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Ver a los «Zards»: Playoffs de la NBA

Los equipos de Washington suelen ser eso que en inglés se conoce como «underdogs», una de cuyas traducciones al español, cuando el término se refiere al mundo de los deportes, podría ser «el equipo que viene de abajo». Ninguna de las franquicias deportivas de la capital estadounidenses ha sido favorita para ganar nada en los últimos años. Los Nationals de béisbol han sido equipo promesa en épocas recientes y han ganado el primer lugar de su division, el este de la Liga Nacional, pero hasta ahí. Por eso que dos de esos equipos, los Wizards de BKB y los Capitals de hockey sobre hielo estén en las postemporadas de sus respectivas ligas ha creado una sensación de regocijo que suele ser ajena a los hinchas locales. Revista Factum estuvo el martes en el cuarto juego de la semifinal de la conferencia este de la NBA entre los  Wizards y los Hawks de Atlanta, que los locales perdieron para dejar la serie 2-2. Esta es una reflexión tras una noche en compañía de un equipo que no siempre gana, pero que no deja de pelear.

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Las afueras del Verizon Center en la previa del partido entre los Wizards y los Hawks. Fotos de Héctor Silva Avalos.

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Hay una cosa buena que puede decirse de estos Wizards: parecen incombustibles, incapaces de darse por vencido aunque no estén jugando bien o aunque acaben desperdiciando ventajas de 20 puntos debido a una defensa que no es demasiado fiable.

Quizá por eso el hombre más ovacionado la noche del martes en el Verizon Center no fue Bradley Beal, el escolta número 3, que fue el mayor anotador con 35 puntos y el principal sostén ofensivo de su equipo, sino Paul Pierce, el viejo de 37 años que hace algunas temporadas volvió a llevar gloria a los decaídos Celtics de Boston, que de ahí pasó sin pena ni gloria por los Nets de Brooklyn, y que hoy es, gracias a sus canastas de tres puntos y sus oportunísimas apariciones para ganar partidos (el sábado pasado fue un tiro suyo de tres el que dio la victoria a su equipo), el nuevo héroe local en Washington.

Pierce es, él mismo, una ave rara en esta liga donde la velocidad, la fuerza, la visión de cancha y, otra vez, la velocidad, son monedas de cambio fundamentales. Paul está viejo, ya no es rápido y tampoco es que lo suyo sea una visión panorámica del entarimado. Lo que tiene Paul es pulso, mucho pulso, y valor de buscar las de tres sin ahuevarse, a veces con una parsimonia extraordinaria.

También tiene Pierce capacidad de inspirar, una cualidad que ha llegado acaso con los años y que es poco común en esta época en que son menos los jugadores-franquicia (¿serán acaso Dwayne Wade –de los Heat de Miami– y Tim Duncan –de los Spurs de San Antonio– los últimos de su especie?) y más los contratos millonarios de estrellas llamadas a ser el próximo Michael Jordan que terminan perdidos en lesiones y egos atrofiados –pienso en Derrik Rose, de los Bulls–; tiene el 34 de los Wizards, en esta su última escala en la NBA antes del retiro, la virtud de jugar con huevos, y de hacer que quienes lo rodean en la duela, mucho más jóvenes y mejor dotados técnicamente que él, como John Wall (hoy lesionado), Beal u Otto Potter Jr., se lo crean.

Tampoco hay que exagerar: es cierto que el viejo Pierce se ha convertido en una especie de revulsivo en Washington, pero también es cierto que si los Wizards han llegado hasta aquí es, sobre todo, porque su estrella, John Wall, empieza por fin a creerse lo bueno que puede ser.

El martes pasado, los Wizards no lograron remontar la distancia de 10 puntos que los Hawks les habían sacado al final de la primera mitad, pero pudieron los locales, en los últimos minutos del cuarto final, llegar a estar tres abajo. Con poco más de 30 segundos en el reloj, Pierce trató, de nuevo, de emparejar con una canasta de tres; no le salió. Los de Washington perdieron y el Verizon Center volvió a quedarse en silencio, como suele quedarse después de cada promesa fallida de sus equipos de BKB y hockey (los Capitals también juegan en esta cancha).

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Washington seguirá aferrada, esta semana, a sus Wizards –los «Zards», como les llaman aquí–, y a sus Capitals. La ciudad seguirá creyendo que ganar, así sea con la agonía propia del underdog, es posible, y que se puede pasar a otra ronda de playoffs. Y que incluso sus Zards pueden vencer a los favoritos, los Cleveland Cavaliers o a los odiados Bulls de Chicago, el equipo del inquilino más famoso de Washington, el presidente Barack Obama. La ciudad seguirá creyendo que hoy sí, de verdad, podrán ver un banderín más sobre la duela, uno que sea mejor que el mejor logrado hasta ahora, el de campeón del este de la liga en 1979, cuando eran los Bullets.

Si el BKB vuelve a dejarlos sin nada, o el hockey, los capitalinos volverán a sus Nats, explosivos también, pero también eterna promesa hasta ahora. Porque luego vienen los Redskins y su mariscal de campo, RGIII, promesas fallidas ambos y objeto de decepción constante en las riberas del Potomac.

 

 

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