El príncipe desterrado

En noviembre de 1998, durante una cena oficial ofrecida por la visita a El Salvador de Hillary Clinton, entonces primera dama de Estados Unidos, el presidente Armando Calderón Sol aprovechaba para presentar a Francisco Flores en sociedad. “Este es el sucesor, el elegido”, dijo el presidente salvadoreño a la esposa de Bill Clinton según me contaba mi padre, Héctor Silva Arguello —quien entonces era alcalde de San Salvador— sus recuerdos de aquella reunión realizada en Casa Presidencial, en San Jacinto. “Paco”—como propios y extraños llamaban a Flores— juró siete meses después como presidente de la república. Su presidencia cambió, sí, el rostro del país, su infraestructura, su economía, y también ayudó a revertir las débiles hebras de entendimiento con la izquierda tejidas por Calderón Sol. Flores devolvió a su partido, ARENA, a las trincheras ideológicas de las que no había terminado de salir después de firmar la guerra. Esta es una reconstrucción de aquellos años, basada en la cobertura periodística que hice de los momentos más importantes de la presidencia de Francisco Flores, quien empezó su mandato como una especie de niño prodigio de la derecha neoliberal salvadoreña y latinoamericana, pero lo terminó como acabó su vida: alejado de los correligionarios que una vez lo vieron como su salvador y, al decir de su hijo Juan Marcos, cargando solo los pecados de todas las ARENAS movedizas con las que convivió.


Hay una foto que ilustra muy bien los rasgos de grandilocuencia que la derecha salvadoreña pretendió dar en algún momento a la presidencia de Francisco Guillermo Flores Pérez, quien ascendió a lo más alto de la política nacional envuelto en un aura de eficiencia y elegancia, llamado por su partido y los grandes empresarios de El Salvador a ser el presidente que modernizaría al país tras la guerra. En esa foto, Paco y su esposa, ataviados con sus mejores galas, sonríen, dueños del momento.

La foto, sin embargo, es una ilusión: fue tomada en mayo de 2004, durante la boda del príncipe Felipe, heredero del trono español, con Letizia Ortiz, cuando la presidencia de Flores agonizaba tras cinco años en que la brecha entre los dos polos políticos de El Salvador se ensanchó como nunca antes en la posguerra, en que los fenómenos criminales que hoy hunden al país empezaban a gestarse, y en que las diferencias enquistadas en la filas del partido ARENA abrían puertas que nunca más volverían a cerrarse.

Francisco Flores fue, si se quiere, el último defensor ferviente del anticomunismo sobre el que Roberto d´Aubuisson fundó la Alianza Republicana Nacionalista, pero también fue Flores quien exilió del partido a los herederos del fundador que abogaban por una derecha anticomunista, sí, pero más volcada a las clases populares.

La influencia de Flores en el destino de la derecha salvadoreña —a pesar del exilio temporal al que lo sometió su propio partido cuando ya Tony Saca, su sucesor, se había apoderado de él— es, ahora, innegable, como lo es su marca en algunas formas de la izquierda.

Mauricio Funes, por ejemplo, debe mucho a Francisco Flores. Cuando era entrevistador de televisión, Funes construyó buena parte de su imagen basado en la crítica agresiva a la gestión del arenero, y ya en los últimos días de su presidencia, marcada entonces por el fracaso de la tregua pandillera y los primeros señalamientos de corrupción en su contra, Funes recurrió a la revelación de un documento secreto, el Reporte de Operaciones Sospechosas (ROS), que inculpaba a Flores en movimientos financieros irregulares, para intentar reconstruir la imagen aquella del periodista inquisidor con la que aún sigue tuiteando.

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Su familia, los médicos y los medios de comunicación de El Salvador informaron en la noche del sábado 30 de enero de 2016 de la muerte de Francisco Guillermo Flores Pérez, Paco. El expresidente, dice su hijo Juan Marcos en un vídeo que grabó el día siguiente, murió solo; al lado de su cama de hospital, donde estaba postrado por una dolencia cardiovascular, le acompañaba solo su familia. Lejos quedaban ya los días en que Armando Calderón Sol lo presentaba a Hillary Clinton, o aquellas fotos en que Flores y su esposa —ataviado él de frac impecable y ella de vestido naranja con detalles floreados a dos piezas, chaqueta tipo Chanel y sombrero— caminan sonrientes a la Catedral de la Almudena en Madrid para asistir a la boda de Felipe, príncipe heredero de España. Lejos quedaban, incluso, los días en que Flores, denostado ya por buena parte de los areneros que lo culpaban por las interminables divisiones del partido, se hizo cargo de la fallida campaña presidencial de Norman Quijano, el ex alcalde de San Salvador.

Paco, en realidad, tenía un buen rato de estar solo. A él ARENA lo desterró, incluso de la galería de ex presidentes areneros que adorna la sede del Comité Ejecutivo Nacional (COENA), después de que Saca se convirtió en el dueño y señor de ARENA cuando ganó la presidencia en 2004. Saca, hoy lo sabemos, utilizó para su campaña parte de los fondos desviados de un donativo de Taiwán para las víctimas de los terremotos de 2001, por lo que Flores era procesado cuando murió

Así, solo, encontré dos veces a Paco Flores durante los años de Funes en la presidencia de El Salvador. Una de esas veces fue en un restaurante de sushi de la colonia Escalón de San Salvador, en diciembre de 2011. Se acercó a mi mesa a darme el pésame por la reciente muerte de mi padre. Me contó que había intentado vivir un tiempo fuera del país, en Guatemala y en Estados Unidos, pero no había podido: “Uno no es nadie fuera de El Salvador”, me dijo. Faltaba poco menos de un año para que Flores regresara a los cuartos de manejo de crisis de ARENA, a tratar de rescatar la campaña presidencial de Quijano. Esa sería, a la postre, su última batalla política al interior de su partido.

Juan José Daboub (a la izquierda en segundo plano) y María Eugenia Brizuela de Ávila (al centro) junto al féretro de Francisco Flores. Ambos fueron ministros y colaboradores cercanos del ex presidente. Foto de Salvador Meléndez.

Juan José Daboub (a la izquierda en segundo plano) y María Eugenia Brizuela de Ávila (al centro) junto al féretro de Francisco Flores. Ambos fueron ministros y colaboradores cercanos del ex presidente. Foto de Salvador Meléndez.

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Corre marzo de 1999. Francisco Flores es ya el presidente electo de la república. Uno de los colaboradores del nuevo mandatario me explica que dos reporteros de El Diario de Hoy y yo —que trabajaba para La Prensa Gráfica— podríamos entrar a las reuniones del equipo de transición de Flores, donde entre otras cosas se estaba definiendo el gabinete de gobierno.

La casona estaba en la colonia San Francisco, al sur de la ciudad. Una de esas casas de colonia vieja reconvertidas en oficinas. Esperamos un rato, corto según recuerdo, en un lobby improvisado. Luego entramos a un salón que a pesar de ser amplio se veía reducido por el tamaño de la inmensa mesa alrededor de la que estaban sentados Flores, Miguel Lacayo, Evelyn Jacir de Lovo, María Eugenia Brizuela de Ávila y el escritor David Escobar Galindo, entre otros. El trato era que podíamos describir lo que ahí pasaba, pero que antes de citar directamente a alguien debíamos consultar. Paco presidía la mesa con voz suave, amable. Escuchaba, o parecía escuchar, lo que el resto le decía al hablar de los perfiles que el nuevo gobierno requería en las sillas ministeriales.

Ni Paco ni sus colaboradores esbozaron grandes líneas de políticas públicas en aquella reunión, pactada más bien como parte de una cuidadosa estrategia de opinión pública que pretendía, desde el principio, abundar sobre el mensaje de que este sería un gobierno de técnicos, abierto al mundo y al libre mercado. Lo que escribí luego se tituló “Los colaboradores se escogieron”: todos los presentes en aquella mesa, a excepción de Escobar Galindo, se convirtieron en ministros clave de la gestión Flores: Lacayo en Economía, Brizuela en Relaciones Exteriores y Jacir de Lovo en Educación. No estuvo en aquel encuentro Juan José Daboub, quizá el colaborador más cercano de Flores y, a decir de muchos en ARENA, el hombre que asumía las riendas del Gobierno cada vez que Paco desaparecía de la vista pública, algo que fue cada vez más común durante la segunda mitad de su mandato.

Esos hombres y mujeres fueron, junto a José Ángel Quirós —el Ministro de Obras Públicas—, los arquitectos y ejecutores de las políticas públicas de Flores. Daboub privatizó las telecomunicaciones, concibió la puesta en marcha de la dolarización y negoció junto a Lacayo el tratado de libre comercio con Estados Unidos. Brizuela de Ávila trabajó el cabildeo para que la administración Bush otorgara el TPS a los salvadoreños que llegaron a Estados Unidos tras los terremotos y mantuvo la gestión muy cerca de Washington.

En materia de política exterior, sin embargo, Flores se aseguró siempre de aparecer como el hombre que encarnó las recetas económicas y políticas conocidas como el Consenso de Washington, que apostó por reducir el tamaño del Estado, priorizar el comercio exterior y, en el caso particular de El Salvador, dolarizar la economía. Paco fue, desde entonces, referente latinoamericano de las derechas del mundo: José María Aznar, presidente entonces del gobierno español por el Partido Popular, y el mismo George W. Bush contaban a Paco entre sus principales aliados. En una visita oficial a España en 2003, Aznar se deshizo en elogios para su homólogo salvadoreño durante una conferencia de prensa en Madrid. Flores era, dijo Aznar, un ejemplo para América Latina.

Modernidad. Desarrollo. Rebalse económico. Eficiencia del sector público. Todos esos términos estaban escritos en los discursos de Flores, en los materiales que preparaban sus equipos de transición. Eran las principales puntadas del vestido con el que Francisco Flores presentaba su versión de El Salvador en el resto del mundo.

Imagen de Francisco Flores cuando enfrentaba la audiencia inicial del proceso judicial en su contra. Foto de Frederick Meza.

Imagen de Francisco Flores cuando enfrentaba la audiencia inicial del proceso judicial en su contra. Foto de Frederick Meza.

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Flores ya había definido, en los primeros meses de su mandato, uno de los rasgos que marcarían toda su presidencia: el obsesivo control personal sobre todas las decisiones, sobre la palabra final y sobre los mensajes que trascendían más allá “de las gruesas cortinas y blancas paredes de Casa Presidencial” —esta figura entrecomillada la usó en uno de sus discursos para vender que gobernaría más allá de su despacho y en entendimiento con la oposición política, algo que en realidad no fue así—. Durante buena parte de 2000, sin embargo, mantuvo la imagen de hombre afable y de maneras cuidadas que tanto se esforzaba en proyectar.

A inicios de 2000, Flores viajó a Washington a visitar congresistas y bancos multilaterales —el itinerario es ya casi un ritual para cualquier presidente centroamericano—; le acompañaba Juan José Daboub. Para sorpresa de los encargados de protocolo, Flores decidió reunirse en un restaurante con los periodistas que habíamos viajado a la capital de Estados Unidos a cubrir. Durante la cena, de nuevo, Paco mostró su rostro más afable, pero también dejó ver la firmeza con que defendía sus convicciones ideológicas. Sin cuartel, atacó, por ejemplo, postulados “arcaicos” que le atribuyó a la enseñanza de ciencias económicas en la UCA. «El mundo ya no es así», argumentaba el presidente, quien además rechazaba de lleno cualquier referencia a la dialéctica marxista o la teoría de clases para explicar la sempiterna desigualdad social en El Salvador.

La siguiente ocasión que me enfrenté a la relación de Flores con la prensa fue en términos mucho menos amistosos.

Ya bien entrado su mandato, a finales de 2002, Paco había cerrado cualquier vínculo directo con la prensa; había intentado acallar a los medios no-tradicionales, como canal 12, donde entonces trabajaba Mauricio Funes, pero también a los tradicionales, como La Prensa Gráfica, donde yo trabajaba y cuya línea editorial coincidía, casi punto por punto, con los postulados neoliberales de la administración Flores. El asunto es que, a esas alturas, Francisco Flores operaba ya sin sonrisas pretendidas; era con él o contra él, y eso aplicaba a la prensa, a su gabinete, a su partido y, por supuesto, a la oposición del FMLN. El caso de su relación con los medios de comunicación lo ilustra.

En los últimos meses de 2002, Flores convocó a un grupo de empresarios importantes de El Salvador, representantes del Grupo Calleja, del Grupo Poma, de Agrisal, de las compañías telefónicas, para proponerles un boicot publicitario a La Prensa Gráfica. Flores, según me contarían luego funcionarios que fueron sus colaboradores cercanos, achacaba dos faltas graves al periódico:

  • La cobertura crítica a su gestión de reconstrucción tras los terremotos de ese año, que incluyó tímidos señalamientos a los desvíos de donaciones achacados a los comandos logísticos que entonces dirigió el coronel Gustavo Perdomo.
  • La postura no complaciente de Cecilia Gallardo, ministra de Educación durante la gestión de Calderón Sol y en aquellos días gerente de redacción de La Prensa Gráfica. El boicot de Flores, al final, no prosperó, aunque los empresarios llegaron a retirar temporalmente algunos anuncios.

Algunos meses después de aquello, en febrero de 2003, Flores viajó a España a una visita oficial. Yo vivía en Barcelona, donde estudiaba una maestría en periodismo. De La Prensa Gráfica me llamaron para que viajara a Madrid a cubrir la visita del presidente.

La única conversación directa que tuvimos los reporteros con el mandatario fue en el Palacio El Pardo, la ex residencia del dictador Francisco Franco, en las afueras de Madrid, donde el Gobierno español acomoda a los dignatarios visitantes. Flores llegó a uno de los salones del palacio. Quería hablar de su visita de estado, pero las preguntas importantes no tenían nada que ver con eso. Yolanda Magaña, de Diario El Mundo, tiró directo: cuestionó al presidente por su decisión de enviar tropas a Irak para apoyar la coalición militar montada por George Bush.

En aquel momento, la administración Flores había evitado hacer referencias públicas a la decisión que ya había tomado debido, entre otras cosas, a la controversia generada por una acción militar que no contaba con el aval de Naciones Unidas. En la previa de la entrevista, la canciller Brizuela había pasado de puntillas por el tema. A Paco no le gustó la pregunta y no le gustó que una reportera se saliera del guión que él, el presidente, había pensado. La sonrisa se borró y aunque no llegó a subir nunca la voz cortó en seco a Yolanda, sin explicar las bases jurídicas ni justificar los beneficios políticos de su decisión de enviar a un batallón de soldados salvadoreños a los desiertos de Nayaf y Faluya. El año siguiente, en 2003, el primer grupo de militares salió para Irak.

“Recuerdo que al final terminó aceptando que mandaría las tropas, pero me contestaba con eufemismos porque se resistía a llamarle guerra (a lo que pasaba en Irak)”, me escribió Yolanda Magaña, cuando le pedí que recordara aquel episodio.

El control calculado sobre los mensajes había sido una obsesión de Flores, como luego lo sería para Tony Saca. Una de las mejores muestras de su comunicación unilateral fue la venta pública que hizo de su decisión de dolarizar. El 1º de enero de 2001, El Diario de Hoy publicó en su portada un arte con el rostro de George Washington y el titular en inglés “Good Morning!”, que servía de antesala a un extenso reportaje en el que Juan José Daboub explicaba, con lujo de detalles, toda la versión de la administración. No hubo, en aquella entrega, cuestionamientos de fondo a la política monetaria. A partir de entonces, los medios de comunicación en general aceptaron que la dolarización era lo mejor para El Salvador, y el Gobierno tuvo éxito también en extender la idea de que ir contra el destierro del colón y atender la oposición del FMLN al asunto era “ir contra el sistema de libertades” que movía al país. Ahí, justo ahí, cobraba vida en todo su esplendor el rasgo absolutista de la administración Flores.

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El enfrentamiento verbal con Fidel Castro, durante una cumbre presidencial en Panamá en 2002, es uno de los momentos más recordados de la presidencia de Francisco Flores. Vídeo de AP tomado de YouTube.

Francisco Flores, que dio a su administración un signo ideológico y programático que chocaba con todo lo postulado por el FMLN en la Asamblea Legislativa, nunca tuvo entendimientos con la izquierda; nunca los buscó. Quizá la foto que mejor ilustra el divorcio es la visita que Facundo Guardado —el debilitado candidato del Frente al que Flores ganó la elección presidencial— hizo a la Casa Presidencial de San Jacinto, como un signo de concertación. Flores sabía entonces que Guardado, por su derrota, terminaría defenestrado y que Shafick Hándal, el viejo líder comunista del FMLN, no era alguien con quien le apeteciera dialogar. El presidente optó, entonces, por perfeccionar la fórmula de la gobernabilidad que había privado en la política salvadoreña de posguerra: hacer de los votos del partido minoritario en la Asamblea, a través de componendas y del uso indiscriminado de los fondos reservados a Casa Presidencial —la partida secreta— aliado infalible. Paco Flores gobernó durante buena parte de su mandato junto a Ciro Cruz Zepeda, líder del PCN, como presidente del Legislativo, y a Agustín García Calderón, aupado también por el PCN, como presidente del Judicial. Ambos fueron, al menos en los primeros dos tercios del quinquenio Flores, garantías de que los otros dos poderes del Estado se rindieran, las más de las veces, a los designios del jefe del Ejecutivo.

En los años de Flores en el Ejecutivo ocurrió, por ejemplo, que el partido ARENA votó por no desaforar a Francisco Merino, un ex arenero reconvertido en diputado del PCN acusado de disparar, ebrio, a una agente de la Policía. A cambio de los votos pecenistas necesarios para aprobar el TLC negociado con Estados Unidos, la ARENA de Flores dejó pasar el delito a Merino.

Calderón Sol había iniciado su mandato con una movida legislativa mucho más sofisticada, más arriesgada: pactó en los albores de su presidencia con una parte del Frente —la liderada por Joaquín Villalobos y los miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo— los votos para aumentar el IVA . Aquello se llamó el Pacto de San Andrés y provocó el primer desmembramiento importante del FMLN en el Legislativo. Flores evitó al Frente y jugó, casi siempre, la carta del PCN. En la era política de Paco, la brecha que aún parte la vida política salvadoreña justo por la mitad se ensanchó como no lo había hecho durante la gestión de los dos primeros presidentes areneros.

Bien dice El Faro en su editorial del lunes 1 de febrero, escrito en tono de obituario, que “Flores dio por cerrada la transición política de posguerra y dinamitó los puentes que su antecesor, Armando Calderón Sol, había construido con el FMLN, entonces en manos de sectores más moderados”.

Con el tiempo, Flores quemaría, además, los puentes que lo seguían uniendo al partido ARENA aun después del ascenso de Tony Saca, un nuevo príncipe al que la mayoría de los líderes y tendencias de la derecha arenera terminarían, también, repudiando. A diferencia de Flores, sin embargo, Saca terminaría pactando su supervivencia política inmediata con su sucesor, Mauricio Funes, el entrevistador al que el FMLN convirtió en el primer presidente de izquierda de la posguerra.

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Volví a ver a Flores un par de años después, a finales de 2004, cuando ya con la viñeta de ex presidente buscaba votos para convertirse en secretario general de la Organización de Estados Americanos. Paco había acompañado a Saca, el nuevo presidente, y al nuevo canciller de ARENA, Francisco Laínez, a un evento hemisférico que reunió a representantes de organizaciones privadas y gobiernos nacionales latinoamericanos en Miami. A pesar de los esfuerzos oficiosos de Saca, la candidatura terminaría fracasando porque el incipiente bloque suramericano, liderado por Venezuela, no apoyaría con sus votos al hombre que, dos años antes, había enfrentado públicamente a Fidel Castro en una cumbre en Panamá y había sido el único presidente latinoamericano que reconoció al efímero gobierno de Pedro Carmona en Venezuela tras un golpe de estado al teniente coronel Hugo Chávez.

A partir de entonces, y como suele ocurrir en la cultura presidencial de El Salvador, la figura de Francisco Flores empezó a difuminarse temporalmente en el ojo público. Saca, el sucesor, empezaba su intento por empoderarse por completo de la maquinaria electoral de ARENA, la misma que había avalado el desvío de las donaciones taiwanesas a la cuenta del partido para financiar la campaña presidencial contra Shafick Hándal, el viejo líder comunista. Las investigaciones de la Fiscalía y del periódico El Faro han revelado que buena parte de los 15 millones por los que Flores terminó procesado ante la justicia salvadoreña fueron utilizados por la gente de confianza de Saca y por el candidato mismo.

Flores volvió, como lo han hecho otros ex presidentes de ARENA, a tratar de influir en la nominación de candidatos y en la conformación de la dirigencia del partido. El regreso por la puerta grande, aunque no pública, ocurrió cuando Quijano, el eterno diputado arenero marginado por Saca, pero también por el sector empresarial que había sido cercano a Paco, lo puso al frente de su campaña presidencial. De aquellos días vienen confrontaciones sordas con Jorge Velado, aupado a la presidencia de ARENA por Alfredo Cristiani, y empresarios que nunca vieron en Quijano a un candidato potable.

Nota de El Noticiero de Canal 6 que resume las acusaciones hechas por Mauricio Funes a Francisco Flores y las primeras respuestas del ex presidente arenero. Vídeo tomado de YouTube.

Al final del camino, sin embargo, el otrora príncipe de la derecha salvadoreña, el político de cuna humilde que no portaba apellidos pomposos —“La importancia de llamarse Flores Pérez”, había titulado La Prensa Gráfica en 1998 un perfil de Paco—, el alumno más disciplinado del neoliberalismo de gobiernos pequeños y privatizaciones, estaba solo. Solo enfrentó el juicio por corrupción en que había terminado la minuciosa operación política que siguió al destape del ROS que hizo Funes. Hubo columnistas, la mayoría hombres y mujeres afines a la derecha —como Paolo Luers o Enrique Altamirano— que defendieron a Flores. En ARENA predominó, sobre todo, el silencio.

“Hoy Jorge Velado habla… dice que el partido estuvo ahí por él (Flores), cosa que es enteramente ridícula y es una hipocresía de un calibre fenomenal”, dijo Juan Marcos Flores, hijo del ex presidente, en un vídeo que subió a Facebook dos días después de la muerte de su padre.

“No vengan a la familia con hipocresías, no vengan con sus disculpas y condolencias; le dieron la espalda en vida y lo que no se dice en vida, en muerte no hay oídos que escuchen”.

–Juan Marcos Flores

Arremetió Juan Marcos contra los ex correligionarios de su padre. Al final de ese vídeo, Flores hijo, grabó algo que seguramente retumbará en ARENA por un buen rato. Los destinatarios de los fondos taiwaneses desviados están ahí, en el partido, dijo.

Publicado por Revista Factum el domingo 31 de enero de 2016.

Pensé, tras oír las palabras de Juan Marcos Flores, que aun antes de las acusaciones de Funes, aun cuando Francisco Flores tenía ya tiempo de ser el villano favorito de la izquierda y de buena parte de la derecha —que le achacaba a su arrogancia buena parte de los infortunios de ARENA—, no fue a sus adversarios políticos naturales a quienes escuché expresarse peor del ex presidente. Fue en los círculos de confianza de Tony Saca, entre quienes integraron los equipos políticos a los que llegó parte del dinero de Taiwán, donde más alegría percibía cada vez que se referían a los destierros de Francisco Flores.

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