemos estado jugando con banjos, acordeones y todas estas cosas. Para el final de las giras, estábamos desesperados por jugar a otra cosa, hacer algo nuevo».
Por eso, desde el primer corte, «Tomkins Square Park» nos golpea el cambio de sonido y entendemos también que «Wilder mind» posee grandes melodías. Comprendemos a la vez algo muy importante: el trabajo en la producción y los arreglos de la nueva faceta de M&S es pulcro e impecable. Cada instrumento no hace nada más de lo que la canción le pide, con la pequeña excepción de la voz principal (del cantante Marcus Mumford), que al compararse con la versión en vivo se detecta que posiblemente haya sido un poco sobre-producida en el estudio. Pero a su vez, resulta brillante el resultado que han alcanzado con los coros que cada músico aporta en la canción, algo que se mantendrá a lo largo de los doce tracks que contiene el disco.
Tompkins Square Park es una famosa plaza ubicada en el East Village de Manhattan, Nueva York, la ciudad en la que estuvieron trabajando en la producción del disco junto a Aaron Dessner. TSP es reconocida como una plaza que atrae a muchos artistas y creadores. El lugar también ha sido escenario de varias protestas y disturbios desde finales del Siglo XIX. La canción de apertura del disco habla de un encuentro entre pareja en ese lugar. Y de toda las frases, la que más me gustó fue la siguiente:
[But oh babe, I really wish you would not cry
I only ever told you one lie
When it could have been a thousand
It might as well have been a thousand]
A continuación aparece el tema «Believe», que fue el primer sencillo del disco, y que fue liberado el pasado 9 de marzo a nivel mundial.
«Believe» es una canción que va creciendo en la instrumentalización y, por ende, en la energía de la misma. Hay un trabajo de sintetizadores que antes hubiera resultado inverosímil en el antiguo Mumford & Sons, pero que en esta pieza brilla y adquiere mucho protagonismo.
Luego llega el turno de escuchar el tema «The Wolf», que fue el segundo sencillo del disco, liberado exactamente un mes después: el 9 de abril del presente año.
«The Wolf» es lo contrario a «Believe». Arranca en la estridencia y poco a poco va encausando el pulso que manda el bajo y la percusión. Notable es lo que Marcus Mumford alcanza en la vocalización, pues hay secciones en las que la canción le exige que entregue todo lo que tiene. Esta es una rola perfecta para ser cantada en estadio… entre la multitud… No me extrañaría que se convierta en el clímax de los conciertos que M&S realizará a nivel mundial como parte de la gira de este disco.
Una de las canciones más deliciosas del disco es «Wilder mind». Y me perdonarán la osadía, pero posee un sonido que Zoé ha venido trabajando y puliendo de disco en disco, aunque M&S tiene armas con la que los mexicanos no cuentan: la profundidad de la voz de Marcus hace un contra punto con el piano delicado, los sintetizadores y los sutiles riffs de guitarra.
Hay que tener una personalidad un poco melancólica para exprimir al máximo esta canción. Lo mejor sería disfrutarla en soledad, sin interrupciones de gente que atiende a la música como se atiende a un Testigo de Jehová. Es perfecta para escucharla en carretera…
Puede que esta sea la mejor canción de todo el álbum. No es casualidad entonces que sea la que la banda (o la disquera, nunca se sabe) eligió para darle nombre al disco.
El coro, por ejemplo, es tremendo:
[You can be every little thing you want nobody to know
And you can try to drown out the street below
And you can call it love
If you want]
El disco no tiene desperdicio, pero es importante reseñar otras canciones en particular, por ejemplo «Monster», un tema triste que eleva al máximo el sentido de las letras de casi todo el disco: la desesperación en el apogeo de la ruptura en una pareja (con especial particularidad para aquellos que tienen hijos).
[So fuck your dreams
And don’t you pick at our seams
I’ll turn into a monster for you, If you pay me enough
None of this counts, a few dreams, plowed up][So we come
To a place of no return
Yours is the face, that makes my body burn
And here is the name that our sons will learn:
Cast the beauty, cast the queen
Cast the beauty, leave me]
«Snake Eyes» también es otra canción muy importante en el álbum. La rola fue dada a conocer entre la fanaticada del grupo gracias a un video de una versión en vivo publicada en Youtube.
Se trata de otra canción que va creciendo y tomando fuerza a medida que se va desarrollando.
El tema «Broad-shouldered beasts» pareciera una precuela de la canción «Wilder mind», no solo por la emotividad del drama, sino también por la historia que describe.
«Cold arms» es quizás la rola que más sostiene el sonido que antes conocimos de Mumford & Sons. Guitarra y voz en solitario, lo que usualmente encontramos al cierre de los discos, pero que en esta ocasión aún precede a otros temas, como por ejemplo la rítmica «Ditmas» (otra con gran potencial para ser cantada como himno de estadio), la peligrosamente depresiva «Only Love» y, finalmente, el cuarto sencillo del disco, «Hot gates», un buen ejemplo de lo que estos grandes artesanos de la canción han alcanzado: pianos emotivos, coros armónicos, percusiones orquestales que interactúan con un clap al 4×4 y la limpieza en la guitarra con un solo que no reclama protagonismos. Todo se refugia detrás de la coraza de una letra muy emotiva.
Por eso un último consejo: si estás en medio de una ruptura amorosa que te tiene muy perturbado: ¡Alejate de este disco! Hay frases aquí, sensaciones que te van a llevar irremediablemente al despeñadero…
¡Vade retro Mumford & Sons!
[Let my blood only run out when my world decides
There is no way out of your only life
So run on, so run!]

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