El ateo no salta

«Considerando que —y es la cuestión fundamental— la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a Él con corazón sincero y contrito, la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia. Escucharla y obedecerla significa tomar una decisión frente a aquello que se percibe como bien o como mal. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestro actuar».

Papa Francisco

A diferencia de sus predecesores inmediatos, hay un matiz de Jorge Mario Bergoglio que me resulta notable, simpático, hasta admirable. Su intervención en la beatificación de monseñor Romero y su acusación al episcopado salvadoreño de haber «difamado, calumniado y enfangado» a Romero —tanto en vida como tras su asesinato en 1980— tiene mucho que ver en ello. El papa que ansía «una iglesia pobre para los pobres, humilde, sencilla, con olor a oveja y no a flores de altar» llegó la semana pasada a México, país en el que resido. Así que darle seguimiento era obligatorio; menester insalvable contar cómo se le vería desde las calles, desde las barricadas que contienen a su rebaño y no desde la alfombra roja presidencial. Y narrar cómo lo vive un ateo agnóstico, a lo mucho, pueda que resulte anecdótico.


Va a ser necesario aclarar desde un principio que el ateo agnóstico —sin ánimos de glorificaciones personales a un acto que (pienso) no representa virtud o vileza alguna, como es la presencia o ausencia de fe— es quien firma esta publicación. En México, donde pese a que se ha registrado un descenso en el porcentaje de católicos (de acuerdo al último censo de población del Instituto Nacional de Estadística y Geografía), aún sigue siendo un dominio apabullante de los practicantes de esta doctrina religiosa: un porcentaje del 82.9%. Es decir, 8 de cada 10 mexicanos y un tilín más. Por eso, además de inconveniente, declarase como parte del 4.6% ateo en el país resulta innecesario en el preciso momento en el que se contempla la variedad de experiencias que el paseo del papamóvil  provoca en muchas de las ovejas que tributan flores para el altar. Resulta mejor palpar el camuflaje, porque narrar la experiencia desde los ojos del ajeno respetuoso también puede ser algo singular.

†††

Primero fue culpa del insomnio. En mis planes estaba madrugar la mañana del sábado 13 de febrero. El papa Francisco había arribado a la Ciudad de México la noche anterior, aunque su agenda se limitó entonces al recibimiento en el Hangar Presidencial, para luego trasladarse a la Nunciatura Apostólica, que sería su hospedaje base durante la visita de seis días por suelo mexicano. Para iniciar la persecución, las actividades de la mañana sabatina lucían a modo para el periodista ateo agnóstico que, claro, por supuesto, no tuvo a bien realizar la diligencia de acreditarse previamente con la Conferencia del Episcopado Mexicano. Un total de 4 mil 077 periodistas de 31 naciones y territorios darían cobertura oficial. Pudieron ser 4 mil 078 de 32 naciones, pero no, quizás en la improvisación de perseguir a Francisco sin gafete podría generarse un acercamiento más íntimo con la gente más entregada y devota, la que no sería vencida por el sueño y terminaría por despertarse a eso de las 11:00 de la mañana, justo cuando todos los actos matutinos del papa habrían finalizado, incluido el roce gubernamental en Palacio Nacional y el vitoreado recorrido del papamóvil (estilo Ben Hur) por la plancha del Zócalo capitalino.

Fue culpa del insomnio. Tocó resignarse, darle seguimiento a la cobertura televisiva y rastrear lo más importante, el primer discurso de Bergoglio, realizado en Catedral Metropolitana y dirigido a los obispos mexicanos, pero también a figuras relevantes del gobierno y laicos. En él, Bergoglio mostró un poco la fama que le precede, la que indica que no le tiembla el pulso para tocar temas sensibles en situaciones escabrosas, temas como el del narcotráfico en México:

«Me preocupan particularmente tantos que, seducidos por la potencia vacía del mundo, exaltan las quimeras y se revisten de sus macabros símbolos para comercializar la muerte en cambio de monedas que, al final, «la polilla y el óxido echan a perder, y por lo que los ladrones perforan muros y roban» (Mt 6,20). Les ruego por favor no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia».

–Papa Francisco, discurso en el encuentro con los obispos.

Cuando escuché ese «comercializar la muerte en cambio de monedas» presentí que este papa distaba de aquel que también perseguí en 2012, en León, Guanajuato. Aquel papa, Benedicto XVI, también tocó el tema del narcotráfico, aunque en reunión privada con algunos periodistas afines y de manera un poco más velada. Era inevitable. En aquel año, México rozaba la macabra cifra de 50 mil muertos producto de la llamada «guerra al narco», declarada por el gobierno del entonces presidente, Felipe Calderón. Y en la Iglesia Católica era complicado maquillar los cada vez más notorios casos de narco-capillas, templos que gustosos recibían limosnas de dudoso proceder. Recordar aquello y atestiguar a Bergoglio espetarle a los obispos mexicanos una frase como: «seducidos por la potencia vacía del mundo, exaltan las quimeras y se revisten de sus macabros símbolos»… era un llamado a activar la colmena mental de un ateo agnóstico, un llamado a descifrar, a mal pensar y, quizá por ello, alejarse de lo que podría haber sido el sentido original. Y justo quizás también por ello, adquirir mayor sentido. Pero con el pasar de los días, el temple franciscano también se diluiría en la nada…

El problema de vencer el insomnio es que pescado el sueño, ya no se le puede retirar ni gancho ni anzuelo. Tocó perderse entonces el espectáculo de esquivar a cien mil personas en la calle Francisco I. Madero, en pleno «centro histérico» de la ciudad, con las vialidades cortadas por temas de extrema seguridad y con la angustia de que el show apenas acababa de comenzar. Por la tarde habría una nueva oportunidad: Bergoglio visitaría la Basílica de Guadalupe y esta vez no habría excusas para fallar…

La visita del papa Francisco generó mucha alegría en buena parte de la comunicad católica mexicana. Foto/Orus Villacorta.

La visita del papa Francisco generó mucha alegría en buena parte de la comunicad católica mexicana. Foto/Orus Villacorta.

La seguridad de la Policía mexicana estuvo a disposición de la Conferencia del Episcopado mexicano. Foto/Orus Villacorta.

La seguridad de la Policía mexicana estuvo a disposición de la Conferencia del Episcopado mexicano. Foto/Orus Villacorta.

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Llegué puntual a la impuntualidad de las 2:30 de la tarde. Pensé ingenuamente que si llegaba dos horas antes al momento programado para recibir a Bergoglio en Tepeyac, sería más que suficiente. Cumplí, pero…

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A esa hora, cuando aún faltaba un buen rato para que la caravana papal se hiciera presente, la Calzada de Guadalupe —una avenida de 3.58 kms de extensión— ya se encontraba atiborrada de fieles que portaban el blanco y amarillo vaticano con notorio orgullo. También lo lucían los sempiternos vendedores ambulantes, esos que lo mismo te venden hoy una medallita conmemorativa del papa en 25 pesos, como mañana ofertan una calaca macabra para día de muertos.

Clic, clic, clic. Fotografías por aquí y por allá, un eslalon de peregrinos como actividad de supervivencia. Así me encontraba, cuando de pronto divisé entre la multitud a un grupo de salvadoreños que portaban la bandera azul y blanco, mientras intentaban (infructuosamente) convencer a un policía para que les dejara pasar una de las múltiples barricadas de seguridad. Durante la jornada vería luego a grupos de nicaragüenses, ticos, venezolanos, argentinos, etc.

«Me motivé a venir para conocer al papa, para saludarlo, para verlo de cerca. Y también para conocer México, porque realmente esta es una cita histórica, la de la visita del papa Francisco», me comentó Ronald Solórzano, quien formaba parte de un grupo de 45 peregrinos que había realizado el viaje desde la ciudad de Los Ángeles. Gustosos posaron para la foto respectiva, mientras cada vez iba llenándose de personas, en su inmensa mayoría devotos católicos que portaban imágenes de Francisco, la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo o San Juan Diego.

Ronald Solórzano, Hugo Durán y Pamela Cienfuegos, tres salvadoreños que realizaron el viaje para ver a el papa Francisco en México.

Ronald Solórzano, Hugo Durán y Pamela Cienfuegos, tres salvadoreños que realizaron el viaje para ver a el papa Francisco en México.

Un peregrino eleva un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, mientras observa en pantalla gigante la transmisión de la misa que el papa Francisco ofrecería en la Basílica de Guadalupe. Foto/Orus Villacorta.

Un peregrino eleva un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, mientras observa en pantalla gigante la transmisión de la misa que el papa Francisco ofrecería en la Basílica de Guadalupe. Foto/Orus Villacorta.

A falta de apenas 30 minutos para la llegada del papa, la multitud en Calzada de Guadalupe era inmensa. Niños y adultos buscaban trepar árboles para así poder sortear las murallas humanas que flanqueaban el pavimento por el que cruzaría el papamóvil. En las pantallas gigantes y en los monitores de audio se escuchaba la transmisión que en vivo realizaba una televisora local y así se controlaba la ubicación del heredero de Pedro. La experiencia de haber cubierto en el pasado la visita papal de Benedicto XVI me enseñó que el papa móvil no circula tan despacio como uno desearía, así que preparar la cámara fotográfica en multi-disparo era la opción obligada.

Por fin llegó el momento. Los motores de las motocicletas policiales que abrían camino empezaron a rugir, distintas camionetas avanzaron con premura y a la distancia se veía avanzar veloz y rampante al papamóvil ansiado, un Mercedes-Benz modificado en cuyo habitáculo de vidrio sonreía y saludaba Bergoglio a los acantilados de banderas agitadas.

Clic, clic, clic, clic… Le disparé una ráfaga de fotografías justo en el momento en que todos lo peregrinos que se ubicaron frente a mí decidieron ponerse de pie, saltar, agitar sus banderas y, como si lo hubieran ensayado, estropear cada uno de mis cuadros…

¡Maldición! ¡Ni una sola foto rescatable!

¿Se vale maldecir en ocasión del paso de aquel al que todo el rebaño acudió para recibir su bendición?

De varios intentos... ni una sola foto útil.

De varios intentos… ni una sola foto útil.

El papa desapareció y no hubo manera de ubicarlo de nuevo, más que esperar su misa, su discurso y también el momento más íntimo de toda su la gira mexicana: la contemplación y oración a la imagen de la Virgen de Guadalupe. Vale aclarar que lo de «íntimo» es relativo, pues aquello era transmitido a todo el país e incluso podía verse en pantallas gigantes fuera de la Basílica.

Durante todo ese lapso, afuera, en las calles ocurrían muchas cosas. Por ejemplo, un colectivo feminista (integrado por 6 chicas) había acudido para manifestarse al estilo de FEMEN, mostrando mensajes escritos en sus senos y torsos desnudos en los que exigían que privara un Estado laico en México, así como claridad en el caso de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. El colectivo fue recibido (y despedido) entre abucheos. Si bien lo de ellas fue interpretado como una provocación, muchos de los peregrinos —que justo momentos atrás se mostraron muy entregados a su devoción espiritual— cambiaron de actitud y se tornaron agresivos con las manifestantes.

En ocasión de la llegada del papa Francisco a la Basílica de Guadalupe, un colectivo feminista marchó y exigió un Estado Laico en México. Foto/Orus Villacorta.

En ocasión de la llegada del papa Francisco a la Basílica de Guadalupe, un colectivo feminista marchó y exigió un Estado Laico en México. Foto/Orus Villacorta.

No podía irme de ahí sin captar una foto buena de Bergoglio, así que tocó esperarlo tres horas más, esta vez sí apostado en un buen lugar de la barricada, pues para la salida del papa del lugar ya mucha gente se había retirado, satisfechos casi todos por haberlo saludado. La espera esta vez no fue tediosa. Una señora de unos 70 años, muy devota, me sacó plática por un buen rato, mientras me pedía que le explicara cómo grabar video con su pequeña cámara digital. Juntos esperamos pacientemente el regreso de la caravana papal y, cuando por fin llegó el momento, vimos frustradas (de nuevo) nuestras ansias fotográficas. El papa decidió salir del lugar en una camioneta cerrada y no hubo manera de retratarlo… «como Dios manda».

†††

Una nueva oportunidad para fotografiar a Bergoglio se presentaría al día siguiente, aunque para lograrlo había que pagar una extrema penitencia: presentarse en la catedral de Ecatepec (en el Estado de México) a las 4:00 de la madrugada. Y para lograrlo, había que estar de pie dos horas antes y emprender el viaje.

Así tocó.

Las diligencias e influencias de mi suegro lograron que yo tuviera acceso a dos boletos privilegiados para la misa que el papa ofrecería en Ecatepec. Fui citado en la catedral dedicada al Sagrado Corazón de Jesús y ahí fue cuando más me sentí como un intruso. Centenares de personas que suelen congregarse en distintas iglesias del Estado de México fueron convocadas al mismo lugar. Mientras esperábamos en la capilla a que nos asignaran uno de los múltiples autobuses que nos llevarían al lugar donde el papa oficiaría su misa, comencé a notar que el tema eclesial era norma general y el que no lo masticara era algo así como un marciano. Noté también que, quizás entre más de dos mil personas, yo era el único que había acudido al lugar sin compañía y eso, estar solo, generaba una sensación incluso más extraña que la de ser el único ateo. Lo noté más porque fueron muy pocas personas las que me dirigieron palabra alguna. Era como si ahí venía colado un extraño que no existe. De aquellos buses emergieron familias completas de creyentes, monjas de distintas congregaciones, niños (muchos niños) que parecían muy habituados a estas situaciones, sacerdotes, acólitos… Y yo.

A eso de las 4:30 de la mañana ya los autobuses nos habían trasladado al fraccionamiento Las Américas, lugar donde sería el evento. Comenzó entonces a comportarse inmisericorde el frío de la madrugada mexiquense, que nos recibía al lugar con una extensa fila de acceso y con 6º de temperatura. Y el frío no haría más que empeorar. Durante las tres horas siguientes la temperatura bajaría hasta los 3º grados. Logré uno de los mejores lugares disponibles, por lo que abandonarlo para ir a buscar un café, un atole, un tamal, no era opción. Eso sí, dado el carácter de VIP que nos habían reservado, recibimos hasta refrigerio, pues habría que permanecer en el asiento por al menos ocho horas más.

Para ver al papa en Ecatepec hubo personas que lo esperaron por 18 horas. El frío de la madrugada fue muy intenso. Foto/Orus Villacorta.

Para ver al papa en Ecatepec hubo personas que lo esperaron por 18 horas. El frío de la madrugada fue muy intenso. Foto/Orus Villacorta.

Al ingresar al lugar, llamaba la atención la monstruosidad del altar que le edificaron a Bergoglio. Había también un escenario menor en el que se colocarían los músicos de distintas bandas que amenizarían durante la espera. Los cantantes y animadores elevaban cantos, porras tradicionales mexicanas y hasta la ola, para mantener activa a una masa de gente que ocupaba 45 hectáreas y que llegó a ser de hasta 300 mil feligreses.

«¡El que no salte es ateo! ¡El que no salte es ateo!»

El grito de una de las animadores me hizo reaccionar del letargo y cuasi congelamiento. Por primera vez me sentí requerido, así que, por su puesto, no salté…

Poco a poco se fue llenando el lugar y a hacerse más evidente la diferencia de clases. A eso de las 11:00 de la mañana ya me encontraba entre mucho ‘fufurufo’. Atrás, dividida por alambres de contención, la mayor parte de la feligresía más humilde se apostaba para contemplar, desde la lejanía, a Francisco.

Las fieles más humildes sufrían con el frío, pero se conservaban firmes a la espera del papa Francisco. Foto/Orus Villacorta.

Las fieles más humildes sufrían con el frío, pero se conservaban firmes a la espera del papa Francisco. Foto/Orus Villacorta.

Ecatepec de Morelos es el municipio más poblado del Estado de México. Ahí reside un millón 800 mil personas. Es también uno de los lugares más peligrosos, de los más atormentados por el crimen organizado. Sobre todo, el Estado de México es tristemente famoso por el alto índice de feminicidios. Solamente durante la gestión de Enrique Peña Nieto (el actual presidente de la república) como gobernador, ahí asesinaron a más de 1 mil 200 mujeres. Y, en lo que va el período del gobernador actual, Eruviel Ávila, se ha llegado a la alarmante cifra de 3 mil homicidios (generales) con 1 mil 238 mujeres desaparecidas.

Se esperaba entonces que durante su discurso en la homilía, Bergoglio dedicara algunas palabras al respecto, sin embargo no hubo de su parte alguna mención específica sobre esta crisis. Su homilía se centró en la trascendencia del inicio de la cuaresma, ocasión que aprovechó para motivar hacia la conversión:

«Cuántas veces experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de nuestros amigos o vecinos, el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces hemos tenido que llorar y arrepentirnos por darnos cuenta que no hemos reconocido esa dignidad en otros. Cuántas veces —y con dolor lo digo— somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena».

– Parte de la homilía del papa Francisco en Ecatepec

Mientras Bergoglio edificaba un discurso muy emotivo (en el que incluso llegó a sentenciar con categoría que «con el demonio no se dialoga, porque nos va a ganar siempre»), a mi alrededor contemplaba postales de fe impresionantes. Cientos, miles de feligreses arrodillados o elevando sus palmas al cielo, con los ojos cerrados y viviendo un momento de éxtasis y aparente plenitud.

Estampa de la fe que muchos de los asistentes mostraban al escuchar las palabras del papa Francisco en Ecatepc. Foto/Orus Villacorta.

Estampa de la fe que muchos de los asistentes mostraban al escuchar las palabras del papa Francisco en Ecatepc. Foto/Orus Villacorta.

†††

Terminada la experiencia de Ecatepec, no habría oportunidad de darle más seguimiento a Bergoglio por México. El papa visitaría otros Estados de la república, como Chiapas, Michoacán (donde fue notorio que no hiciera ni una sola mención o condena por el la bochornosa memoria del padre Marcial Maciel y sus Legionarios de Cristo, a quien se le comprobó múltiples abusos, en su mayoría de menores de edad), como también se le criticó duramente que no se reuniera con los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, una molestia a la que luego él respondería en una conferencia de prensa, a su regreso en Roma, excusándose porque «era prácticamente imposible recibir a todos los grupos, que por otro lado también estaban enfrentados entre ellos».

Para Centroamérica hubo algunas palabras de relevancia durante la visita que Francisco realizó a Ciudad Juárez, específicamente en la última misa que celebró en México, cuando retomó el trágico tema de los abusos que sufren los migrantes en su paso por México:

«Aquí en Ciudad Juárez, como en otras zonas fronterizas, se concentran miles de migrantes de Centroamérica y otros países, sin olvidar tantos mexicanos que también buscan pasar «al otro lado». Un paso, un camino cargado de terribles injusticias: esclavizados, secuestrados, extorsionados, muchos hermanos nuestros son fruto del negocio de tráfico humano, de la trata de personas.

No podemos negar la crisis humanitaria que en los últimos años ha significado la migración de miles de personas, ya sea por tren, por carretera e incluso a pie, atravesando cientos de kilómetros por montañas, desiertos, caminos inhóspitos. Esta tragedia humana que representa la migración forzada hoy en día es un fenómeno global. Esta crisis, que se puede medir en cifras, nosotros queremos medirla por nombres, por historias, por familias. Son hermanos y hermanas que salen expulsados por la pobreza y la violencia, por el narcotráfico y el crimen organizado. Frente a tantos vacíos legales, se tiende una red que atrapa y destruye siempre a los más pobres. No sólo sufren la pobreza sino que además tienen que sufrir todas estas formas de violencia. Injusticia que se radicaliza en los jóvenes, ellos, «carne de cañón», son perseguidos y amenazados cuando tratan de salir de la espiral de violencia y del infierno de las drogas. ¡Y qué decir de tantas mujeres a quienes les han arrebatado injustamente la vida!

Pidámosle a nuestro Dios el don de la conversión, el don de las lágrimas, pidámosle tener el corazón abierto, como los ninivitas, a su llamado en el rostro sufriente de tantos hombres y mujeres. ¡No más muerte ni explotación! Siempre hay tiempo de cambiar, siempre hay una salida, siempre hay una oportunidad, siempre hay tiempo de implorar la misericordia del Padre».

– Homilía del papa Francisco en Ciudad Juárez

Recordaré la experiencia de haber seguido al papa Francisco por un par de días y haber sentido un ambiente contrastante. Haber conocido a Lulú, una abuela voluntaria que pasó dos días sin dormir para aportar lo mejor de sí misma y nunca dejar de bromear, cantar y sonreír a mi lado; o también haber conocido a Javier Valencia, otro feligrés oriundo de Teotihuacán, que me pidió que le enviara unas fotografías y, al recibirlas, me invitaría muy amablemente a probar una barbacoa en su casa; como también llevaré en la mente a las dos señoras encopetadas de la fila de atrás, que veían despectivamente a Lulú y a otros humildes, mientras se reservaban el saludo para personas de «su categoría».

Recordaré la experiencia de vivir una visita papal desde el ateísmo, intentando colarme en los pensamientos de estas personas, meditando que quizás desde esta posición pude cuestionar los mensajes que no se dijeron y debieron haberse dicho, el derroche y las cifras millonarias que se manejaron, el reparto de privilegios en el vergonzoso «Mirreynato mexicano»; pero a la vez, recordaré la imposibilidad (ni cercanamente remota) de haber disfrutado la experiencia como esas miles de personas sí lo hicieron, porque ellos volvieron a sus casas felices y cansados.

Y yo volví cansado y resignado.

Quizá a la próxima sí salte, aunque sea solo para socializar más…


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