Relato de un melómano promedio

Siempre quise abusar de Borges para iniciar un texto y esta es la ocasión: «Que otros se jacten de las canciones que han escrito; a mí me enorgullecen las que he escuchado«.

La forma en que se consume música ha cambiado. Lo importante es la canción de moda. Un par de días, mientras aparece otra. No es necesario ni descargarla, la escuchás en streaming. También podés hacer que este elija canciones de acuerdo a tu humor. ¿Y la radio? Muerta como referente musical. Está bien, exagero. Está en agonía, digamos.

No, esta no es una defensa nostálgica de esas que aseguran “mi generación fue mejor”. Mi generación solo fue diferente. Como las que le antecedieron. Conozco a una persona que jamás escucha música en formatos digitales. O lo tiene en vinilo o no lo escucha. Su colección inició hace más de tres décadas. Conozco personas que no saben ni quién canta la canción que les gusta. Mismo espacio; diferentes temporalidades.

No soy apocalíptico. Tampoco un integrado. Puedo resumir mi estado actual parafraseando a Nacho Vegas: «coleccionar música es como intentar atrapar con las manos el aire«.

Tenía 12 años cuando un vecino me regaló el (disco) «Nevermind», de Nirvana. Días después un primo agregó a mi incipiente colección «El espíritu del vino», de los Héroes del Silencio. Ambos eran cassettes. Pasaba tardes enteras escuchándolos. Aprendía sus letras. Acompañado de un diccionario, descubría la distópica visión de Kurt Cobain. Esos fueron mis primeros acercamientos voluntarios a la música.

Después vino el heavy metal, el death, el black, el grind, el doom. Me sentía parte de una secta secreta. Copiaba los cassettes. Fotocopiaba sus libretas. Luego las cubría con cinta transparente. Piratería artesanal. Y los intercambiaba en lugares y horas específicas.

Cuando finalizó el pasado milenio, mi padre compró un estéreo con reproductor de discos compactos. Disfrutaba mucho el arte de los discos de Pearl Jam. De mano en mano se rayaban las mejores canciones de las primeras producciones de Korn. Los de Pantera navegaban sin libretas. Las primeras copias piratas a veces carecían de información de las bandas.

Frente a la UES vendían copias muy bien elaboradas de discos poco accesibles en original. Su precio: 25 colones. El rock argentino, la música “de protesta”, el metal sinfónico, el punk, el oi!, el ska.

La colección crecía. Se diversificaba. Como mi gusto.

A mis 18 años tuve mi primer salario, como mesero. Mi primera compra: un dvd de Rage Against the Machine. $20. Meses después compramos la primera computadora para la casa. Era genial copiar discos que jamás lograría tener de otra manera. Organizaba los álbumes en MP3 por género, año, etc. Copiaba todo lo que llegaba a mis manos. También videos en formatos horribles. Así atrapaba la música.

Después fue el Internet, las descargas, YouTube. La magia de “tener” desaparecía. Como inadaptado, seguía ripiando discos. Escribiendo con marcador MP3 1, MP3 2… Comprando en las tiendas de segunda mano los cd pasados de moda.

Creo que fue en 2006 cuando supe que algunas personas compraban vinilos. Un amigo escuchaba hardcore y eso me mostró que las bandas de esos géneros aún editaban así sus álbumes. Quedé impresionado. Me obsesioné con tener un tocadiscos. Pero llegó como regalo hasta mi cumpleaños número 27. Ya contaba con algunos vinilos de Bach, Mozart y Wagner.

Muchos conocidos veían raro que gastara mi dinero en música, fuera un dvd o un disco compacto. Pero lo del vinilo les pareció inexplicable, absurdo. Otros llegaban (llegan) a mi apartamento a escuchar álbumes completos.

Poseo cuenta en Spotify. Me parece más barata y me genera más placer que tener televisión por cable. Pero para decir que “tengo” un álbum necesito un soporte tangible. La navidad pasada me compre un iPod. Es mi backup.

Me alegra cuando una banda salvadoreña saca un disco compacto. Incluso tengo dos vinilos guanacos de reciente publicación. Uno de ska y el otro de hardcore. También una caja de fósforos que traía el código de descarga del MP3.

No sé qué formato es mejor. Quizá el peor haya sido el cassette. Quizá. Aunque las grabaciones lo-fi de black metal y punk lograban ahí su esplendor. Lo del vinilo pasa por el sonido, pero también tiene que ver con el contacto, con el ritual de la aguja, los detalles de las portadas. Por otra parte, los discos compactos y el mp3 facilitan transportar y compartir. Igual el streaming. Todos con sus pro y sus contras.

Estoy cerca de los 30 y tengo muy claro el valor de la música. Recuerdo a mis viejos amigos por los discos que oíamos. Igual a mis ex-novias. Adoctriné a mi hermana. A veces compro vinilos de pop ochentero porque los escuchaba mamá. Presumo a papá los vinilos clásicos de rock que voy encontrando. Cuando alguien me agrada le recomiendo discos. Nada me resulta más interesante que el gusto musical de las personas. Mido mis trayectos en canciones. Mi novia recuerda poco de los grupos que me gustan, pero nunca olvida los que odio. En los cumpleaños regalo discos. Y cuando hablo con músicos los saturo de preguntas, para mí son seres humanos superiores.

Sí, Nietzsche tenía razón:

“Sin música, la vida sería un error”.

Al menos la mía.


* Gerson Vichez es un comunicador y consumidor de música empedernido. Conduce y produce el programa radiofónico El Espacio y escribe reseñas musicales para Factum. Encuéntralo en Twitter.

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