El amor en tiempos del Facebook

Cualquiera que piensa que una boda es una la celebración  -junto con familiares y amigos-  de la promesa que una pareja se ha hecho de permanecer juntos, tiene que actualizar su definición. Lo mismo los que creen que es una ocasión solemne cuya palabra deriva del latín votum, simbolizando una promesa. Tampoco están en lo correcto los que sostienen que una boda es la presentación pública de un compromiso romántico privado. Por lo menos, ninguna de las definiciones anteriores es acertada en nuestro El Salvador de la era presente, esta de las redes sociales y la perpetua interconexión.

Lo más cercano al concepto de una boda en la actualidad es una competencia de gimnasia olímpica. Multiplicidad de aparatos y habilidades que son presentadas después de meses de preparación para que severos jueces califiquen con la opinión más meticulosa (pero en cosa de minutos) el éxito o fracaso de la proeza presentada ante sus ojos.

Donde en la gimnasia olímpica se otorgan puntajes a las barras paralelas o el salto de potro, en las bodas son presentados para el juicio social el vestido de la novia, la comida servida en la recepción, las decoraciones, la calidad y cantidad del trago, las máscaras del carnavalito, el nivel de entretenimiento, los huevitos de azúcar envueltos en tela de mosquitero, la música y demás innumerables etcéteras dictaminados por las fuerzas divinas manifestadas a través de tableros de Pinterest. No solo los invitados son los jueces: también cualquier peregrino de las redes sociales que termine deambulando por el paquete de 450 fotos que ofrecía el estudio profesional de moda (“Por favor, los dos mirando a la distancia. Bien. Naturales ahora, riéndose como si él acaba de contar un chiste. ¡Lindos!”), paquete fotográfico prontamente subido a las redes sociales (hashtag forever) para el consumo público y deleite popular.

Y la pompa en redes sociales no es una consecuencia, ni un elemento paralelo indispensable: ¡que no! Es el fin último: cada like recibido en Instagram (hashtag no filter) ganado a pulso, con el sudor y sangre de la industria de la organización de eventos y de los meses de planeación. Hasta el más falto de astucia sabe que los compromisos modernos no son oficiales, ni válidos, ni dignos de tomarse en serio, a menos que se publique la foto del dedo luciendo la roca con brillos, acompañada de una descripción única  -pero escogida entre las cinco genéricas que proscribe, seguramente, algún misterioso comité encargado de regular estas cosas, y que van desde el pleonástico “¡Dije que sí!”, pasando por el especulativo “Para siempre empieza hoy” y llegando hasta el hiperbólico “Desde la primera mirada, todo apuntó a este momento”- disponibles en versión inglés, español o spanglish. Lo anterior tiene obvios efectos prácticos y propósitos indiscutiblemente esenciales: lo mismo que las masas vociferantes decidieron la suerte de Barrabás, son los likes y comentarios que reciba el anuncio fotográfico de la feliz promesa lo que en realidad le da vía libre a la futura unión. Antes de eso, era a lo mucho, tentativa.

Que no, que lo que importa no es la promesa que los novios se hacen entre ellos: ¡si hasta Nuestro Señor Jesucristo demostró en Caná de Galilea lo mucho que importaba el vino!  Claramente, la enseñanza bíblica dejó bien claro que el propósito de la boda es en realidad la demostración del estatus “socio-económico” (socio, porque al final del día es un estatus en pareja, y económico, porque es lo más cercano a una oportunidad de auditar el estado de cuenta bancaria conjunto – sea este real o maquillado).

Teniendo todo lo anterior en consideración, sí estaría en lo correcto en su definición de boda quien la considerara un ejemplo del libre uso de los fondos propios como mejor le parece a quien de ellos dispone, lo mismo que cualquier otra actividad privada que no genera externalidades negativas. Pero ya, ¡súbanle a la música! (hashtag party), que no se deja una pequeña fortuna en una noche para terminar teniendo que oír a la conciencia, molestando con eso de que el 34.5% de la población salvadoreña vive bajo la línea de pobreza nacional. (Hashtag fulanoYsutana, hashtag blessed).

 Aclaración necesaria/ nota editorial: la firmante es actualmente capitana del equipo nacional de vestir santos y “víctima” permanente de dejadas de tren, por lo que una crítica señalando su falta de conocimiento material en el ámbito matrimonial sería enteramente válida y acertada.

Cristina López G. Licenciada en Derecho con maestría en  políticas públicas. Salvadoreña viviendo en Washington DC.

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