La Selecta y la ironía del Día del Sindicalista

Les han llamado «princesos», apátridas, inútiles, traidores, indilgues y varios cariñitos más de semejante fineza. La mayor parte de la afición futbolera —e incluso aquellos a los que les importa un carajo el deporte más popular del país, pero que se siente capacitados para opinar de lo que sea— les ha pintado la letra escarlata en el pecho y ha lanzado un anatema contra los futbolistas que se han declarado en rebeldía si la Federación Salvadoreña de Fútbol (FESFUT) no les cumple ocho peticiones que expresaron (de manera privada) para mejorar las condiciones de trabajo. Ayer, por ejemplo, en una discusión sobre este tema en el muro de mi Facebook, un colega foto-periodista llegó al punto de llamarlos «amañadores» (sin prueba alguna) y compararlos con los pandilleros al acusarlos de ocupar el mismo modus operandi de una ladilla social: el chantaje y la extorsión.

Y pregunto: ¿acaso no se estará exagerando un poco? ¿De verdad se está haciendo un análisis justo de lo que está ocurriendo con el fútbol profesional en El Salvador o es simplemente un desahogo por tantas cosas que funcionan mal en nuestro país?

En el caso específico del fútbol, ¿no se estará cometiendo el error de enfocarse únicamente en el diagnóstico de la enfermedad terminal del paciente sin tomarse el tiempo para evaluar los motivos que lo llevaron al estado semicomatoso actual?

Esta columna no trata sobre los intereses deportivos inmediatos del simple aficionado (si la Selecta ganará, empatará o qué tan grande será el canasto en el que se traiga la goleada que recibirá en el Estadio Azteca). No, esta columna cuestiona si el juicio de los salvadoreños  está enfocando realmente su desprecio hacia los verdaderos culpables del colapso actual. Esta columna no trata sobre si los futbolistas salvadoreños —a cualquier nivel— son cracks, son competitivos o si son unos simples petardos.

Esta columna busca que todos actuemos con congruencia al medir la situación actual y responder la siguiente pregunta: si sos de aquellos a los que sí les importa este deporte, ¿querés un representativo nacional de fútbol profesional o uno de fútbol amateur?

A partir de ahí nos ubicaremos en un buen punto de partida para hacer un necesario acto de conciencia de nuestros juicios…

Las exigencias

Ayer lanzaba en mi cuenta de twitter un ejercicio de encuesta situando a la gente en un panorama similar al que atraviesan los seleccionados salvadoreños:

La pregunta tiene trampa, porque hace una alegoría sobre la asimilación del futbolista seleccionado como alguien profesional.  Incluso la quinta acepción que la Real Academia de la Lengua Española hace del adjetivo «profesional» menciona como ejemplo al fútbol, y hace referencia a lo «hecho por profesionales y no por aficionados«. Mientras que la tercera acepción menciona que un profesional es el «dicho de una persona que practica habitualmente una actividad, incluso delictiva, de la cual vive». Es decir, la RAE excluye a los aficionados o amateurs. Añade además que el profesional vive de la actividad que practica, independientemente de si es moral o amoral, de bien común o de interés personal.

Entonces, ¿cómo debemos considerar al seleccionado nacional? ¿Profesional o amateur?

El próximo 13 de Noviembre, la selección salvadoreña de fútbol jugará en un estadio de práctica profesional, un coliseo romano que intimida a los más guapos del mundo, un recinto con capacidad para un poco más de 105 mil aficionados. Lo hará contra México, vigente campeón de la CONCACAF. Para ampliar al contexto del profesionalismo del rival, menciono el caso del director técnico Ricardo «El Tuca» Ferreti, quien meses atrás fue contratado para asumir un solo partido oficial y afrontar una sola misión: vencer a Estados Unidos y, por ende, clasificar a la próxima Copa Confederaciones de 2017. Ferreti cumplió, México ganó ese juego y la Federación Mexicana de Fútbol le premió con 500 mil dólares. Así, tal cual, un técnico que llegó como bombero, por ganar un partido oficial, se agenció un premio de medio millón de dólares.

Pues bien, a los seleccionados salvadoreños la FESFUT les exige que se pongan el traje de profesionales y asuman el desafío de puntuar —o al menos hacer un papel digno— en el juego contra México y el resto de la eliminatoria. Es decir, les otorga la misma categoría de profesionales que a sus adversarios, con las exigencias que se le hacen a un experto, a un capacitado, ¿no? Entonces, me pregunto: ¿porqué por tanto tiempo la FESFUT les ha da un trato de simples amateurs cuando los intereses corresponden al nivel local?

Dado que vivo en México, me tomé el tiempo de leer en su prensa algunos comentarios de aficionados mexicanos que recién se enteraban del desastre de preparación que El Salvador está viviendo para enfrentarlos el próximo 13 de noviembre. Al informarse de que los seleccionados salvadoreños exigían en un pliego petitorio cosas como hospedarse en un hotel  de mínimo cuatro estrellas para las concentraciones, mejores viáticos o un bus para transportarse mejor, la mayoría de los aficionado mexicanos no lo podía creer.

El comentario de uno de ellos me llamó la atención. Decía así:

«Es deplorable que no les paguen viáticos y un hotel decente. ¡Ya ni la tercera división de México!»

Y es que a muchos mexicanos se les hace inconcebible y hasta ridículo que una selección mayor de fútbol profesional esté pidiendo cosas elementales como tres boletos de los juegos de local en la mejor zona del estadio para sus familiares y que, habiendo hecho su petición, su federación les conteste que no, que solo dos boletos se les puede entregar. Para ellos eso no es digno ni de su tercera división. Y, lamentablemente, esa es la imagen que internacionalmente está dando nuestro fútbol.

Entendamos que es un negocio

Sé que a muchos románticos apasionados no les gusta verlo así, pero lamentablemente el fútbol es un negocio, y a ciertos niveles —como el de las selecciones internacionales— es un negocio millonario y muy lucrativo.

Leo a muchas personas que opinan que el dinero del fútbol debería invertirse en cosas más productivas para el país, como la salud, la educación o la seguridad. Estas personas deben entender que buena parte del dinero que genera el fútbol es ajeno al control del Estado, y que incluso la administración actual del Instituto Nacional de los Deportes (INDES) decidió recortarle cuantiosamente el presupuesto a la FESFUT para el año 2015 —debido a que consideró que esta federación no posee una capacidad óptima de gestión, por ejemplo en la poca claridad en las Asociaciones Departamentales de Fútbol Asociado (ADFAS)—, dejándolo en 550 mil dólares.  El resto del dinero procede de FIFA, cuyo escándalo de corrupción está ligado a la compra de votos en elecciones de sedes mundialistas y que derivan en repartos favorecedores de dinero a las distintas confederaciones del mundo. A esto debemos sumarle la inyección de dinero de otros agentes no estatales, como por ejemplo los patrocinios, la venta de derechos televisivos y las recaudaciones en taquilla de juegos oficiales y amistosos.

Créanme que esa no es poca plata.

Entonces, entendamos que el fútbol profesional es un negocio millonario en el circuito internacional y que muchos de los futbolistas —pese a tener un desastroso manejo de redes sociales— forman parte de él y entienden acerca de estas morbosas cantidades de dinero que se mueven alrededor del espectáculo que ellos ofrecen —independiente e irrelevantemente de si su show es muy alto o muy precario—. Ellos saben que, con tanto dinero circulando alrededor suyo, al menos merecen las condiciones estándares del fútbol internacional con el que se les ha pedido que compitan.

Sé que muchas personas consideran también que la cantidad de dinero que los futbolistas seleccionados salvadoreños reciben no está acorde a la realidad del país o a los resultados que ellos ofrecen. Pero ese análisis no encaja con la realidad de la competencia internacional, esa misma a la que se les ha exigido que se inserten. Si se desea competir contra los profesionales, la FESFUT debe generar las condiciones mínimas para la práctica profesional, no la amateur.

Algunos otros incluso opinan que sí están de acuerdo en concederle las peticiones a los seleccionados en rebeldía, pero solo después de que ofrezcan resultados positivos. Y yo pregunto: ¿quién extorsionaría o a quién entonces? ¿Qué otra federación de fútbol en el mundo trabaja con base a un futuro lleno de promesas y un presente repleto de precariedades?

Dos niñas contemplan un juego de la selección salvadoreña de fútbol. Foto de Frederick Meza.

Dos niñas contemplan un juego de la selección salvadoreña de fútbol. Foto de Frederick Meza.

Por otra parte, si usted es de los que utiliza como ejemplo de «orgullo patrio» al desamparo en el que se manejan «los cangrejitos» de la Selección de Fútbol Playa —un maltrato que debería avergonzar a los federativos—, entonces lo que está haciendo es fomentar la perpetuidad de ese abandono. Si usted entiende que quejarse está mal y que, por el contrario, admitir el maltrato es lo correcto, pues entonces le invito a que revalúe sus juicios.

Este próximo 31 de octubre se celebra en El Salvador el Día del Sindicalista. Muchas personas destacan la labor sindical de miles de salvadoreños que por años han luchado y han exigido mejores condiciones de trabajo amparados en la huelga como una manifestación válida de presión ante la explotación y el abuso. ¿Porqué la doble moral de muchos salvadoreños hace que a los futbolistas que han exigido mejores condiciones de trabajo se les vea ahora como parias? ¿Sólo porqué es fútbol y usted no lo considera como algo serio? O quizás sea por la amargura de ver cómo estos jugadores acceden a remuneraciones económicas que usted considera injustas para alguien que desempeña algo tan poco relevante como una práctica deportiva.

Si usted razona así, entonces permítame decirle que vive de espaldas al negocio del fútbol y sus reglas de mercado. El mundo es así, aunque no quiera creerlo o no le guste. Solo este año, Lionel Messi recibirá 65 millones de euros por darle de patadas a un balón y usted contribuye con una ínfima parte de ello desde el mismo momento en que paga por verlo jugar, desde la comodidad del televisor de su casa o del chupadero de turno.

Interesante ironía, ¿no cree usted?

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