Elecciones «midterm» en EUA y los salvadoreños

Silver Spring. Buena parte de los Estados Unidos votó ayer. Hubo elecciones locales en condados -equivalentes a nuestras municipales- y estados y hay comicios federales para renovar 33 curules en la cámara alta del congreso en Washington, el Senado, y otras tantas en la cámara baja. ¿Son estas elecciones importantes para los salvadoreños que viven aquí? Sí, porque de su resultado depende, en buena medida, el futuro inmediato de las acciones que el legislativo estadounidense tomará en torno al tema migratorio, el que más interesa a los salvadoreños en particular y a los latinos en general.

Todas las encuestas y análisis coinciden en que, a menos de que ocurra un milagro de última hora en los cuarteles del partido demócrata, los republicanos ganarán la mayoría en el Senado y mantendrán el control de la casa de representantes, la cámara baja, con lo que pasarán a mandar en el congreso de los Estados Unidos y, por tanto, a determinar la agenda legislativa -y política en gran medida- en Washington durante los dos últimos años de la administración Obama.

Los republicanos adquirirán el control absoluto del Legislativo por primera vez desde 2007. Este dato es hoy importante: el partido republicano que se alista para tomar las riendas de Capitol Hill es, en estos días, un instituto dominado por la nueva derecha estadounidense, una más radical, menos tolerante con la migración, enemiga acérrima del excesivo gasto público y, por ello, de buena parte de los programas de bienestar que han solido beneficiar, en los últimos años, a importantes poblaciones latinas.

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Empiezo con el tema migratorio, que es uno de los que más interesa a los votantes latinos, según el Pew Research Center. Y aunque es cierto que estos ciudadanos suelen dar la espalda a las elecciones legislativas y municipales, su apatía puede determinar resultados, sobre todo en estados donde los demócratas cuentan con esos votos para sobrellevar competencias electorales que se pintan bastante cerradas.

Que los republicanos tomen el control absoluto del congreso significa, en pocas palabras, que la reforma migratoria aprobada por el Senado bajo control demócrata en 2013, la cual murió al llegar a la cámara baja controlada por mayoría republicana, recibirá definitivamente el tiro de gracia. Quedará muerta y enterrada. Por un buen rato.

Ya en las sesiones de 2013 y 2014 la cámara de representantes, bajo el liderazgo del republicano de Ohio John Bonner, mandó a dormir la reforma, por razones electorales: la derechización del partido, empujada por el movimiento conservador interno conocido como Tea Party, obligó a muchos candidatos y líderes a endurecer postura en temas como la seguridad fronteriza y la legalización de indocumentados para galvanizar el voto blanco del que depende.

Aun Marco Rubio, potencial presidenciable republicano en 2016 y uno de los gestores de la ley pro-reforma en el Senado, debió retractarse y matizar su apoyo a la causa migrante en el afán de no perder al voto duro de su partido.

Decía, al principio, que de los resultados de estas elecciones depende el futuro de esa reforma y la posibilidad de que Washington empuje la regularización de unos 11 millones de indocumentados. Y decía que los republicanos bloquearán cualquier intento al respecto en el Congreso. La previsible derrota demócrata, sin embargo, puede ser el principio de una especie de efecto mariposa político que termine de empujar a la Casa Blanca de Barack Obama a tomar acción unilateral -vía decretos ejecutivos- para profundizar en acciones como el DACA -acrónimo en inglés para el programa que regulariza a hijos jóvenes de migrantes que llegaron a Estados Unidos sin documentos antes de 2013- o, incluso, para ordenar una amnistía más amplia.

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Del Pew Research Center: Desencanto en el voto latino porque Obama no ha regularizado a indocumentados.

Por hoy, y casi desde el principio de su segundo término como presidente, que inició en noviembre de 2012, el lobby pro-migrante no ha cesado de presionar a Obama para que, a falta de acción desde el Legislativo, proceda a hacer de la regularización masiva uno de sus legados. Uno arriesgado.

Hay analistas que creen que, ante la toxicidad del tema migratorio, los presidenciables demócratas acudirán, de cara a las primarias hacia 2016, al truco tradicional de prometer legalización, reforma o amnistía para terminar no haciendo nada. Para otros, sin embargo, el voto latino es ya más sofisticado, y demasiado importante para los demócratas en estados clave en las presidenciales -Florida, Virginia, Colorado, Nevada, Illinois-, como para que los candidatos puedan plantearse una oferta de promesas sin contenido. Y hay quienes, los menos, creen que Obama ya decidió pasar a la historia como un presidente que dejará la Casa Blanca con un índice muy bajo de popularidad, pero con un par de políticas públicas trascendentes bajo el brazo: la reforma de salud -que permitió asegurar a unos 30 millones de estadounidenses, muchos de ellos latinos- y la reforma migratoria.

En resumen: el previsible triunfo republicano de este martes va a dinamitar cualquier posibilidad de acción migratoria en el Legilsativo, pero puede terminar de convencer a la Casa Blanca de firmar una amnistía unilateral.

También son importantes estas elecciones en el ámbito local. Uso, aquí, el caso del estado de Maryland -que es donde vivo desde hace cinco años y es una realidad política que he llegado a conocer- para ilustrar.

Maryland es uno de los estados más liberales -término que periodistas y analistas usan en Estados Unidos para nombrar a la izquierda- de la nación. Aquí hay controles rígidos para comprar armas de fuego, aquí hay matrimonios entre personas del mismo sexo, aquí los migrantes indocumentados pueden sacar licencia, acceder a servicios públicos de salud y ser propietarios de viviendas. Aquí los demócratas suelen ganar las presidenciales con casi el 60% de los votos.

En Maryland, sin embargo, la carrera por la gobernación -máxima oficina ejecutiva en el nivel estatal- se ha vuelto bastante reñida. Uno de los contendientes es Anthony Brown, afroamericano, demócrata y lugarteniente del gobernador saliente, Martin O´Malley, quien es muy cercano al voto latino y, para más señas, viajó en 2013 a El Salvador -en su itinerario estuvo una visita a la tumba de Monseñor Romero. El otro es Larry Hogan, un empresario republicano que ha acortado distancias gracias a una campaña centrada en acusar al dúo Brown-O´Malley de subir impuestos en exceso a los Marylanders.

Desde fuera, parece que la carrera entre Brown y Hogan es otra que se convierte en una especie de plebscito entre el ideario reaganiano de estado pequeño y pocos impuestos y el demócrata de estado regulador, gastón, de bienestar social. El tema es un poco más sofisticado: O´Malley, sí, subió impuestos, pero afectó sobre todo a los sectores más ricos de la población y, sí, muchos de sus programas beneficiaron sobre todo a las minorías afroamericanas y latinas (entre las que se cuentan muchos salvadoreños, sobre todo en los condados aledaños al Distrito de Columbia); Hogan, por su parte, no es un republicano taxativo, no puede serlo en un estado como este.

En el fondo, la carrera de Maryland se trata de los votos válidos: Brown apela a los blancos liberales y a las minorías; Hogan a todos los blancos y a las minorías conservadoras. La ventaja para el republicano podría ser que casi siempre los blancos votan más que las minorías de color en estas elecciones locales y que, para el caso, muchos de los latinos que se han beneficiado de las políticas públicas de los demócratas son no-ciudadanos: indocumentados que llevan contribuyendo al menos dos décadas a la economía del estado, que pagan impuestos, pero que no votan.

Capitol Hill, la colina sobre la que se erige el Capitolio, sede del Legislativo estadounidense, está a poco más de 5,000 kilómetros del centro de San Salvador. Lo que ahí se mueve, lo que se moverá después de las elecciones de ayer, sin embargo, no deja de tener trascendencia para las decenas de salvadoreños que salen a diario de El Salvador con rumbo al norte: de lo que hagan o dejen de hacer los congresistas y senadores que llegarán a esas oficinas, así como sus partidos, dependerá en gran medida el futuro de las acciones políticas a favor o en contra de esos migrantes.

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