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Genzoman: “Los latinos hemos perfeccionado lo que otros hacen en ilustración”

No todos los días El Salvador recibe la visita de un ilustrador con el talento que tiene el chileno ‘Genzoman’.  Su visita obedeció a las actividades de la Feria Internacional de la Lectura Infantil y Juvenil de Centroamérica (FILIC). Factum aprovechó para platicar con él y conocer más acerca de su experiencia.

Fotos FACTUM/Gerson Nájera


Gonzalo Ordóñez resulta simpático de entrada. Alto, robusto y afable, siempre tiene una sonrisa en los labios y habla con la suavidad propia de los chilenos. La tarde de esta entrevista, mientras enseñaba a una veintena de personas cómo bocetar un Batman desde su computadora, bromeaba cada cinco minutos y descomponía su proceso con la habilidad de un maestro por vocación y no por obligación. Nadie parecía estar incómodo por el calor o el ruido afuera del salón; los alumnos reían, apuntaban y no dejaban de preguntar. Es evidente que Ordóñez no solo tiene talento, sino carisma.

Lo que no anuncia esta actitud tranquila es su otra identidad: Genzoman, ilustrador fantástico con un amplio portafolio en cine, videojuegos y cómics. Fue elegido «Mejor ilustrador de fantasía» por la revista Imagine FX , superando a gigantes  visuales como H.R. Giger. Con clientes como Universal Studios, Capcom, Marvel o Blizzard, su trabajo ha destacado en universos como los de Street Fighter, Godzilla y Overwatch. Ha impartido talleres en distintos países, desde México hasta Japón. 

Genzoman se encuentra de visita en Centroamérica como parte de la Feria Internacional de la Lectura Infantil y Juvenil de Centroamérica (FILIC), impartiendo charlas y talleres sobre su trabajo. Durante uno de sus talleres en San Salvador platicó con esta revista sobre sus inspiraciones, motivaciones y el estigma cada vez menor que padecen los estilos fantásticos.

Gonzalo Ordoñez «Mr. Genzoman» es un artista del cómic e ilustrador chileno. Estuvo de visita en El Salvador e impartió un taller de ilustración infantil en la Casa de la Cultura en el Centro Histórico de San Salvador. Foto FACTUM/Gerson Nájera.


¿De dónde viene tu nombre artístico, Genzoman?

Lo uso porque hubo una época del internet, a inicios de los 2000, la era de los foros, donde todo mundo tenía nombre de animé. A mí me gustaban mucho los Súper Campeones. Benji, el arquero de la serie, tenía un gorro Genzo –el nombre japonés del personaje, Genzo Wakabayashi- y me quedé con ese nick.

Yo parto haciendo dibujos de fantasía, que en esa época no eran muy bien vistos, de corte medio para adultos. No quería que mis alumnos supieran esto, así que escojo también el nombre para evitar un problema. Pero el nombre se quedó. Llamo a las empresas y si digo Gonzalo Ordóñez no reaccionan, hasta que digo Genzo es… “¡Ah, ya!”.  Al día de hoy, hay más  gente, incluso en mi familia, que me dice Genzo más que Gonzalo.

Estudiaste pedagogía y luego te volviste ilustrador. Muchos artistas lo hacen al revés, terminan convertidos sin querer en educadores. ¿Por qué fue distinto en tu caso?

Primero estudié diseño. En ese tiempo, un trabajo bien pagado. En Chile el panorama empezó a moverse del profesional al técnico en diseño y la competencia era difícil. Un profesor me recomendó escapar hacia algo más artístico porque veía en mí el tema del dibujo. Dado que vengo de una familia de profesores y observando profesores de cierta edad que necesitaban un cambio generacional, me metí a eso. Tuve la fortuna de aprender con grandes chilenos como Jucca, Patricio González y Pato de la O, que fueron enfocándome más hacia el dibujo. En el segundo año de la universidad empecé a recibir ofertas de trabajo de agencias. Estaba ganando más dinero como dibujante que como profesor. 

Hay un período que yo denomino como «la jaula de oro». Cuando uno está recién fijo quiere quedarse en ese trabajo. El mundo del freelance da miedo por eso: no es ni fijo ni estable. Es una jaula que te protege con el sueldo y te protege de los peligros que significa no tener previsión. Pero una vez te das cuenta de que no es tan difícil, te lanzas por la vida y te quedas con eso.

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¿La ilustración te vino también del anime?

Soy de una generación que queda un poco desencantada de los cómics americanos. Justo en los años ochenta, estos cómics llegan a un punto en el que  se “adultizan”. Ya sea con el año uno de Batman, de Frank Miller; u otros de un carácter más adulto. El anime viene a ocupar un poco ese espacio para niños. Crecí viendo Robotech, Candy, Remi y luego, en los noventas, con Dragon Ball, Sailor Moon, los Caballeros del Zodíaco. También al ser un gran fan de los videojuegos, la mayoría de los juegos importantes de ese tiempo eran japoneses. Tenían una estética muy marcada.

De hecho, me moví más al dibujo occidental cuando empecé a trabajar para agencias en los dosmiles. Estaba de moda El Señor de los Anillos y te exigían ese estilo. Pero yo me movía originalmente hacia el anime. 

Te preocupaba que tus alumnos descubrieran tu trabajo, muy cercano al fan art (arte creado por fanáticos de obras de ficción y derivado de un elemento del mismo.) ¿Ha cambiado la percepción negativa hacia a este estilo?

Pasa algo poderoso con el fan art. Siempre nos dicen mucho que copiar es negativo, es algo feo. Pero cuando tú entras a la escuela de bellas artes tú estás seis meses copiando una pintura hasta que el profesor dictamina que quedó bien. ¡Copiar es muy importante! Nosotros aprendemos a hablar copiando a nuestros padres, por eso nuestras voces son tan similares. En la pintura, como en las artes marciales, hay que repetir hasta eliminar movimientos extras. Copiar forma parte de esa base. 

Movernos hacia estos estilos ayuda a que los editores nos busquen. Por ejemplo, con un personaje como Darth Vader, que lleva treinta o cuarenta años dando vueltas, el aporte de alguien que lo dibuje sería un enfoque desde su realidad, desde su punto de vista, desde su generación. Eso redibuja al personaje como algo completamente nuevo. El fan art hay que mirarlo como un cariño del público, pero también como una oportunidad de revisitar cosas que a todos nos gustan. 

Gonzalo Ordoñez impartió un taller de ilustración infantil en la Casa de la Cultura en el Centro Histórico de San Salvador. Foto FACTUM/Gerson Nájera.

¿Qué elementos te ha dado  tu identidad latina para revisitar estos personajes y sagas?

Nosotros tendemos a tener una mirada “autodespreciativa” de nuestros orígenes, pero todo lo relacionado a nuestra cultura nos potencia. A mí me pasa mucho con las pinturas de carácter fantástico. Soy chileno, pero trabajar con Televisa en proyectos como «Mitos y Leyendas» me ayudó a conocer Xibalbá, la cultura azteca y maya. Me dio otra perspectiva sobre muchas cosas que tenemos en común, estas cuestiones atávicas, chamánicas… que difícimente un europeo las va entender, porque viene con el hecho que, para nosotros, las leyendas no son solo leyendas. Son parte de nuestro día a día. A mí me da mucho miedo salir al campo de noche y encontrarme a «La Llorona», por ejemplo. Un americano quizá no tiene eso.

Eso nos ayuda a comprender el mundo de una forma más animista, muy parecida a los japoneses. Para ellos, la naturaleza es un ser vivo, una criatura extra, otro protagonista de la historia. ¡Para nosotros también! Tenemos volcanes, terremotos, etc. En Chile tenemos tsunamis. Tenemos un bagaje histórico distinto. Se mezcla la  ascendencia europea con el acervo cultural indígena, algo que no tienen otros pueblos.

¿Esa sensibilidad te ayudó para abrirte camino internacionalmente?

Yo diría que sí. Los latinos estamos en un punto maravilloso: lejos de los centros de producción, pero podemos consumir de ambas cosas y mezclarlas. Hoy por hoy, muchos latinos están trabajando en el mercado de videojuegos, en cómics, en animación. No tenemos que creernos europeos o japoneses, sino eso: que los latinos hemos perfeccionado lo que otros hacen en ilustración.

Creo que estamos muy bien vistos afuera. Me pasa que a veces estoy enfermo y me piden que recomiende a un reemplazo… “pero que sea latino”. 

Entonces ser latino es un plus.

¡Lo es! Es sinónimo de rapidez, porque queremos demostrar lo que valemos. También somos, muchas veces, más económicos y tenemos esta mezcla que nos hace únicos. 

«Genzoman» considera que ser latino genera características que se destacan sobre el trabajo que hacen otros ilustradores procedentes de otras partes del mundo. Foto FACTUM/Gerson Nájera.

En otra entrevista afirmabas que has hecho casi todo lo que querías de niño. ¿Qué te motiva a seguir creciendo y perfeccionando tu estilo?

Tres cosas. Primero, que te mantiene joven. Te mantienes con una idea fresca, buscando cosas. Muchas veces me entero antes de cosas o proyectos que van a venir. Si te gusta esto, te mantiene vivo. Por otro lado, te permite conocer mucho. Gracias a la ilustración he estado en Europa, Japón, en El Salvador. Agradezco la oportunidad de conocer artistas, culturas, movimientos; cada país está cocinando lo suyo y poder llegar a eso es fabuloso.

La tercera –y la más rica– viene de una referencia que puede ser demasiado ñoña. Hay una serie, Otaku no Video, sobre un grupo de frikis que hacen figuras y juguetes. Uno de ellos se levanta y dice: «me cansé de ser un otaku; yo quiero ser un otaking». Ser el fanático que hace cosas para los fanáticos. Estoy ahí ahora: parte siendo fanático de las sagas, parte dejando mi granito de arena en ellas. Pocas cosas hay más gratificantes que trabajar en lo que te gusta. 

¿Tenés hijos? ¿Conectás con ellos a través de tu trabajo y aficiones?

Tengo dos hijos. ¡A ellos les gusta! Les gusta mucho esto de tener un papá que está siempre en la casa, juega videojuegos con ellos y puede ver películas montones de veces con ellos. Por ese lado es bastante rico. Trabajar como freelance me permite tener libertad para estar cerca de ellos. Por otro lado, hace que las salidas sean más divertidas. 

Hablando de generaciones jóvenes, ¿qué tratás de inculcar en tus alumnos?

Me interesa que se vayan con la idea de que esto no es un don, no es una habilidad. Es técnica, es trabajo. Muchas veces la gente tiene esta extraña idea de que los escritores o escultores son como que bajó Dios del cielo y les dio un regalo. Eso es falso. Tú puede ser el mejor dibujante del mundo pero si no pules tus habilidades naturales, nunca vas a llegar a nada. Es importante que ellos conozcan los procesos teóricos y técnicos para que se den cuenta de que se puede llegar a ese resultado con base a esfuerzo, principalmente. 

Genzoman cuenta que sus hijos disfrutan de tenerlo cerca siempre. El ilustrador chileno confiesa que hace tiempo tuvo mucha influencia del anime y que creció viendo mucha televisión, con estilos como los de Robotech, Candy, Remi, Dragon Ball, Sailor Moon y los Caballeros del Zodíaco. Foto FACTUM/Gerson Nájera.

Como un ilustrador exitoso internacionalmente, sos un referente e inspiración para quienes te ven y aprenden de vos. ¿Lo sentís así?

Quiero que también los chicos se den cuenta de que se puede. Por ser latinos nos quedamos mirándonos el rabo y diciendo: «caray, no se puede hacer esto». Uno tiene que tocar puertas, porque las puertas se abren en la medida que hay insistencia. Yo estoy acá, sentado ahora, veinte años después de tomarme esto en serio. Por algún lado se empieza, se avanza y se llega.

¿Qué te llevás de esta gira por Centroamérica?

Yo no conocía ni Guatemala, ni El Salvador. En Suramérica estamos algo desconectados de Centroamérica. Deberíamos acercarnos más. Ha sido una oportunidad maravillosa, sobre todo para apreciar y comprender artistas, movimientos e iniciativas in situ. 

En El Salvador fui a una escuela e hice la parte demostrativa de cómo dibujo. Los niños se acercaban y decían cosas como: «quisiera ser como tú», «¿eso se puede hacer?» y «¡oh, lo hiciste tan rápido!». Ves la mirada de los niños y entiendes que ese pequeño momento lo hizo dedicarse con un poco más de cariño al dibujo. Va a sonar a tontería, pero más que los pagos o los premios, te das cuenta de que esos son los premios que valen la pena: poder pasar esa posta generacional, para mí, es lo que vale la pena.

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