La estupidez más grande (actualizado)

*Primera versión publicada el 8 de enero de 2014.

En Factum creemos en la libertad de expresión sin cortapisas. Una sociedad sin debate está condenada a morir con violencia. Por eso nos unimos al luto que embarga al mundo desde que al menos tres hombres armados mataron a 12 personas en la redacción de Charlie Hebdo, una revista satírica en París, la capital francesa. Entre las víctimas están los caricaturistas Jean Cabut, Georges Wolinsky y Bernard Verlhac, y el editor en jefe, Stéphane Charbonnier.

Los pistoleros, ciudadanos franceses, entraron a la redacción cuando el staff sostenía una reunión. Tras la masacre, salieron del edificio gritando «Allahu Akbar» (Dios es grande, en árabe). Ningún grupo islámico se había adjudicado, hasta hoy en la madrugada, la autoría de la barbarie.

La indignación recorrió las redes sociales y los círculos políticos del mundo durante todo el resto del miércoles. Los principales periódicos y noticieros del planeta dedicaron sus portadas y titulares a la barbarie. «Charlie Hebdo nunca se autocensuró; ningún medio debería hacerlo», escribió el Wahsington Post en su editorial.

Desde aquel día hasta ahora se han sucedido las manifestaciones de condena a la masacre y de apoyo a la sátira de Charlie Hebdo, pero también pertinentes cuestionamientos a los alcances de la libertad de expresión en un mundo carcomido por la xenofobia, el racismo y la intolerancia. Hay quienes -columnistas, servidores públicos, intelectuales- han cuestionado a la revista por irrespetar creencias que son sagradas para millones de personas en el mundo, o el oportunismo de líderes mundiales que han aprovechado la desgracia para promover agendas personales. Todo esto, como bien apunta el periodista Carlos Dada en una columna que publicó en El Faro, es parte de una discusión relevante, importante en estos días.

Lo que debe ser tajante, sin embargo, es la condena absoluta a la violencia asesina que, alimentada por el fanatismo y la intolerancia, apela a la muerte para silenciar a quienes no son iguales o piensan distinto.

Fue hasta hace muy poco que en El Salvador los brutos, los intolerantes, los incivilizados callaban la disidencia con balas.  Y el fantasma de la censura y la autocensura aún recorre nuestros medios de comunicación, como lo escribió el Departamento de Estado de los Estados Unidos en su informe sobre los derechos humanos de El Salvador para 2014: «algunos editores controlan los contenidos y censuran a sus periodistas», dice ese reporte.

Charlie Hebdo, según todas las reseñas sobre la masacre escritas en la prensa occidental, nunca se censuró, aun cuando la mayoría de sus contenidos eran duras críticas a los fanáticos religiosos (católicos, judíos o muslmanes) que tanto daño han causado a la huminadad. Por eso mataron a sus cerebros.

En el prólogo de su libro «La muerte anunciada», sobre la masacre de la UCA en 1989, la investigadora estadounidense Martha Doggett parafresea al general franquista José Millán Astray, quien en un célebre enfrentamiento con el intelectual Miguel de Unamuno gritó «Muera la inteligencia». Eso pretenden estos fanatismos y totalitarismos: matar el poder transformador de la inteligencia.

Como una forma de homenaje, pedimos a cuatro caricaturistas que nos permitieran usar sus viñetas para ilustrar este espacio. Durante toda la semana pasada encabezamos con una caricatura que Otto Meza publicó en su cuenta de Facebook el mismo día de la masacre. Hoy agregamos los trazos de otros tres artistas: Alecus, quien publica en El Diario de Hoy; Calacín, ilustrador independiente que ha publicado en La Prensa Gráfica y se especializa en el dibujo para animación; y de Death´s Rose (Diego Rosales), un joven ilustrador.

Vea en el siguiente enlace los trabajos de los cuatro caricaturistas sobre Charlie Hebdo. 

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