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Baltimore, la ciudad dividida

Es un ciudad-puerto, en el estado de Maryland, hogar de miles de salvadoreños. En El Salvador,quienes no tienen familiares ahí tal vez han oído hablar de Baltimore por los Orioles, el equipo de béisbol, o por The Wire, una serie televisiva inspirada en la ciudad que habla de temas muy vigentes en nuestro país, como la pobreza, el tráfico de drogas, la corrupción. Toda la semana Baltimore ha estado en CNN y los titulares mundiales por los disturbios callejeros desatados tras la muerte de un ciudadano negro a manos de la policía. Pero esta no es una historia racial en realidad, esta es la historia de la pobreza urbana que carcome muchas ciudades de los Estados Unidos.

Leer bien esta historia, la de los disturbios en Baltimore, es leer sobre una generación de jóvenes sumidos en la desesperanza más absoluta, una para la que los futuros más probables son las pandillas, la pobreza y la violencia. Por eso esta historia se parece mucho a El Salvador.

Baltimore es, en realidad dos ciudades. Una es rica y la otra es pobre. En la rica, desplegada al este de la carretera interestatal I-95 y en torno al renovado puerto interno, hay tiendas de diseño, restaurantes lujosos, discotecas. Ahí está el Hard Rock Café. Ahí hay yates. Por ahí pasean millones de turistas cada año. De ahí salen cruceros al Caribe y a Europa.

Esa ciudad, la rica, es la que suele verse en la televisión estadounidense a través de las tomas aéreas que acompañan las transmisiones de partidos de béisbol. Al entrar a la ciudad por la I-95, que se eleva varios metros del suelo antes de llegar a los estadios de béisbol y fútbol americano y unas millas más adelante se convierte en un inmenso túnel que pasa por debajo de la bahía a la que sirve uno de las radas industriales más importantes de los  Estados Unidos, quien pasa por Baltimore de refilón ve una postal más de la ciudad rica: sus rascacielos, sus grandes barcos. La realidad está en otro lado, a ras de suelo.

El estadio de los Ravens, el equipo de americano, marca una especie de frontera: su costado este da hacia la ciudad rica; desde sus puertas en los lados oeste y sur se sale hacia West Baltimore, la ciudad pobre, desolada en muchos tramos.

Una calle en West Baltimore. Foto de Stephen Melkisethian, tomada de Flickr/Commons.

Una calle en West Baltimore. Foto de Stephen Melkisethian, tomada de Flickr/Commons.

Caminé por las calles de WB por primera vez en el verano de 2013, la última vez que fui a ver jugar a la selección nacional de El Salvador en ese estadio, lleno a reventar ese día. Debido al tráfico tuve que entrar por el oeste de la ciudad.

Cada barrio, cada calle, cada esquina son parte de otra postal, la del Baltimore pobre: interminables líneas de edificios de dos o tres plantas, muchos con ventanas selladas (casas desocupadas o negocios cerrados) y, en las esquinas, hombres reunidos riendo, conversando a gritos mientras llevan bolsas de papel beige hacia sus bocas. En las bolsas hay botellas de cerveza o de licor. Camino y veo la misma escena varias veces y conforme sigo las hileras de edificios venidos a menos reparo en que no he visto, en varias cuadras, otro negocio que no sean licorerías.

West Baltimore. Foto de Stephen Melkisethian. Tomada de Flickr/Commons.

West Baltimore. Foto de Stephen Melkisethian. Tomada de Flickr/Commons.

Aquí, según una publicación reciente de The Washington Post, el 84% de los niños en edad escolar -ocho de cada diez. Ocho- comen de lo que les dan en la escuela. A raíz de los disturbios, las escuelas cerraron el martes 28 y el miércoles 29 de abril, algo que según los reportes del Post podía generar una crisis alimentaria en la ciudad: los niños tienen poco que comer fuera de las aulas.

Aquí, en este Baltimore, viven sobre todo los afro-americanos, los negros. Es en estos barrios donde se pelearon las guerras callejeras por el control de los mercados de crack y heroína en los 80s y 90s. Es en estos barrios en que se inspiró The Wire, la serie televisiva transmitida por HBO la década pasada y quizá uno de los productos de la cultura popular que mejor explica ese Estados Unidos urbano, de color moreno, que tan poco tiene que ver con el American dream.

En estos barrios el 50% de los hombres entre 16 y 64 años está desempleado. El 45% de estudiantes de bachillerato falta a sus clases regularmente. Aquí la mayoría de familias vive con menos de un tercio del ingreso promedio nacional.

Este es el Baltimore que ha estallado en violencia, saqueo, en enfrentamientos entre los habitantes de los barrios bravos y la policía. ¿Suena familiar?

Hace poco escuché en otra ciudad de Maryland, en Rockville, una frase que explica muy bien la deseseperanza de jóvenes que crecen en estas circunstancias: «La mayoría de ellos no terminará la secundaria. Para la mayoría el futuro es el desempleo o, como mucho, un trabajo mal pagado en algún McDonald’s…» Lo decía Diego Uriburu, de la oenegé Identity, y lo decía al hablar de los jóvenes migrantes centroamericanos que pueblan barrios muy similares a los de West Baltimore en otras ciudades de Maryland y del area metropolitana de Washington, DC.

Las condiciones de los dos grupos son, en realidad, muy parecidas, y muchas de las historias de estos jóvenes, atendiendo a lo dicho por Uriburu, bien podrían definirse con esa palabra: desesperanza en español, hopelessness en inglés, que es el término utilizada por varios medios anglosajones para describir la situación del Baltimore pobre que ha sido epicentro de los disturbios.

Héctor Silva Ávalos es co-editor de Revista Factum y corresponsal freelance en Washington, Maryland  y Virginia.

Héctor Silva Ávalos es co-editor de Revista Factum y corresponsal freelance en Washington, Maryland y Virginia.

En Baltimore los desórdenes empezaron, es cierto, por la muerte de otro ciudadano negro a manos de policías blancos. Este hombre se llamaba Freddie Gray, tenía 25 años y su historia era otra de pobreza, narcomenudeo y desesperanza. A él lo detuvo la policía y horas después murió en un hospital con la columna fracturada; cuando entró a la patrulla su columna estaba en perfecto estado. Pero el tema no es aquí, en esencia, racial, es sobre la pobreza y la violencia a la que están confinados decenas de miles de individuos, la mayoría negros o latinos, en las grandes urbes de los Estados Unidos.

La chispa que alimentó los incendios de Baltimore es, sí, la brutalidad policial hacia las comunidades negras, pero los disturbios que siguieron en los guetos, así como la respuesta pacífica de miles que han marchado por Baltimore para pedir paz y mejores condiciones de vida, son parte de una historia mucho más compleja en esta ciudad dividida.

Esa historia del Baltimore pobre, sobre todo la de violencia y desesperanza en sus barrios al oeste de la I-95, se parece mucho más a Latinoamérica y sus barrios que a la otra ciudad que existe a pocos kilómetros, la Baltimore rica rediseñada.

Imagen destacada por Vladimir Badikov, Flickr, con licencia Creative Commons.

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