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Una quincena (y más) difícil para el periodismo

La renuncia masiva de editores en The New Republic y un duro golpe a la credibilidad de la legendaria revista Rolling Stone ponen muchos signos de interrogación al futuro del periodismo en los Estados Unidos. En El Salvador la discusión sobre el oficio es pobre a pesar de las grandes carencias del periodismo nacional, de sus numerosos retos e incluso de sus contados éxitos.

La de Rolling Stone ha sido la bofetada más grande, la más dolorosa.

La revista falló al publicar la historia sobre la violación masiva a una estudiante en la Universidad de Virginia sin verificar datos tan esenciales como la existencia de la fiesta en la que la víctima dijo haber sido violada o, más grave aún, sin dar a las personas a las que la joven señalaba como culpables la oportunidad de dar su versión. En esencia, RS se conformó con publicar la versión de “Jackie”, como el texto nombra a la víctima.

Esas fallas metodológicas no son excusables. Al principio, cuando otros medios impresos publicaron artículos en los que cuestionaban la credibilidad de «Jackie», la víctima, y señalaban los grandes huecos informativos, la revista no se retractó.

Luego, el Washington Post hizo su propia investigación sobre los hechos; descubrió que los amigos a quienes según el artículo de RS “Jackie” había contado sobra la violación discrepaban con la versión que la víctima dio luego a la revista.  “Jackie”, por ejemplo, dijo a la autora del artículo en RS, Sabrina Rubin Eldery, que “Andy” era la amiga a la que había contado sobre la violación la noche en que todo sucedió. Según “Jackie”, “Andy” y otras amigas la animaron a que no denunciara el hecho; y según “Jackie”, “Andy” la había visto ensangrentada tras la violación. Cuando el Post contactó a “Andy” lo que la testigo confirmó fue que “Jackie” les había dicho que la habían violado, que no había sangre y que fue la víctima quien desistió de poner la denuncia.

Al final, RS se retractó, y al hacerlo cometió otro error grave: culpó a “Jackie” de las fallas. “Confiamos demasiado en ella”, escribió RS en un comunicado. Fue hasta después, tras recibir un escarnio público considerable en otros periódicos y en redes sociales, que la revista asumió toda la culpa. No había para donde: la culpa era, solo, de los periodistas; de quien escribió la historia, de los editores que la revisaron y de los fact checkers (algo así como los verificadores de datos), figura común en el periodismo estadounidense cuya única función es -o debería ser- despedazar el texto inicial del periodista, cuestionarlo, llamar a las fuentes para corroborar si dijeron al reportero lo que este escribió, confirmar la veracidad de las cifras, de los hechos históricos nombrados, etc.

La bofetada de RS dolió. Mucho. No solo porque es una de las revistas que han mantenido viva la validez de periodismo impreso, pausado, corroborado, trascendente y bien escrito en un tiempo en que pueden pasar por producto periodístico válido las ocurrencias de un tuitstar, un blog bien diseñado o la tediosa autocontemplación de escritores demasiado fascinados en releerse y que suelen preocuparse más por usar la primera persona en sus textos que en reportear.

Lo de RS duele, además, porque era una de las herederas del buen periodismo off the record, ese que encuentra el inicio válido de la reconstrucción de los hechos en las explicaciones que dan desde el anonimato -debido al miedo, al interés propio o la comodidad- políticos, víctimas, funcionarios y fuentes de todo tipo. RS hacía bien eso de corroborar una y cien veces informaciones dadas por gargantas profundas para reconstruir escenarios, decisiones políticas o, simplemente, hechos criminales o de la vida cotidiana. Así ocurrió, por ejemplo, con el perfil del general estadounidense Stanley McChrystal, que desveló profundos desacuerdos del Pentágono con el presidente Barack Obama y, de alguna manera, cambió las relaciones entre la Casa Blanca y el ejército.

Pero también duele lo de RS porque hará hoy más difícil a otros reporteros indagar en un tema tan complejo como la violación sexual, marcado en muchos casos por el silencio de víctimas que deciden no hablar para evitar represalias de victimarios amparados por sistemas de justicia lentos, inadecuados e indolentes.

Y este tema, el de la violación sexual, es grave, actual, crítico. Nada menos el lunes, reporteando sobre los niños migrantes en el área metropolitana de Washington, me topé con este dato: hay, en algunas escuelas secundarias de la zona, niñas de 11 y 12 años que ocupan su sexualidad para intentar encajar en un mundo -la secundaria estadounidense angloparlante- hostil; en los cinco casos que ha estudiado la funcionaria municipal por la que me enteré de este tendencia, hay cinco historias de niñas abusadas por sus familiares en sus países de origen (El Salvador y Honduras) y revictimizadas por sus familiares en sus hogares de destino en los Estados Unidos.

Con la historia de “Jackie”, RS se olvidó del método básico: reportear, confirmar, confirmar. Y volver a confirmar.

Ojo, confirmar no significa, solo, hablarle a los señalados por las víctimas, más si son funcionarios. Casi siempre esos funcionarios se abstendrán de responder o dirán mentiras, sobre todo si el periodista los afronta con una reconstrucción de los hechos tal que hará más díficil a esos implicados rebatirla. (Por eso el fiscal general no habla de sus viajes en los aviones de Enrique Rais. Por eso Sigfrido Reyes prefiere hacer su propio show antes de dar una entrevista para confrontar, uno a uno, los señalamientos de corrupción y tráfico de influencias. Por eso la Fuerza Armada de El Salvador se limita a decir que “no hay tráfico de armas en la institución” antes de confrontar a periodistas que han reconstruido varios casos de tráfico). Confirmar es usar todos los recursos que están a mano, y buscar los que no están en principio, para determinar más allá de la duda razonable que la reunión entre el funcionario X y el criminal Y ocurrió; que el comisionado de policía Z autorizó al sargento A prestar su arma de equipo a un sicario para ejecutar a un pandillero; o entrevistar y reentrevistar a unos y otros hasta llegar al punto en que es posible establecer la duda razonable.

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Cartel de la película «Todos los hombres del presidente».

Hay, en la película “Todos los hombres del presidente”, la versión fílmica del cineasta Alan J. Pakula sobre el reporteo de los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein del Washington Post sobre el escándalo Watergate, una escena que lo resume: los reporteros, sentados en un salón de la Biblioteca del Congreso en Washington, buscan un folio entre miles de archivos, un folio que es solo una pista que los llevará a otra confirmación y luego a otra, y a otra, hasta enfrentarlos a los hechos que les permitirán escribir sus notas sobre la implicación de la administración de Richard Nixon en actos criminales. Mientras buscan ese folio inicial, la cámara, en contrapicado de 90 grados, se aleja de los dos reporteros, y conforme el plano se extiende podemos ver más papeles, y más papeles: la búsqueda no es fácil, cuesta tiempo, esfuerzo y, en el camino, muchas frustraciones.

En todo esto, por supuesto, cuenta el valor del nombre, del periodista que firma y del medio que publica. Y eso es el valor más preciado en este oficio. Ese valor es al que RS hizo daño.

El caso de The New Republic habla de otra cosa, grave también: la banalización del oficio. Aquí ocurrió que Chris Hughes, cofundador de Facebook y dueño de la revista desde 2012, empezó a hacer movimientos para remover a algunos editores y así, según él, remozar con una nueva cultura digital a la vieja publicación (TNR tiene casi un siglo de existir).

El cuerpo de editores, encabezado por Franklin Foer y Leon Weseltier, editor jefe y editor literario respectivamente, renunció la semana pasada en desacuerdo con las políticas de los dueños, que se supone pondrán mucha atención a las plataformas digitales para abonar a la sostenibilidad económica de la publicación. Esa línea de acción, según los editores, iba a hacer superficiales los contenidos periodísiticos: velocidad online vs profundidad en el impreso.

La gresca se ha saldado, hasta el momento, con el anuncio de que TNR no publicará su edición de diciembre, con el cuerpo de editores fuera y con la reafirmación por parte de los dueños de que los contenidos se adaptarán para cumplir con las necesidades financieras de la revista.

Parecería, esta, una discusión más alejada de América Latina y de El Salvador. No lo es.

Veamos El Salvador. Desde mediados de la década pasada, y cada vez más, la independencia parece existir mejor en la plataforma digital, con el periódico electrónico El Faro a la cabeza. No es que no hay visos de independencia editorial en los grandes medios impresos y en algunos espacios televisivos, pero estos están confinados cada vez más a la iniciativa de un editor, un reportero, un presentador; no son política editorial de esos medios.

El problema es que el periodismo electrónico no es sostenible. No lo es en Estados Unidos aún, salvo contadas excepciones. No lo es en América Latina por la aún baja penetración de internet y el aún más bajo acceso a la banda ancha entre otras cosas. El periodismo electrónico depende de donaciones, de magros ingresos publicitarios y poco más. Eso también es una limitante.

Abona a esto el caduco y perverso modelo de ingreso por publicidad que prima en la región: conglomerados de anunciantes, que han solido ser los mismos que regentan el poder político y el económico, crearon un método que les permite influenciar los contenidos editoriales y quedarse, además, con una buena tajada de los ingresos por publicidad a través de agencias de las que también son dueños (el 25% en el caso de El Salvador). A finales de los 90, por ejemplo, la administración de Francisco Flores, en desacuerdo con artículos de La Prensa Gráfica que cuestionaban sus políticas, amenazó al periódico con convencer a los anunciantes que retiraran toda la pauta publicitaria.

El resultado final es un paisaje de medios tradicionales bastante banal. El mainstream aparece cada vez más alejado de la investigación, del reporteo a profundidad y de la precisión: eso que en el caso de Rolling Stone es un pecado mayúsculo (basar la historia en una sola fuente, no reconfirmar información) es un costumbre diaria en El Salvador y Centroamérica. Además, aparecen los medios tradicionales tan encamados con el poder como lo han estado siempre, excepción hecha de un breve periodo de innovación que siguió a la firma de los Acuerdos de Paz a mediados de los 90, de la que nacieron las dos generaciones de reporteros y editores que aún se mantienen vigentes; de la que nació, por ejemplo, El Faro.

Los medios tradicionales publican influidos por los humores de las élites políticas y económicas tradicionales en el país. Y, en contrapartida, las decenas de blogs y publicaciones digitales financiadas o influenciadas por políticos, ex políticos o conglomerados publicitarios, también publican basados en el interés particular de las nuevas élites del país.

En ese paisaje nacional de cortapisas y sutiles mordazas, y en el internacional marcado por la banalización de los contenidos y el oficio, el buen periodismo se convierte de a poco en bien de lujo para sociedades que lo reclaman en sus canastas básicas.

Pero aún en esos paisajes desérticos me quedo con los esfuerzos individuales de quienes entienden esas cosas sencillas dichas una y mil veces: esta no es una profesión para hacerse rico; en esto se corre siempre el riesgo de embelesarse demasiado con el sonido de la propia voz; en esto debería escribirse siempre para nombrar a los corruptos, y sobre todo a los que, al robar del común, condenan al común a la miseria.

Y me quedo con lo que dijo la periodista mexicana Marcela Turati: “El buen periodismo siempre será necesario”. Fácil no es. Está claro.

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