El día que vi matar

El Salvador vive una ola de violencia tan grande que resulta “común” observar un asesinato. Los medios y sus noticieros son solo el espejo de lo que día con día vive la gente. Y el país sigue sumido en el hedor a muerte y el color de la sangre: alrededor de 15 asesinatos diarios y casi todos  quedan en la impunidad. Pero la muerte suele pasearse casi siempre por los barrios más pobres, los marginados, los que están lejos de los medios, de sus oficinas. A pesar de que ejerzo el fotoperiodismo desde hace años, jamás había visto cómo mataban a alguien con arma de fuego. La semana pasada vi matar por primera vez. (Esta es la ampliación de un relato que el fotoperiodista Frederick Meza posteó en su cuenta de Facebook la semana pasada).


Todo ocurrió en un autobús que hacía su recorrido de Santa Tecla a San Salvador, uno de la ruta 101D.  Yo iba ahí. Observé a cuatro tipos –dos hombres y dos mujeres– que abordaron el transporte y se sentaron en diferentes lugares. Me parecieron sospechosos. De mi corazonada a los balazos pasó poco tiempo.  Uno de ellos le indicó al motorista que bajará la marcha; el motorista asintió.

Justo a la par mía, una mujer regordeta con un bebé de meses en brazos nos dijo a mí y a otros pasajeros que debíamos darles a los muchachos una colaboración «voluntaria» de dos dólares. Nos advirtió que no era un asalto, pero aclaró que todos debíamos hacerles «el paro» porque querían enterrar a una «morra» que se habían «dado» un día antes.

Yo no cargo mucho dinero últimamente y en esta ocasión apenas llevaba conmigo unas monedas para el siguiente bus. A cambio, ofrecí un ramo de flores que llevaba conmigo. “Para la que quieren enterrar”, pensé, y se las mostré. La regordeta con el bebé en brazos y cejas sumamente recortadas sonrió. «Esto no es un asalto y si no andás relajate. Si quisiera ‘hueviarte’ ya te hubiera dicho», dijo con tono sereno. No había terminado de hablar cuando un estruendo provocó un enjambre de gritos que se dirigían en estampida hacia donde yo estaba sentado. De repente, una avalancha de gente. «¡Me lo mataron!», gritó la otra mujer del grupo que recolectaba dinero.

Ya cuando habíamos bajado todos los pasajeros y supe que la balacera había terminado se activó en mí eso que suelen llamar instinto periodístico. Uno no sabe por qué, en situaciones extremas, quienes tenemos alguna experiencia periodística empezamos con un dilema interno sobre nuestra vocación. A mí me sucedió ese día.

«Debo reportear, debo fotografiar», me dije.

Cuando viajo en bus casi nunca ando mi equipo fotográfico por el mismo miedo a ser asaltado. Justo ese día lo andaba. Cuando ya estaba dispuesto a sacarlo, me detuve al descubrir que otra pasajera estaba herida. Traté de auxiliarla, pero los nervios me traicionaban.

Volví a subir al bus y quise fotografiar al muerto, pero sus compañeros aún estaban a su alrededor. Gritaban, se quejaban y lloraban sin parar.

En el piso yacía uno de los que minutos antes amedrentaba a los pasajeros por dos dólares. La mujer que me rechazó las flores aún seguía en el lugar, ensombrecida, lamentándose como cualquier otra víctima de la violencia común que nos jode el día a día a los salvadoreños.

En el piso del bus estaba un hombre ensangrentado. Muerto. Un ladrón. Los que roban también tienen miedo. Y lloran. El otro hombre imploraba ayuda, y al verse impotente lanzó un quejido y dio un golpe con la mano que le hizo tirar al suelo las monedas que recién había recolectado: “¡Mi hermano, aguanta!”, gritó antes de lanzarse a abrazar el cadáver.

Quise sacar la cámara otra vez y me detuvo su tristeza y su impotencia. Su miedo.

Me detuvo su miedo a la muerte… me detuvo mi miedo a la muerte. Me detuvieron su impotencia y sus ruegos porque viviese. Observé al hombre en el piso y vi su juventud. Supe que no podía tener más de 20 años y pensé en sus sueños, sus ideales. Alcancé a ver un tatuaje de una guitarra en su mano derecha. Además, pensé en el bebé que la regordeta andaba en brazos. Me sentí vulnerable.  Otra imagen me bombardeaba la cabeza, la del agresor, la de ese que cuando disparó quiso gritar ladrón hijueputa. Imaginé una cara indignada, llena de rabia. Recordé que hace unos días unos mareros habían asesinado a un policía en un bus. ¿Podría ser este un policía buscando venganza? ¿o un ciudadano indignado de tanta prepotencia, de “tanta maldad” de los pandilleros, harto de la renta y de la violencia que ellos ejercen? No supe saber si era un héroe. No lo sé aún.

Ante ello, y con el miedo de sacar la cámara, tomé una mala fotografía con mi celular. Todavía me tiembla la mano al escribir esto. Sentí miedo de su miedo, del miedo de los que acompañaban al muerto.

El gobierno central ha convocada una marcha contra violencia para mañana (jueves 26 de marzo). Cualquiera sabe que después de esta marcha la violencia no acabará. Sin embargo, quizá, y solo quizá, cualquier iniciativa puede ser un poco más que darse golpes en el pecho para acabar con este infierno que vivimos a diario. La marcha por la paz debería nacer de la rabia que tenemos por vivir en un país como este que tenemos ahora. Debería nacer de nosotros mismos y no de una acción del Ejecutivo. Lo mejor, creo, es respetar una iniciativa distinta y dar el beneficio de la duda. Solo eso.

Por ahora, el vórtice se hace inmenso y muchos seguimos teniendo miedo al miedo, miedo a sentirnos huérfanos en este país.

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