Los asesinos y delincuentes que no matan, no roban, no violan

Hace 10 años viajé a Estados Unidos. Viví en Westubury, en el condado de Nassau, Long Island, en el Estado de New York. Tenía entonces 24 años. No tenía mayores expectativas de este viaje. Mi madre migró a Estados Unidos cuando cumplí seis años. La recuerdo desde siempre trabajando doble turno, viviendo sola y añorando la vida en El Salvador. Desde los seis años no habíamos vuelto a vivir juntas. Mi padre de crianza había muerto y eso me hizo reflexionar en la necesidad de compartir con ella un tiempo; y así fue que viajé.

Ese tiempo me hizo vivir en la piel ser migrante. Hice el trabajo que suelen hacer nuestros compatriotas acá: cuidé niños, pinté pisos, vendí en supermercados, hice asistencia en una clínica de pediatría, di clases de español, entre otras cosas. Hubo un lugar que me marcó de forma especial. Este lugar es una escuela de lenguaje para niños y adultos de inglés y español llamada Westubury Lenguage Center. A la fecha, ahí todavía se imparten clases de español durante el día para niños y clases de inglés para adultos durante las noches. Son dos mundos con mucho contraste en esta casa de idiomas.

En aquellas pequeñas aulas, a partir de las 7 de la noche, desfilaban cada día mujeres y hombres para recibir las clases de inglés en el nivel básico, en su mayoría. Todos los que toman estas clases de inglés son migrantes indocumentados.

My name is Martha
I am from Ecuador, I am 24 years old.
One, two, three, four, five
Good morning, good night, good afternoon

Aquello se solía escuchar desde afuera de los salones, repitiendo a una voz las primeras lecciones de un nuevo idioma.

Algunos apenas tenían unos días de haber llegado a Estados Unidos y ya empezaban a trabajar. Muchas veces ni si quiera estaban preparados para el frío. Llegaban cansados luego de trabajar largas jornadas; otros trabajaban en la construcción de edificios, sufriendo temperaturas bajo cero, sacudiendo de sus botas los restos de nieve y frotándose las manos. Luego iban así, con ese cansancio, después de jornadas de 12, 14 o 16 horas, a recibir clases de inglés. No era fácil que se mantuvieran. A algunos les bastaba con aprender lo básico y pronto desistían.

Pero entre ellos hacían comunidad. Se sugerían para trabajos, se daban recomendaciones, compartían ropa, se explicaban las clases, se contaban sus dolores, se hacían un poquito familia. Cada quién, durante las presentaciones, podía contar cuánto tiempo les había llevado el viaje, a quién dejaban en su país y cuál era su motivación. Algunos expresaban que no se podían parar un solo día porque además debían pagar los $8 mil ó $10 mil ó $20 mil dólares del viaje, dependiendo de qué tan lejos provenían. Martha, por ejemplo, venía de Ecuador. Su cuota de viaje había sido de $18 mil dólares.

Luego de las clases, les miraba caminar por largas cuadras con la nieve encima y llegar hasta sus diminutos cuartos a dormir solos y acompañarse de algún programa de televisión hispano. Así celebraban las navidades, viendo la famosa manzana de Times Square; contando en la soledad los últimos segundos del año; trabajando de sol a sol; trabajando para que al final de mes pudieran enviar el dinero a las familias de nuestros países. Así lo hace todo el mundo: salvadoreños, colombianos, mexicanos, dominicanos, chinos, indios.

Después de diez años, estoy de nuevo en New York, en el mismo pueblo y he visitado a estos amigos de antes. Siguen llevando la misma vida, las mismas jornadas de trabajo, la misma dedicación. Muchos tienen familias acá, han logrado comprar un carro, cambiarse a un mejor trabajo, pero en general la vida sigue siendo igual. Jornadas largas y cansadas, soledad y ausencias, todo para que al final del mes la remesa no falte. Los dobles turnos, recoger latas, dormir en un cuarto compartido, eso es parte de sus vidas y lo hacen sin quejarse nunca de nada, ni cuando son vulnerados sus derechos en los trabajos, ni cuando los jefes acosan a estas mujeres, ni cuando son amenazados.

Estar acá me ha permitido seguir de cerca el proceso de campañas de los candidatos a la presidencia en Estados Unidos. Lo hago como hija de una mujer migrante y ciudadana de un país como El Salvador. El discurso al que más atención le he prestado es al del señor Donald Trump.

No son nuevos para nadie esos discursos de odio que ha sostenido durante su campaña, expresiones por las que se ganó notoriedad. Parecía que en los últimos tiempos ha querido suavizar el tono, pero finalmente la semana pasada nos mostró su cara sin la más mínima prudencia. Sus palabras no mostraron respeto ni compasión. Le escuchaba hablar y pensaba que esto no podía estar pasando de verdad. Quizás era una mala película, de esas donde la exageración y la sátira son las aliadas del argumento. Lamentablemente esto es cierto. Está pasando y, por tanto, nos está pasando a todos.

Migración y otros temas

Algunas de las conclusiones del discurso de Trumpo son las siguientes:

  • Once millones de migrantes que no deben estar en este país y que serán deportados (pese a que, en su gran mayoría, trabajan y pagan impuestos).
  • Una alianza con la policía para identificar a los migrantes acusados de delito. Pese a que un delito en Estados Unidos puede ser simplemente deambular, no portar documentos de identidad, no portar documentos para conducir, orinar en la calle, etc. Se pone en la misma canasta a estos delitos con delitos graves. Acá todos son llamados delincuentes. Hasta ahora, la policía no puede cuestionar un estatus migratorio, pero de ganar Trump, podrán contar con esa licencia
  • La construcción de un muro aún más grande, aún más seguro.
  • Acabar con las acciones ejecutivas de programas como Dreamers. Un total de 2.1 millones de niños que llegaron a Estados Unidos de forma irregular ahora gozan del beneficio de poder contar con permisos de trabajo. Ellos también serían deportados
  • Acabar con las ciudades santuario.

No es una casualidad que las palabras más mencionadas en el discurso de Trump fueran: people (gente) y migration (migración). Es una guerra declarada a la población migrante sin más.

Esto, sin duda, generará crisis humanitarias tanto en Estados Unidos como en los países de origen de estas personas migrantes. La migración es un fenómeno que no se va a solucionar con un muro construido por Estados Unidos o por México. Sólo el pasado 29 de agosto en Rio Grande, Texas, fueron detenidos mil migrantes. Una cifra récord desde 2014, cuando el presidente Obama declaró la crisis humanitaria por los más de 50 mil niños que llegaron procedentes en su mayoría de Guatemala, El Salvador y Honduras.

Durante los últimos años, me he dedicado a trabajar el tema migratorio desde diferentes aristas. Hace poco trabajé un proyecto con la Organización Internacional para las Migraciones. Debíamos documentar el proceso de recepción de las personas migrantes retornadas en El Salvador. Uno de los objetivos de este proyecto, además de mostrar el proceso de recibimiento, era generar un discurso que ayudara a la no estigmatización de las personas migrantes retornadas.

Los migrantes viven bajo el señalamiento y el estigma de ser señalados como ilegales, delincuentes, asesinos, etc. Esto les ocurre lastimosamente en los países de tránsito y destino, pero también en los países de origen, al ser retornados.

Diez, quince, veinte o treinta años pueden pasar las personas migrantes en Estados Unidos, pero al no lograr nunca un estatus migratorio que les permita vivir de forma regular, se ven en la posibilidad de que un día los encuentren manejando sin licencia; o lleguen autoridades migratorias a los trabajo a hacer redadas y no tengan documentos para trabajar; o les vean en la calle, les busquen en sus casas, en los supermercados, etc. Entonces sean detenidos, pasen un tiempo en la cárcel, para luego ser deportados a El Salvador, bajo el estigma de haber cometido delitos y ser delincuentes. Este discurso se repite constantemente, no sólo en la boca de Trump sino que en los medios y en la población en general.

«No advertimos en qué momento ya estamos llamando delincuentes a aquellos que se han sacrificado la vida entera por el país y las familias. Pasan de ser los héroes queridos que mandan las remesas a ser delincuentes».

Me resultó insultante la aparición pública del señor Trump junto con el presidente de México, el señor Enrique Peña Nieto, cuya credibilidad apenas sobrepasa el 20 por ciento, según recientes encuestas. Me pareció un insulto que el presidente de una nación como México diga que sus mexicanos ya no migran a Estados Unidos; que ahora, como nación, ellos debían reforzar la seguridad con sus países vecinos de Centroamérica.

Señor Peña Nieto: sus mexicanos sí siguen migrando. No digo con esto que sea mayor la migración de mexicanos que de centroamericanos; digo que sí siguen migrando porque también México es un país con duros problemas que afrontar.

En el 2014, realicé un documental sobre niñez migrante. Viajamos hasta las zonas fronterizas de Tijuana y Ciudad Juárez. En Tijuana visitamos «El Desayunador Salesiano Padre Chava». Este queda a pocos minutos de la frontera con Estados Unidos. Este desayunador atiende alrededor de mil personas al día con desayunos, cortes de pelo, llamadas por teléfono, duchas, entre otros. La gran mayoría de los que estaban ahí eran mexicanos de estados tan lejanos como Chiapas, Oaxaca o Puebla, que había sido deportados de Estados Unidos; o que se encontraban a punto de cruzar de forma irregular la frontera.

Reforzar la seguridad en las fronteras de México con Centroamérica y Estados Unidos no va a detener la migración; la hará más compleja, violenta y sucia. Generará más crímenes y vulneraciones. Valdría más la pena erradicar la corrupción que está instalada en todo el sistema de nuestro países. Algunos niños en este proceso comentaron abiertamente acerca de cómo migrar implica ahora entrar en una red compuesta por narcotráfico, mafia y cómo los mismos policías y agentes federales eran parte de esta red. ¿Nos vamos a seguir empeñando en contra de hombres, mujeres y adolescentes —ahora muchos más— que quieren buscar una salida o vamos a entender que el problema es sistemático, multicausal y que un muro no hará la diferencia?

No es mi intención pecar de ingenuidad. Claro que hay migrantes que cometen delitos graves, como hay personas ciudadanas de todo el mundo que lo hacen; pero tenemos la obligación de no quedarnos callados ante un discurso como el del señor Trump, quien se expresa de nuestra población migrante como una población enferma, sucia, podrida, asesina y delincuente. No es justo mantener silencio en esto.

Estaba muy atenta al discurso de este señor. Las palabras ya me las esperaba, incluso ese momento en que llamaría delincuentes a los migrantes; y que amenazara con una deportación masiva me parecía predecible. Sin embargo, Trump no se quedó hasta ahí esta vez. Montó además un show para generar una profunda propagación de xenofobia, generando así un profundo odio racial. De pronto entró un grupo de mujeres. Él las presentó como un grupo de mujeres maravillosas —y deben serlo—. Era un desfile de madres que lloraron ante el mundo, a través de los medios de comunicación, a sus hijos asesinados a manos de migrantes. Una tras otra, todas repitiendo: «fue asesinado por un migrante ilegal asesino… fue asesinado por un migrante ilegal asesino… fue asesinado por un migrante ilegal asesino».

Fue lo último que pude ver. No me dio más el corazón. Estaba viendo el discurso junto a mi madre, en su pequeña habitación de muchos años. Le dije que no escucháramos más a un idiota.

Me causa un profundo dolor, además de una impotencia mayor, porque lo mucho o poco que yo pueda hacer, se ve nublado por todo ese odio que se instala en los que lo siguen; y los que lo van a seguir ahora con ese cuadro manipulador y maquiavélico. Me mantengo siempre al margen de las opiniones políticas porque trato de hacer política de una forma más personal y consciente. Pero hoy no me pude quedar callada. Me supera al grado de no poder tolerar escucharle y me da unas náuseas terribles.

Veo en las calles de este pueblo poco conocido un desfile distinto al que presentó el señor Trump; veo gente que desde las seis de la mañana espera el bus, gente que se va con café en el estómago, gente que trabaja durante largas jornadas sin protestar; veo gente que ayuda a otra gente; gente que no se olvida de su país; mujeres que sufren la añoranza de sus hijos y que se alegran de darles la oportunidad de una mejor educación; hombres y mujeres que hacen el trabajo duro y sucio. Veo sobre todo dignidad. Sigo viendo gente que sueña, que corre la milla extra, que sigue queriendo aprender inglés. Sigo viendo a nuestra gente como una gente buena y valiente, como héroes y heroínas de verdad.

Mis grandes amigos en Estados Unidos son migrantes de todos lados, son personas maravillosas y trabajadoras. La condición de migrante no te hace un delincuente. Me duele que este discurso ahora se haya vuelto el consumo mediático posiblemente de todo el mundo. Así funcionan las cosas: repite tantas veces sea posible un discurso, hasta que todo el mundo acabe por creerlo.

Sé y no sólo creo que migrar es un derecho que tenemos, porque tenemos derecho a buscarnos la vida. Mi madre es la mujer qué más admiro. Por ella no me quedo callada ahora, por ella y por muchas más. No le permito, señor Trump, que a estas mujeres y hombres (también migrantes), cuyas vidas me han inspirado, se les llame asesinos, ilegales, delincuentes.

No voy a hablar más de las jornadas de trabajo —muchas veces mal pagadas—, de las explotaciones y las amenazas, de las manipulaciones. Eso ya lo sabemos. Quiero hablar de reconocer en nuestros migrantes, a una población valiente, sacrificada, que sostiene a nuestros países, que han dejado sus vidas en las casas limpiando alfombras y lavando platos. Es gente a la que le toca llorar a solas y vivir de la añoranza; gente que se pierden la vida por ser sustento.

No le permito, señor Trump, que su discurso de odio ensucie las historias de vida de las personas que más me han enseñado. Por eso he dejado de escucharle. Me ha parecido asquerosa su forma de manipular a todos; incluso a estas pobres madres que perdieron a sus hijos. ¿Pero hacerlas desfilar en público —llorar y que todas digan el discurso que usted les ha puesto a decir—? Esto me supera.

El miedo es terrible, pero el amor, ese sí que puede con todo. Que no nos dé miedo defendernos, apoyarnos, reconocernos. Para esto tenemos que amarnos más y ahí es quizás donde debemos trabajar primero.

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