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Macri, el niño bien que puso fin al ‘kirchnerismo’

Ganó la derecha en Argentina: castigo al ‘kirchnerismo’ después de 12 años de gobierno, dicen los diarios del mundo sobre lo ocurrido aquí, en mi país. Es un título posible. Pero permítaseme brindar algunos datos adicionales al lector interesado ocasionalmente por este rincón de Sudamérica.

Déjeme recordarle que las cosas han andado a los barquinazos por aquí desde la recuperación democrática, hace 32 años. De la primavera alfonsinista de los 80 y el histórico juicio a los comandantes de la dictadura a la hiperinflación. De las privatizaciones y el Consenso de Washington de los 90 al desempleo récord y el estallido social de 2001. De la esperanza de “un país normal” con que sedujo el matrimonio Kirchner a una década que se fagocitó los mejores precios de la historia para los productos del campo argentino en los fuegos de artificio de la demagogia y la hipercorrupción.

Mauricio Macri es un niño bien, formado en colegios de elite, que un día decidió abandonar las empresas familiares para lanzarse a la aventura propia. En 1995 cumplió el que parecía su mayor sueño: ser electo presidente de Boca Juniors, el club más popular del país. Lo tomó casi fundido y en unos años lo enderezó y le hizo vivir el ciclo más exitoso de su historia deportiva. Envalentonado sobre esa plataforma, decidió dar el salto a la política. Tuvo ofertas para sumarse al peronismo, pero eligió el camino más largo y complejo: crear una nueva fuerza que rompiese con el largo bipartidismo de radicales y peronistas. Compitió por la alcaldía de Buenos Aires y perdió en 2003. Fue electo legislador nacional en 2005, ganó la alcaldía en 2007 y fue reelecto en ese cargo en 2011, cuando dejó pasar la posibilidad de competir con una Cristina Kirchner que obtuvo la reelección en el pico de su popularidad, tras la muerte de su esposo.

Durante sus años en la política, Macri se fue corriendo de la derecha al centro. Se mostró más liberal que conservador. Promovió las artes, la cultura y la innovación, revitalizó espacios públicos degradados de la ciudad, impulsó la modernización de la educación y dio un aval pionero al matrimonio gay. Buscó consensos con la oposición, pero abusó de los vetos cuando la legislatura local aprobó medidas que le disgustaron. Aumentó fuerte los impuestos y endeudó las arcas públicas a cambio de parches menores frente a grandes obras de infraestructura que siguen pendientes. Se excusó —a veces con razón— en las trabas de un Gobierno nacional siempre predispuesto a la zancadilla contra su rival político.

Aunque la tentación es fuerte, sería un error caricaturizarlo como el Donald Trump o el Silvio Berlusconi argentino. Macri fue matizando sus modales de hombre rico pero nunca perdió su tono sereno, algo apático y distante, más propio del CEO de una multinacional que de un líder carismático de masas. En su equipo se mezclan amigos de su infancia, ex gerentes de empresas, profesionales que nunca habían participado de la política y otros desencantados con los partidos tradicionales.

Cuando llegó el momento de dar el salto nacional, hizo una alianza con el radicalismo y otras fuerzas menores, pero la columna vertebral de «Cambiemos» fue el PRO, el partido que creó hace una década. Ya en campaña, se desdijo de muchas posiciones del pasado y avaló estatizaciones y programas sociales impulsados por el ‘kirchnerismo’.

Aun así, hasta hace pocos meses su discurso simple, institucionalista y pacificador parecía carecer de las agallas y la destreza política para doblegar al coloso policéfalo peronista. Quedó segundo en la primera vuelta electoral, con el 34 % de los votos. Con una economía estancada y cuentas públicas en rojo, el último empujón en las urnas surgió de las vísceras de una mayoría hastiada con una Presidenta que saturó la escena pública de propaganda, confrontación y un culto autocelebratorio cada vez más distanciado de las dificultades de la vida real.

Macri no sólo ganó la Presidencia. Su partido retuvo la Capital Federal y le arrebató al peronismo, después de 28 años, el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, donde vive más de un tercio de la población nacional. Es un poder inmenso, aunque deberá buscar alianzas en el Congreso, donde el peronismo seguirá siendo mayoría. La agenda de sus desafíos urgentes incluye el control de la inflación, el combate de la delincuencia y el narcotráfico, el desarrollo de regiones olvidadas, la recuperación de la calidad educativa y la promoción de la transparencia en la función pública de la mano de una justicia independiente con tolerancia cero a la corrupción. Todo eso, evitando un ajuste ortodoxo de la economía que provoque mayor desempleo y pobreza, como temen sus detractores.

Es un enigma si Macri dará la talla. Para comenzar, al anunciar su gabinete en las últimas horas, tuvo un gesto que desubicó al fanatismo faccioso que envenenó a la sociedad en los últimos años: confirmó en su puesto al ministro ‘kirchnerista’ de Ciencia y Tecnología, uno de sus más férreos opositores durante la campaña. Valoró su capacidad de gestión por encima de las diferencias políticas.

*Leonardo Mindez es editor del diario Clarín de Buenos Aires

[Foto de mauriciomacri.com.ar]

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